En los años sesenta nos convertimos en extraños para nosotros mismos. Las convicciones políticas pasaron de la democracia a la revolución, y de la revolución a la democracia. Pero sobre todo varió nuestra apreciación de los valores. Drogas, sexo y rock parecieron entrar en conflicto con la estricta moral de nuestros referentes republicanos e institucionistas. ¿Qué era mejor, la gimnasia matutina o la nocturna centramina esclarecedora? Y en esto llegó Aparicio. Aparicio era el único que tenía un piso en un barrio bien, con un portero ante el que había que comportarse correctamente, ya que vigilaba las costumbres de los inquilinos. Pero dentro del exiguo piso había un reducto de amistad que lo era a la vez de libertad. Éramos libres por dentro, pero, en aquel piso que frecuentábamos y en el que casi vivíamos por la generosidad de Aparicio, padecíamos los cambios del mundo hasta tal punto que la felicidad nos era negada. La expresión no puede ser más castiza: jodidos pero contentos.
El momento más agudo del conflicto entre el deber y el querer ser otra cosa, era el de los exámenes. Y resulta que en medio de aquella batalla con los textos anticuados y la urgencia de pasar el curso, a Aparicio se le ocurre ponerse a escribir ficción desenfrenadamente, como si fuera la revancha contra la infelicidad, los exámenes y la gris realidad circundante. Noche tras noche, el estudio del Derecho y la Filosofía se veía interrumpido por la literatura y, a veces, por el cine convertido en proyección de sueños y deseos.
Aparicio poseía una gran vehemencia y un estricto sentido de la amistad. Y comenzó a aplicar ambas cosas durante la redacción del primer trabajo literario que yo le conocí: El origen del mono. El principal destinatario de su lectura era José María Merino, pero dos o tres personas más gozábamos de la confianza del autor como para hacer de oyentes. La vehemencia – a veces frenesí- que Aparicio exhibía en las largas noches de discusión político literaria, comenzó a aplicarlas a la literatura. Aparicio parecía pegarse, enfadarse, y zafarse con toda la literatura establecida, en busca de algo primordial, puro, originario. Una y otra vez nos sometía a las nuevas versiones de aquellas historias de monos vejados, amaestrados, domesticados, rebeldes y rabiosos. Creo que hay algún relato de los que componen El origen del mono que me sé de memoria desde entonces. Había, también, una gran piedad por aquellos seres semihumanos en las páginas del joven escritor. Quizá en aquellos monos estaba el origen de nuestro propio aprendizaje, la tensión entre el sometimiento y la rebelión. De mí solo sé decir que me hicieron suspender el examen de Metafísica.
Años después, durante la lectura de El año del francés, convertido Aparicio en un gran narrador – podría recordar otras novelas, pero mi favorita es ésta-, me vinieron de pronto a la memoria aquellos días de junio joven. Si algo caracteriza al escritor Juan Pedro Aparicio es lo cotidiano – provinciano en El año del francés– envuelto en una relampagueante atmósfera fantástica. Y quizá y sobre todo que el hilo que conduce la trama llega hasta el final de la novela.
Yo pude el presenciar el origen del escritor Aparicio, y ese es uno de los gratos recuerdos de mi propia formación.