Confesión

(Cuento)

Juana Vázquez

— Avemariapurísima

— Sin pecado concebida.

— Bueno padre, yo vengo a que interceda por mí ante Dios. Tengo un problema y quiero que hable con el Señor para que le diga de dónde puedo sacar pasta, pues  ni siquiera tengo para echarme un trago, aunque sea de vino peleón. Y como hoy es Navidad, he aprovechado este día que, sin duda, Dios hará todos los favores que le pidan, pues para eso es el día de su cumple.

— Esto es un confesionario, y aquí  se viene a contar los pecados, no a decir que yo interceda por usted para comprar vino. Quizá cuando usted se haya confesado y esté en gracia, yo puedo interceder por usted ante Dios pero para  que le perdone y le dé paz, que en estas fechas falta le hace, pero no para lo que dice, que me parece una herejía.

— Pero vamos a ver ¿esto no es una cabina telefónica donde el cura habla con Dios para lo que sea?… Los que tengan pecados, pues está bien que sea para eso, para que se los perdone, pero lo mío es diferente, porque yo no tengo ningún pecado, yo lo que  tengo es unas ganas terribles de beberme unos tragos, ya que todo el mundo en estas fechas anda desmadrado de bares copas y lo que sea, y yo estoy lamido de pasta, es decir que tengo un mal rollo que no me aguanto, y como dicen que a Dios  lo que le pide un sacerdote, que es  su amigo, se lo concede, y más siendo el día que es hoy, pues yo vengo a esta cabina para que lo llame y le cuente lo mío, haber si me hago con pasta, pero pasta de verdad, no para hoy sí y mañana no, que eso es un sinvivir, y además si Dios es poderoso, le dará lo mismo ocho que ochenta, y usted ya me entiende, yo voy a lo más, es que si no esta puta vida no merece la pena..

— Pero ¿qué cuenta hombre de Dios? Ya le digo, esto es una herejía, ¡venir al confesionario a que Dios le de dinero para beber! Usted no está en sus cabales. Debería pensar lo que hace antes de hablar. Dios no se lleva bien con los borrachos, eso es un vicio y Dios odia a los viciosos, pues cuando una persona está borracha no sabe lo que hace y puede cometer muchos pecados. Y es que el alcohol lleva a la indolencia, a la lujuria, y a todos los pecados capitales.

— Pues en eso no tiene razón, ya que  yo cuando cometo pecados es cuando no puedo beber. Entonces  me entra por robar, pegar, insultar, irme con las  mujeres malas…Llevo dos día con seis  cartones de vino peleón,  que me los ha dado el de la taberna de Alonso–  y eso por ser las fechas que son que si no– … Y menos mal a esos cartones, no he cometido muchas barbaridades, pues aunque poco, me ha mantenido más o menos en mis cabales, que si no, no sé que hubiera hecho. Seguramente, hubiera cometido  muchos de lo que usted dice pecados. Por eso el Señor que es misericordioso, y sobre todo en estas fechas, hará todo lo que pueda para que yo sea bueno, pero es que yo no tengo una de estas cabinas para poder hablar con Él, y por eso como sé que los curas son intercesores–  esto me lo enseñó mi madre muy bien– , vengo a que desde esta cabina pueda usted hacerlo. De todas formas si usted no quiere, me deja el teléfono y lo hago yo, que creo que no debe ser difícil, pues ustedes están mucho tiempo parados y el teléfono libre, y más en estas fechas. No hay pues que esperar,  y yo no creo que sea algo  a lo que uno no llegue, en fin que no tendría mucho problema, digo yo.

— Buen hombre usted está borracho, y está dejando al Señor en mal lugar, pues Él no interfiere por los borrachos, eso no es cuestión de nuestra doctrina, a no ser que cuando estén en sus cabales se confiesen y por lo tanto estén en gracia de Dios. Así que hágame el favor de irse.

— ¿No quiere usted ponerse en contacto con ese Señor todopoderoso para interceder por mí?… Le advierto que soy una persona bondadosa y buena, hoy he ido a ver  un Belén y allí no he bebido una gota de vino, y además cuando mis compañeros no tienen un puto cartón, yo se lo paso, y  no crea que lo hacen todos, que cada uno lo guarda como oro en paño. Y eso se llama amar al prójimo, que aunque no crea me acuerdo mucho de lo que me decía mi madre. Así que ande no sea remolón y hable ya de una puta vez, que me estoy alterando, y si no páseme el teléfono.

— ¿Pero es que no se da cuenta de que esto es un confesionario para que las personas cristianas y en sus cabales vengan a que se le perdonen sus pecados, mediante una penitencia que le imponemos?

— Pues eso es lo que yo quiero, tener para beber, y poder estar  en mis cabales, no salido de madre como estoy ahora, por no tener ni una gota de alcohol.  ¿Es que no se da cuenta de cómo están todos los bares en este tiempo de Navidad y yo, sin embargo,  lamido de pasta ?…

— Dios mío estamos en una época en la que no se confiesa ni Dios, y uno que se acerca es un borracho gilipollas…¿qué he hecho yo?… No puedo más. Esto es superior a mis fuerzas. ¡¡Qué vergüenza!! Váyase de una vez.

— ¿Irme sin hablar usted o yo con ese todopoderoso?… Ya le he contado lo que me pasa, así que no pienso moverme de aquí.

— Le he dicho que se vaya, ¡¡leche!! y si no se va, me voy yo.

— No lo dejo irse hasta que no me dé el  teléfono.

— Pero ¿qué teléfono?…

— El que utiliza usted para hablar con el todopoderoso con el fin de que  perdone los pecados de los que vienen aquí.

— Pero eso no es así. Está tan borracho que delira.

— O sea que usted miente, que no es un sacerdote limpio de polvo y paja.

— ¿Se puede ir de una puta vez?… Me está sacando de mis casillas,  ¡¡borracho  gilipollas!!.

— Yo sólo quiero el teléfono, pero ya veo que usted no está por la labor, y hasta que no lo tenga de aquí no se mueve ni Dios.

— ¿Pero qué teléfono ni qué leches?… Le voy a dar dos hostias que se va a quedar mucho más mamao de lo que está ¡¡ hijo de puta!! que me está dado el día, ¡¡borracho de mierda!!.  ¡¡¡O se va ahora mismo o no respondo de mí!!! ¡¡¡Vaya día de Navidad!!!

—  Ya veo que usted tampoco está en sus cabales. Pues yo lo único que puedo hacer es ir a la taberna de Alonso y pedirle, que por el día que es hoy, me dé otro par de cartones , y nos lo tomamos aquí mismo, y ya más tranquilo, coge el teléfono, y le dice a ese Señor de “arriba”  lo que me pasa, o me deja el  teléfono, pues ya le digo que estoy sin blanca. Ahora  el vino que me pueden dar en la taberna de Alonso, no es de buena calidad, y yo diría que no está bien al cien por cien, pero para que vuelva uno a estar en su cabales vale, eso se lo digo yo.

 11- 9- 2012

Del Autor

Juana Vázquez
Doctora en Filología (especialista en el XVIII) y Licenciada en periodismo. Ha colaborado en diversos proyectos del Consejo de Investigaciones Científicas, así como en la sección cultural de Diario 16, El Mundo y ABC. Hoy por hoy colabora en El País, Babelia, así como en Cuadernos del Sur. En la actualidad, está en la Universidad de Alcalá, donde imparte masters de postgrado. Aparte de ensayos, artículos de opinión,y crítica literaria, ha publicado en diversas revistas de poesia: Atlántica, El Matemático, Barcarola… así como los poemarios, Signos de Sombra, Ed. Kilix, 1993, En el confín del nombre, Huerga & Fierro, 1998, Nos+otros, Sial, 2003 , Gramática de Luna, Huerga & Fierro, 2006, y Escombros de los días, Huerga & Fierro. 2011. Asimismo , ha publicado una novela Con olor a naftalina, Huerga & Fierro, 2008. De ella ha dicho Pozuelo Ivancos (ABCD) : “Juana Vázquez recorre en su primera novela uno de los distintos caminos de su renovación posible...". Su último libro es el ensayo: El Madrid cotidiano del siglo XVIII, Endymión, 20011.