Frenáptero (I)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Marco Tulio Aguilera Garramuño vuelve a sorprendernos.

Luego de habernos honrado con la publicación por entregas en estas páginas de su novela  Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental, que acaba de publicar la editorial mexicana Incunábula, nos propone publicar una nueva novela: Frenáptero.

¿Cómo decirle no, si es uno de los escritores latinoamericanos más exquisitos de la actualidad y si, además, tiene la paciencia y la gentileza suficiente como para que podamos ofrecer a nuestros lectores sus colaboraciones como uno de nuestros columnistas?

Comenzamos así una nueva aventura. Es un placer, como verán ustedes, leer a este colombiano asentado desde hace muchos años en Xalapa.

Redacción de OtroLunes

*** — ***

I.
Presentación del frenáptero y de su equipo de cazador Metafísico.
Sueños de un novelista que quiere comprar piano.

 

Si alguna vez ha habido en Cali,  ciudad que se prestigia de albergar especímenes humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo; si ha habido un mancebo digno de ser amado por todos, todas, siempre, sin tacha, sin pausa ni reposo, ese ser magnifico es  Adolfo Montañovivas. Su cuerpo de adolescente tierno, flexible y firme a la vez, iluminado por una piel de bronce bajo el sol, es campo iluminado y propicio para la hierba rubia de su vello que lanza destellos a la menor provocación.

Cuando Adolfo, Dolfin, Dolfo, parpadea y sonríe, caen todas las murallas. Imposible inventar contra él suspicacias, hallar segundas intenciones, reñirle. Sus razones y sin razones son tan irrefutables como la alternancia del día y la noche. Improbable descubrir en él una mirada de odio, un gesto de asco, cualquier ademán digno de lástima, indiferencia o menosprecio. Hacia Adolfo sólo se puede sentir admiración, que al poco tiempo de frecuentarlo se transforma en amor. Amor sin atenuantes y sin adjetivos, puro y sin mácula, si es que tal sentimiento existe. Que algunos o algunas quieran tergiversarlo, es asunto muy diferente.

Adolfo porta a la espalda un maletín de tela basta y trajinada que quizá en tiempo no muy remoto fuera azul. Sus tías, las adoratrices, son implacables en lo que se refiere a la limpieza de cuanto forma parte del atuendo del frenáptero . Aunque el sobrino amado no vive en casa de ellas, una mansión en indestructibles penumbras; aunque prefiera disipar las horas jugando con los hijos de Pura; aunque  escoja dormir en el lecho que le tiene tendido su propia madre , allá en las alturas del Barrio San Fernando, ellas, las adoratrices, mantienen vivo el fuego del hogar, impecables las sábanas , bruñidos los vidrios del magno ventanal que da a un jardín de monjas;  pulida la vajilla de plata y perfectamente ordenados los cubiertos ya dispuestos sobre la mesa, para que Adolfo llegue en cualquier momento, acelerado y volátil como siempre, y monte la utilería del único día feliz del año.

Las adoratrices no piden más.

La espera también es parte de la dicha. Noventa de cada  cien visitas vendrá por ropa limpia, la bendición y el beso en la frente, nada más. Luego, adiós. Adolfo les concede el don de su presencia, sin largueza y sin avaricia.

Y no es que las adoratrices gasten demasiado indumento, vituallas y lujos en las celebraciones. Visten de manera uniforme día tras día, ropajes casi funerales de color gris rata o azul profundo. Idénticas, uniformes, como si una fuera la sombra de la otra y no se pudiera distinguir cuál es la auténticamente original. Un vinillo de frutas basta para los brindis. Y hasta dura para dos visitas si lo tapan bien y lo guardan en el refrigerador. A cambio de tanto beneficio, ellas sólo tienen que lavarle con unción papal los tenis, los pantalones vaqueros y las camisetas blancas, sin olvidar el maletín de tela, que dejan impecable por el derecho y el revés, con todo y su cordón blanco.

Y si Dolfo se los permitiera (o si le diera tiempo el vendaval de su vida) le  lavarían el propio cuerpo con el que sueñan sin malicia; ese cuerpo de niño sano y perfecto que bañaron desde niño sin poder hasta hoy olvidar. Tal vez por eso se quedaron solteronas. Ningún infante, aunque salieran de las propias entrañas de la Virgen santísima, podría alcanzar un trono en sus corazones.

Las tías conocen y respetan las cosas de Adolfo.  Saben que Adolfo transporta en su maletín no sólo cuanto  halla en sus travesías alucinadas por Cali, Pance y los lugares circunvecinos , cosas que le parecen dignas de atención o estudio, sino una serie de objetos accidentales que fácilmente podrían dar cuenta de su vida, de su rumbo:

– un cornetín de lata “para dar lata”,

– un rapidógrafo, lapicero fino de arquitecto, de tinta verde imperial, su anzuelo para fijar los destellos de un mundo que se escapa sin remedio,

– una flauta dulce que nadie como él sabe tañer cuando está enamorado, feliz situación de la que Adolfo es habitante perpetuo,

– una campanilla de sacristán “para desorientar al enemigo”

– un frasco de mermelada azul (“Uno nunca sabe cuándo un frasco de mermelada azul puede ser decisivo”) que lo mismo le sirve para engatusar a las hormigas , paliar el sabor a los venenos a los cuales es adicto o arrojar a manera de bomba molotov,

– varios cuadernos en las que están escritas las seis o siete novelas que desde que tiene memoria de las vocales ha venido elaborando, en caracteres góticos y con viñetas medievales, y que le han granjeado fama de genio, lo que, naturalmente, lo tiene sin cuidado,

– partituras de su propia invención, generalmente inconclusas como sus novelas y definitivamente imposibles de interpretar (coros de veinte millones de sopranos, acompañamientos de ecos intermontanos, clarinetes y trompetas de ángeles auténticos),

– un banquito con fondo de lona y armazón metálica plegable, que extrae del maletín en situaciones difíciles y que se llama el Banco de las Reflexiones.

Y sin embargo, Adolfo, que para algunos podría aspirar a compartir altares y tronos de gloria,  tiene sueños modestos y a corto plazo. Uno de ellos es poseer un piano que a la vez sea doméstico como un perro de aguas, de gran calidad y negro retinto brillante, a semejanza de un corcel árabe; un piano que sea origen de la música, reflejo de su alma y cifra del entorno. Con él cumplirá o cumpliría su viejo proyecto de restituirle la verdadera música al mundo, un mundo  que ya ha perdido su original melodía.

Sabe que no podrá portar el piano en su maletín pero confía en su ingenio. Cuatro ruedas y una bicicleta  de ejes bien aceitados bastan, dice.

Si Adolfo escribe, no lo hace pensando en la posteridad (“la posteridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo”) ni en la trascendencia sino en un fin más inmediato y divertido: ganar un enorme concurso de novela y con el importe pagar la cuota inicial del Steinway que está echando raíces en la sala de la mansión de Madame Renard.  Una vez propietario del lujoso mueble, aguzaría industria y buscaría la asesoría de un bicicletero maestro. Como el piano es de cola y le arrastra, Adolfo dice que se la cortará. Ya munido con todo el aparato, frotara sus muslos con ungüentos caloríficos, hará ejercicios de estiramiento, montara en el vehículo y comenzara su carrera de aedo de piano portátil.

Inicialmente piensa instalarse en  el corazón de Cali, la plaza de Caicedo y Cuero   para, por una parte, cumplir con su divina misión de llevar el arte al pueblo y por otra, recaudar lo necesario con el objetivo de satisfacer las demandas financieras de Madame Renard.

También quiere, si se dan las condiciones económicas necesarias, importar un peregrino instrumento musical llamado cromorno que yace desde el siglo XVIII en una tienda de anticuarios en Rotterdam. Es, dice, una especie de flauta que parece una pipa alpina y que emite un sonido nasal que se supone calma los deseos insatisfechos.

Y por lo pronto Adolfo se ha planteado algunos problemas que su singular vehículo musical causaría al tránsito automotor. ¿Necesitaría el pianomóvil  placa de circulación, documentos de identidad, luces direccionales?  ¿Alcanzaría la velocidad requerida en las vías rápidas? ¿Afectarían los baches la afinación ? ¿Quién recaudaría las contribuciones si el intérprete se ocupara fundamentalmente de fruncir el ceño del teclado?  Tal vez fuera indispensable agregar al equipo un mecánico de cabecera, un tesorero confiable, un secretario, un explorador, un geógrafo, un ciclista suplente para los casos, frecuentes , sin duda, de giras artísticas.

Los muslos de Adolfo son firmes, bien proporcionados, eficientes, suculentos, pero no incansables.

 

 

 

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.