Desde mis días de estudiante de filología española y lectora de Urraca, hasta mis más recientes lecturas de sus intervenciones en los periódicos españoles, venía conociendo a Lourdes Ortiz a través de su obra. Pero no me imaginaba que fuera posible llegar a conocernos de verdad algún día. Sin embargo, un día en 2011, vi una oportunidad y no la dejé escapar. Con la ocasión del décimo congreso de la Asociación de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de Australasia (AILASA), del que yo era una de las organizadoras, escribí a Lourdes con la esperanza de que viniera a Wellington, Nueva Zelanda como presentadora magistral. La invité por la admiración que sentía y sigo sintiendo por su obra y porque, egocéntrica de mí, la quería conocer. Quería traspasar la barrera entre la obra y el ser humano. Así conocí a Lourdes Ortiz por primera vez en persona en mi ciudad de Wellington, las antípodas de España, en julio del 2012.
A pesar de su nerviosismo a la hora de embarcar en un avión, el inconveniente de no hablar inglés y el aterrador compromiso de volar más de 24 horas hasta el otro lado del planeta (sin descanso para fumarse un cigarrillo), aceptó nuestra invitación con esa generosidad que es típica en ella, como persona y como figura pública. Prescindió, además, de un julio veraniego de playa para venir a pasar frío y viento (¡e incluso un terremoto!) en nuestra pequeña ciudad capital.
El tema de nuestro congreso fue “Centrando los márgenes: reconfigurando el mapa de conocimiento de las Humanidades y las Ciencias en Iberia y Latinoamérica” y esto le sirvió a Lourdes como inspiración para el discurso que viene publicado a continuación. Yo esperaba—una esperanza cumplida con creces—que ella sería una representante idónea de la perspectiva de las Humanidades en un congreso interdisciplinario dominado por las Ciencias Sociales. Lourdes asistió a todas las sesiones del congreso, una presencia crítica y atenta pero también sonriente y generosa, que, sobre todo, animó a los ponentes neófitos, especialmente a los estudiantes de posgrado que daban su primera presentación en un congreso internacional.
Cuando se levantó para hablar en la sesión de clausura, su discurso, aunque preparado de antemano, parecía resumir mucho de lo discutido durante el congreso. En él abarcó casi todas las variantes posibles de la discriminación y de la marginación que han concebido, impuesto y sufrido los seres humanos desde los tiempos prehistóricos hasta la sociedad moderna. Como se verá en lo que viene después, la presentación de Lourdes constituye una reflexión sobre el concepto y, más importante, la experiencia de la marginación, tanto en su sentido universal como en lo específico y particular de la vida de cada uno, la limitación que cada uno lleva dentro de sí.
Nos ofreció a sus oyentes de entonces, y a sus lectores de ahora en este homenaje, un repaso de la historia, desde los tiempos paleolíticos hasta el siglo XXI, de la tensión entre las dos tentaciones del ser humano: la de resistir las constricciones, saltarse las barreras y los límites; y la de construir nuevas barreras y muros para protegernos a nosotros mismos a costa de los demás. Repleto de alusiones literarias, políticas e históricas, y por medio de un lenguaje poético y emotivo, Lourdes enumeró las razones que podrían conducirnos al pesimismo: la exclusión y la discriminación a lo largo de los siglos de conquista colonial, la marginación de los inmigrantes clandestinos, la brecha cada vez más grande entre los ricos y los pobres, las barreras entre los ancianos y los más jóvenes… Proféticamente, también habló de murallas diseñadas para excluir a los emigrantes clandestinos y el resurgimiento del odio y el desprecio hacia los inmigrantes. Incluso señala también la capacidad de la palabra misma para crear barreras, márgenes y exclusiones. Parece un caso de eso de Plus ça change, plus c’est la même chose— pero también Lourdes nos da motivos de esperanza, citando, entre otros, los grandes logros del siglo XX con respecto a la liberación de la mujer, logros que ahora en el siglo XXI hay que proteger de “la espiral retorcida del progreso”.
En la segunda mitad de su discurso, Lourdes permite que nos adentremos en su mundo personal con una reflexión sobre su obra, su visión personal de la literatura y las tradiciones literarias de las que participa. Ella entiende la imaginación literaria como mecanismo de franquear la barrera entre el yo y la perspectiva del otro. Más que nada, Lourdes nos habla de las contradicciones y las grandezas de los seres humanos. La pasión y el temor: emociones a las que ella misma se enfrentó al aceptar el desafío del largo viaje al otro lado del mundo. Un viaje, como ella dice, que es una manifestación de las siempre desconocidas posibilidades del futuro dentro de las cuales, en sus propias palabras, siempre cabe la posibilidad del cambio y de la lejana Utopía.
