Leí en alguna ocasión que el combustible del escritor no se agota cuando sabia y lúcidamente se sabe repostar. Un escritor no tiene derecho a ser dueño de muchos mundos, sino a ser propietario de la mirada que procura el combustible suficiente para un único mundo verdadero, el que marca y obtiene su personalidad creadora.
Ni hay duda posible sobre la identidad literaria del mundo de Juan Pedro Aparicio, ni siquiera del relieve que conforma un estilo, un modo de escribir o el cuento que se cuenta, sea cual sea el género narrativo en que el autor se mueva. Aparicio no sólo tiene libros suficientes para que quede clara la contabilidad, sino que desde muy pronto ofreció los rasgos precisos que apuntaban y en seguida detallaban la orientación de su mirada.
El combustible no se agota, y existen modos variados de repostar, desde la sabiduría y la lucidez. Creo que en el caso de Juan Pedro, cuando ni siquiera existían previsiones de agotamiento, hubo una renovación de carburante que provenía, como en él es habitual, de un reto de experimentación.
En el rastro de la escritura de Aparicio es fácil detectar la índole de ese reto, como una corriente subterránea que, de cuando en cuando, aflora de modo más visible. Experimentar es una manera de no conformarse o, por mejor decir, de no habituarse ya que el hábito puede certificar un punto de llegada que logre complacernos más de lo debido. Los escritores que experimentan nunca se sienten del todo complacidos.
Tras muchas novelas y algunos libros de cuentos, también de ensayos y viajes, Aparicio hizo lo que pudiera parecer un alto en el camino. Y lo que vino después, de manera extremadamente consecuente y novedosa, fue una suerte de reinauguración de su mundo en un género muy propicio a la experimentación, y muy trivializado, todo hay que decirlo, cuando no se afronta con esa voluntad.
En la continuidad de su rastro, los rasgos de las piezas que Aparicio nos ofrece en sus microrrelatos tienen algo así como la quintaesencia del mundo que nos venía descubriendo, las esquinas, las sombras, las atmósferas, los espacios narrativos de ese mundo, encendido de nuevo con un carburante tan apabullante como sorprendente.
No hay mucha materia comparable, en lo que ahora se edita, con el logro de esta parte cercana de su obra, donde el escritor se reinventa hasta límites insospechados, incrementando la intensidad, la tensión, la sorpresa y la ironía de sus invenciones. Pero el microrrelato, el tan traído y llevado cuarto género, que ahora mismo parece bailar en la cuerda floja de las improvisaciones y los imponderables de la red, ya tenía su huella personal en los orígenes del escritor, ya formaba parte de sus rasgos originarios.
Es una experiencia verdaderamente reveladora, leer los microrrelatos de Aparicio sintiendo hasta qué límite intensifican su universo, las manías y obsesiones de quien es dueño de una mirada inefable sobre la condición a la que pertenecemos y del paisaje moral que nos contiene.
Siempre hubo en la ficciones de Aparicio un componente fabulístico, una escritura que cede a la complejidad lo que se detalla en la metáfora. Y con ese mismo combustible se alimentan las invenciones más cercanas, siempre metafóricas y, con frecuencia, emparentadas con una suerte de fantasía que desborda las redes de lo real sin que la realidad deje de ser la materia en la que se obtiene lo que el relato rezuma.
Rasgos y rastros, al fin, de quien ata la imaginación al misterioso intento de dar sentido a lo que se percibe o descubre como la vida en blanco.