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José María Covarrubias
A principios de los noventa no había rastros de que se fuera a suicidan Aparecía en el trajinar de comisarías cuajadas de travestís, en las manifestaciones a favor de los zapatistas, en campañas a favor del aborto, en mítines para liberar presos políticos y en cantinas, muchas cantinas. Covarrubias era la obsesión misma por quitar las fobias contra el homosexual. Anotaba números de patrullas, se enfrentaba a los agentes.
Iba con dos banderas: defender la dignidad humana y exaltar el orgullo gay, aun a sabiendas de que el sector travestí era reacio a comprender el meollo de los derechos humanos.
Exigía apertura en la prensa. Su denuncia contra el acoso a los travestidos se publicó en Filo Rojo, El Financiero, y las «razzias» amainaron. Era apenas una pluma en el abanico de amplio espectro de la misión del activismo homosexual; iba a contracultura, dispuesto a pagar su cuota por la libertad de expresión aunque fuera a costa de fastidiar.
La pintora Nunik Sauret dice que José María iba por la vida reiterando, al pendiente de las bajezas que ocurren dentro y en los bordes de la sociedad. Vehemente y eruptivo, su nicho era el arte, a la vez los antros y lo exquisito de las galerías de pintura, la sordidez de las casas clandestinas de homosexuales a reventar de oscuridad. En los bares gay de exclusividad luminosa como El Taller o el Cabaretito se le negaba la entrada por impertinente. Los demandó y ganó el pleito por discriminar y violar la Constitución; por negar la entrada a las locas desaforadas.
Con la misma enjundia se fue agobiando. ¿Hasta dónde era imprudente? Un día esperó el amanecer afuera de mi casa para poder tocar. Cuando abrí, tenía un ojo reventado, la camisa rasgada, le había llovido. Fuimos a un hospital. Lo asaltaron unos «chichifos». Salió del 42, donde buscaba alguien que le invitara una copa. En un callejón se ligó a los tipos, su cartera estaba vacía, los golpes le dañaron el cristalino.
Ya no caía bien en los vernissages, una depresión lo merodeaba intransitiva, mientras buscaba quién financiara su activismo.
«Me duele respirar, caminar, vivir», decía. En el último par de años andaba con los anuncios de su muerte. Durante la última Semana Cultural Lésbico Gay que dirigió, subió a una de las torres del Museo del Chopo con el ánimo de lanzarse. Unos amigos, los que le quedaban, le dijeron que podría comprometer a los empleados de vigilancia. Bajó sumiso.
Estaba emaciado, sin el garbo con el que inflara condones frente a los beatos. Por su desfachatez, el José María, política y socialmente maleducado, se fue ganando su pasaporte a la guillotina de la intolerancia que combatió. Gays y no gays lo dejaron solo. La sociedad civil lo mató.
Lo que a principios de los 80 fue novedoso, una rebeldía irreverente y desbocada, lo fue devastando después, en buena parte por el repudio de sus pares, para quienes Covarrubias era abrumador; iba más allá de la etiqueta de la disidencia homosexual tolerable.
Sus mejores años los pasó en un departamento de la calle de Yosemite. Vivía en pareja inasible e inestable, dentro de su guarida pictórica de esculturas fálicas y vaginales, fotografías de Maplethorp, afiches, piezas de las exposiciones de la Semana Cultural Gay que organizaba año con año en el Museo del Chopo. La duela de su casa estaba carcomida por humedad y polilla, periódicos apilados, archivo de injusticias, recortes donde se mencionaba su trasiego, una escultura del San Sebastián asaeteado, como la vulnerable masculinidad.
Había que equilibrar el paso por una viga para cruzar de la sala a la cocina, donde aguardaba el platillo de langostinos que José María, buen gourmet, preparaba con ínfimos centavos y paladar espléndido para agasajar al invitado. Quien iba a su casa obtenía un lugar, sin nada a cambio, quizá tan sólo una pequeña salida a su desesperación, hasta que se quedó sin morada. Fue un desahuciado de todos los hogares.
Sin amparo, su bitácora la escribió en la necedad de buscar justicia, y exigió para esa causa hasta agotarse y extenuar lo que le rodeaba. Nacido en la costa de Naya-rit en 1949, alcanzó a la UNAM en el ultimo carril de los 60 para estudiar psicología y tirarse luego a la deriva para reivindicar a la gaycidad cual cultura. Fue su naufragio aferrado al madero de la dignidad.
Sorteó el sida, del que nunca fue presa no obstante rondar los ámbitos de la promiscuidad libertaria. Repartió condones por doquier como acto de fe pragmática. Denunció las matanzas de travestí chiapanecos en 1992, para desmadejar complicidades de gobierno y policías. Empezó desnudándose en las marchas del orgullo gay por la avenida Juárez y a lo largo de 17 años organizó en el Museo del Chopo la Semana Cultural Lésbica Gay, con aportaciones de artistas como Nunik Sauret, Reynaldo Velásquez, Nahum B. Zenil y Francisco Toledo.
Malvivió con la venta de vez en vez de algún cuadro o escultura. Jamás tuvo beca o soporte de institución cultural, no obstante, publicó tres libros testimonios de la Semana Cultural Gay; incunables de nacimiento, paradojas auspiciadas por la UNAM. Allí quedan.
José María era presa de una crisis depresiva mayor, clínicamente diagnosticada. Abandonó el tratamiento, no tenía dinero para las medicinas; era el insoportable ser de sí mismo que en su nobleza engulló la fatalidad de su alrededor.
Anegado en la soledad, en la madrugada de un domingo, a unas horas de la clausura de la XVII Semana Cultural Lésbico Gay, en el Museo del Chopo, en un hotel a un par de cuadras, se inyectó insulina. Dejó todo en orden. Sobre el buró su credencial de elector y en el recado postumo la indicación remarcada de no culpar a nadie. Un hecho consumado de su última expresión. Un acto de libertad. La indiferencia que repudiaba lo aniquiló.
Otra vuelta de tuerca
Reclusorio Varonil Norte. Celda pequeña pintada de rosa, lugar aparte en la prisión, pósters de Chayanne y Ricky Martin, repisa esquinada con carpetitas y afeites. Alejandro Gutiérrez, de 27 años, espera sentencia por disparo de arma de fuego. Salía del 42 donde es bailarín travestí, lo asaltaron, de una pistola salió un tiro. Los mismos atracadores lo llevaron a la comisaría. En los se-paros le ordeñaron los pechos hasta que reventaron con el silicón. Confesó haber disparado, aunque jamás tuvo una pistola en sus manos. Me muestra los magullones, ni siquiera lo cosieron, sus compañeros de celda, también homosexuales, le ponen apósitos de sábila.
En un hotel del centro apareció el cadáver de un maestro de la UNAM. Había decidido salir del clóset cuando lo ligó un «chichifo» de la Alameda. Están las pistas, no hay culpable. En México y desde 1995 la Comisión Ciudadana Contra los Crímenes de Odio por Homofobia, registra un promedio anual de 40 asesinatos de homosexuales por discriminación; la cuarta parte en el Distrito Federal.
En un bar de Bucareli, le cuento a la doctora Luciana Ramos anécdotas del reportaje, es la hora de la comida y el tiempo se deshilacha cuando no hay apetito, la plática es un inevitable laisser-passer, el vodka tonic es alcíbar. Psicóloga del Instituto Nacional de Psiquiatría, hizo un estudio con universitarios sobre el sida. Los alumnos atribuyeron la enfermedad a la pérdida de valores y a la vida inmoral. Dice que si estas falsas creencias se encuentran en los estudiantes de educación superior, qué se espera en personas con menos información. La destrucción del homosexual como objeto fóbico, implica el aniquilamiento de todo lo que significa: la persecución sistemática, la extorsión policiaca y el asesinato:
—Hay un tipo de gente que puede adoptar un papel heroico al eliminar a los gays, como si se tratara de un aviso, de que hay que hacerlo para que la amenaza termine. Es terrible que haya quienes llegan a ese grado de hostilidad, que abarca todos los niveles. Se está generando un nuevo fenómeno que ya no responde a los aspectos individuales, sino a una condición social.
Viernes de madrugada en la Delegación Cuauhtémoc. Misión cumplida para la patrulla 03070 que arrestó a un travestí. Mauricio Domínguez Teoba, de 22 años. Paupérrimo, aventado a las ergástulas. Olor de miasmas y alambique. La jotería detenida se cuida las espaldas de violadores, homicidas y la caterva que abarrota las crujías. Antípodas del espíritu festivo de lo gay, un ámbito feo.
Arriba, también es fea la oficina del licenciado y juez calificador Bernardino Pablo Bautista: «A ese homosexual, a mi no me importa que sea 'lilo', lo trajimos por adoptar actitudes contrarias a las buenas costumbres. Nuestra sociedad no admite que un hombre se vista de mujer.»
Sobre el archivero y como adorno, el licenciado tiene un enorme falo de barro vidriado. En el meato urinario le metieron una cajetilla roja de Viceroy que sostiene una antena quebrada de televisión. Un judicial cacarizo la orienta en vano. Persiste la imagen ruidosa de una locutora que entretiene con chistes de doble sentido.
Por la frecuencia policiaca de la radio se avisa que la patrulla 0311 pronto arribará con un «putarrón». Nunca llegó.
De Lo peor del horror, Premio Internacional Rodolfo Walsh al mejor libro de no ficción publicado en Lengua Española, 2005.
( Tacubaya, México, 1948) Durante más de 25 años ha ejercido el periodismo y el cine documental. Ha publicado el libro de ensayo periodístico Lo peor del horror y la novela Las neblinas de Almagro.