Lourdes Ortiz o el telón de la verdad

Sobre su vida y obra

María Teresa Caro Valverde
Universidad de Murcia

María Teresa Caro Valverde, Universidad de Murcia.

María Teresa Caro Valverde, Universidad de Murcia.

Lourdes Ortiz trabaja el verbo sin limitaciones ni hipocresías. Intelectual y artista crecida en el aprendizaje de la enseñanza y la vocación colaborativa en medios culturales polimorfos, su palabra se abre paso por el boquete de un infinitivo (escribir) en abrazo indispensable con un gerundio (experimentando) para lograr una poética de la autenticidad, cuyo manifiesto integra las formas múltiples de comunicación estética de su humana ideología sobre asuntos de incumbencia solidaria donde la mujer y la literatura afilan su sentido en los mitos que talan el tronco imperioso de la política social.

Traduciendo textos indispensables de Sade, Flaubert, Bataille, o Luria. Ensayando perfiles sobre Rimbaud y Larra, y otros asuntos como El sueño de la pasión, Comunicación crítica o la erótica literaria de Camas. Reinventando la seducción del teatro desde la confesión interior en Las murallas de Jericó, Penteo, Fedra, Yudita, El cascabel al gato, Pentesilea, Rey loco (Las últimas horas de Luis de Baviera). Dramatizando en densos relatos el derecho al asilo de los marginados y a la convivencia de las artes: Los motivos de Circe, Fátima de los naufragios. Recordándonos con la farsa de sus novelas que el mundo está por construir pero antes hay que deconstruirlo: desde textos iniciales como Luz de la memoria, Picadura mortal, En días como éstos, Arcángeles, Antes de la batalla, a otros más recientes como La liberta y Cara de niño, sin olvidar  los merecidamente conocidos Urraca y La fuente de la vida.

Mito e historia enhebran su literatura porque aquellos explican la vida de hoy. Así trazaba hace tres lustros Aquiles y Pentesilea/ Rey loco (Las últimas horas de Luis de Baviera) (Ortiz, 2001) para la IX Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos y este año vuelve al escenario de la mano de Santiago Sánchez: Pentesilea es la amazona a la que matara Aquiles, quien después lloraría sobre su cuerpo difunto conmovido por su belleza, pero Lourdes Ortiz construye el conflicto como una historia de amor que no trae la paz por culpa de las intrigas del poder representado por Ulises y la Gran Sacerdotisa de las amazonas que traicionan la utopía y traen un final trágico.

Son también trágicas las últimas horas de Ludwig imaginadas por Lourdes Ortiz con su peculiar estilo, propenso a diálogos de gran extensión en cada una de las intervenciones, mezcla densa de belleza poética y lucidez filosófica, con el que dota a los personajes de espesor simbólico: Ludwig no pudo disfrutar de una Baviera de paz, de la música de Wagner, de la belleza y el gozo de su homosexualidad por los intereses políticos que, tras su caída en la locura megalómana, incorporaron su reino al tercer Reich alemán.

En esta obra convierte a Nietzsche en un personaje apenas mencionado, pero clave para trabar esos tres temas que la autora menciona en su “epílogo” con irónica voluntad de farsa: el amor, el arte y la razón de estado. Es original y democrático este epílogo cuando deja al libre albedrío del director y del público la inclusión o no del capítulo final ahí o en un momento anterior, que daría otra interpretación a la obra. La autora parece jugar con un eterno retorno de lo mismo en constante alteración -otro guiño a Nietzsche-, pues los personajes acaban aquí, en lugar de observados por espectadores futuros, como observadores de los espectadores futuros, es decir, con un epílogo donde Luis de Baviera y Wagner (su amor platónico), una vez muertos, son fantasmas que dialogan, ante el escenario bávaro actual, con sus turistas, a los que suponen en sus futuros de amor ahogado en aburrimiento.

Admiro la personalidad de Lourdes Ortiz porque indaga en la sinceridad interior de los seres humanos con un surrealismo personal, más metaficcional que metafísico, que sabe conceptuar en los sueños el telón de la verdad. Así también ocurre en su colección de relatos Fátima de los naufragios (Ortiz, 1998), donde la relación hombre-naturaleza es de compañía dialógica: las cosas son antropomorfizadas en un discurso poético cuya ideología reivindica la vida de la naturaleza como mucho más humana que la de la civilización. Sus protagonistas son seres raros y solitarios. El relato que da título al libro rebosa descripciones desoladoras sobre la experiencia de la mujer desarrapada: Fátima es la mendiga que vino de África y, cubierta por su manto, reza por el hijo que murió ahogado, hasta que, al ver su cuerpo inerte, entra en el mar como otra Alfonsina, a la vista de todos. Al fin, su cuerpo se lo llevan en una bolsa de plástico, y dejan un túmulo de guijarros en recuerdo hosco de donde estuvo.

Entre otros relatos de este libro, La piel de Marcelinda figura la relación amorosa entre el Chano y esta prostituta también africana hasta que cuatro chulos la violan y a él lo matan a navajazos por defenderla. En cambio, El farero trae el monólogo interior de un hombre preservado de la violencia que, con carisma de bardo, vive solo en el faro y se siente acompañado por las olas y el viento mientras, frente al sinsentido y la ambición de la vida civilizada, vela por cumplir su misión de iluminar a los navegantes.

Los motivos de Circe. Yudita  (Ortiz, 1991) reúne textos protagonizados por mujeres célebres y prototípicas: Eva, Circe, Penélope, Betsabé, Salomé y Gioconda. A través de su percepción de lo que aparece en figuras (escenas congeladas) y de lo elíptico por inalcanzable, la escritora analiza su privación de un discurso propio y decide darles voz, dimensión interior y juicio personal hacia una realidad distinta de la habitual. La literatura transita aquí por los espacios reflexivos del poema en prosa donde la voz narrativa se hace cómplice inseparable de un “tú” especular para mostrar, por ejemplo, una Salomé que, impactada por los ojos de Juan Bautista que ya no la miran libidinosamente, reclama su cabeza y permanece junto a ella. Su relato es capaz de entregar cuadros y esculturas míticas a imaginaciones cinéticas que son emblemas del mundo que ha perdido su armonía y asoma los ojos a lo sublime que habita en el lado de lo terrible, robando palabras de Daniel Sarasola: “nuestra profundidad más abisal, a donde solo los grandes escritores llegan”.

Otra de las historias desconcertantes salidas de su inventiva es La liberta, título cuya protagonista es una mujer educada por Séneca para ser la compañera ideal de Nerón. A través de la perspectiva de la esclava liberta, amante y amiga del emperador Nerón, se nos transporta a la apasionante recreación de un tiempo en el que la política y las religiones formaron un crisol que desembocó en su caída. En la vejez, trae a su mente los avatares egoístas de su pasión por Nerón y del contexto fraticida que advino con la dinastía Claudia. La escritura quiere hacer justicia a la figura de Nerón fundiendo leyenda e historia. Y se apoya en textos bíblicos  (Hechos de los apóstoles y Epístolas) y latinos (Suetonio, Vida de los doce césares; Tácito, Anales) para cuestionar las leyendas sobre la maldad de Nerón y su orden de dar muerte cruel a Pablo.

La liberta rememora su biografía subvirtiendo tópicos. En primera persona, da testimonio de su experiencia pasada con Nerón para que la figura de este recupere honor en la posteridad. Lourdes Ortiz prepara a su personaje un escenario de riesgo y paradoja: “Nerón, el monstruo. Nadie más tierno que él, ni más dulce” (Ortiz, 1999, p. 17). La investigación de la escritora en la historia de Roma le reporta un inventario de posibilidades para imaginar el carácter y comportamiento de grandes personajes: Séneca, Platón, Catulo, Agripina, Marco Antonio y Cleopatra, Popea…, los cuales hace confluir con personajes del Nuevo Testamento: Juan Bautista, Herodes, los cristianos de Roma, la predicación de Pablo en Italia e Hispania…

En los últimos capítulos del libro aparece la filosofía del estoicismo senequista: “Hay que soportar con resignación los azares del destino”. Pero el espíritu que rememora no es en modo alguno este: “Y, sin embargo, el dolor de la ausencia es prolongado y araña y roe las entrañas” (Ortiz, 1999, pp. 343-344). Aunque Séneca aconseja practicar el olvido y vivir cada día, ni ayer ni mañana, sólo hoy para hacerlo propio, ella  vive con la añoranza de un arco tenso que apunta a los espectros: “Echo de menos a Nerón y a la Roma que perdí” (Ortiz, 1999, pp. 344). Es pertinaz en su experiencia del eterno retorno de lo intenso; y la vida –como ocurre en “Las ruinas circulares” de Borges- parece así un sueño de fuego: “No sé si los dioses se comunican con nosotros a través de los sueños. Uno va aprendiendo o más bien despojándose de lo que cree saber con el paso de los años.” (Ortiz, 1999, p. 344). El manto de nostalgias que su escritura teje es, como el de Penélope: inacabable. Su única razón de ser es escribir. Sin esperanza en ninguna Buena Nueva, “mi boca sigue muda y escribo (…) Soy Nerea, la liberta, y un día sucede a otro día sin que signo o señal alguna venga a despertarme” (Ortiz, 1999, p. 374).

La interrogación del sufrimiento humano con razones mitológicas constituye un pilar fundamental en el impulso creativo de Lourdes Ortiz. Esta isotopía preside igualmente su novela Cara de niño, que abre su telón de ficciones con una verdad amarga traída de manos de Leopardi: “Nacemos para el llanto / y la razón descansa / en el regazo de los dioses”.

Marcial es un chico rubio, de 25 años, venido de provincias a Madrid, que va al gimnasio para mantenerse ágil en la discoteca donde baila como boy y tiene como amante a Manolo Galán, un hombre cincuentón, casado y médico con negocios, que le ha dado trabajo. Este chico lleva una semana desaparecido de su domicilio, según informa su compañero de piso, Chavi, un joven ejecutivo muy ordenado y con cara de niño bien.

Carmela, separada y con una hija –Verónica, que va a abortar en Londres–, hace de aprendiz de detective (en la agencia las tres son mujeres: Mamá Loli, ella y Lorenza) y queda con Reinaldo, otro homosexual de cuarenta y tantos, quien le presenta el caso de investigación. Llegan a un bar donde sirve copas el guapo Charly, también conocido de Chavi, y cenan juntos. Carmela no es la eficiente Bárbara Arenas, sino una mujer más real: le da sueño cuando ha de investigar de madrugada y después de una noche de alcohol se levanta maltrecha  por la mañana.

Reaparece Marcial. Lo han secuestrado unos conocidos de Manolo. Encerrado reflexiona sobre su relación con él  y ante todo rememora: su primer amor, Miguel; su amiga Maribel, que lo quería y, al saber que era homosexual, se dio al sexo y las drogas. Hay capítulos dedicados exclusivamente a ciertos personajes: A Ángela (que ha cogido la cinta de los secuestradores donde Marcial pide ayuda a Manolo y quiere suponer que es su hijo), a Lorenza y a Chavi (también homosexual y aficionado a la informática, óptica desde la que veía todo desapasionadamente programable). Es, en suma, una historia pegada a la tierra (secuestros, muertes y desamor), que escamotea el móvil de los sucesos funestos en una carta olvidada.

La prosa ha ganado en precisión y en matices psicológicos gracias a la licencia de los muchos monólogos interiores (en su mayoría subjuntivos, como deseos o proyecciones imaginativas, especulaciones pragmáticas sobre acciones inminentes, remordimientos y recuerdos, suposiciones de lo que diría otro conocido en su lugar), que traza en situaciones psicológicamente verosímiles. Son monólogos de camino que magistralmente enhebra a una descripción o narración, como por ejemplo los pensamientos de Carmela cuando llega al bar de alterne gay y ve a Charly, el guapo camarero amigo del desaparecido, y lo retrata con una estética pornográfica a lo Bataille: “La impunidad y el cuerpo hablando por sí solo. Yo no soy el que soy, sino este brazo o esta pierna, esta cadera o este sexo palpitante y desorbitado, esta boca abierta, estos labios que chupan” (Ortiz, 2002, p. 72). Otras vez el intertexto es un cuadro de Pollock: “un cuerpo vivo formado de partes inconexas que bullen en un orden preciso que es sólo resultado de un movimiento acelerado y azaroso, un vibrar de líneas superpuestas, que realizan vertiginosos giros, ondulaciones, curvas en el espacio que retornan o se alejan; un universo de colores, donde predominan los grises o los negros, salpicados de puntos rojos, verdes, opacos o chillones, naranjas opulentos: un cuadro de Pollock que deja blancos, amarillos, pequeños resquicios de luz” (Ortiz, 2002, p. 309). Así la narración, una vez más llevada por la cinestesia que le provoca el arte estático, se enriquece con voces suplementarias de perspectivismo encontrado. Los espacios y tiempos son reseñados someramente, acompañan más que situar, aunque gran parte de los títulos digan el lugar donde sucede la acción de cada capítulo.

A menudo, Lourdes Ortiz utiliza la metáfora del hilo de Ariadna para hablar de la intriga: Carmela se veía como un Teseo desenredando la madeja en busca de esa Ariadna en el laberinto que tenía cara de niño, y seguramente se estaría revolcando con algún Dionisos de culo estrecho (Ortiz, 2002, p. 103). Antes se había visto como don Quijote, y después a Marcial como Jesús crucificado. La escritora usa los intertextos mitológicos y clásicos de la literatura como símbolos de comportamientos tópicos encarnados en situaciones significativamente particulares. Usa también para la narrativa lo que Harold Bloom hiciera con su Ulises o lo que ella misma hace en teatro inspirándose en otros muchos escritores, como hiciera Calderón con la Metamorfosis de Ovidio. Su análisis psicológico de las sensaciones es excepcional porque a todos los enhebra con la aguja punzante de la vida real, no la de los grandes titulares, sino la cotidiana e íntima.

Las ficciones que idea Lourdes Ortiz punzan al lector porque cuentan el mal mitológico de nuestros días para orientar la conmoción humana hacia el sentido genuino de la palabra más profunda de la experiencia literaria: la solidaridad, el ponerse en la piel del otro. “Ahora más que nunca tenemos que defender el sagrado derecho de asilo” anunciaba en su intervención en el acto “España por los refugiados” de la Fundación CEAR el 11 de diciembre de 2001. Hoy, cuando la comunidad internacional, advirtiendo los desastres ambientales y económicos del mundo pide mirar hacia el horizonte 2030, a favor de la igualdad para el desarrollo sostenible teniendo como objetivo prioritario vencer la hambruna y otras brechas de violenta desigualdad, la historia vuelve a dar la razón a los mitos de la verdad humana. Las inquietudes ideológicas de Lourdes Ortiz siempre han dado pulso alterado a sus palabras y manos amigas a los inmigrantes de patera con tanta sinceridad como las fotos de Sebastiao Salgado han retratado en blanco y negro el exilio de las personas, sus ojos entrañables, sus pies inciertos. Hoy tiene más sentido que nunca su denuncia en dicho acto de la CEAR de la pasividad de las viejas democracias que enarbolan la bandera de la Declaración Universal de los Derechos Humanos mientras ponen alambradas defensivas ante las inmensas masas –fueron sus palabras- “hacinadas en toscos campamentos improvisados en las lindes de países enfrentados por el odio, por la manipulación de los políticos, por el interés de los grandes complejos económicos, por la estrategia de los imperios”.

Lourdes Ortiz trabaja el verbo sin limitaciones ni hipocresías. Y su verdad turba porque es consciente de la lógica de lo peor: que este problema “es un panorama aterrador al que nos vamos acostumbrando”. De su mano, el arte de la literatura y su extrañeza combaten con imaginación entrañada en la naturaleza humana el adocenamiento indiferente que empodera al imperio.

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Bibliografía

Ortiz, Lourdes: Los motivos de Circe. Yudita. Madrid: Castalia, 1991.

Ortiz, Lourdes: Fátima de los naufragios. Planeta, Barcelona, 1998.

Ortiz, Lourdes: La liberta. Planeta, Barcelona, 1999.

Ortiz, Lourdes: Aquiles y Pentesilea/ Rey loco (Las últimas horas de Luis de Baviera). IX Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, Alicante, 2001.

Ortiz, Lourdes: Cara de niño. Planeta, Barcelona, 2002.