Distintos estudiosos de la obra dramática y narrativa de Lourdes Ortiz han señalado la preferencia de nuestra autora por la recreación de los mitos clásicos con la intención de desentrañar el sentido que tienen dentro de una concepción de la sociedad y del mundo para darles la vuelta y descubrir las razones de los olvidados y apartados en la zona oscura de la Historia. En la mayoría de los casos estamos hablando de mujeres, esas mujeres que aparecen en los mitos para descanso del guerrero, para afirmación de su masculinidad, para satisfacción de sus apetencias y sus sueños.
Sin embargo, hay otro ámbito imaginario cuyas figuras femeninas han atraído la atención de nuestra autora y que ha recibido bastante menos estudios, a pesar de la importancia que tiene en la configuración de la personalidad humana: nos referimos al mundo de los cuentos infantiles
En 1988, dentro de un volumen que recogía Los motivos de Circe, pero tan discreta o tan oculta que ni siquiera es citada en la portada, aparecía Cenicienta, definida por su autora como “Parábola en dos actos”. Se trata de una obra teatral de estructura tradicional, dividida en los dos actos citados, de los cuales el primero tiene cuatro escenas y nueve el segundo. En ella Lourdes Ortiz recrea, muy en la línea de los relatos que conforman Los motivos de Circe, la historia de una de las heroínas más populares de los cuentos infantiles, que, a partir su aparición en las colecciones de Perrault y los hermanos Grimm ha tenido infinidad de versiones, desde la operística (Cenerentola, de Rossini) hasta las innumerables cenicientas cinematográficas. Sin embargo, de todas ellas la más difundida, la que ha contribuido a popularizar en todo el mundo la historia de la joven maltratada por su madrastra y sus perversas hermanastras, con su hada madrina, sus zapatitos de cristal y su príncipe azul, ha sido sin duda la película de Walt Disney, estrenada en 1950. Se trata de una versión añoñada, muy lejana de la crueldad de la de los hermanos Grimm, que muestra a una Cenicienta jovial, animosa, sin ningún rencor hacia las malvadas mujeres que le hacen la vida imposible, todo ello en colores pastel y adornado con música de Chaikovski. Su complemento es un príncipe relamido que puede servir como modelo de todos los galanes del Hollywood de los años cincuenta. La imaginería de la película ha acabado por ser una de las más reconocibles del universo Disney: el palacio del príncipe azul, recreado en sus parques temáticos, es también la imagen de marca de la empresa Disney.
Cualquiera que esté acostumbrado a esta dulzona Cenicienta no podrá dejar de sorprenderse ante la de Lourdes Ortiz. Ante todo, descubrirá que la protagonista no es tal: apenas aparece en la primera escena, cuando la vemos postrada en el lecho, delirante e incapaz de distinguir al rey -su príncipe- del bufón Calabacillas. A partir de ese momento la reina, la antigua Cenicienta, desaparece de escena y sólo será una referencia constante para los verdaderos protagonistas del drama: el bufón, el rey, su primo Edgardo, rey del poderoso país vecino, el arzobispo, el general Bérgamo, el ministro de Hacienda Frontín y el jefe de policía Falcón. Alrededor de ellos pululan damas, soldados, mujeres del pueblo, mendigos, putas y toda una barahúnda de personajes del pueblo que dan el contrapunto a la podrida corte del reino de Cenicienta.
Cenicienta no es un cuento de hadas. Es una fantasía entre brechtiana y valleinclanesca que comienza precisamente donde suelen terminar los cuentos, en la boda de la heroína. En la obra de Lourdes Ortiz, Cenicienta es ya la reina, pero toda la ilusión del príncipe se ha convertido en hastío y en sentido de culpa por haber dejado que una plebeya llegue al trono. Lo que anteriormente era obra de un hada madrina se ha convertido en efecto de brujería: la reina ha caído en desgracia, la Iglesia, encarnada en el esperpéntico arzobispo, la va maniatando con lazos cada vez más apretados mientras se goza en pensar en el momento en que el rey dé su aprobación para quemar públicamente a la mujer que embrujó al monarca con sus malas artes. Sin embargo, otras fuerzas del estado conspiran para sacar beneficios precisamente de mantener a la reina en el trono. Y es que Cenicienta se ha convertido en símbolo para el pueblo y es necesario conservar la imagen popular de la reina en los momentos en que se piden sacrificios y más sacrificios para seguir al ambicioso Edgardo en una guerra espantosamente destructiva. Incluso hay que mantener viva la imagen de la reina cuando ha muerto. Por lo menos hasta que los poderosos decidan acabar también con el melancólico, ambiguo y cínico rey.
Esta historia negrísima, no apta para mentes infantiles, tiene, sin embargo, su parte cómica servida por el velazqueño bufón Calabacillas[1], que recorre toda la obra al lado del rey aportando su visión distanciada, grotesca y terriblemente lúcida de los acontecimientos que se desarrollan en palacio. Con la sonrisa picaresca e ingenua que recogió Velázquez en su retrato, el bufón va pautando la obra con canciones infantiles, con estribillos de juegos que adquieren, con todo, una tonalidad sombría. Así, la obra termina, tras la muerte del rey, con un monólogo de Calabacillas:
Había una vez, hace mucho tiempo, un rey que tenía un sombrero de tres picos de charol brillante, una espadita de azufre y una olla de esas, cargadas de monedas, que suelen aparecer allá donde termina el arcoíris… (Se pone de pie para marcharse y antes de salir canta aún.)
Adivina quién te dio.
Si no es uno, serán dos.
El mismo año 1988, e igualmente escondida dentro de un volumen titulado Cuentos eróticos, en donde se publicaban relatos de varios narradores españoles, desde el veterano Gonzalo Torrente Ballester hasta el joven Antonio Muñoz Molina, Lourdes Ortiz perpetraba otra profanación de uno de los cuentos infantiles más difundidos a pesar de la dificultad que encierra para que la comprendan los niños (y muchos padres): Alicia en el país de las maravillas, del reverendo Charles Lutwigde Dodgson, que firmaba con el seudónimo de Lewis Carrol.
El relato de Lourdes Ortiz, titulado simplemente Alicia, está escrito en forma de monólogo puesto en boca de una niña. Pero hay muy poco de cuento infantil en la escalofriante narración de la niña, que quizás sea Alicia Liddell, la favorita de Carrol, para quien el matemático escribió sus famosos cuentos y a quien retrataba en fotos de una morbosa ambigüedad. Es verdad que aparecen el Conejo, el Sombrerero Loco, el Gato de Cheshire, Humpty Dumpty y la reina de corazones; es cierto que hay objetos que se hacen grandes y pequeños, que la niña puede caer en un lago que amenaza tragarla a pesar de ser tan poco el líquido blanco que sale de la punta del cuerno del unicornio. “Es amable, pero muy pesado. Además, es un desastre contando cuentos”, confiesa la niña al comenzar su relato de los juegos que nadie puede conocer, que no hay que contar a nadie. El lector va comprobando con espanto que el adulto que podría ser Lewis Carrol no es solamente un desastre contando cuentos: con toda la ingenuidad de la niña que lo que quiere es jugar a princesas, su voz nos va descubriendo el horror de una monstruosa relación sexual, un mundo que no es precisamente Wonderland, sino un infierno cerrado donde el probable Carrol va ahogando con su semen las inocentes palabras de la niña Alicia.
Pocas páginas de Lourdes Ortiz tienen la sutileza, la inquietante belleza de Alicia. Si Cenicienta es una historia negra, el cuento de la niña y su amigo adulto nos lleva de la mano a lo más siniestro del ser humano. Un lugar muy lejano del alegre, colorista y disparatado mundo de Disney en el que los niños del mundo aprenden, a partir del estreno de la película en 1951, los extraños sinsentidos que un matemático inventó para una niña a la que adoraba.
Después de 1988, el mundo de los cuentos infantiles desaparece durante muchos años de las ficciones de Lourdes Ortiz. Pero en 2011, la autora vuelve a visitar este territorio en dos relatos, La reina de las nieves y La traición de Caperucita, incluidos dentro del libro Ojos de gato. De nuevo se trata de desmitificar las historias tradicionales y ofrecer una mirada nueva sobre ellas. Pero la mirada de Lourdes Ortiz ha cambiado: donde antes había un grito airado que reflejaba con estética expresionista el horror del mundo, en 2011 aparece una mirada cargada de ironía e incluso de cálida comprensión de las ilusiones que subyacen debajo de todos los cuentos.
La traición de Caperucita retoma a los personajes del más popular de los cuentos de Perrault y Grimm. Allí están la niña vestida de rojo, la abuelita y la madre. Está también el lobo, aunque muy cambiado de aspecto. Pero Caperucita no es la niña ingenua que debe atravesar el bosque para llevar la cestita a la abuelita; sino una adolescente de nuestros días que se ha puesto un vestido rojo ajustado, de falta tan corta que, según le dice su abuela, “se te ve el pompis”. Y la niña, un poco repajolera, le responde: “Culo, se dice culo”. El mundo ha cambiado, las adolescentes ven películas como Crepúsculo, en donde los vampiros y los hombres lobo son buenos y se enamoran de las tiernas muchachas sin atentar contra su pureza hasta que ellas consienten, dominadas por tanto cariño. Las niñas saben lo que son las relaciones sexuales, se magrean en el coche de su novio, buscan ocasiones para perder la virginidad. El lobo no les asusta con sus largas orejas, con sus ojos enormes, con sus dientes blanquísimos. Caperucita, la traidora, sale en busca del lobo, convertido en un hombre, bastante mayor que ella, que la va a llevar al apartamento de un amigo para hacer el amor como se debe. Y ante tan tentadora perspectiva, Caperucita, enfundada en el vestido ajustado que deja entrever su culo, piensa en pedirse, para pasar esa noche mágica, una pizza Caprichosa.
Más chocante resulta La reina de las nieves, que toma el título del cuento de Andersen sobre el que se ha basado el último gran éxito de Disney, Frozen. Sin embargo, el relato de Lourdes Ortiz se centra en Mamadou, un inmigrante senegalés que pasea por las playas de una localidad del levante español (no es difícil reconocer la costa almeriense) a la espera de trabajar en un barco pesquero como sus primos, que llegaron antes a España. Hombre observador, se fija en una mujer rubia, perfecta, que va con un niño tan rubio como ella. Sus primos y sus amigos le recomiendan que ni siquiera piense en ella: si fuera una española, podría ser, pero las nórdicas son intocables, distantes. Es la princesa ideal, la reina del mundo de fantasía que va llenando los sueños de Mamadou haciéndole olvidar a su novia de Dakar. Hasta que un día la encuentra en la calle y, al ayudarla, descubre que es otra inmigrante, probablemente de un país báltico, que se gana penosamente la vida fregando locales. Y la cálida realidad derrite las nieves del mundo fantástico para permitir que dos personas de mundos tan distintos se vean con una mirada humana, llena de simpatía. “La reina de las nieves había bajado a la tierra”. El mundo real, con todas sus imperfecciones, es preferible a la más bella fantasía.
El universo de los cuentos infantiles es cualquier cosa menos inocente. Bruno Bettelheim (2010) ha escrito páginas muy iluminadoras sobre la importancia de estas narraciones en la formación de la personalidad de los niños, cómo, de una forma imaginaria, los van preparando para enfrenarse a un mundo hostil. De ahí la crueldad de los cuentos tradicionales, que, paradójicamente, los hacen tan atractivos para los niños. Una corriente contemporánea, cuyo mejor ejemplo está en las películas de la factoría Disney, ha procurado descargar estos cuentos de todo ese potencial dramático para convertirlos en imagen de un mundo perfecto. Lourdes Ortiz reniega de esta ola de ñoñería y falsa beatitud. Su visión de los cuentos infantiles es ácida, feroz a veces, siempre desmitificadora. Como tienen que ser los cuentos.
