Dos miradas desde Cuba

José Gabriel Barrenechea

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Catastrofismo y pensamiento de izquierdas

 

Un considerable sector del pensamiento de izquierdas contemporáneo resulta anacrónico a la luz de lo poco que con cierta certeza podemos afirmar al presente acerca el mundo en que vivimos. En este izquierdismo el Universo en que se concibe la vida de los hombres y el desenvolvimiento de sus sociedades es en esencia benévolo. Un paraíso creado especialmente para el hombre, del que si al presente no podemos disfrutar a plenitud lo debemos a que alguien en un remoto pasado dijo esto es mío y plantó una cerca.

Esta visión paradisiaca del Universo en que vivimos es originalmente cristiana. El izquierdismo la hereda a través de su elaboración intelectual por Giordano Bruno. Fue él en definitiva quien le legó a esta corriente política de pensamiento el modelo de Universo sobre el cual Carlos Marx concibe su completa teoría del cambio social. Porque no lo perdamos de vista: Si Marx presupone que las fuerzas dialécticas internas del sistema social son las determinantes en su evolución, muy por encima de las influencias externas al mismo, se debe a la creencia en esa connatural benignidad del Universo. Creado al parecer para amparar la evolución intrínseca del sistema social cerrado.

No obstante, si algo hemos aprendido durante el último medio siglo de exploración espacial y temporal es que el Universo en que habitamos es más bien un entorno altamente hostil para la vida. En él un conjunto puntual de circunstancias casuales han permitido el surgimiento y la sobrevivencia de nuestra especie. Incluso el rango de tiempo en el cual podría surgir vida en este Universo nuestro se encuentra bastante limitado. Para que se entienda: Si en un final la Humanidad ha podido concebir una teoría como la de Marx, se debe no a otra razón que al hecho de que en los últimos 10 000 años haya disfrutado de un periodo de inusual tranquilidad. Al menos desde el último gran deshielo, los humanos no hemos debido enfrentar ninguna mega-catástrofe que pusiera en peligro la continuidad de nuestra especie.

Es esta base de su pensamiento, el universo en que cree vivir, la que le impide al pensamiento de izquierdas entender al Catastrofismo no como otra cosa que como el resultado de la histeria colectiva en los supuestos y siempre anunciados estertores del Capitalismo. No obstante, la creencia de que vivimos en un universo hostil en el que constantemente nos encontramos bajo la amenaza de desaparecer a causa de alguna mega-catástrofe, o lo que es lo mismo, el Catastrofismo, es en verdad más bien un poderoso remedio contra la histeria. En específico la de una Humanidad que tras haber avanzado a pasos de gigantes entre 1492 y 1969 se descubre de repente encerrada en un planeta del que algunos claman no podrá salirse nunca (Fidel Castro, por ejemplo).

jose-gabriel-barrenechea-estelunes-otrolunes44-2El Catastrofismo es quizás el sustituto ideal de aquel espíritu puritano que compelía al hombre a no echarse sobre un almiar tras haber saciado su hambre y las necesidades más elementales de los suyos, sino a actuar incansablemente sobre un mundo que según Locke Dios nos había entregado para que en él ejerciéramos libremente el don de la creatividad con que había tenido a bien dotarnos. Porque es evidente que en un universo hostil el aumento de nuestras probabilidades de sobrevivencia solo se concretará en la medida en que aumentemos nuestra capacidad de superar cada vez mayores variaciones de esa, anormalidad, en que hemos estado viviendo durante los pasados 10 000 años. O sea, en la medida en que aumentemos nuestra capacidad de superar cada vez mayores mega-catástrofes. Lo cual en un final únicamente se podrá conseguir creciendo de manera ininterrumpida de los dos modos siguientes:

  1. En cuanto a las formas y cantidades de energía que somos capaces de controlar con eficiencia: en el año 1200, con solo la leña a su disposición para calentarse, la Humanidad no hubiera podido sobrevivir a un mega periodo glacial como el de hace 500-400 millones de años; a diferencia de la actualidad, cuando somos capaces de explotar controladamente en gran escala el carbón mineral, el petróleo y hasta el uranio.
  2. En cuanto a los volúmenes de espacio que somos capaces de explotar y de ocupar físicamente: si hace 120 000 años un cataclismo regional en África estuvo a punto de eliminar de a cuajo a una flamante especie, el homo sapiens, hoy que se ha extendido por toda la superficie del globo algo semejante quizás le traería consecuencias severas, pero no comprometería su existencia.

Crecer, y no solo en conocimientos o saberes, sino en general económicamente, es en consecuencia una necesidad de supervivencia. Que no nos la asegura por completo, es cierto, pero al menos es el único modo de luchar por ella que tenemos a mano. Centrar el interés individual y social en ese crecimiento no es por lo tanto un síntoma de la neurosis de una sociedad, la Capitalista, en que los individuos tratan de superar con la compulsión por el trabajo el hecho de que dicha sociedad les haya dado la libertad “negativa”, pero no la “positiva”, al decir de Erich Fromm. Es, siempre que los individuos concienticen nuestra verdadera situación no paradisíaca, la única manera de ejercer la verdadera libertad: La de intentar imponerle nuestra presencia a un Universo que nunca nos la pondrá fácil.

En este sentido en un universo hostil el cooperar ya no es un asunto solo de justicia. Si por una parte se vuelve necesidad perentoria promover al máximo posible las capacidades individuales de cada ser humano, nunca iguales, y en consecuencia y sobre cualquier otra consideración, el libre pensamiento y la libre expresión, ya que constatablemente son estas libertades las que han permitido el inmenso aumento de nuestro potencial de enfrentar cada vez mayores mega-catástrofes, también se nos hace evidente que si deseamos ampliar nuestras posibilidades de sobrevivencia estamos obligados a complejizar cada vez más nuestras formas de cooperación. Se descubre así el hombre del III Milenio necesitado de mecanismos de consensuación cada vez más elaborados, junto a una mayor cultura de la tolerancia y de la responsabilidad en la propia supervivencia, asumida como acto colectivo. Mecanismos de consensuación que, aceptémoslo, ninguno de los socialismos que hasta ahora hayan existido ha sido capaz de mantener ni tan siquiera a niveles semejantes a los que el capitalismo, con todo y sus innegables defectos, ha alcanzado a llegar.

En cuanto a este último, sin embargo, es necesario por todos los medios limitar su insana tendencia a promover formas de consensuación inconscientes, en específico el mercado, en detrimento de otras formas de consensuación conscientes, como el debate racional o los mecanismos electorales. No debe dejar de comprenderse que la creencia de que la economía funciona por sí misma, y que lo mejor es por tanto no interferir en su evolución natural, no es otra cosa que un rezago de la misma creencia de que vivimos en un universo paradisiaco. La Humanidad necesita retomar las riendas de la economía, y entre otras acciones debe pasar de formas económicas basadas en la compulsión por el consumo o la obsolescencia anticipada a otras en que se priorice el crecimiento verdaderamente necesario: el relacionado con las formas y cantidades de energía que seamos capaces de controlar, y con el tamaño del espacio que alcancemos a ocupar.

En definitiva para la visión catastrofista la Humanidad se convierte en un ente activo. Gracias a ella, de las clásicas analogías de la humanidad como rebaño o como máquina pasamos a la de esta como la tripulación de un viejo barco de velas en medio de la tormenta. Pero claro, semejante analogía lleva implícita la aceptación de que estamos absolutamente solos y por nuestra cuenta. Sin divinidades o leyes supra-históricas que amparen nuestros pasos en este mundo. Lo que el sistema nervioso de la inmensa mayoría de los izquierdistas parece no estar preparado para soportar.

Es por este empecinamiento en pretender que se vive en un Universo cristiano, que tantos representantes de este izquierdismo se acogen a visiones anti-progresistas al presente, al negar la necesidad de un desarrollo tecnológico, y por sobre todo económico, siempre creciente. De este modo llegan a sostener ideas en realidad sumamente retrógradas, cual la mencionada de la imposibilidad para la humanidad de extenderse más allá de La Tierra.

 

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Su Mercé Don Castro, el Amo ancestral

 

Quedan en Cuba, aquí y allá, muchos rezagos espirituales de los tiempos fundacionales de la Colonia.

El Amo, sea en la variante del propietario de esclavos que no solo explotaba, sino que también amparaba y proveía, del señorón de ciudad, de quien hasta los altivos negros curros dependían para que intermediara entre ellos y las autoridades, todavía está muy vivo en el corazón de algunos de los descendientes de aquellos siervos o clientes de antaño.

En el de Cándido Fabré, por ejemplo, a quien el otro día tuve que sufrir escucharlo repetir una y otra vez aquello de: “y deja que Raúl se entere”. Que se enterara, por cierto, de que por las leyes impuestas por ese mismo señor, o por las facultades cuasi omnímodas que también él les ha otorgado a los trabajadores de la Aduana (esa mina de oro a la que invariablemente van a parar los individuos más incondicionales a su poder dentro de nuestra sociedad), al pobrecito Cándido Fabré le habían quitado mucho de lo que traía de uno de sus recientes viajes al exterior. El remate de la canción, para extrañeza de quienes hemos escuchado las peroratas de Abel Prieto en más de una ocasión, era aquello de que a él no lo ponían en los medios nada más y nada menos que por su acendrado fidelismo.

En esencia, que en la monótona canción el esclavo Fabré mostraba su incondicional fidelidad al Amo, Raúl Castro, para solo así atreverse a acusar al contramayoral, la Aduana o los Medios, y para a la vez intentar conseguir una dispensa discrecional a lo establecido que le permitiera a él (los demás que se… las arreglen como puedan) traer un contenedor entero para el próximo viaje, o que su voz y su cara ya nadie se atreva a sacarlas de la radio y la televisión cubanas. Repetía, y lo peor, reforzaba en el considerable sector de nuestra población que lo sigue, ciertos modos de comportamiento ante el poder de muy añeja data entre amplios sectores de la sociedad cubana.

Que el Amo sigue vivo en el corazón de muchos, pero muchos cubanos, se puede comprobar al escuchar hablar en la TV  a los damnificados por el huracán Matthew: En un país en que los esclavos raramente fueron recluidos en barracones, y donde por lo general se les permitía tener sus bohíos propios y criar sus puercos, estos discursos son solo un eco, y no remoto, de aquellos otros registrados por cubanos como Anselmo Suárez Romero, o por los muchos extranjeros de paso entonces por la Isla. Discursos mal compuestos en que el esclavo, ante la pregunta del visitante, no dejaba de mostrarse agradecido a su “amito(a)”, que le permitía servirse de las yaguas de su hacienda para forrar sus míseros hogares, o que les dejaba recoger libremente el palmiche de sus palmas para alimentar a sus puercos. La diferencia está en que, en una era en que los metales son muchísimos más accesibles, el agradecimiento es ahora por par de planchas de zinc para el techo, media libra de puntillas, y quizás un préstamo en los bancos estatales (del Amo Raúl); préstamo que en muchos casos solo terminarán de pagar sus hijos.

Pero no se piense que el Amo solo sigue vivo en el corazón de esos pobres diablos, a quienes solo un ciclón suele poner ante las cámaras de una televisión nacional más preocupada por mostrar lo “mejor de nuestra realidad” (generalmente nuestros ubicuos dirigentes de apariencia redondeada), o de artistas populares de tan escasas luces como Cándido Fabré. Paradójicamente en el de muchos de nuestros intelectuales más relevantes el señor ancestral también late.

Esteban Morales.

Esteban Morales.

Ahí tenemos, para demostrarlo, el caso de Esteban Morales.

Todos recordarán su expulsión del Partido hace ya más de un lustro: Una carta, en que denunciaba la corrupción reinante en las altas esferas partidistas y gubernamentales, fue la razón aducida por su comité municipal del Partido para votarlo a cajas destempladas.

Lo que si muchos no conocerán son las circunstancias de su regreso. Tuve acceso a ellas cuando hace algunos años, en cumplimiento de la tarea que le “había asignado” la “Máxima Dirección del Partido”, el señor Morales recorría las provincias para explicarnos a los guajiros la correcta política racial de la Revolución.

En la sede provincial de la UNEAC, y ante un público compuesto por unos pocos intelectuales, algún que otro estudiante de periodismo, la blanquísima comisión Aponte de Villa Clara, y media docena de fornidos trabajadores de ETECSA a quienes todos sabíamos a qué habían mandado a allí, Morales contó lo siguiente: Poco después de su expulsión, viajó por varios meses a los EE.UU. A su regreso se encontró con una citación a un eminente lugar que él, sin embargo, no quiso especificarnos cuál. En la fecha indicada asistió, para ser conducido a una oficina con aires de sanctasanctórum en los silencios y gestos con que el narrador sugería mucha más información que la que nos hacía llegar con las palabras. En la habitación poblada de esa luz dorada que suele tener el poder para algunos, alguien, que el narrador también nos sugirió muy pero muy importante, aunque sin tampoco indicarnos su nombre o cargo, tuvo el supremo gesto: Abrió una gaveta de su buró, sacó el viejo carné del Partido de Morales, y sin otra formalidad se lo lanzó por encima de mueble.

Al final de toda esta narración los ojos de Esteban “Aponte” Morales lucían el orgulloso brillo de quienes han tenido la suerte de que el poder se fije en ellos por un instante.

Todo el despliegue de su actuación resultaba revelador para cualquiera que conozca algunas de las claves ancestrales de nuestra nación: Me parecía ver en Morales a uno más de los guapetones del viejo barrio del Manglar, que tiempos en que la bahía de La Habana lucía centenares de arboladuras, contaba a sus ecobios, en alguna oscura taberna, del último gesto para con él de su Amo clientelar, el señor Don Castro. El Morales de hoy repetía frente a mí los mismos gestos despaciosos, los mismos entornos de ojos, las mismas posturas estudiadas de la cabeza, con que el agradecidísimo guapetón de barrio Esteban “El Curro” Morales, allá por el 1600, exteriorizaba ante sus compadres de navaja su profundo agradecimiento al Señor. Quien sin más había ido a sacarlo de entre las manos de las autoridades, y que ya en la salida la casa de gobierno, desde lo alto de su carruaje, había tenido a bien lanzarle de vuelta su sevillana…

Y es que sí, lastimeramente lo más nefasto de la Colonia aun vive en el corazón de muchos, muchos cubanos.

 

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.