Antes de optar por la escritura, dediqué unos años —10 ó 12— al mundo de la enseñanza, y puedo afirmar que mi relación con los alumnos fue, en general, excelente; afirmo, asimismo, que en el ejercicio de mi profesión (en realidad no estudié magisterio, sino ingeniería, carrera que también nos brindaba la posibilidad de ejercer, una vez acabada, en el campo de la enseñanza), disfruté un montón, tanto en las aulas, a la hora de las clases, como en los patios, a la hora del recreo. Pero, al igual que no hay rosa sin espina, ni objeto sin sombra, ni Tour de France sin Tourmalet, las reuniones con maestros y andereños se me hacían muy cuesta arriba: ésa fue la cruz que tuve que soportar en esos años… y no porque no viera que las reuniones eran, para la buena marcha de nuestros centros de educación, absolutamente necesarias, sino porque yo tenía severas limitaciones al respecto: hablaba, en primer término, el jefe de estudios, que nos desvelaba, por así decir, la hoja de ruta; daban los allí reunidos su opinión sobre los distintos puntos a desarrollar; se enmarañaban, con frecuencia, en discusiones innecesarias, por repetitivas… y, de repente, alguien me preguntaba: “¿Qué opinas tú del asunto, Joanmari?”. Y yo, tras recibir el crochet, minado mi sentido de la orientación, reaccionaba a los 2 ó 3 segundos, para salirme, obviamente, por los cerros de Úbeda: “¡Alto ahí, compañero, que yo no estoy en la reunión! Bueno: quizá no esté aquí, pero seguro que estoy allí… en la Isla de la Reunión… hablando con el archiconocido pirata Olivier Levasseur, que viste ojo ciego reglamentario —oculto, por tanto, bajo un parche—, etc., etc.”. Aquellas reuniones eran extremamente serias, por lo que mis salidas de tono eran, en general, bien recibidas: ovación de risas y vuelta al ruedo.
La cuestión es que en otoño de 1993 recibí una invitación de Víctor García de la Concha —director del Instituto Cervantes, hoy en día—, cursada por mi amigo Juan Mari Lekuona —gran poeta euskaldun, ya fallecido—, quien en una llamada telefónica me decía que V. G. de la C. tenía programado un encuentro de escritores de distintos pueblos del estado en Verines (Asturias), bajo el lema de El territorio de las letras. Y añadió: “Serán tres días, con reuniones y ratos de descanso, y…”. Cuando le oí a mi amigo lo de la reunión, se me vino el alma abajo, e, interrumpiéndole, le hablé de la Isla de la Reunión, del archiconocido pirata Olivier Levasseur, del ojo ciego reglamentario… a lo que J. M. Lekuona, que era cura, respondió entre risas: “Tranquilo, Joanmari, que yo intercederé por ti ante el Todopoderoso…”. Sobra decir que, ante argumento de tal calibre y ante la insistencia de mi amigo, acabé aceptando.
Nunca me arrepentí de tal decisión. Y es que, si Olivier Levasseur en sus correrías por el Océano Indico fue capaz de encontrar un tesoro, que no otra cosa fue la conquista del barco portugués Nuestra Señora del Cabo, un navío de 800 toneladas y 72 cañones, lleno de oro y joyas… también yo encontré mi tesoro particular en la Isla de la Réunion de Escritores (del estado con estado y del estado sin estado), que aquellos días coexistimos, preferentemente, en la sala principal de la Casona de Verines… en lo que podríamos llamar una reedición —con final antagónico, eso sí— del calamitoso suceso que antaño protagonizó Diógenes, quien, ya de día y con su lámpara encendida, iba buscando, lo que a todas luces, parecía un imposible: “Busco un hombre… un hombre honrado, que ni con el candil encendido puedo encontrarlo”. ¡Afortunado de mí que, en mi búsqueda de un hombre, encontré a una mujer sencilla y entera a carta cabal, nada pretenciosa… y con una actitud ética encomiable, que, más de una vez, le ha inducido a adoptar decisiones incómodas, pues el afán de enfrentarse con abusos e injusticias del Poder siempre conlleva riesgos.
Te encontré a ti, Lourdes.
¿Recuerdas cómo a aquellas reuniones formales —a las que todos los participantes (unos 30 ó pocos más) asistíamos— les sucedían otras completamente informales, a las que también podríamos llamar grupales, pues los que nos sentíamos más o menos afines dábamos por válida cualquier excusa —¿qué os parece si nos damos un buen trago?, y si fuéramos a la playa, ¿qué…?— para agruparnos e irnos a uno u otro sitio y desmarcarnos así del resto?
Recuerdo aquel día que fuimos a la playa: ¡qué cara de susto pusiste cuando Joserra Garzia (otro amigo escritor euskaldun, del que, supongo, te acordarás) y yo —creo que nadie más— nos adentramos en el agua para darnos un chapuzón…! “¡Tranquila, Lourdes, que somos dos vascones…”, te dije, en un dodecasílabo suelto, que no tenía vocación de pareado, afortunadamente. Y tú te reíste, y todos nos reímos.
De eso es, precisamente, de lo que primero me acuerdo: ¡cuánto nos reímos aquellos días! Pero también tuvimos conversaciones serias… ¡y hasta alguna u otra envenenada!
En aquellos tiempos, yo simpatizaba con elkarri —una plataforma social vasca, cuyo objetivo era la defensa y movilización en favor de un modelo de solución pacífica y dialogada al llamado conflicto vasco—, y, cuando en una cena salió el tema a la palestra —no sé si fui yo quien lo introdujo, o Joserra… u otro escritor de otra tendencia que buscaba lo que buscaba—, se desencadenó el huracán. No voy a hacer ahora un estudio meteorológico de aquel día —isobaras lácticas por aquí, ostias dialécticas por allá—; sólo diré que, fuera de la órbita vasca (los escritores vascos invitados a aquellas jornadas literarias éramos, en total, cuatro), hubo gente que calló, hubo gente que se enfrentó (con cierta agresividad, dicho sea de paso), y hubo unos pocos que entendieron de qué iba el asunto y nos apoyaron… entre ellos tú, Lourdes. ¡No sabes cuánto te agradecí! Y es que aquélla era una época en que los vascos siempre éramos interpelados, sólo por el hecho de ser vascos. Ibamos a Salamanca, y si hacíamos amistad con algún salmantino, éste nos haría la misma pregunta de siempre a no tardar: “¿Y qué tal en el País Vasco?”. Y si íbamos a Almería, lo mismo… en todos los sitios —en Zaragoza, Valencia, Guadalajara…—, igual. Era una pregunta, en apariencia, inocente… pero que llevaba su carga disuasiva —movida, al mismo tiempo (creo yo), por una supuesta superioridad ética tan huera como inconsciente—, pues, al poco, se nos pediría nuestra opinión sobre todo lo relacionado con el País Vasco… con la violencia especialmente, por supuesto. Y, si respondíamos que, desde un análisis profundo de la violencia, las cosas no eran tan simples como parecían —mi tío Manuel fue fusilado por las hordas franquistas en el monte Ezkaba, y mi padre fue secuestrado y retenido en la cárcel de Ondarreta durante dos años… mientras los culpables de aquellos abominables actos se fueron “de rositas”—, recibiríamos, por parte del interpelador, la misma respuesta de siempre: un silencio más o menos breve, rubricado por una mirada cauta y distante que nos acusaba o hacía sospechosos de colaboración con bandas satánicas, etc., etc. Y nosotros, ante la amenaza en ciernes, intentábamos escapar de ella, poniendo a prueba nuestro propio sistema de autodefensa: “¿Y por qué no dejamos de hablar de política, si os parece…?”
Yo ya te dije, para entonces, Lourdes, que simpatizaba con la actitud no-violenta de Gandhi; que era un antimilitarista convencido, al que galones y estrellas del mundo mundial le sacaban de quicio; tampoco la lucha de ETA era de mi agrado, pues, además de dejar regueros de sangre, era, para aquellas fechas, del todo inoperante e ineficaz; es más: lejos de significar un avance en nuestra particular contienda con el estado, era un retroceso evidente: un obstáculo, una rémora.
Por eso te repito, Lourdes: no sabes cuánto te agradezco que aquel día —aquella noche— pusieras tu palabra al servicio de la cordura y de la comprensión del otro: yo, por lo menos, me sentí, por una vez, comprendido. Políticamente, se entiende. Hoy, afortunadamente, no sólo eres tú, Lourdes, la que me comprende. Y es que hay muchos españoles —estoy pensando en los militantes y votantes de IU o Podemos—, que, sintiéndose primeramente (o del todo) españoles, aceptan que pueda haber gente dentro del estado que piense de forma diferente… que uno se sienta vasco antes que español, por ejemplo… y que, en consecuencia, reivindique un cambio de las leyes de la Carta Magna, que abra la posibilidad de que el cambio, si alguna vez se diere, sea real y efectivo… que no otra cosa se hace en Canadá, con Quebec, y en La Gran Bretaña, con Escocia.
De aquellas jornadas de Verines, Lourdes, surgió, entre nosotros, una amistad profunda —los dos nos alineábamos, además, a la izquierda del panorama político—, que a lo largo de los años no ha declinado. Circunstancia favorable en nuestro empeño fue el que ambos contáramos con un destino común —las tierras de Almería—, a la hora de programar las vacaciones de Semana Santa o las de Navidad: tú tenías un apartamento en Agua Amarga, hasta que cambiaste a Carboneras, y yo disponía de otro —propiedad de mis cuñados—, en Aguadulce… por lo que, cada vez que llegaban las vacaciones, yo te llamaba o tú me llamabas a mí por teléfono, para fijar un día en el que poder pasar juntos… y, así, llegado ese día, cogía yo mi coche, e iba de Aguadulce a Agua Amarga; llegaba a tu casa (hacia las 11,00 a.m.), que contaba con un pequeño jardín en el exterior; nos saludábamos, programábamos el día, nos dábamos un paseo o nos bañábamos, comíamos en algún restaurante popular de Agua Amarga o cualquier localidad cercana, pagábamos la cuenta (para ser más exactos, pagabas tú, pues nunca me dejabas aligerar el bolsillo, con la excusa de que yo ponía la gasolina), tomábamos un trago por la tarde, nos dábamos otro paseo…
Y, sobre todo, charlábamos… con mucha confianza, eso sí. Y con respeto. Hablábamos de política, de literatura, de religión, de física, metafísica, y del día a día de nuestras vidas… Hablábamos de todo… hasta de ovnis, creo yo… de forma descreída e irónica, claro está.
Vienen a mi mente recuerdos inolvidables: del día en que Isa Ciriza —una intrépida navarra, que supo hacer frente a las secuelas de un terrible accidente de tráfico— nos invitó a comer a su casa. Nos acompañaba Mari Asun Landa, gran escritora euskaldun, amiga de Isa y de mí mismo. ¡Qué bien comimos ese día! ¡Y qué vino nos sirvió Isa! Luego, tras echar una siestecita al sol, fuimos de paseo a una pequeña loma… en la que recogimos unos cuantos fósiles marinos: ostras petrificadas, almejas, erizos de mar, algún que otro ammonite y alguna que otra caracola… ¡Cuánto disfrutamos! ¡Como niños! Y como niños soñamos: ¿serían aquellos fósiles —alguno al menos— coetáneos de los diplodocus?, ¿competirían ya para entonces las caracolas en la prueba de 3.000 metros obstáculos, que para una caracola filósofa podría ser la metáfora perfecta de la eternidad?…
Recuerdo, asimismo, aquel paseo que hicimos al cementerio de Agua Amarga, en el que, a la entrada, había un pequeño muro blanco, en el que nos sentamos y soñamos a Pedro Páramo. También a Juan Rulfo, autor de aquella maravilla. Tú sabes, Lourdes, que en la Tierra hay 14 montañas de más de 8.000 metros, y yo te comenté que eso era lo que, precisamente, Juan Rulfo había logrado: ¡hacer un ocho mil, en un libro de apenas 100 páginas! Y tú me respondiste: “Ciertamente”. Pedro Páramo: tan fantasmagórico y tan real al mismo tiempo: tan frágil y vaporosa es nuestra existencia…
Y, ¿te acuerdas de aquel día que te llevé a Moscolux, una extensa superficie de tierra cercana a Gádor, dividida en parcelas —cortijadas—, de las que de una de ellas era mi cuñado Juan propietario? ¡Qué paisaje! Era —y es— un terreno seco que lindaba con el desierto de Tabernas, pero alimentado por manantiales subterráneos de considerable caudal —conectados con el río Andarax, supongo, pues éste se hace allí, de forma ininterrumpida, presente—, capaces de abastecer de agua toda la zona: agua milagrosa, en definitiva, apta para convertir el yermo en un espacio alegre y vital, lleno de naranjos y limoneros… y olivos y mandarinos… y granados e higueras… y aguacates y chirimoyos… y de productos de la huerta: lechugas y tomates… habas, judías y rábanos…
No era un experto en artes adivinatorias, ni falta que me hacía… tan evidente era que aquella visita sería de tu agrado: visita, a la que también se apuntó Daniel Sarasola, escritor nacido en Bilbao, compañero tuyo durante años, y también amigo mío… buena gente.
La cortijada de mi cuñado Juan tenía dos viviendas: la vieja —la auténtica—, que era una cueva, habitada, en su tiempo, por los padres de Juan; y la nueva, construida al lado de la vieja, dando al conjunto la forma de una L invertida, bien integrada en el entorno; por lo demás, prolongando los brazos de la L hasta cierto límite, se podría completar un rectángulo, en cuyo interior quedaría la huerta —labrada y cultivada con mucho mimo por mi cuñado—, con su estanque de riego… aunque, a la postre, fuera su padre —mientras vivió— el responsable máximo de aquellas tareas agrícolas: aquel hombre entrado en años, enjuto y seco —y tenaz y vigoroso, al mismo tiempo—, al que llamábamos el abuelo… que era —para definirlo en dos palabras— un hombre de la Tierra, hecho él también de tierra, y que bien podía protagonizar un documental bajo el título de Latidos de azahar. Un hombre sencillo y bondadoso… al que, para fortuna de los que convivíamos con él, se le prendía, a veces, una chispa en los ojos, que transfiguraba su mirada: mirada de niño pillo y travieso… ¡Lástima que no lo conociste, Lourdes! De joven, trabajó en las minas de plata y plomo de la zona, y guardaba con orgullo su carné de la UGT, del que deducíamos que el abuelo tenía razón cuando nos juraba por Marquitos, Di Stéfano y Gento —como buen forofo del Real Madrid— que él fue de los primeros afiliados al sindicato.
Luego, mi cuñada Ixiar, bien acompañada en los servicios culinarios, nos servía unos tentempiés de chorizo y morcilla, a los que seguía una sana y sabrosa comida, hecha a base de productos de la huerta de Juan: ensalada, suculenta tortilla de habas, y de postre, naranjas o mandarinas, a gusto de cada cuál. Todo, regado con un buen vino casero, también elaborado por Juan. A continuación, una siestecita en la cueva; y, seguidamente, un paseo a las lomas cercanas, de las que se divisaba el Desierto de Tabernas en todo su esplendor: conos de fuego extinguidos; arenas agitadas por la ventisca y nubes de polvo que vienen y van; ríos de llameante lava, enfriados y endurecidos en la memoria del cosmos; huellas e indicios de remotos terremotos; rocas permeables, esponjosas; piedra sulfúrica de amarillo oliva, extensos yacimientos de hierro rojo-mate y mínimas vetas de cinabrio rojo-chillón; resistentes plantas: chumberas, cactus e higueras… además de extraviados romeros y tomillos sin norte, que, para darse a conocer en el entorno, emiten ondas aromáticas; repentinos aguaceros que arrastran limo y arcilla por las pendientes y que excavan y erosionan las ramblas; coleópteros de cutículas espesas, rígidas e inpermeables, habituados a las inclemencias del tiempo; el cadáver de alguna cabra salvaje que anuncia la llegada inminente de pájaros, mamíferos e insectos carroñeros, en el punto exacto en donde la vida es muerte y la muerte es vida; sol que incide en una pulida superficie gris-ocre-siena, para convertirla en espejo luminoso, vidrio cegador; galería de mina, horno fundidor, fuente mineral de la piedra filosofal perdida; atmósfera de cálidos colores, que el azul metálico distante realza; regazo del firmamento, cuerpo de la nada y el todo, fluir de silencio, paisaje de intemporales aves…
Perdóname la parrafada, Lourdes, pero es que el Desierto de Tabernas me chifla…
Retomo el tema.
Después, acabado el paseo y acabada, asimismo, la visita a Moscolux, acompañado de mi paciente mujer, os llevé a Daniel y a ti en coche, de vuelta, a Agua Amarga, mientras no dejabais de ensalzar… y hasta de glorificar las horas recién pasadas, en el verdadero Paraíso, tal vez. Y es que… ¡nos gustaba la provincia de Almería, y nos gusta! ¡Nos encantaba, y nos encanta! ¡Nos hacía y hace vibrar! Su costa, sus playas, sus cerámicas, sus desiertos, sus montañas y cadenas montañosas —El Calar Alto, Las Alpujarras…—, sus pueblos —Vélez Rubio, Vélez Blanco, Serón… Huécija, Padules, Ohanes… Níjar, Alhabia, Alboloduy…—, sus gentes…
Hago aquí otro paréntesis, que juzgo del todo necesario, para citar a tu hermana Raquel, a la que también conocí en Almería, junto a su marido Jaime, que tenían una lancha con motor fuera de borda. Tu hermana era alegre y divertida, con muchas ganas de vivir… y persistió en su conducta incluso cuando enfermó de cáncer. Desgraciadamente murió. Descanse en paz.
Sigo.
Y es que no quiero dejar de pasar aquí una figura egregia que conocimos, un almeriense de pro: el gran pintor —y gran poeta, añadiría yo—, Juan Ruiz Miralles. Pero, de repente, me viene la duda de si tú lo conociste personalmente o no. He consultado con una persona allegada a ti, que te ha preguntado de incógnito sobre la cuestión —queremos sorprenderte, Lourdes, y a ver si acertamos…—, y me ha respondido que tú le respondiste que no, que no conociste personalmente a Miralles. Pero, mira…. de lo que sí estoy seguro —segurísimo, por tanto— es que alguna vez te hablé de él… de modo que, mientras yo te hablaba, tú lo debiste conocer, aunque sólo fuera de oídas y en ese lapso de tiempo… o en un lapso de tiempo mayor, hasta que la condición humana te impuso sus límites, y en tu memoria desmemoriada no quedara ni rastro del asunto.
Pero, a ver si no me enredo, y doy otro paso. Acabo de decir que yo veía en Miralles —así le llamaba la gente cercana—, no sólo al pintor, sino al poeta. Lo corroboraré con una anécdota. Miralles fue, en su primera etapa, un pintor figurativo medio impresionista… desfasado, por tanto, con el tiempo que le tocó vivir… hasta que un día vio una hoja de chumbera que yacía en el suelo —así lo contaba él—, y quedó, de repente, como hechizado por aquella visión, ocasionada y desarrollada, como cabría pensar, en un tiempo más allá del tiempo —poesía hecha carne—, que le hizo cambiar, radicalmente, su forma de percibir la pintura: un poco lo que le pasó a Saulo, camino de Damasco, haciendo la traslación correspondiente del mundo de la Religión al mundo del Arte. La cuestión es que, de allí en adelante, Miralles empezó a utilizar las chumberas (pencas y tallos leñosos, principalmente, tratados con barnices especiales) como materia prima para elaborar sus cuadros, abandonando la pintura figurativa (salvo en pequeños detalles, que sugerían o podían sugerir conexiones con el mundo simbólico) y recalando en la abstracción: de manera que, en una primera fase, dio primacía absoluta a los componentes chumberíferos (por llamarlos de alguna manera), a los que sometía a aplicaciones diversas (los cortaba en tiras o los moldeaba de otra forma y en otras formas, siempre a la búsqueda de efectivos collage), hasta que, ya en una segunda fase, incorporó elementos pictóricos de otra clase al cuadro: arenillas y óxidos… y, sobre todo, colores puros, que extendía a lo largo y ancho de áreas concretas, en un equilibrio de materia y forma, gravedad y vuelo, cuerpo y alma.
¡Gran tipo el Miralles, Lourdes! Vivía en la capital, pero como tenía ideales eco-románticos, compró un día una finca extensa en Enix, reedificó el cortijo desmoronado, repobló las tierras de toda clase de árboles [viñas, olivos, caquis, higueras, naranjos, limoneros… encinas (hay 3 ó 4 encinas —no sé si centenarias o milenarias—, esculturas vivientes de la Madre Tierra, de una belleza sin par) y miles de pinos], y allí se iba los fines de semana con su familia, a pintar… y a trabajar con Manuel, que era jornalero fijo en aquel proyecto.
Antes te he dicho que bien merecía el abuelo que en vida hubiese protagonizado una película o algún documental. Lo mismo digo de Miralles. Pero, de un caso a otro, hay una diferencia abismal, pues, si con aquél no se hizo nada, sí lo hicimos con éste. Bueno: el documental —La cañada de Andrea— lo hizo mi hijo Ekain —te lo dije en alguna ocasión: ¡vaya que si te lo dije!—, pero todos los que estábamos disponibles colaboramos en el empeño. Y lo estrenamos en una sala de Almería, cuando Miralles aún estaba entre nosotros. A propósito, Lourdes: todavía no has visto el documental. Y merece la pena: no porque mi hijo lo haya hecho —que eso, también—, sino porque el tempo y el tema de la película te gustarán. Sabes, por otra parte, que yo ya estuve en tu casa de Madrid, hace unos diez años, en una especie de autoinvitación… pero tú no has venido aún a Donosti, y ahora, en contrapartida, te toca a ti venir aquí: vemos la película —tengo una copia—, que nos dará conversación para rato… y te prometo, además, que Miralles, que era un hombre generoso en extremo, aún después de muerto, se nos dará y entregará en cuerpo y alma otra vez… y tú habrás ganado un amigo más: un amigo —repito— que bien merece la pena, ya lo verás…
Para apuntalar lo ahora dicho, recurro a un párrafo del artículo que escribí para los encuentros de Verines y que era condición indispensable para participar en ellos: “Otro punto transcendental es el del tiempo y el de la muerte, porque al fin y al cabo, ¿no será ese territorio como un baluarte que construimos, piedra a piedra y palabra a palabra, contra tanta desolación y tanta ruina? Pues, sabiendo que la vida es humo y que el humo casi ya no es, soñamos con la solidez de la piedra, que es lo mismo que decir que soñamos con ese tiempo sin tiempo, que no puede venirnos sino de nuestra propia energía interior, capaz de hacernos sentir las cosas creadas como una red que cubre el mundo y cuyos hilos se comunican con los planetas y las estrellas, en palabras de Gérard de Nerval ¿Será por ello que dentro de ese poliedro que somos —que al ser poliedro, es cerrado y es noche: noche oscura del alma—, nos esforzamos en mantener una de las caras abiertas, para que a modo de claraboya nos sirva vernos en ese espejo más amplio que es el más allá, a la espera de que definitivamente se haga la luz? Sé que en estas palabras late el espíritu de románticos y místicos, con su deseo de unión con el Uno o el Todo, sueño que en mis días más felices, pese a todo, sigo compartiendo, lejos del cansancio y del desamor”.
Sigo.
En 1.989 publiqué una novela en euskara: Babilonia, que luego traduje (como no domino el castellano, te pedí que me echaras una mano, ¡y bien que me ayudaste también en aquella ocasión!), y finalmente la publiqué en 1.998, en Acento Editorial (S.M.). Pero, ¿qué persona más idónea que tú para hacer la presentación del libro? Y allí te tuve de presentadora del libro, en el Carlton de Bilbo, y yo más contento que unas pascuas…
Como te das cuenta, Lourdes, no he hablado de tu obra literaria, y es que no soy la persona adecuada para ello. Te lo digo por experiencia. Me han llamado muchas veces para tomar parte del jurado de algún premio literario, y, si al principio cedí, luego, a partir de una una ocasión en que me volví medio loco, me negué. Desde entonces, desistí. Y es que, como también tengo una formación matemática, quería, a veces, cuantificar, de la manera más exacta —y más ética, en consecuencia—, los valores literarios de las obras que leía, en el doble aspecto de fondo y forma… lo que me llevaba frecuentemente a entrar en un callejón sin salida… sobre todo en los aspectos emocionales de la obra, que eran, en gran medida, inconmesurables: intraducibles, por tanto, a las ciencias exactas. Bueno. Igual con el tiempo, inventan un robot o una máquina, capaces de ello… ¡vete tú a saber!
Con todo, he leído, de tu extensa creación literaria, algunos libros —novelas, piezas teatrales y ensayos—, y puedo decir, con absoluta franqueza, que estimo en mucho tu obra, por lo que no me ha extrañado que la revista digital OtroLunes quiera dedicarte un monográfico: merecido lo tienes.
¿Qué más…? Me doy cuenta que, a lo hasta ahora dicho, deberíamos añadirle tu actividad periodística, tu labor de docente (en artes escénicas, sobre todo)… tertuliana de radio y televisión, a lo largo de años, siempre a favor de los esquilmados de siempre…
Ya en Verines lo intuí: de que de tu forma de ser y mostrarte ante los otros; de que de tu voz pausada, que transmitía paz y equilibrio… y fuerza, al mismo tiempo; de que de tu verbo de una fluidez extrema, pero sin sobresaltos; de que de tus silencios que soterraban el más humano de los sufrimientos quizá, en un gesto de solidaridad con el oprimido; que de ti no podía esperar sino el lado bueno de la vida, como así ha sido… ¡salvo el tabaco, naturalmente!, permíteme una broma…
Termino.
Siempre he encontrado en ti, Lourdes, una voz sabia y amiga.
Eskerrik asko!
