Es muy clarificadora la reciente Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, de Irene Andres-Suárez. Entre las muchas conclusiones a las que podemos llegar después de su lectura, subrayo la que conduce a una afirmación de la que ya éramos muy conscientes: Juan Pedro Aparicio es un autor de hondo significado a la hora de hablar del microrrelato español, con dos títulos de especial relieve: La mitad del diablo (2006) y El juego del diábolo (2008). Es conveniente añadir un nuevo título, Asuntos de amor (2010), por su carácter unitario desde el punto de vista temático y porque en sus páginas aparecen media docena de inéditos. La cronología de la publicación certifica la división, de especial carácter pedagógico, en que habla de escritores consagrados ya en el siglo XX, que se incorporan al mundo del microrrelato al inicio del siglo XXI (José María Merino, Juan Pedro Aparicio o Luciano G. Egido).
El microrrelato –flash fiction lo llaman algunos en el mundo anglosajón, y es conveniente tenerlo en cuenta en el caso de Aparicio- tiene como característica básica su naturaleza elíptica, que se muestra en la tensión entre lo que se dice y no. Esto último, curiosamente, adquiere mayor entidad, lo que, por una parte, no nos permite hablar, porque no la hay, de una complejidad estructural, y, por otra, que el lenguaje connotativo adquiere no poco protagonismo.
Lo dicho hace que el texto se cierre de forma imprevista, hecho que, junto a la connotación, permite al lector intentar reconstruir esos vacíos, reconstruir, en definitiva, lo que ha ocurrido y no se cuenta. Es una invitación a la complicidad, a la complementariedad. Creo que aquí reside uno de los secretos, y de los éxitos de la progresiva consideración hacia este género entre nosotros.
Juan Pedro Aparicio define el microrrelato –él los llama relatos cuánticos– como “una forma singular de lo literario gobernada de modo muy principal por dos polos: la elipsis y la invención, en la que el humor suele estar muy presente”. Abunda en el cuento y en el cuántico, asentado el último fundamentalmente en la inspiración súbita, lo que permite hablar de la fantasía como otro de sus pilares: “El cuento es aquella narración que empieza pronto y termina enseguida. El cuántico ha de empezar por tanto antes y terminar también antes, lo cual es casi un milagro, un milagro de elipsis. Por cierto, que aquí está, a mi juicio, la clave del género, en la elipsis, y probablemente también en el humor”.
Hago una propuesta de lectura de dos microrrelatos de Asuntos de amor, elegidos prácticamente al azar, para que el lector intente, además de gozar, recapitular lo dicho amparándose en ambos textos:
1.- PROFESIONALIDAD
Una noche, mientras el detective engañaba a su mujer en un motel de mala muerte, irrumpió en la habitación un fotógrafo que gastó medio carrete ante sus narices, sin que le diera tiempo no ya a cubrirse, sino a separarse del cuerpo desnudo de su amante. “Y ahora, ¿qué hacemos con estas fotos?”, le preguntó al día siguiente el fotógrafo que él mismo había contratado. El detective no lo dudó. Su oficio era acechar a los demás. Y ahora necesitaba saber lo que sentían aquellos a los que había sorprendido en adulterio: “Envíaselas a mi mujer”.
2.- FELICIDAD CONYUGAL
La quise porque me dio la gana; ella no me quiso por lo mismo. Fuimos un matrimonio muy feliz.
No cabe duda de que en estos textos están encerradas las cualidades del género y la concepción que el escritor tiene de él. Añádase la apuesta por la hiperbrevedad de que hace gala la actual narrativa, y tendremos unos frutos muy satisfactorios, llenos de fantasía y humor, no exentos de cierta sátira irónica. Es admirable la capacidad de síntesis. Y una forma magnífica de complicidad, de participación de los lectores, lo que siempre es de agradecer. Lectura activa y creadora.
Una reciente entrevista nos permitía conocer la finalización y próxima publicación de la última novela de Juan Pedro Aparicio, Nuestros hijos volarán con el siglo. Nadie va a descubrir a estas alturas su proyección novelística, tan consolidada y de hondo calado en el panorama de la actual narrativa española. Por eso estas líneas pretenden ser, en su brevedad, una reivindicación de su narrativa breve, de su dimensión de creador de microrrelatos. Pero una reivindicación en tanto y cuanto su lectura será, para quien aún no lo haya hecho, un descubrimiento, un verdadero gozo. Y si, además, tiene la ocasión de poder escuchar una velada en que el autor lea textos propios de estas características, miel sobre hojuelas. Qué más se puede pedir.