Dentro de la extensa y variada obra literaria de Lourdes Ortiz la novela histórica ocupa un lugar relevante y no solo porque la primera novela histórica que publica, Urraca, ve la luz en 1982 cuando el género que luego ha hecho furor en los últimas décadas apenas se cultivaba entonces en las letras españolas y menos abordado por mujeres. También por la personal visión que la autora ha tenido de lo que puede ser una novela histórica, a la que ella ha dotado de su rica y compleja personalidad y de una gran cultura acumulada tanto en su trayectoria vital como académica.
Pero ¿qué es novela histórica? Tal vez habría que plantearse en primer lugar qué entendemos hoy por novela histórica, cómo ha evolucionado el género y cómo algunos autores, entre los que sin duda está Lourdes Ortiz, la han dotado de su propia personalidad lo que hace que a veces se escape del concepto establecido. Según los estudiosos del género, que surgió como tal en el siglo XIX, sobre todo debido al gran éxito que tuvieron la veintena de obras del poeta, erudito y aristócrata escocés Sir Walter Scott, se trata de recrear una época histórica pasada, preferentemente lejana ya, a través de un personaje o de de acontecimientos, costumbres y ambientes que muestren el sistema de valores de un tiempo pasado en una determinada sociedad. Esta recreación debe basarse en hechos verídicos, aunque los personajes de la trama pueden ser inventados. Así se diferenciaba de una novela pseudo histórica, de fin moralizante que se había cultivado en Europa en el siglo XVIII.
Sir Walter Scott tuvo un enorme éxito y según parece él se inspiró en la obra de una autora alemana poco conocida Benedikte Naubert. En su obra hay unos sentimientos de nostalgia por los cambios brutales que la Revolución Francesa había ido introduciendo en la sociedad y que él como noble arruinado intenta ver en el pasado una gloria mitificada contraponiéndola a la triunfante sociedad burguesa y sus nuevos valores, lejos de los valores heroicos de otros tiempos perdidos. En las novelas de Scott hay también un cierto nacionalismo romántico que luego inspiraría la mayor parte de las novelas de este género que en seguida comienzan a escribirse en algunos otros países europeos como Alemania, Francia, Italia, Rusia y España. Y, algo más tarde, en los países latinoamericanos.
En España comienza a implantarse el género en los primeros años del siglo diecinueve y la primera novela que tiene esa consideración es Ramiro, Conde de Lucena de Rafael Húmara y Salamanca, cuyo prólogo es también el primer texto teórico sobre el género. A partir de ahí hay algunos títulos significativos de otros tantos autores muy conocidos, lo que prueba el éxito que va adquiriendo el género. Así recordar Sancho Saldaña o el Castellano de Cuéllar del poeta José de Espronceda, El Doncel de Don Enrique el Doliente de Mariano José de Larra, El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco o Doña Blanca de Navarra y Amaya o los vascos en el siglo VIII de Francisco Navarro Villoslada. Algo más tarde el género cobra una importancia no solo literaria sino como fiel reflejo de la sociedad de su época. En este sentido hay que recordar, ya en plena época del realismo a Charles Dickens, Historia de dos ciudades y en España los 46 Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós y algo más tarde, ya en los principios del siglo XX, las Memorias de un hombre de acción de Pío Baroja.
No obstante, la novela histórica que se hizo más popular fue la que se publicaba por entregas y que tuvo su máximo exponente en Manuel Fernández y González que alcanzó una auténtica celebridad con algunas de sus obras que deleitaban a un público mucho más amplio como El pastelero de Madrigal (sobre el sebastianismo), El condestable don Álvaro de Luna, Los siete infantes de Lara, El cocinero de Su Majestad, La muerte de Cisneros o Miguel de Mañara. De corte más realista es la obra narrativa del padre Luis Coloma, que en Pequeñeces hace una auténtica crítica social de la sociedad madrileña de la Restauración, con personajes absolutamente reconocibles. Obras suyas fueron también Jeromín sobre la mítica figura de don Juan de Austria, El marqués de Mora o la reeditada La reina mártir sobre la no menos legendaria reina de Escocia María Estuardo.
En Francia habría que mencionar a Alfred de Vigny, Víctor Hugo. Gustave Flaubert o Anatole France. Todos cultivaron de una u otra forma la novela histórica. En Italia Alessandro Manzoni con la inmortal obra Los novios y en Alemania, aparte de ya la citada Benecikte Naubert, Theodor Fontane. En Rusia y en los países eslavos Alexander Pushkin y Leon Tolstoi, sin olvidar al polaco y Premio Nobel Henry Sienkiewicz, con su trilogía sobre el siglo XVII, con Los caballeros teutones, ambientada en el siglo XV y sobre todo la popular Quo vadis?, que se convertiría andando el tiempo en una gran producción cinematográfica, destino que por otra parte han tenido numerosas novelas históricas, entre otras muchas de la misma época como Sinuhé, el egipcio de Mika Waltari.
En el siglo XX se han escrito importantísimas novelas históricas ya que muy a menudo grandes escritores han utilizado la enorme libertad que ofrecía el género para escribir novelas en las que el valor no solo literario sino el simbólico y metafórico de los personajes, épocas o costumbres que se recrean pudieran ofrecer un enorme interés para los lectores contemporáneos. Robert Graves con su trilogía sobre el emperador Claudio, Belisario, o el Rey Jesús se convertiría en un autor de enorme popularidad, siendo consagrado por la televisión y su famosa serie; Marguerite Yourcenar – con sus Memorias de Adriano – alcanzaría categoría de autora de culto. Y habría que citar igualmente a Noah Gordon con El último judío; a Naguib Mahfouz con Ajenatón el hereje, entre otras novelas de su producción y, de forma muy destacada, ya que se convirtió en un acontecimiento editorial y cinematográfico, El nombre de la rosa de Umberto Eco.
Naturalmente este fenómeno se extendió desde sus comienzos a la novela latinoamericana con Enrique Rodríguez Larreta ( La gloria de don Ramiro) como un precursor de los grandes hitos que han significado, entre otros muchos títulos El siglo de las luces de Alejo Carpentier, Bomarzo, El unicornio o El Escarabajo del argentino Manuel Mújica Láinez, u obras de Gabriel García Márquez como El general en su laberinto o El otoño del patriarca o algunas de las de Varga Llosa (La fiesta del chivo, entre otras) o las de Isabel Allende, sin olvidar El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, todas inspiradas en figuras de dictadores y de alguna forma deudoras de la inmortal Tirano Banderas de don Ramón María del Valle-Inclán. Don Ramón es autor igualmente de dos trilogías, la primera sobre la guerra carlista, compuesta por Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño y otra sobre el reinado de la reina castiza, doña Isabel II, El ruedo ibérico, formado por La corte de los milagros, Viva mi dueño y Baza de espadas.
Mediado el siglo veinte, en España durante muchos años el tema preferido de muchos novelistas fue la guerra civil, tanto desde el punto de vista de los vencedores como del de los exilados. Algunos títulos imprescindibles son Madrid de corte a Checa de Agustín de Foxá, La forja de un rebelde de Arturo Barea, Crónica del alba, Réquiem por un campesino español o La aventura equinoccial de Lope de Aguirre de Ramón J. Sender. Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz, fue una famosa trilogía que consagró a su autor José María Gironella como uno de los escritores más populares de toda una época. Siguiendo la línea de Pérez Galdós, Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March abordaron una continuación de su obra con los Episodios Nacionales Contemporáneos.
A partir da la transición han sido muchos loa autores españoles que han cultivado el género de la novela histórica, desde Jesús Fernández Santos con Extramuros, José Esteban con El himno de Riego y La España peregrina, José María Merino con El oro de los sueños, Miguel Delibes con El hereje, Torrente Ballester con Crónica del rey pasmado, a Terenci Moix, Fernando Savater, Arturo Pérez Reverte, Juan Eslava Galán, Antonio Gala o Francisco Umbral.
En los últimos años la moda de la novela histórica convertida en carne de best seller ha llevado, por una parte, a acierta banalización del género y, por otra, a una redefinición del mismo. Lo que ha hecho que se amplíe el concepto de forma bastante laxa dando a veces origen a una cierta confusión ya que el éxito de ventas que ha producido en las últimas décadas ha hecho que en muchas ocasiones se confundan novela fantástica, histórica y de aventuras de forma un tanto peligrosa. Aunque también ha provocado que el propio género de literatura dedicada a la historia, de difícil calado entre los lectores no tan informados, haya producido una auténtica renovación del mismo, cuidando mucho más la forma, friccionándola a veces, haciéndola más directa y amena. Siempre atentas a las demandas del mercado, algunas editoriales se han apresurado a crear nuevas colecciones o a recuperar las ya existentes, e incluso a fundar premios específicos de novela histórica como el prestigioso Alfonso X el sabio, aunque el éxito económico ha hecho que incluso otros premios de tema abierto se hayan visto asaltados por novelas de corte histórico.
Lourdes Ortiz se ha acercado al género novelesco de carácter histórico de forma explícita en dos ocasiones, la ya citada Urraca de 1982, que aborda la figura de la reina Urraca I de Castilla y León y La Liberta de 1994 sobre las figuras de Nerón y San Pablo a través de la esclava libertada Acté o Actea, educada por Séneca, amante, amiga y confidente del controvertido emperador de Roma. En fecha reciente la autora ha hecho mención a una tercera obra de tema histórico, inédita por la resistencia de los editores. En una entrevista con motivo del estreno de una de sus obras teatrales, género en el que también el tema histórico y el mitológico y legendario ha atravesado a veces sus piezas dramáticas, afirmaba Lourdes refiriéndose a esa nueva obra: “La novela es un balance de un Alfonso X el Sabio, viejo, decepcionado y enfermo al final de su vida… Los temas de poder siempre aparecen en mis libros…El rey Alfonso X aparte de ser un hombre débil y enfermo, obsesionado por alcanzar la corona del Sacro Imperio, de ser amante de la poesía, de los libros, de la cultura y de la sabiduría, en un momento álgido de su vida se convierte en una fiera…Yo lo cuento ya enfermo y sin movilidad en el alcázar de Toledo, acompañado solamente de su hija bastarda y del propio arzobispo… Al final cuando muere le sucede Sancho el hijo que se le había enfrentado…” La novela lleva el título de un fragmento de un verso de Borges “Entre el alba y la noche”.
En esa misma entrevista la escritora daba algunas pistas sobre algunas de las señas y características que ha impregnado su obra, también las de tipo histórico, al admitir que a veces y de alguna manera sus propios sentimientos y sus propias e íntimas vivencias se filtran en el texto literario y en los personajes de ficción, e incluso en los históricos, metiéndose en su interior. Este es quizás uno de los puntos que dan personalidad y originalidad a las novelas históricas de Lourdes Ortiz y a su forma de enfocar los hechos, históricos y verídicos sin lugar a duda y rigurosamente documentados. A Lourdes no le interesa tanto el personaje histórico- que no deja de serlo en ningún momento- sino el humano. Tanto en el caso de la reina Urraca como en el de la esclava Acté, Lourdes Ortiz se introduce en sus sentimientos y se apodera de sus almas.
Por esta razón algunos críticos han querido ver en estas dos obras novelas psicológicas, en las que, por encima de los propios hechos históricos o inventados, lo que a la autora le importa es contar cómo esos sucesos han conformado la personalidad de sus personajes, sus sueños, sus pasiones, sus errores y sus deseos más o menos confesables.
La vida de la reina Urraca fue lo suficientemente apasionante y llena de acontecimientos, tragedias, traiciones y guerras como para que -si Lourdes Ortiz hubiera querido- haber hecho una auténtica saga pero ella la presenta ya vencida y poco antes de morir encerrada en una torre, compartiendo sus recuerdos con el monje Roberto. Y los recuerdos de una mujer cansada, nos revelan que su sola pasión -a pesar de sus dos maridos, de sus numerosos amantes y de sus tumultuosas relaciones con el arzobispo Gelmírez o con su hijo- ha sido el poder. Por él ha sacrificado su propia vida, sus amores no solo como esposa, como amante sino también como madre. Por eso la novela de Ortiz es también una reflexión sobre el poder, la pasión por conseguirlo y la decepción última de quien al final de una vida lo contempla con cierta piedad y distanciamiento. Y, no es lo menos significativo, hecho desde un punto de vista femenino. Porque Urraca ha tenido que luchar por sus derechos en un mundo de hombres en el que la propia iglesia no quería que una mujer ocupara el lugar de una reina. En este aspecto – y la crítica lo ha ponderado igualmente- Urraca es una novela en cierto modo feminista.
De igual manera en La liberta se habla desde el punto de vista de otra mujer, la esclava liberta Acté. Y por su boca Lourdes Ortiz emprende nada más y nada menos que la reivindicación de la imagen del que ha pasado por ser uno de los más crueles emperadores romanos, coincidiendo con un movimiento general de una relectura de la figura de Nerón que se vive en la actualidad en el mundo de la historiografía. Acté o Actea (cuya figura histórica inspiró no solo a Alejandro Dumas la novela del mismo nombre, sino al propio Henry Sienkiewicz para la acción de su novela Quo Vadis?, que se suicida junto al emperador) habla de un Nerón humano, sensible, incomprendido, seducido por la belleza griega que quiere transformar Roma en una ciudad hermosa, pero también complejo, y, sobre todo, niega su suicidio en plena juventud. En La liberta Acté cuenta la vida de Nerón y Pablo de Tarso en un campo italiano, alejado de Roma de la que huye, haciendo que en su lugar se suicide su criado.
De nuevo la mirada de una mujer para volver a reflexionar sobre el poder, sobre la lucha de dos concepciones del mundo que se enfrentaron durante el reinado de Nerón: la nueva religión cristiana que predicaba y defendía de forma fanática Pablo de Tarso, siempre despreciada por el emperador romano, y la antigua religión romana, que había adoptado a los dioses griegos y su antigua concepción pagana del mundo, finalmente vencida por la nueva religión monoteísta.
También en este caso la autora se apodera del personaje de Acté para narrar acontecimientos que están entre la historia y la leyenda, pero que a ella le sirven como mero pretexto para contar su propia versión de los hechos, muy en la línea de las nuevas tendencias de la novela histórica. En este aspecto, estudiosos recientes del fenómeno de la novela histórica, como Linda Hutcheon y Hayden White afirman que historia y literatura están íntimamente relacionadas. Para White no existe la objetividad histórica y por tanto el criterio de un periodo o de un personaje vendrá determinado por el criterio subjetivo del que lo escribe y por las teorías en que se apoye para sostenerlo. Hay dos formas de contar la historia, en forma de crónica y de forma que el resultado sea el que se funda en el imaginario del autor. Por su parte Hutcheon interpreta que la novela histórica resuelve la tensión que existe entre historia y arte, ya que se basa en hechos históricos pero narrados con criterios actuales.
De ahí la modernidad y la originalidad del acercamiento de Lourdes Ortiz a la novela histórica, tanto Urraca como La liberta– y cabe deducir que también esa Entre la niebla y la noche, que duerme en los cajones de la autora- no dejan de abordar dos personajes históricos y los hechos y sucesos que vivieron, pero en los dos casos es la mirada de una mujer actual quien los interpreta y les da vida.
Málaga, noviembre de 2016
