

“El director no comparte necesariamente las opiniones del subdirector, ni éste las de aquél, ni ambos las del jefe de redacción, y viceversa; ni los tres las opiniones de otros redactores; secretarias, impresores, diagramadores y gerentes, ni todos éstos las de aquéllos, porque aquí pensamos todos distinto. Aunque no necesariamente”.
Así se leía en cada una de las ediciones de la hoy mítica revista La Bicicleta, que este mes cumple exactos 30 años desde que editó su primer número. El espíritu planteado en esa frase, ilustrada con una bicicleta doble en la que dos ciclistas se esfuerzan por avanzar y por decir lo que dicen, es un excelente resumen de lo que fueron los casi diez años que duró la publicación.
Surgida desde la actividad cultural universitaria de los primeros años post golpe militar, la revista tomó rápidamente un pedaleo independiente de lo que pensaron sus fundadores y se transformó en un vehículo con recorrido propio, diverso, mezclado y potente. Su nacimiento y desarrollo habla de un período hasta ahora poco estudiado, y hasta políticamente algo subvalorado, referido a los complejos y traumáticos años que van entre 1975 y 1980.
Si bien se trata del tiempo de plena estructuración de la dictadura, con los reconocidos márgenes de persecución y miedo con que la sociedad chilena es atacada, también es un período muy fuerte en las universidades, en que la militancia política proscrita e ilegal se transforma en actividad cultural disidente y activa.
“Son cinco años en que en condiciones muy precarias se construye una potente red cultural en este ámbito, que va enfrentando el miedo y la desconfianza, constituyéndose en la base que permite el nacimiento de la revista”, comenta hoy el permanente director de La Bicicleta, Eduardo Yentzen. Sin la existencia de ese trabajo, centrado particularmente en las universidades de Chile y Católica, pero que también se produjo en regiones, “resulta impensable el movimiento estudiantil que aparece en los ochenta. A través de la cultura se logra una comunicación entre lo estudiantil y los otros sectores sociales, hasta, finalmente, llegar a lo político”, reflexiona.
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Súpercifuentes, el chileno medio
Otro de los grandes aciertos de la revista fue la incorporación del cómic Súpercifuentes, una creación del genial dibujante Hernán Vidal (Hervi). Súpercifuentes era un clásico antihéroe, un peladito de bigotes, muy parecido al chileno medio, al que por más que intentaba, todo le salía mal. Hasta cuando quería convertirse en superhéroe. Ironizando con la época del consumo que empezaba a relucir en los ochenta, el calvo personaje siempre terminaba en la cárcel.