Cabalgata y otros poemas

(Poesía)

Guillermo Mondaca

guillermo-mondaca-poesia-otrolunes44-1Guillermo Mondaca (Coquimbo, Chile, 1991): Licenciado en Letras y Ciencias del lenguaje con mención en Investigación por la Universidad Finis Terrae (Santiago de Chile). Ha publicado Nocturna (Edit. Fuga, Santiago de Chile, 2013), su primer libro de poesía. Ha sido becario de la Academia de escritores de Lo Prado (Santiago de Chile 2014-015) y de la Fundación Pablo Neruda, La Sebastiana (Valparaíso 2015).

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Cabalgata

Los sueños tenidos no deben revelarse.

Novilunio
Si tuviera que contar las hojas caídas diría tu nombre.
Si el instinto creciera
junto a este instante en que me llamas y te alcanzo.

Aquí donde velas, apaciguada mansedumbre de cordero.
Yo que tanto tiempo esperé tu corriente de fuego que fluye
gocé de tu amor en la vagina y en el ano al mismo tiempo.
Lo que vive en ti, se anima en mí.
Lo que en permanencia pura ensaya su derrumbe:
Pero yo no derramé gota alguna
No podían poseerme todas
las que eras
Sin derramar gota alguna en la vagina de la dakini
-los esquejes perlados en su rostro
prefiguran movimiento
creciente temperatura-. Te encontré
con un cuchillo de mango blanco
el Día del Sol
rogabas
antes de cortar en tres la rama del avellano
Éramos seis fuegos nos miramos
tus ojos estaban entre las hojas

el puro enrojecer del falo entre las piernas señala
la serpiente desnuda en cuerpo de mujer:
a Ella dedico el espesor de mi sudor
convirtiéndose en semen en mis testículos
Cabalgo dentro de su espiral (A Ella, a su sudor solar)
sin derramarme, y arena fundida, y oro
sol en estado de movimiento
y temperatura y humedad creciente
a través de mí
fruta mojada de lluvia lenta imagen de la garganta
atravesada en daga aroma oscuro del fuego plata rapidez
de vida rapidez de muerte cuerpo y diamante lamí
su clítoris
mañana mediodía tarde y noche        como un gusano
enroscado en el Árbol busca la luna cambiar
de ojos cambiar de sueños lamí tu sangre
un día jueves
tu olor a hembra fecunda ahíto
creciente llena menguante
aparecida desde tu rojo peso de astro
llevo tus fluidos
y adentro y afuera se mueve
la respiración de una sola serpiente
El movimiento
El alcanzar el día alcan-
zar la noche
El peso de una saliva de plata hasta el corazón.

 

Manos en la oscuridad

(Para flechas y pájaros)
La hora en que gorriones
en rayos negros
atraviesan la niebla

Así como un pez desaparecido
en el espesor de la profundidad.

Se sale a repasar el rasgo
de la quietud en el agua
de la memoria.
Manos en la oscuridad.
Te reconocí
porque venías desde lejos como el sol
hasta la sed de mis huesos.
Te reconocí
porque no dejaste huella
al desaparecer, al deslizarse tus dedos
en la textura, mojadas aún las calaminas, vuelo leve
de gorrión entre la niebla. Dispuesto al viaje.
Para flechas y pájaros.
Para flechas y pájaros que vendrán.
La hora en que nadie sabe mi nombre.
(La hora en que atravieso
tu cuerpo envuelto en cabellos)
¿Qué tallo crece? ¿A través de la verde corriente
que sube, fruto henchido, pronto a la respiración
de materia y de acto?
¿Y, acaso, algo en este lugar quiera ser igualado
al nombrarse?
¿Los intervalos del aire entre las alas al agitarse el vuelo?
¿Qué son estas monedas
que cargo en mi ano en mis testículos?
Musgo en el que iban mis sentidos:
El agua ardiente sube
por la rama estremecida.
La Higuera de fuego.

 

La Maison Dieu

Esta torre posee
una puerta y tres escalones
La eclosión del huevo:
el misterio residía en ver hacia abajo
y caminar con los pies en lo alto.
«El calor del Diablo proviene del Sol primordial»
Los perros estaban absortos ante las olas.
Viejos tejedores agrupados a destrenzar.

El instante en que la puerta se abre
con una luna marcada con pintura sobre cal.
Se vislumbra el interior de la torre.
Los rostros se devoraban entre los rostros.
Yo era mi hermano buscando a mi madre
en la savia de las hojas:
«Hijo, espérame en el alba de mi muerte»
Nos comunicábamos en extranjeras lenguas.
Se batía en nosotros una grasa
como de leche pronta a eyacular.
Superficies prontas a ceder al contacto:
La eclosión de los cuatro mundos en el huevo.
Pronto a ti, que te esperas. Pronto. Casi apunto
de palparte entre los pastos
Permanecí a oscuras hasta mucho después del amanecer
A tres horas de caminado el río de la muerte
Tú te parecías cada vez más a un animal
y yo a un ángel. El suelo vibraba sin rigor
bajo nosotros. Nos mezclábamos en un barro
donde todos éramos el origen de nosotros mismos
y yo y tú no existíamos
y lazos umbilicales como caballos prontos a un abismo
atravesaban de bruces el hueco de lo alto
y cuerpos convertidos en color se batían entre sí
hasta conformar el silencio,

el principio.