Lo bueno y lo malo de escribir en nuestro tiempo es internet. Ahí está todo lo que queremos saber, e incluso lo que no queremos. Hace unos años escribir unas líneas de homenaje sobre Lourdes Ortiz habría consistido, sobre todo, en contar su obra, su trayectoria vital y su relación con el mundo que le ha rodeado y le ha tocado vivir, principalmente en su variable de escritora, pues de eso se trata aquí básicamente. Pues bien, todo eso nos lo saltaremos porque el que desee tener esos datos con ir a internet los tiene todos, incluso buenos estudios críticos sobre su destacada e importante obra teatral, que es la que tiene que ver más conmigo y a la que me voy a referir brevemente. Y lo voy a hacer desde una dimensión no de estudioso del teatro, ni de autor dramático, sino de amigo y compañero, ya que compartí muchos años tareas pedagógicas con ella en la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid), y de eso quiero hablar hoy aquí.
Lo primero que quiero destacar es que Lourdes, durante sus muchos años de profesora, fue una magnífica pedagoga (¡algo tan difícil en un terreno artístico!), y que, además, esos años y esa pedagogía fueron significativas en su propia evolución como dramaturga. Sus alumnos la adoraban ya que les llevaba con su suave y tranquila voz a sumergirse en lo desconocido y a transitar entre dos mundos: el real y el imaginario. No era nunca de esos malos profesores que recuerdan en cada clase lo limitados e inútiles que son los alumnos, sino todo lo contrario, les ayudaba «sutilmente» a abrirse a su fantasía creativa y a descubrir lo mágico que era su volcán interior lleno de capacidades creativas.
No explicaba el mar solo con fotos de playas con bañistas tomando el sol, sino que invitaba a entrar en sus clases en las profundidades oscuras de los abismos marinos, del misterio de vivir, o mejor – como nos muestra en toda su obra dramática -, de «la arrasadora pasión de existir».
Como dramaturgos hemos estado siempre en caminos y posibilidades expresivas diferentes, y casi siempre estilísticamente opuestas. Pero he respetado y admirado la obra dramática de Lourdes por su limpia y profunda voz capaz de sacar y expresar en el escenario dimensiones apasionantes del ser, siempre con la rica y compleja metáfora creadora de su escritura.
Hace muchos años Lourdes escribió un prólogo a un estupendo libro de nuestro querido (y desaparecido) compañero Miguel Medina Vicario, que hablaba de los géneros literarios en mi obra. Lo que ella reseñaba entonces como importante de mis obras, me sirve perfectamente hoy para significar lo importante de las suyas, pues es una declaración de principios de lo que es, para nosotros, aunque seamos escritores muy diferentes, lo básico del trabajo del creador de textos dramáticos. Dice Lourdes en esas líneas:
La riqueza de un texto se mide por su lenguaje, por su arquitectura teatral, por las implicaciones que atesora, por su capacidad de seguir conmoviéndonos, por el ritmo de la frase, por la certeza del hallazgo verbal y, sobre todo, por su penetración en el drama humano o en la nimiedad o grandeza del hombre.
Hace unos meses estuve viendo, y disfrutando, su obra: Aquiles y Pentesilea, en el Centro Dramático Nacional, y la sensación que tuve al sumergirme en la obra fue, justamente, la que define la cita anterior, con esa habilidad especial que tiene Lourdes de mezclar en su trabajo creativo el logos y el pathos, el mostrar y el demostrar, el mito y la carne, lo oscuro y lo claro, la dura batalla y el placer de vivir.
Por eso mi aplauso y reconocimiento, entonces y ahora, para esta gran escritora.
Noviembre, 2016
