El espejo de las sombras de Lourdes Ortiz o el arte de contar

Sobre la narrativa de Lourdes Ortiz

Carole Egger
Université de Strasbourg.

Carole Egger, Université de Strasbourg.

Carole Egger, Université de Strasbourg.

Poética del título

El espejo de las sombras1, de Lourdes Ortiz

 

En un cuento, el título, así como el epígrafe –si lo hay– son elementos paratextuales que constituyen lugares estratégicos que el cuentista suele cuidar, consciente de que forma parte de los pocos elementos estructurales permitidos por la estética del género. Muchas veces, el título es lo que nos queda cuando lo hemos olvidado todo. En una novela, es frecuente que el título adquiera su plena significación, una vez terminada la lectura. El título precede a la lectura y en el cuento, suele reactualizarse varias veces a lo largo del texto. El título en definitiva  programa y orienta nuestra lectura, como lo hace el título de un cuadro de pintura; es decir, que también condiciona de cierta manera nuestra percepción a priori de la materia textual.

Cuidadosamente, elige Lourdes Ortiz un título que plantea un enigma, que crea una expectativa y cierta tensión en la medida en que viene constituido por dos palabras antitéticas que no suelen asociarse : el espejo y las sombras. En efecto, el lector se ve así invitado a buscarle un significado a ese curioso objeto que tiene como características: la frialdad, la transparencia, la brillantez y que sólo funciona si está inmerso en la luz. Las sombras en cambio suponen precisamente la desaparición de la luz, la oscuridad, en la que parece difícil que el espejo refleje algo. La preposición « de » denota además posesión o pertenencia y hace que ambas palabras parezcan aún más misteriosas. ¿Serán las sombras prisioneras del espejo ? ¿O bien poseerán las sombras el espacio del espejo? ¿Y las sombras de qué o de quiénes ?

La dinámica del ritmo viene así dada desde el principio mediante esta llamada de atención al lector, al que se sorprende, al que se invita a  mantenerse alerta para proceder a las analogías y vínculos adecuados. En todo caso, el protagonismo de los dos elementos constitutivos del título parece patente y su primacía en el relato se ve corroborada por las numerosas ocurrencias de las dos palabras en un cuento que se puede considerar como relativamente corto, pues si existen microcuentos de unas pocas palabras, también los hay de varias decenas de páginas. Aquí, en tan sólo dos páginas, la palabra « espejo » vuelve ocho veces y la palabra « sombras » tres; es decir, las suficientes para considerar estos dos elementos como pilares importantes en la arquitectura del texto. También cobra aquí el título una  función sintetizadora, ya que concreta una especie de compendio de los datos fundamentales que configuran el cuento.

En efecto, a nivel espacio-temporal, el espejo representa el espacio  predilecto del viaje que hace el personaje protagonista a través del tiempo y de la memoria. Concretamente, el cuento entero se desarrolla en un espacio físico que es el del cuarto de baño donde el protagonista se está preparando para celebrar las navidades, pues se está afeitando ante del espejo. Se puede decir que la totalidad de la historia se circunscribe a los límites espacio-temporales delineados por el espejo pues todo empieza y todo acaba frente a este espejo y el recorrido del personaje se efectúa totalmente en su interior. Por otra parte, a nivel temático, todo el relato constituye una fantasía onírica durante la cual, el personaje vislumbra en el espejo, por la mañana de una Nochebuena cualquiera, el reflejo de unas sombras; es decir, de unos familiares desaparecidos en los que piensa con nostalgia.

Pero si el espejo tiene por función la reproducción de la realidad, aquí será realidad imaginaria. No refleja imágenes concretas sino representaciones abstractas y encima, lo hace, según las leyes de cualquier espejo, es decir deformándolas. Lo original aquí es que la deformación parece inducirla el estado de ánimo del protagonista,  a medio camino entre realismo y fantasía, entre recuerdos reales y degradaciones grotescas, entre sueño y vigilia. En cuanto a las sombras, convocan por su parte apariciones fantasmáticas relacionadas con la oscuridad, la noche y la muerte.

Además, el cuento se inscribe bajo el signo de esa alianza indefectible del espejo y de las sombras; es decir que mezcla constantemente lo brillante, lo centelleante, lo deslumbrante de las fiestas navideñas con los espacios ocultos y oscuros del fluir del tiempo, que equivalen a la muerte.  El  título finalmente, no sólo orienta nuestra percepción de los hechos sino que caracteriza la atmósfera y determina la tonalidad del cuento.

 

Arquitectura laberíntica de la memoria 

Si lo comparamos con la novela, el cuento suele limitar el número de personajes, de acontecimientos, de datos espacio-temporales y la acción es generalmente única. Por otra parte, dada su forma breve, en un cuento es poco frecuente encontrar elementos gratuitos o meramente decorativos. Esto vale decir que la tensión interna de la trama narrativa procede de unos pocos elementos que configuran un universo más o menos cerrado y que poseen especial relevancia en el relato.

Si observamos cómo se concretan estas afirmaciones en el texto de Lourdes Ortiz, notamos que, aparte del espejo y de las sombras, hay varios datos más que contribuyen con eficacia a dar su coherencia al relato entre los cuales dos cobran especial importancia. La imagen recurrente del « pasillo », definido como « estrecho » al principio (línea 8), rápidamente va a funcionar como metáfora espacial del recorrido por la memoria que el protagonista emprende a través de una red complicada de senderos y encrucijadas. Es probable que esa estrechez y limitación del espacio evoquen la dificultad y los obstáculos a los que se enfrenta el personaje para remontarse en el tiempo y encontrar su imagen infantil : « ahí estaba él con el pantaloncito corto (l. 24-25) ». También podría ser una metáfora del camino de la vida, sembrado de obstáculos.

Parece además que cada curva del  pasillo corresponda a una etapa de la vida pues, cuando el pasillo se tuerce « él se veía adolescente (l.54) ». El pasillo se define a continuación como  « pasillo de cristal » (l.60), que funciona como eco de las « telarañas de cristal » (l.8) del principio, evocando así una mezcla rara de frialdad inerte –que remite sin duda a la muerte– y de luces centelleantes –que evocan la fiesta–. Son precisamente « fantasmas » los « que seguían asistiendo a un festín de vasos rotos y pesadumbres (l. 61-62). »

Entonces la imagen del laberinto, presente ya en la metáfora « aquel espejo era un laberinto de feria » (l.14), se precisa y el lugar se hace angustioso y agobiante. Ya venía creciendo la necesidad de hallar el hilo de Ariadna « se trataba de encontrar la salida (l. 19-20)» y ahora el narrador nos habla a las claras del « pasillo laberíntico » del que « tenía que escapar » (l. 65-66) porque el personaje se ve ahora atrapado en las redes de su pasado de las que no consigue librarse. Cuando « el pasillo de cristal » se comprime aún más (l.80), el aire vital parece faltarle y el personaje sabe ya que no va a poder seguir paseándose mucho tiempo por los recovecos fantasiosos de su memoria. La tensión alcanza entonces un clímax y el lector presiente el desenlace.

El segundo elemento que viene trazando otro eje estructural en este texto es la presencia, a lo largo del relato, de la figura de tía Marta. Si la onomástica tiene con frecuencia especial relevancia en cualquier tipo de texto, conviene prestarle peculiar atención en un cuento, género en el que son menos, y generalmente pocos, los elementos significativos. Aquí evidentemente, el nombre de Marta no aparece en absoluto por azar. En efecto, si recordamos la parábola de Marta y María frente a Jesús en Los Evangelios –plasmada en un famoso lienzo de Velásquez–, Marta aparece como muy aferrada a las cosas de este mundo, muy respetuosa de la familia y de las normas tradicionales. Lo evidencia el reproche que ya desde las primeras líneas le hace « con cara agria (l. 3) »  su tía al protagonista « lo peor de este chico es que no respeta las tradiciones (l. 4)». Más adelante, cuando la borrachera es general, « hasta la tía Marta perdía su compostura » (l.47) nos dice el narrador, subrayando así con el adverbio el apego de la tía a los buenos modales.

El aspecto convencional de la tía se hace tanto más patente cuanto que el personaje se evoca esencialmente a través de sus dichos, que aparecen como tantas expresiones de la vox populi. En efecto, o enuncia Marta frases hechas como « que hay ropa tendida » (l. 50), o una serie de tópicos como « Las Nochebuenas dan tristeza » (l. 62), que a veces, hasta llega a recoger de su propia tradición familiar: « Mi madre lo decía: las hijas suman, los hijos restan… » (l.73-74). Es decir: el narrador utiliza una variedad de modalidades para plasmar ese carácter tradicional de la figura emblemática que resulta ser la tía Marta.

El tratamiento del personaje es sutil pues al tiempo que se pone en evidencia, mediante el retrato que se hace de la tía, el carácter anticuado de unas tradiciones que poco a poco van cayendo en desuso, también se deja percibir cierta ternura, cierta mirada benevolente por parte del sobrino, lo que no puede sino incrementar el tono nostálgico de la rememoración.

Las sombras van siendo más numerosas a medida que vamos avanzando en el tiempo pero la tía Marta sigue viva y presente cada Nochebuena. Asegura así la permanencia de la tradición hasta el momento presente, en las diferentes etapas recordadas por el personaje.

Por su papel autoritario en la familia, su presencia contribuye a aumentar la tensión y a dinamizar el relato porque si el protagonista se ve en la obligación de salir de su viaje imaginario (« Tenía que encontrase… » (l.1) , « tenía que escapar » (l. 66)) es porque tiene que cumplir con su deber, el que dictaminó la tía Marta.

Por otra parte, tanto las palabras de tía Marta como las de la vieja Margarita, que aparecen en estilo directo, puntúan de manera realista un relato al que los rodeos de una memoria tan laberíntica como el pasillo, imprimen acentos fantásticos.

Por fin, la música tradicional y los cantos y villancicos navideños, que vuelven de manera reiterada a lo largo de la narración, forman un lazo de unión entre los diferentes fines de año evocados así como la comida que pasa a ser de escasa y simbólica en los tiempos de postguerra, a abundante y « pantagruélica » en las décadas siguientes, las del despegue económico del país que constituye el trasfondo socio-político de una época de referencia real.

 

Estética expresionista

El espejo, que da su título al cuento, se presenta como una ventana abierta a través de la cual se escapa la imaginación del protagonista. En el ambiente supuestamente festivo de las navidades, el personaje experimenta un sentimiento de extrañeza. Se siente extraño a una fiesta que ha perdido su poder de encantamiento porque él ha dejado de ser un niño.

La confusión y el desasosiego que se desprenden de la primera frase « Una mañana se perdió en el espejo (l. 1) » –especie de compendio de toda la trama2– desembocan en una visión onírica, casi surrealista, que mezcla lo abstracto y lo concreto, el realismo y la fantasía. Ni los ruidos ni las imágenes se muestran con nitidez sino amortiguados y borrosas. Así se distancia el narrador del escenario de sus recuerdos para convertirse en espectador privilegiado de su propio viaje por el pasado. Se asocia el campo léxico de la frialdad (cristal, desierto helado, nieve) a la visión grotesca y esperpéntica de los rostros deformes con « bocas descomunales ». Se menciona “el callejón del gato”, en una clara referencia al esperpento de Valle-Inclán. La fiesta navideña se relaciona así con el paso del tiempo “las telarañas de cristal” y el mundo infantil se evoca mediante « la criptonita de Hollywood », elemento mágico pero también amenazante ya que, en presencia de esa piedra, Superman pierde sus poderes y muere. Además la palabra « criptonita », imaginaria e inventada, puede evocar también la cripta, es decir una tumba subterránea, con lo cual el pasillo pasa a ser un lugar hostil del que hay que escapar lo antes posible.

La línea 17 « Antes era otra cosa… » marca una nueva etapa en el itinerario iniciático que constituye este recorrido por la memoria del personaje. Si un espejo nunca refleja fielmente la realidad, si siempre da una imagen inexacta e inversa de esa realidad, aquí esta inversión espacial se confunde con una inversión temporal, ya que el personaje empieza a remontarse en el tiempo. Y este despegue onírico de lo real le permite al narrador evocar reminiscencias concretas (« la cajita de cartón, los pedacitos de turrón bien ordenados y los polvorones y los mazapanes. […] (l. 25-26) ») en una visión que mezcla lo trágico con lo grotesco (« la mueca estirada de Margarita (l. 28-29) »). Esa deformación inquietante da cuenta de alguna manera de la mirada infantil, sesgada no sólo por el tiempo sino también por otra mirada, ya adulta. Median varios años entre las dos miradas, las visiones son las de un niño pero las reflexiones y las referencias temporales reales (como las « vacas gordas después de la posguerra (l.33) », por ejemplo) son efectivamente las de un adulto. El espejo va devolviéndole una imagen de su vida interior en la que permanecen vivas algunas sombras, es decir, unos rostros que la muerte ha transfigurado en visiones expresionistas, que recuerda los cuadros de James Ensor.

A medida que va avanzando el tiempo y que ya le dejan probar los vinos pues ha dejado de ser niño, las visiones se hacen más precisas, los fantasmas del pasado cobran más vida y la tonalidad nostálgica se va intensificando. Cuando se hace adolescente (l. 54), se multiplican las indicaciones temporales (« ya no había apenas hombres (l. 57)», « que seguían asistiendo », « ya no podían estar »), las sombras van ocupando un espacio cada vez más importante y esa nostalgia acaba por convertirse en verdadera congoja. La Navidad ha perdido ya su encanto para él, el personaje se rinde a las evidencias eternas enunciadas por la tía Marta (« Las Nochebuenas dan tristeza ») y el decorado deslumbrante para el que fue niño, se reduce ahora a un árbol escuálido y artificial (l.69). El sentimiento agobiante de angustia que experimenta entonces le obliga a poner un punto final a su intromisión, a salirse del espejo para volver al cuarto de baño y poder experimentar ya la sensación repentina de haberse hecho hombre. Lo difícil para él, frente a aquel espejo, habrá sido asumir el paso del tiempo, que corre parejo con asumir la desaparición de unos parientes. Cuando salga del espejo, volverá a ser mayor.

Julio Cortázar decía que un buen cuento constituía una « fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana ». Aquí resulta obvio constatar que las navidades son fechas propicias para el sentimiento de nostalgia que nos viene de la infancia. La gente suele acordarse de ellas como de una época feliz y llena de encanto. Por otra parte, son una de las pocas ocasiones que quedan, en nuestras sociedades occidentales, para que la mayoría de los miembros de una familia se reúna y celebre unas fiestas, paganas o religiosas, en común. Este parentesco y esta comunión entroncan con la identidad y la personalidad de cada cual porque son hitos importantes en cada trayectoria vital. Además, el día de Nochebuena, es sin duda el día más indicado para darse cuenta de la ausencia de los que nunca faltaron a la cena hasta ahora y para medir y considerar el paso del tiempo.

Lourdes Ortiz ha sabido captar perfectamente la tristeza relativa de ese momento y transcribir en su cuento la ambigüedad de un recorrido angustiado y nostálgico en el que se trata ante todo de encontrarse a sí mismo, gracias y a pesar del tiempo que fluye. En esto, su cuento se adecúa perfectamente a la definición de Julio Cortázar y la escritura poética de la autora demuestra su perfecto dominio de la frágil y complicada arquitectura del cuento como género.

← Volver al índice

Bibliografía

GROJNOWSKI, Daniel, Lire la nouvelle, Paris, Dunod, 1993

QUIROGA, Horacio : “Decálogo del perfecto cuentista” publicado por primera vez en la revista El hogar, Buenos Aires, Argentina, en julio de 1927.

PIGLIA, Ricardo, Formas breves, Barcelona, Anagrama, 2000.

CORTAZAR, Julio, “Algunos aspectos del cuento en Diez años de la revista Casa de las Américas”, n°60, Julio 1970, La Habana.

Notas del artículo

  1. Cuento español contemporáneo. Ed. De Ángeles Encinar y Anthony Percival, Madrid, Cátedra, col. Letras hispánicas, 1994. (Todas las citas proceden de esta edición).
  2. También aquí se adecúa la escritura de Lourdes Ortiz a los requisitos de la del perfecto cuentista, tal y como lo definía Horacio Quiroga.