Nicolás Guillén: 80 años de su primer viaje a México

Alejandro González Acosta
(UNAM)

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El 19 de enero de 2017 se cumplirán 80 años del primer viaje que hizo a México el entonces poeta de 35 años Nicolás Guillén. Aquí publicaría dos de sus libros fundamentales: Cantos para soldados y sones para turistas y España, poema en cuatro angustias y una esperanza. Asistió entonces al Congreso de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios de México, donde conoció a Octavio Paz, Silvestre Revueltas, José Mancisidor, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, entre varios más. De México partió para España, al Congreso convocado por la República Española, en plena guerra Civil. Este viaje cambiaría el resto de su vida. 1937 sería un año fundamental en la obra del poeta camagüeyano, que lo marcaría para siempre.

 Nacido el 10 de julio de 1902 en la ciudad de Camagüey (antiguo Puerto Príncipe, patria chica también de Gertrudis Gómez de Avellaneda, “Tula”), esa “amable comarca de pastores y sombreros” como la definiera en uno de sus versos, Nicolás Guillén Batista es mulato e hijo de mulatos, en uno de los rincones más conservadores e hispanistas de la recién instaurada República de Cuba. A los escasos quince años queda huérfano de padre, pues éste muere en un intercambio de disparos en la finca San Ramón de Múcaro, al sur de la provincia, en uno de los combates entre los “alzados” liberales (movimiento también conocido como “La Chambelona”) y el Ejército Constitucional. Detalle poco conocido: se dice que la tropa gubernamental estaba comandada por el capitán José Lezama, quien había dejado en el campamento militar de Columbia, en La Habana, donde residía, a su pequeño hijo de poco menos de siete años: Joseíto Lezama Lima… Así pues, dos de los más grandes poetas de Cuba en el siglo XX aparecen trabados desde sus infancias por un drama de sangre: todo un símbolo de lo que ha sido la vida de la isla.

alejandro-gonzalez-acosta-estelunes-otrolunes44-12Para quienes tuvimos el privilegio de frecuentar con cierta asiduidad a Nicolás Guillén, algo que siempre nos queda muy fuerte en la memoria es la espléndida risa que lo anunciaba por doquier. Hombre pequeño, obeso (muy inclinado a los placeres de la buena mesa… y también de la buena cama, por qué no), de ojos pequeños y oscuros, dedos cortos y regordetes, nada podía indicar en él a un conquistador de mujeres. Sin embargo, tenía dos formidables armas a su favor: su carcajada estruendosa y franca, y su voz, sonora y retumbante, que lo proveía de un instrumento inigualable para decir sus propios poemas, los cuales en los metales ajenos carecen del brillo especial y profundo que adquirían cuando el mismo poeta dejaba salir sus versos. Casos equivalentes, aunque muy diferentes, eran los del asmático Lezama Lima y del musitante Eliseo Diego.

A 100 años de su nacimiento, la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la que nunca dudo en calificar como su “tres veces heroica” Facultad de Filosofía y Letras, junto con otras instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, decidieron festejar al poeta cubano de la mejor forma que puede aspirar un artista: comentando su obra y vida, que es la manera más cercana y propiciatoria de leerlo y de hacerlo vivir de nuevo. Y en estos gestos generosos (que ocurrieron tanto en el Aula Magna de la Facultad ya dicha y ahora en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes), advierto el cumplimiento de eso que desde Platón viene llamándose como “justicia poética”: México nunca fue extraño para Nicolás Guillén –como para tantísimos cubanos- pues fue el primer país que conoció después de su patria; aquí llegó a Veracruz desde La Habana en 1937. El nombre del barco que lo trajo se me hace simbólico también: “Siboney”. Al poco tiempo, ese mismo año, publica aquí dos de sus primeros libros: Cantos para soldados y sones para turistas (Editorial Masas, con prólogo de Juan Marinello) y España, poema en cuatro angustias y una esperanza (Editorial México Nuevo, que más tarde volvería a editar, ya en España, Manuel Altolaguirre). Y desde México sale para España al histórico II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, a realizarse bajo las bombas en las ciudades de Barcelona, Valencia y Madrid. En ese congreso conocería a un gran poeta chileno, también comunista, llamado Pablo Neruda quien años más tarde, por esas miserias humanas de las cuales no están libres ni aún los grandes poetas, se referiría a él como “Guillén El Malo” (para diferenciarlo de Jorge Guillén, “el bueno: el español”)1.

alejandro-gonzalez-acosta-estelunes-otrolunes44-10El hecho indudable es que Nicolás Guillén no es sólo un enorme poeta para las letras cubanas2, sino hispanoamericanas y aún españolas universales. Si bien no fue el iniciador de la llamada poesía negra3, creo que se ha insistido demasiado en su condición de poeta elegíaco –y, por tanto, “político”- y se han pasado por alto otras cuerdas de su rico laúd, como serían las de un bardo heredero de lo mejor del conceptismo ibérico y en especial el enorme Francisco de Quevedo y Villegas, gran transformador de la lengua en su momento como Guillén en el suyo,4 y también su condición de poeta amoroso, enamorado y erótico.

Así como José Zacarías Tallet y su poema “La rumba” contaron con la formidable difusión internacional que le brindó la declamadora Berta Zimmerman, Nicolás Guillén le debe mucho de su popularidad a un personaje imprescindible en la cultura cubana contemporánea, el recitador Luis Carbonell5, bien llamado como “el acuarelista de la poesía antillana”, el que ha sido durante mas de medio siglo quien con una muy particular forma de decir los poemas, ha contribuido decisivamente para que la producción del camagüeyano obtuviera un lugar de preferencia entre las multitudes no lectoras. Por eso no dudo en mencionarlo junto a sus más conspicuos exégetas.

Deben destacarse en este momento cuando se cumple el primer centenario de nacimiento de Nicolás Guillén, dos homenajes recientes de gran aliento los cuales marcan positivamente la fecha: la publicación, nada casual en Cuba y en México, de sendos títulos; uno, la nueva edición de la Obra poética por la Editorial Letras Cubanas (2002)6, con compilación, prólogo, cronología, bibliografía y notas del mejor especialista en la obra guilleneana, su incondicional amigo y colaborador Ángel Augier (que como valor especial incluye dos secciones tituladas “Poemas no incluidos en anteriores ediciones de Obra poética” y “Otros poemas rezagados”, además de “Notas y variantes” registradas” y una bibliografía actualizada a la fecha de preparación (2001) entre otros méritos); otro, la aparición por el Fondo de Cultura Económica de la antología Donde nacen las aguas, con introducción de Roberto Fernández Retamar, prólogo de Jorge Luis Arcos y compilación y nota preliminar de Nicolás Hernández Guillén (nieto del poeta) y Norberto Codina, impulsada por Gonzalo Celorio Blasco y Hernán Lara Zavala. No debo dejar de mencionar al menos otra selección poética aparecida en México el año 2001, la Antología cósmica de Nicolás Guillén, preparada por el doctor Fredo Arias de la Canal y publicada por su empeño en el Frente de Afirmación Hispanista7.

El homenaje a Guillén que se realiza en este Palacio de Bellas Artes ocurre en una fecha simbólica: el 8 de septiembre es el día que Cuba celebra su patrona celestial, la Virgen de la Caridad del Cobre. La tradición cuenta en una de sus versiones que esta imagen salvadora se apareció a tres pescadores en peligro de muerte por una terrible tormenta. Los marineros se llamaban Juan Blanco, Juan Negro y Juan Indio. Más allá de las otras posibles implicaciones que tenga este suceso, es posible apreciar en sus orígenes el elemento representativo de una cultura de interacción racial muy diversa, y creo que es en la poesía de Nicolás Guillén donde alcanza su más acabada figuración literaria. Por la intención, por los temas, por el tono y la musicalidad, la poesía del camagüeyano traza la parábola de una nacionalidad miscegénica y con hondas resonancias.

alejandro-gonzalez-acosta-estelunes-otrolunes44-11Sin embargo, creo también que se ha abusado un tanto al destacar la “africanía” de Guillén. Sus poemas de tema negro son ante todo cubanos y, por tanto, denotativos de una nacionalidad que, aunque es suma de partes, se diferencia sustancialmente de sus fuentes originales. La mayor parte de los términos asumidos como “africanos” en su producción responden al concepto de jitanjáfora, acuñado nada menos que por Alfonso Reyes para denotar el empleo de vocablos eufónicos pero vacíos de significado en la poesía del también cubano Mariano Brull, utilizados sólo por su musicalidad. Así sucede, por ejemplo, en palabras como sóngoro cosongo y muchísimas más. Y es que Guillén por formación y por preferencia es ante todo un maestro en el empleo del idioma español en lo que de más clásico y permanente tiene. Y dentro de las muchas lecturas formativas de su más temprana adolescencia se encuentran los grandes místicos como Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, quienes encuentran su condensación superior en Francisco de Quevedo y Villegas. Así como Lezama Lima es para mí el Góngora cubano del siglo XX, Guillén es sin duda alguna el Quevedo. Para muestra fehaciente siéntase el universo de pensamientos y la combinación de cuartetos y tercetos de este soneto guilleneano que habría firmado gustosamente don Francisco:

 

“A Juan Marinello”

El tiempo, Juan, con su fluir callado,
gota a gota desgrana nuestra vida,
y deja siempre en su impalpable huida,
a golpe y golpe, el corazón marcado.

Selva o jardín, violento bosque o prado,
cerrada cicatriz o abierta herida,
blasones son de quien blasones cuida,
a golpe y golpe el corazón marcado.

Resplandece en jardín y bosque y prado
tu estatura de estatua sostenida
bajo un fulgor de sueño conquistado:

El tiempo, Juan, con su fluir callado,
la sonrisa te dio de quien olvida,
a golpe y golpe el corazón marcado.

Creo que será este Guillén, el clásico, el que se estremece con los valores universales y permanentes del espíritu, quien mejor se conservará en la memoria y en el gusto de las futuras generaciones. Otros poemas suyos, compuestos al vaivén de acontecimientos y contingencias pasajeras, han pasado ya a la sombra del olvido. Igual sucede con otros grandes poetas –Quevedo, Góngora y Lope incluidos- y no resta merecimientos a su obra, pues se trata de esos inevitables tributos a su tiempo que todos han debido pechar.

Forjado en los estertores del postmodernismo expirante, Guillén frecuentó también la poesía de los grandes románticos y también de los menores: Espronceda lo mismo que Bécquer, y Campoamor al igual que Núñez de Arce. Es a partir de estos orígenes y de una admiración sin reservas por Darío, que toma conocimiento de las corrientes de vanguardia: César Vallejo, Vicente Huidobro –entre los hispanoamericanos-, André Breton, Paul Eluard, Louis Aragón –entre los franceses-, Vladimir Maiakovski, Serguei Esenin –entre los rusos-, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández –entre los españoles- y muchos más, van formando el universo poético donde traza su trayectoria propia el poeta cubano hacia formas cada vez mejor cuajadas y personales, las cuales se cristalizan en su sintonía con lo que después se llamaría la “poesía negra”, es decir, aquella de profundo sentido social y con evidente compromiso político, que asume el negro y sus variantes raciales, sus problemas y sus conflictos expresivos de inserción en una sociedad criolla, pero que tampoco desdeña el abordaje de un escenario más amplio, tanto nacional en los conflictos del campesino y el obrero, como internacional en las causas de reivindicación de los oprimidos del mundo desde una confesa posición comunista, según fue una tendencia muy generalizada de muchos poetas posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la política leninista estableció lo ineludible del compromiso del escritor con su tiempo y circunstancias, lo que dio origen a los llamados “escritores comprometidos” para quienes Stalin consolidó todo un prontuario estético y poético y hasta un premio que llevaba su nombre y que en su momento recibió el propio Guillén.

alejandro-gonzalez-acosta-estelunes-otrolunes44-14Nicolás Guillén fue un poeta vinculado estrechamente con el poder desde 1959 hasta su muerte, pero especialmente desde que Fidel Castro dictó su posición comunista y estableció una cierta reconciliación estratégica con los antiguos militantes del partido, a quienes había despreciado abiertamente hasta ese momento. Este lazo tuvo sus momentos felices y otros no tanto: mi amigo José Antonio Portuondo me confesaba en alguna oportunidad el aprieto en que lo colocó Nicolás cuando “se enfermó” repentinamente y no asistió a la sesión que tenía que encabezar como presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en la Sala “Rubén Martínez Villena”, donde se realizó la mascarada de la autoinculpación del poeta Heberto Padilla, montada por un Beria tropical, e hizo que “Pepé” tuviera que “agarrar el toro por los cuernos” en ese capítulo nefasto de la cultura cubana, verdadero aquelarre represivo de triste pero inevitable memoria.

Guillén recibió todos los reconocimientos y honores que el gobierno de Fidel Castro acumuló sobre sus hombros: premios nacionales de cultura, premios de literatura, ediciones de lujo, viajes, poder, beneficios excepcionales como casa confortable –en el entonces lujoso rascacielos habanero “Someillán”, que hoy amenaza ruina- y dietas exentas de la general, obligatoria y eterna “Libreta de Abastecimientos”, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y, para cereza del pastel, el título por decreto presidencial de “Poeta Nacional”.

Era lo que en Cuba todavía se conoce como esa raza especial de “el dirigente”, muy por encima del resto de los mortales. Tantos honores y privilegios recibió, que ladearon sobre su cabeza la corona de laurel del poeta… El poder marea a los hombres. Y Nicolás Guillén, aunque un gran poeta, era un hombre como cualquier otro. La historia ilustra muchísimos casos de escritores y artistas que por su proximidad al poder hicieron concesiones lamentables, pero supongo a la larga lo que debe predominar –pasadas las urgencias y apasionamientos del momento inmediato- es la valoración de su obra, por lo cual resulta permanente. Y de esa obra, en mi opinión, lo que sobrevivirá al paso del tiempo es precisamente aquella parte que no adolece de la inmediatez de la consigna, de la cantárida del panfleto, del estigma de la propaganda y brota, poderosa y auténtica, del pecho del poeta verdadero, inspirado, generoso desgranador de metáforas con las que nos enriquece para siempre. El Guillén poeta del amor y de la musicalidad, prevalecerá a la larga sobre el Guillén de trincheras y consignas.

alejandro-gonzalez-acosta-estelunes-otrolunes44-13Un auténtico amador de la poesía reconocerá siempre su deuda con Nicolás Guillén. Una vez me acerqué a él para decirle una sola palabra: “Gracias”. Me miró y dijo: “¿Por qué?” “Gracias a un poema suyo conquisté a una mujer” respondí. Me miró y susurró: “Para eso escribo poemas”. Soltó una carcajada y preguntó todavía: “¿Y está buena?”

Ese es el Nicolás que quiero recordar y recordaré: el criollazo cubano de risa pronta, que masticaba la yerbabuena del mojito como si fuera la “nepenta maravillosa” de Darío, que observaba la cadencia de unas caderas femeninas, cual si escuchara el Concierto Número 2 de Rachmaninof; que se paraba en el jardín de la UNEAC a darle de comer a las palomas… El otro ya tiene sus exégetas: Yo paso.

 

Este trabajo hasta ahora inédito, fue leído durante el Homenaje Nacional por el Centenario de Nicolás Guillén en México, en la Sala “Manuel M. Ponce” del Palacio de las Bellas Artes, Ciudad de México, el 8 de septiembre de 2002.

Notas del artículo

  1. Vid. Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Memorias (Barcelona, Editorial Seix Barral, 1974). p. 169. En algún momento Nicolás “se la cobró” a Pablo, pues solía decir que ese libro debía haberse titulado Confieso que he bebido... ¡Cosas de poetas!
  2. Hasta se le llegó a llamar “Poeta Nacional” con esa manía que tienen los gobiernos dictatoriales grandilocuentes en magnificar lo que resulta innecesario aumentar y conferir títulos totalmente prescindibles. Me parece bastante exagerado conferir, sin consulta de ningún tipo, ese título en un país que, entre otros, ha tenido a poetas de la estatura de José María Heredia –este sí iniciador de la poesía cubana y de sus símbolos fundamentales, así como del Romanticismo hispanoamericano-, José Martí –quien comenzó el Modernismo con su Ismaelillo (1882), antes que Rubén Darío y su Azul (1888) y José Lezama Lima... Creo firmemente que más bien le hizo daño a Guillén ese tan evidente como declarado apoyo oficial a su condición de poeta superior...
  3. Ese mérito le correspondió a José Zacarías Tallet con su poema “La rumba”, muy anterior al Sóngoro cosongo.
  4. No exageraba José Martí cuando declaraba que “todos los que hoy hablamos la lengua, con la suya lo hacemos”.
  5. Luis Carbonell Pullés (26 de julio de 1923 – 24 de mayo de 2014). Pedagogo y declamador, fue llamado “El Acuarelista de la Poesía Antillana”.
  6. Realizada partiendo de ediciones anteriores: las primeras (de 1972 y 1973), corregidas y ampliadas en las segundas (de 1980 y 1981), que cuentan con una reimpresión en 1985 y una tercera de 1995, todas por la misma editorial.
  7. Fredo Arias, justo es reconocerlo, ha asumido la tarea de editar, a sus expensas y del FAH, mucho de la poesía cubana actual, así como de otros autores hispanoamericanos, considerados bajo su teoría de lo que llama la “poesía cósmica”.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.