En las Antípodas

Discurso de clausura
al décimo congreso de la Asociación de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de Australasia (AILASA)

Lourdes Ortiz

Realmente parece que era verdad que la tierra es redonda. He podido comprobarlo. Redonda, extensa y ahora al alcance de la mano. Por eso estoy aquí. Eso sí tras largas horas de vuelos y conexiones fatigosas que al capitán Cook le habrían parecido una nimiedad. Márgenes, límites, barreras. La distancia una de ellas, la geografía antes una penosa condición. Pero el hombre es capaz de saltarse los límites, de modificarlos y superarlos con su empeño o de crear nuevos márgenes, nuevas barreras como defensa o agresión.

Vengo de un país pequeño por su extensión, con muchos siglos de historia detrás. Un país de márgenes cambiantes, de invasiones y conquistas, de superposición de pueblos y culturas durante mucho tiempo y luego de cerrazón y aislamiento durante casi cinco largos siglos. Un país, desde el siglo XV, de expulsiones y limpieza de sangre, de normas rígidas para el de afuera, de condena para el diferente por razones espurias de raza o religión. Pero al mismo tiempo un país atractivo que, por su posición privilegiada, podía ser de tránsito o de expansión, rodeado por el mar y aislado al norte por los montes, montes que ya hoy no son barrera. Parece que todavía somos Europa, esa Europa que nos abrió sus puertas hace sólo unos pocos años y en la que todavía nos mantenemos, aunque últimamente de un modo tambaleante y lleno de incógnitas por ese fenómeno lacerante al que llaman ‘crisis’.

Foto-Montaje: Ernesto Pedalino.

Foto-Montaje: Ernesto Pedalino.

Pero volvamos a los montes Pirineos que durante siglos fueron límite, frontera. Límites que, sin embargo, fueron franqueados con tropas y voluntad – así suelen siempre franquearse los límites – y durante cierto tiempo tuvimos la osadía o la vanagloria petulante de llamarnos Imperio. Pero del imperio suele caerse, con el paso del tiempo, en la decadencia. Y lo que fue grande fue quedando en nada con la liberación de los pueblos de América Latina o las colonias en Asia, en las Islas Filipinas, por ejemplo, que aquí quedan cerca. Así que el siglo XX fue en su primer tercio un siglo de regeneración, de aislamiento y toma de conciencia, pero también de muchas luchas entre grupos sociales enfrentados, aquellos que no dejaron de combatir a lo largo del siglo XIX. Progresistas o liberales, así se llamaban entonces los que luchaban por las libertades, siguiendo el ejemplo de la vecina Francia y serviles o conservadores dispuestos a defender los siempre privilegios de la Iglesia y la Corona. Y luego, tras el golpe de estado militar, que acabó con la segunda y esperanzadora república, España fue país sufriente, condenado bajo una dictadura de cuarenta años, un país que sólo en el último cuarto del siglo XX se abrió de nuevo al mundo y pudo respirar. Europeos por fin como un premio de los que se conceden al niño aplicado de la clase. Pero con cierto retintín. Se decía, cuando yo era pequeña que África comenzaba en los Pirineos. Una frase despectiva para nosotros y desde luego para los distintos pueblos de África; una frase que quería colocarnos al margen del desarrollo y el progreso y definirnos como inútiles, como se definía a ese continente explotado y maltratado, que para el llamado entonces primer mundo quedaba al margen del desarrollo, el conocimiento y las libertades. Pobre África esquilmada, como otros tantos lugares de la tierra, tierra de materias primas y pueblos más o menos esclavos. Tierra sometida y todavía hoy maltratada por guerras y explotación en muchos lugares, como consecuencia sangrienta de la anterior colonización y sobre todo de sus muchas riquezas.

Lo curioso es que ahora, tras la crisis económica, los prepotentes pueblos del Norte no nos denominan africanos, que casi sería un elogio, sino pigs, “cerdos”, junto a Portugal, Irlanda, Grecia, o incluso Italia. Problemas de la crisis económica -que nos ha golpeado- y el despilfarro y el saqueo desmedido de políticos corruptos o despistados y bancos insaciables. Quedamos de nuevo ligeramente al margen. Los márgenes los ponen ellos y también los recortes que empiezan a ahogar a nuestro país, como antes ahogaron a Grecia o a Irlanda. La famosa y salvadora Unión Europea se está convirtiendo en un dogal para algunos países como el nuestro. La deuda ‘soberana’, así la llaman con razón, porque ahora la soberanía del país ha pasado a manos de los acreedores, es más un dogal puesto al cuello de los ciudadanos. Ya veremos.

Márgenes. Barreras. Desde el comienzo de los tiempos. El más grande o el más listo, el más astuto comiéndose al chico. La cruel lección de Hobbes. En todos los lugares de la tierra, siglo tras siglo. Admiramos las pinturas de Altamira o Lascaux y nos sentimos orgullosos de ser homo sapiens. Gente audaz aquellos primeros hombres con buen cerebro y buenas piernas y buenas manos. Con alto grado de inteligencia y por tanto de capacidad. Ellos, nuestros remotos antepasados acabaron sin miramientos con los hombres de Neanderthal, que eran – parece – un poco más toscos, aunque también inteligentes. Últimamente los paleontólogos afirman, por las últimas mediciones más complejas en los estratos de las cuevas, que tal vez ellos fueron los primeros en expresarse pintando manos y extraños códigos en lugares recónditos, pequeños santuarios propiciatorios, los mismos lugares donde luego sus sucesores, los sapiens, llegaron a pintar toros y bisontes. Parece que pudieron convivir en algún momento, lucharon, perdieron y fueron masacrados. La eterna y sangrienta historia que no deja de dar vueltas. Tú tienes, yo no tengo, pero yo soy más fuerte, más hábil: fabrico mejores y certeras armas, tallo mejor la piedra, la punta de la flecha, tengo cañones, pólvora. Últimamente tengo drones, esa palabra tan fascinante y sonora que parece de ciencia ficción, aviones sin tripular, dirigidos, en los que yo no arriesgo nada y tú lo pierdes todo. Avances de la técnica.

Muchos siglos de avances. Los nómadas añorando el progreso y la comodidad de las grandes ciudades, diestros en el caballo y la lanza. Hordas enteras avanzando desde Asia hacia Europa para asentarse cómodamente en donde otros habían creado culturas avanzadas, civilización próspera con mucha mano de obra esclava, eso sí. Mano de obra gratuita, muy barata, que siempre resulta rentable para el progreso de los que pueden controlarla. Ciudades bien organizadas con complejos sistemas de poder y de control y los dioses al servicio del que manda, complejas estructuras religiosas para contener a la plebe y consolarla con el sueño de una vida mejor después de la muerte. El paso de los tiempos con minorías poderosas al mando de la ciudad y pueblos sometidos, cautivos a su servicio. Faraones, sátrapas, mandarines, el hijo del cielo, el Basileus, el César, el gran Khan, los familiares del profeta, el Califa, el sultán. O los reyes y emperadores en Occidente, creando dinastías repartiéndose el mundo, trocitos de un pastel muy sabroso, descubriendo y dominando nuevas tierras, aprovechando materias primas, colonizando, creando ciudades, cárceles; mucho progreso repentino a partir de los siglo XVI y XVII técnicas avanzadas, barcos poderosos, – con mil cañones por banda, viento en popa, a toda vela – surcando los mares, repoblando, desplazando a las poblaciones nativas, sometiéndolas, imponiéndoles sus dioses con el orgullo del ‘yo tengo la verdad y además no te quejes, ni protestes, porque te traigo una nueva vida’. Y si no la aceptas carne de horca o mano de obra explotada, no explotada no, sino rescatada. El uso del eufemismo o la retórica que tanto sirve al dominador para el engaño o la tropelía. La palabra es también creadora de márgenes, de exclusiones. La palabra es un arma más, encubridora, falsaria, manipuladora. Yo nombro a las cosas, construyo el discurso, y tu pobre lengua es secundaria, destinada a desaparecer. Por eso muchos eligen, eligieron – ahora ya es difícil no hay rincón sin explorar – el margen para siempre: la soledad del refugio en la selva, en los montes perdidos, en las grandes y desoladas llanuras todavía sin conquistar. Tribus perdidas, muchas, que sólo empiezan a ser localizadas y a contar a partir de la segunda mitad del siglo XX. Un mundo marginal, convertido en atracción para turistas y viajeros con mucho tiempo por delante. Huellas arqueológicas de un pasado remoto, estudiadas con afán por antropólogos y etnólogos.

Una mirada pesimista, pensarán ustedes, sobre el mundo que nos toca vivir, no mejor ni peor que otros anteriores, sino más complejo y múltiple, casi inabarcable, a pesar de su aparente uniformidad. Tras dos guerras mundiales, tras Hiroshima, tras los campos de concentración, las cámaras de gas, las muchas guerras posteriores que no cesan. Nuevos enemigos que buscar o crear. La globalización y la deslocalización de las poderosas empresas. Zonas muy ricas y zonas pobres. Como en las grandes metrópolis. Lugares portentosos, impresionantes rascacielos y pueblos en los márgenes, adosados, de miseria. Masas agolpadas en las grandes ciudades en busca de bienestar y trabajo. El despertar de los países emergentes que quieren su sitio en el banquete y que ya no son tercer mundo, sino que buscan ser primero. Y tienen lo necesario, lo que el occidente opulento ha ido perdiendo por las luchas obreras desde finales del siglo XIX y los grandes avances en las condiciones de vida de la población en el terreno social: sanidad pública para todos, educación para todos, buenos salarios para los trabajadores. Todo aquello logrado durante siglos a costa del sometimiento de muchos y que ya no es competitivo, después de la liberación de los pueblos, que han aprendido la lección y que conservan riquezas naturales y mano de obra todavía en gran cantidad y muy barata. O la fórmula perfecta de poder centralizado absoluto y control de las finanzas, creando un capitalismo controlado por el estado. La China del presente y del futuro inmediato. El gran competidor, mientras Europa suda y los que han sabido colocarse a tiempo se frotan las manos. Nuevas tecnologías, sistemas rápidos de conexión, control del movimiento de capitales desde los grandes centros financieros, que desde el ordenador con sólo un clic controlan los precios diarios del trigo, del acero, del oro, del dólar o del euro.

Pero no todo fue mal. Muchos logros, sí, muchos logros y no sólo de la técnica. La gran revolución del siglo XX fue entre otras cosas la de la liberación de la mujer después de tantos siglos. La que todavía continúa forjándose con resistencias poderosas en muchos países de la tierra, la que ahora se quiere limitar incluso en algunos países de occidente, como el mío, apelando a la maternidad como gran bien de la mujer que no puede dejarse, dicen, de lado. Al aumentar el paro, desean que la mujer vuelva de nuevo al hogar, como pasó en América del Norte tras la segunda guerra mundial. Y, como eso no se puede decir abiertamente, se encuentran nuevos eufemismos, que muchas mujeres en los países más desarrollados aceptan ya y comparten. Se tragan el bulo y se retiran satisfechas al hogar: el cuidado de los niños, el parto natural con dolor a ser posible, como la Biblia fomentaba desde el comienzo de los tiempos. En vez de luchar o más bien seguir luchando para que las condiciones sociales permitan el cuidado atento de los niños, guarderías suficientes, permisos de maternidad compartidos, etc, etc. Pasos adelante y pasos hacia atrás, como el cangrejo.

Todavía hemos de ver muchas cosas, porque ahora ya sabemos que eso de la línea del progreso es más bien una espiral retorcida que da muchas sorpresas, cuando uno se duerme en los laureles, y la vieja Europa, sobre todo la vieja Europa mediterránea, acostumbrada al ocio, al sol y a ver pasar el tiempo y las sucesivas culturas, como pasan en su acogedor mar las tranquilas olas que van y vienen, se desorienta y se desequilibra, pierde el paso. Está a punto de quedarse al margen. No sabe, no ha sabido competir. La Grecia de un pasado heroico y grandioso, cuna de tantas maravillas, del arte, la filosofía, la escritura, el pensamiento crítico, el sentido del amor y la belleza; esa Grecia mítica y fundadora ahora se ve una vez más en una ruina que han de pagar los sorprendidos súbditos que, engañados, creyeron también en esa Europa salvadora que se ha convertido en madrastra represora, que aprieta las tuercas sin llegar a estrangular con imposiciones que reducen a la población – como podría ¿por qué no? llegar a pasar en España – a condiciones de vida de nuevo miserables, cuando llegaron, llegamos a pensar que el euro era la vida del futuro y que todo era jauja.

La vieja y vapuleada Grecia, aquella que en el siglo XIX quiso salvar Byron del turco opresor durante tanto tiempo y que ahora de nuevo queda – paradojas del progreso tan cacareado – al margen de la historia, culpable de, dicen, dilapidar su caudal, lo mismo que ahora se nos repite en España, acusándonos a todos los ciudadanos de ser culpables, responsables de las tropelías y desmanes de los banqueros y los torpes e irresponsables políticos que nos han gobernado, cuando creíamos, ingenuos, estar ya, tras tantos años de tristeza y agobio, de represión y exclusión, en el mejor de los mundos posibles.

Me pidieron que hablara de los márgenes, de lo marginal. Y no voy a hacerlo tan sólo, como hasta este momento, refiriéndome a la larga historia de triunfos y desmanes desde los orígenes de la humanidad hasta llegar a nuestros días. Me voy a centrar ahora en lo más próximo, en los márgenes de estas nuevas sociedades, en los nuevos desafíos y en los nuevos peligros que pueden acecharnos, que ya nos acechan.

Los márgenes impuestos todavía por la pobreza de muchos y la riqueza de otros. Los problemas acuciantes de la emigración y de la integración de los emigrantes. Ahora los emigrantes en busca de nuevos modos de vida no viajan en hordas y a caballo ondeando una lanza y protegiéndose con un escudo de cuero. Se desplazan como pueden en condiciones difíciles, intentan llegar a la tierra de promisión en balsas, en canoas o en inestables motoras, cruzando el mar o el gran río, naufragando muchas veces en el camino, pereciendo en su intento; o agolpados como ganado en camiones furtivos, engañados y traicionados por las distintas mafias. Mientras se alzan murallas de contención que no son sólo fronteras a la vieja usanza, sino muros de piedra gigantescos o alambradas eléctricas para cerrarles el paso, o sistemas poderosos de radar para detectar a los llamados ilegales desde la lejanía. Fronteras clausuradas. Desde el Norte de África para llegar a nuestra tierra o al resto de Europa, o desde las tierras mexicanas para llegar al Norte, a la América de promisión. Cientos, miles de emigrantes clandestinos, afrontando las aguas del mar, el riesgo del viaje, la insolación, el naufragio y la muerte. Y los que consiguen llegar, los sin papeles, tienen que aceptar innobles condiciones de vida, sueldos de miseria, viviendas compartidas, que más parecen pabellones siniestros de campos de concentración, edículos sin agua corriente, sin elementos sanitarios para defecar o limpiarse. Quince o veinte hombres compartiendo un piso, una chabola, sin sus mujeres en muchos casos, trabajando horas sin cuento en los invernaderos o en la construcción.

Les hablaré otra vez de mi país. Un país, que desde el siglo XIX -y, sobre todo, después de la guerra civil y en tiempos de la dictadura- fue un país de emigrantes, hombres y mujeres que viajaron a buscar fortuna a América Latina o a Francia y Alemania. Cuando llegó la democracia, la entrada en Europa con sus ayudas y cierta sensación de progreso y riqueza, se necesitaba de pronto mano de obra, mucha mano de obra para compensar una población envejecida con un índice muy bajo de natalidad, como en otros muchos países desarrolladas en las que las mujer había comenzado masivamente a incorporarse a los estudios y al trabajo. Y fue esta mano de obra mal pagada y, en muchos casos, sin legalizar la que permitió al país un rápido crecimiento económico: eso con el auge del turismo y de la construcción y, sobre todo, no hay que olvidarlo, con las ayudas europeas, que por otro lado contribuyeron a acabar con la vieja agricultura y la ganadería al repartir golosas, pero insignificantes primas a los campesinos para que abandonaran viñedos y cultivos y no compitieran con otras economías agrícolas o ganaderas de Europa, más poderosas.

Ahora con la crisis y el fracaso de la construcción -en la que se habían puesto todas las esperanzas- y un paro creciente, que se acerca ya a los cinco millones de desempleados, los inmigrantes vuelven a sobrar. Y, como pasa en Grecia y en otros países, son ahora mirados de nuevo con desconfianza por los ‘naturales’, como aquellos que han venido a robar puestos de trabajo. Y un país que presumía de no racista – entre otras cosas porque durante siglos, como ya he comentado, quedó aislado, tras expulsar de sus tierras a los prósperos judíos o a los diestros y sabios musulmanes – comienza a mirar con recelo a los emigrantes llegados y se fomenta desde grupos extremistas de derecha, que han ido resurgiendo poco a poco el odio y el desprecio hacia aquellos que con tanto sufrimiento y esfuerzo, habían conseguido poco a poco comenzar a integrarse en la sociedad española.

Pero lo curioso, lo que se ha podido percibir, al ser una nación moderna, surgida recientemente y que ha crecido en los últimos años con la llegada masiva de muchos emigrantes de países asiáticos, es que el margen, el ghetto, se fomenta una vez más y crece como una planta carnívora incluso entre los propios emigrantes. Como en España ha sido un fenómeno tan reciente se puede percibir como si se analizara el fenómeno en una cápsula de laboratorio. Los emigrantes crean también sus propios márgenes, se agrupan desde su llegada en ghettos, ghettos que reúnen a los del mismo origen, raza o religión y que les enfrentan de un modo casi inconsciente a los vecinos, a los otros recién llegados o ya instalados de los que desconfían y a los que desprecian o incluso persiguen o maltratan. Árabes frente a chinos o asiáticos, colombianos frente a peruanos o dominicanos, y todos ellos frente a los de origen africano, los más desdichados, los que están desde el comienzo marcados por la lacra del color revelador de su piel.

Luego está la discriminación social por el puesto de trabajo. Las mujeres, llegadas desde países asiáticos o sobre todo desde Latinoamérica trabajan en su mayoría en puestos de limpieza o cuidando niños y ancianos. Muchas de ellas han tenido que abandonar a sus propios hijos en su tierra para venir a ganarse un jornal y reenviar unos pocos euros a los suyos. Tienen pocas posibilidades o ninguna de promoción social, aunque están satisfechas, porque por ahora sus hijos, los tenidos ya en su nueva tierra y hasta ellas mismas gozan de los derechos de uno de los grandes logros conseguidos en España, tras muchas luchas obreras, esos logros que ahora con la crisis el nuevo gobierno quiere desmontar poco a poco. Me refiero a la sanidad pública y la educación pública para todos. Con los recortes impuestos por la comunidad europea estos dos grandes logros quieren ahora liquidarse o ‘reformarse’. Los que sueñan con la privatización de colegios, universidades, hospitales o medicamentos ya se frotan las manos. Y entonces el margen se ampliará y la desigualdad crecerá de nuevo y no afectará sólo a los inmigrantes – muchos de los cuales sueñan ya con regresar a su tierra, habiendo perdido todo – sino a gran parte de la población ‘autóctona’, que de nuevo podrá quedar casi en el umbral de la pobreza. Una clase media golpeada y castigada por los desmanes y trapicheos de los que controlan los destinos del mundo. Y por una clase política aletargada hasta que sonó la alarma, a veces corrupta y otras simplemente inepta.

Nuevos márgenes, nuevas barreras. También para los ancianos. Los éxitos en la medicina y la sanidad pública han prolongado mucho la vida. Y habría que celebrarlo. Uno de los grandes sueños de la humanidad al alcance de casi todos. Pero resulta que ahora los ancianos, su atención y su mantenimiento empiezan a verse como una carga difícilmente sostenible por el sistema de pensiones o de la seguridad social. Siempre han faltado en nuestro país residencias adecuadas para mantener en condiciones dignas a los ancianos y gran parte de la carga se ha desplazado a las familias y sobre todo a las hijas, es decir a las mujeres de la familia, que son las que han tenido que asumir el cuidado de los discapacitados, de los enfermos o simplemente de aquellos que por su mucha edad ya no pueden manejarse sin ayuda. Así que muchas mujeres tuvieron que renunciar al trabajo fuera de casa. Es curioso que el anciano, de ser una figura respetada y valorada en la sociedad tradicional, haya empezado a convertirse imperceptiblemente, sobre todo en los últimos años en una especie de rémora, un ser ya no válido que sólo chupa del sistema sin ofrecerle nada. Como si se le culpara de su enfermedad y de su larga vida.

Curiosamente es una condición reversible, paradójica, porque desde hace tiempo y sobre todo ahora con el aumento del desempleo y los desahucios muchos matrimonios, muchos hijos o hijas con sus maridos y sus retoños han vuelto a vivir con los padres ya jubilados y malviven todos juntos de la pensión del padre o de la madre. Y al mismo tiempo muchas de las mujeres que sí tienen trabajo bien o mal pagado pueden mantenerlo solamente porque son los jubilados, es decir los abuelos, los que asumen el cuidado de los niños en el horario en que ya no están en el colegio o en la guardería. Son los abuelos los que los recogen, llevan al parque a los más pequeños les dan de comer o merendar, les cuidan y atienden y esperan hasta que llegan los padres, generalmente con un horario disparatado, que puede mantenerles fuera de casa desde la 7 de la mañana a las 8 o las 9 de la noche. Jubilados y ancianos que, sin embargo, son tomados a chacota en muchos de los chistes fáciles y tontones de los cómicos dispersos por la península, que convierten al anciano o la anciana en una especie de monigote inútil, un pelele que se asoma a las tapias para ver el trabajo de otros y se pasea como sonámbulo por las calles, como si hubiera perdido toda orientación.

Y luego el margen, la barrera definitiva, la más dolorosa y la que lo sitúa realmente en una marginalidad, precursora de la tumba, es la “residencia”, la pública o la privada. No todas son iguales, pero muchas se mantienen en condiciones casi inhumanas; los ancianos condenados allí a sufrir una especie de cárcel disimulada, convertidos en niños transportables, atontados por las muchas medicinas y tranquilizantes, convertidos en zombis, y eso, cuando no son atados, para que no se desmadren. La residencia, sobre todo muchas de las públicas por falta de medios o esas otras llamadas concertadas, creadas por tipos sin escrúpulos, que sólo miran la ganancia de la posible subvención, es el premio que reciben los ancianos por toda una vida de esfuerzo y de trabajo, un retiro forzoso, que les condena a la soledad y al aislamiento, una soledad acompañada a veces de malos tratos o de indiferencia por parte de los cuidadores, atentos sólo a tenerlos controlados y calladitos para que no se planteen problemas. Porque – y eso es lo peor – sólo muy de vez en cuando se presentan denuncias, cuando algún caso escandaloso sale a la luz y se descubre lo que realmente se encierra bajo aquellos muros silenciosos.

En una cultura en la que se valora sobre todo la belleza, la juventud, la productividad, el anciano parece sobrar y ahora, en un país como el nuestro, se le quiere encima hacer trabajar hasta casi el final, prolongando la edad de jubilación, regañándole encima, haciéndole culpable del déficit de las cuentas públicas, como si la mezquina pensión que cobra al jubilarse, después de 40 años de duro trabajo en muchos casos, fuera un regalo y no un derecho conseguido con sus aportaciones a la seguridad social año tras año.

Márgenes. La desconfianza hacia el diferente, los prejuicios, los tópicos. Con los nuevos avances conseguidos en muchos campos en pro de la igualdad aumentan al mismo tiempo los rencores. Desprecio hacia los matrimonios gays, insultos desde las jerarquías eclesiásticas, una iglesia agresiva, que en un primer momento con el fin de la dictadura y la llegada de la democracia se mantuvo discreta y en un segundo plano, porque había estado demasiado vinculada al dictador, al que permitía desfilar bajo palio y que ahora, convertida en iglesia rencorosa, reinstaura o quiere reinstaurar toda la cerrazón y los privilegios que mantuvo durante siglos de dominio sobre las conciencias y las vidas de los hombres. Se opone a cualquier clase de desarrollo científico o de pensamiento crítico, una iglesia celosa de sus muchos privilegios y bienes, que contó durante siglos con un instrumento tan poderoso como la Inquisición y el sometimiento o aplauso consentido de los monarcas, una iglesia que ha olvidado los principios de aquella iglesia de los pobres, que levantó cabeza tímidamente en los últimos años del franquismo y bajo el ejemplo del concilio Vaticano, y que ahora se opone de nuevo a las conquistas conseguidas en los últimos años por las distintas minorías de mujeres, homosexuales, divorciados. Que se opone al aborto legal y a la investigación con células madres, que desconfía de los avances científicos y se aprovecha de su situación privilegiada por un Concordato, concesión de la democracia, que la libera de tributos y le beneficia con grandes apoyos económicos.

Márgenes ideológicos, barreras pero también nuevos fenómenos que deben ser considerados. La entrada de las nuevas tecnologías y los rápidos acelerados cambios crean una brecha, difícil de superar, entre las distintas edades y entre los grupos sociales. Es verdad que con mucha dedicación es una brecha que puede superarse pero hace falta tiempo y medios. Las nuevas generaciones, los más pequeños son ya hijos de Internet, de los móviles, diestros en el uso de cualquier aparato. Han nacido con ellos y los manejan desde la infancia. Pero las personas de cierta de edad tienen, tenemos, dificultad para integrarnos, dominar algo que resulta realmente nuevo, y lo más que consiguen muchos, yo entre ellos – que me siento analfabeta en el uso de las nuevas tecnologías – es a utilizar el teléfono móvil, mandar mensajes por Internet, utilizar el ordenador para escribir o hablar a través del skype. Habría que dedicar muchos medios para que el uso de las nuevas tecnologías llegara a todas las capas sociales, que en todas las escuelas se utilizara desde la infancia el ordenador, y no fuera una traba discriminadora más, una traba para los más desasistidos y también para hombres y mujeres de más de cincuenta años, a los que les cuesta acostumbrarse y dominar lo que para los jóvenes – sobre todo de las clases más acomodadas – es simplemente una herramienta, una prolongación de su cerebro, algo natural que les permite utilizarlo con total desenvoltura, como lo son las redes sociales.

Pero soy escritora. Si como ensayista y persona invitada a participar en diversos debates en los medios y a colaborar en la prensa sobre los más diversos temas analizo los cambios y los fenómenos sociales y políticos ¿cómo influyen esos análisis, esa mirada cotidiana sobre el mundo en mi creación literaria?

En mis novelas, en mis relatos o en el teatro que he escrito no intento dar lecciones, ni sacar conclusiones. No hago, ni he hecho nunca una literatura de ‘consignas’ o panfletaria. Si como periodista o ciudadana participo con mi propia voz en los debates o en las conclusiones de mis ensayos, la única preocupación cuando me pongo a escribir ficción es encontrar el modo adecuado, la forma adecuada de narrar lo que pretendo narrar, lo que – como digo a veces – quiere ser narrado a través mío, dando vida en el texto a personajes diversos, distintos de mi misma, con toda su complejidad, con la riqueza contradictoria del ser humano con sus miedos, sus debilidades, sus torpezas o sus éxitos, su grandeza o su pequeñez. Intento con humildad seguir la huella de aquellos grandes escritores que he amado y que me han enseñado legándome sus recursos, sus modos de hacer. La voz del escritor se crea a partir de sí mismo, pero se hace también con las voces, la riqueza del lenguaje de todos aquellos que desde los orígenes se han enfrentado al hecho de la escritura y nos han conmovido, maravillado. Y sobre todo nos han legado la riqueza de su lenguaje, la maravilla de la palabra bien empleada.

Cuando a veces me preguntan si existe una literatura propiamente femenina me es difícil contestar a la pregunta. Cuando era joven decía que no, que el arte y la literatura es universal y de ella se aprende y muchas de las voces de los escritores eran, han sido sobre todo durante muchos siglos, voces masculinas. En aquellos años contestaba a esa pregunta diciendo que no, que la lengua es algo con lo que nacemos y crecemos y la lengua es neutra. Con el paso del tiempo matizo aquella intransigencia y pienso que seguramente lo que aporta la mujer, que en el último siglo ha empezado a escribir masivamente en todas las regiones del mundo, es probablemente una visión distinta, un modo diferente, una perspectiva sobre los acontecimientos, los personajes, las vivencias. Una mirada de mujer. Una nueva voz en el conjunto pero que utiliza una lengua que es común a hombres y mujeres, ese instrumento fabuloso con el que se puede jugar, modelar, hacer reflexionar, aportar nuevas luces, nuevos modos más eficaces para trasmitir esa peripecia del ser humano a través de los tiempos. Es verdad que la mujer durante siglos ha estado en los márgenes, se le negaba la palabra – a pesar de los pocos hitos de voces femeninas, algunas grandes y reconocidas desde Safo a santa Teresa de Jesús, pasando por las grandes poetisas de los siglos XVIII o XIX y muchas otras olvidadas o despreciadas, que ahora se van estudiando y recuperando – y sólo en el último siglo la mujer ha comenzado a expresarse con libertad en todas las lenguas del mundo.

Pero el mundo es amplio y ajeno. Pobre sería un escritor o una escritora que sólo fuera capaz de dar voz en sus obras a personajes femeninos o masculinos. Siempre repito aquellas palabras de Flaubert, aquel “Madame Bovary soy yo”. El mundo de la creación es un universo autónomo y en una novela hay hombres y mujeres que se mueven y mi intento – no sé si lo consigo – es que unos y otros tengan la misma riqueza y complejidad. A veces los protagonistas en mis libros son mujeres y otras han sido, son hombres. Y conocer al ser humano, intentar extraer de él los matices, los rasgos, los gestos es la tarea del escritor que de algún modo da vida a esos seres que deambulan por su obra, moviéndose, equivocándose, vacilando o arriesgándose. Hombres y mujeres. Siempre he admirado la destreza del cine americano para construir esos admirables personajes secundarios, que tienen el peso de los protagonistas. Mujeres diversas, hombres diversos de distintas clases sociales, con lenguajes distintos, con preocupaciones diferentes, procedentes de medios diferentes también. Esa es la tarea del escritor, reunirlos y hacerlos crecer, darles el gesto, y la palabra con todos los matices. Caracteres complejos, creencias distintas.

Es verdad que si recapitulo sobre todo lo escrito, podría decirse que en mi obra tal vez haya una mirada tierna sobre el mundo, no sensiblera, ni blanda, sino tierna. Una mirada que no juzga, sino que deja actuar. Son ellos los personajes, los que se mueven, hablan, actúan y llegan a sorprenderme. Son ellos los que toman carne en el relato o en la novela, los que actúan en el drama o en la tragedia. Yo soy sólo como uno de esos actores que ponen el cuerpo y dejan que fluya dentro el modo de ser, la sonrisa, los ademanes, la voz cálida o enérgica de su personaje, sus tics, sus manías, sus limitaciones o su brillo.

Sí. He elegido a veces personajes que están en la cúpula, reyes o reinas, o césares, porque ellos – que están en principio por encima del bien y del mal – sirven para revelar todas las miserias y grandezas del ser humano. En esos casos me he vuelto hacia la historia dando vida a personajes como Urraca o Nerón o en mi última novela, todavía sin publicar, Alfonso X el sabio. No para contar lo ya contado, sino para adentrarme en el alma posible de esos personajes codificados y resecados por la historia oficial. He analizado los huecos e imaginado a partir de los hechos que se nos narran sus emociones, sus torpezas, angustias y contradicciones. Es como si rellenara un muñeco de trapo vacío y le diera vida. Y lo cierto es que no creo equivocarme mucho porque son los hechos y nos las interpretaciones partidistas de los mismos, dados por los exégetas o los críticos, los que los desnudan y admiten el rescate del ser humano que hay detrás. Y ese ser humano desde lo alto de la cima, de la ambición, de la arbitrariedad, del capricho o del acierto, ese hombre señor de las vidas y de las mentes de los demás, casi dios por su poder sobre los súbditos, es, como los grandes personajes de la tragedia griega o isabelina, reflejo en el que nos reconocemos, porque si los hechos son diversos y los tiempos cambian, cambia poco el corazón humano, las pasiones que lo mueven y le incitan o le detienen. Humanos demasiado humanos. Por eso los clásicos vuelven a conmovernos. Y podemos identificarnos, aterrarnos o regodearnos con Lear, Hamlet, Lady Macbeth, Antígona, Electra o Yocasta. Con Fausto o con Sancho, con Madame Bovary o el gran pequeño Gatsby.

Los márgenes. Los de la sociedad y los de uno mismo. Historias de tráfico de órganos o de vidas humanas. Como posibilidad tan sólo, como algo nuevo y tenebroso de una sociedad cambiante. El poder, el dinero, la envidia, o simplemente los celos del buen profesor, casado con una estudiante mucho más joven, o la grandeza de las manos de Velázquez, cauto, orgulloso, callado en una corte de truhanes donde tanto o más vale el bufón que el gran señor. Y en los relatos ¿cómo no? tipos diversos de la vida de todos los días, los pequeños sueños de la gente, sus impotencias y sus bondades, tipos corrientes, grandes o pequeños en sus decisiones, mujeres de toda condición con diferentes voces. Una mirada que ennoblece al retratado o simplemente cuenta con la frialdad de la cámara fotográfica sin hacer juicios, dejando que sea el lector el que extraiga las conclusiones. Depende. Relatos por tanto en mi obra sobre los emigrantes, pero también sobre el que quiso ser y no fue, sobre el político déspota o el servil, los sueños conseguidos o destrozados, la impotencia o el afán de lucha. Son tantos los temas, tan infinito los posibles enfoques, tan numerosos los personajes, que pugnan por ocupar su lugar, por adquirir voz propia. Como la vida misma. Mirada abierta sobre el mundo y sus gentes. Eso es lo que intento cuando escribo.

Pero esa mirada que quiere ser abierta, es verdad, es al mismo tiempo selectiva y eso no puede evitarse, porque esos temas que pugnan por salir no son forzados sino llamadas desde dentro, cosas, acciones, personas que en un momento dado le impactan a una y luego con el tiempo reaparecen encarnándose en el texto: la pequeña prostituta llegada desde muy lejos, convertida en Julieta, la chica que limpia o sirve cafés, el muchacho del norte de África que vende el periódico a la puerta del supermercado, la mujer que odia el fútbol, pero se entusiasma con el cabezazo de Zidane.

Sí. El que está arriba de todo o el pequeño, el que parece insignificante, el marginado porque busca su lugar y puede ofrecernos su grandeza, mientras que el otro, el poderoso nos muestra su debilidad o su torpeza, disimula su joroba o la suple con palabras halagüeñas para engatusar a Lady Ana.

Todos llevamos nuestro margen dentro, nuestra herida, nuestra limitación. No es el pecado original, sino la mortalidad como destino, que por mucho que se prolongue siempre es demasiado pronto, la enfermedad, el miedo pero también nuestra capacidad de dar el salto, de luchar, de decir no. Débiles y grandes, terribles o generosos. Es tan grande el espacio, tan inmenso, tantas cosas que contar, tantos momentos que merecen recrearse y compartirlos o inventarlos a partir de ese humus de experiencias, lecturas, películas, relatos, que llevamos dentro y que nos configuran.

Somos tan débiles, tan contradictorios y limitados que hasta para aceptar la invitación a tan largo viaje, yo tenía miedo. Miedo a no resistir las horas de aeropuerto y avión, miedo a las limitaciones con el idioma, miedo al invierno y a la poca luz, pequeña muy pequeña, casi insignificante – con los años una siente más los márgenes, las carencias. Me sentía antes de dar el sí, como las jovencitas ante una declaración de amor no esperada. Pasión por el viaje, por lo nuevo, nuevos amigos, nuevos paisajes, y miedo a lo desconocido, a lo inesperado, a defraudar. Así somos todos y así es la vida. Arrogancia, agresividad, empuje y al mismo tiempo temores, secretos nunca compartidos, zonas oscuras y zonas luminosas. El ser humano, el que ahora somos todavía antes del imperio del avatar o del robot que nos aguarda a la vuelta de la esquina. Controlados cada vez más, como en la series más imaginativas de la televisión, computerizados, observados, intentando seguir para adelante cada uno con su pequeño mundo, sus dramas o sus alegrías familiares, sus afanes y sus problemas sin resolver, mirando de lado como sin querer a lo que pasa en torno o deteniéndonos a veces con espanto en los horrores que día tras día nos siguen acompañando desde la pantalla: nuevas guerras cada vez más crueles, nuevas catástrofes. Información, mucha información que apenas nos da tiempo a asimilar. Y vacilamos entre estar atentos y olvidar rápidamente para seguir viviendo. Así somos y así nos apañamos. Y el escritor, la escritora sólo trata de agarrar un poquito de ese vaivén, ese trajín entre las páginas de su libro, un trozo de realidad o de sueño para que otros se detengan durante un rato y vuelvan a soñar o a descubrirse en la experiencia del otro, como si fuera la luz de una linterna en una cueva, que por un momento nos deslumbra, aunque luego vuelva a apagarse y deja algún recuerdo, algún detalle de lo contemplado en la memoria: la gota de agua al caer, la estalactita, el vuelo de los murciélagos o el corretear de las ratas. O el agua mansa que forma un pequeño lago de color azul muy claro a nuestros pies. Una imagen fugaz que se integra ya para siempre en nuestra experiencia y forma parte de nosotros, aunque no lo sepamos. Algo así pasa con la lectura. Nos hace creadores, partícipes. Alguna nos distrae durante un rato y fácilmente se olvida. Otra por su belleza, su contundencia o su profundidad nos marca para siempre y nos acompaña a lo largo de la vida.

Soy escritora, pero soy, he sido y sigo siendo infatigable lectora. La buena literatura, la que pervive nos enseña más sobre el mundo y sobre nosotros mismos que cualquier estadística, informe concienzudo o descripción histórica o psicológica, que se pretende objetiva. Sólo ella enseña de verdad a conocer al ser humano a lo largo del tiempo. Y nos enseña a comprender que el ser humano, aquel que acabó con los Neanderthal, ha evolucionado desde hace 40.000 años en el uso y manejo de la técnica, ha ido poco a poco transformando el entorno, ha sido protagonista de grandes gestas y grandes invenciones, magníficas construcciones, ciudades portentosas, ha surcado mares y ha llegado a penetrar en el espacio, pero en lo más profundo de su ser, en aquello que lo constituye, en sus pasiones, miedos y anhelos apenas ha cambiado. Ya entonces era un creador, un inventor haciendo sortilegios para aplacar dioses y temores. Somos todavía sus descendientes. Lo que venga después no lo sabemos. Las predicciones, los futuribles suelen fallar, aunque a veces la ciencia ficción se adelante a los tiempos, dándonos pequeñas pistas. Y los márgenes, que siempre han existido se amplían o se reducen. Lo más hermoso de esta sociedad es que—a pesar del inmenso desarrollo de la técnica que nos alarga el brazo, la mano, el cerebro, la conexión con los demás, los saltos en el espacio—como en todas las anteriores, nada puede saberse del futuro que nos aguarda, un futuro cambiante muy deprisa que a veces nos produce temor o por el contrario se nos presenta como una vía gozosa y siempre hacia delante. Un futuro en el que siempre cabe la Utopía tan desacreditada.

 

Nota del Editor:

Autor del foto-montaje que ilustra este trabajo: Ernesto Pedalino. (Buenos Aires (Argentina), 1940) reside en Carboneras, España, desde 2004. Pintor y diseñador formado en la Escuela de Arte Raggio de su Buenos Aires natal, su obra se ha expuesto entre 2002 y 2016 en Vordingborg (Dinamarca), Madrid, León, Jaén, Cádiz, Marbella (Málaga), Almería y provincia –Roquetas de Mar, Carboneras, Mojácar, Vera, Garrucha, Níjar, Cuevas del Almanzora, entre otros lugares.