Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Y así nos hemos ido leyendo

 

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Este encuentro de escritores y críticos se llama Entrando en cuarentena. Mientras compongo estas líneas, pienso que aún me faltan tres cumpleaños para que la frase me sea aplicable. Y comprendo que tampoco importa mucho. Que empieza ya a ser el tiempo de pedirse cuentas, y que a los miembros de esta generación a la que pertenezco, los hijos del baby boom de los 60, los que no hicimos la guerra, ni la posguerra, ni el mayo del 68, ni la Transición, ni nada, que como mucho podemos reclamarnos miembros alevines de la movida (no lo voy a hacer, paso de esa historia cutre) y braceros precarios del milagro económico de los últimos 80 y primeros 90 (eso sí lo he sido, y lo asumo); en fin, a estos nadie de los que formo parte, empieza a pasársenos el arroz y debemos preguntarnos para qué demonios hemos nacido y en qué medida hemos acertado a demostrar que nacimos para algo.

En términos generales, la cuestión es abstrusa. Uno tiene la sensación, visto lo visto, de que nacimos para ser sosamente útiles y pronunciarnos poco. Algunos hicimos la mili, muchos salieron excedentes de cupo, pero entonces España no iba a guerras, así que debemos mirar a los chavales que por estos días están en Irak y pensar que menuda potra tuvimos, que con mayores o menores apuros hemos conseguido pasar de jugar con soldaditos a mirar la guerra desde el sofá, sin necesidad de apurar el trago intermedio de pringar nosotros. No hemos tenido ningún episodio épico y glorioso en el que reivindicarnos, aunque fuera falso (como, dicho sea de paso, suelen serlo todos los episodios épicos y gloriosos), y si esto sigue así, qué contaremos a los nietos...

En términos literarios, el asunto todavía está abierto. Como escritores, somos aún demasiado jóvenes, las cositas que hemos hecho pueden mirarse con condescendencia (muchos lo hacen), y ni remotamente podemos aspirar a desplazar aún del Parnaso a esos atractivos y seductores maduritos (y maduritas) que lo copan con el peso de su talento, su sólida obra y todas esas interesantes vicisitudes vitales y míticas experiencias de las que nosotros, niños mimados del desarrollismo (aunque de pequeños sólo tomáramos Maizena) carecemos. Pero esto no está mal. No es una queja. Mejor tener la vida por delante.

Pero por fortuna, no es de nada de esto, ni de mi condición de ciudadano ni de mi condición de escritor, de lo que se me invita a responder en este encuentro. Por el contrario, y agradezco la deferencia a la organización, se me invita a responder de mi condición y de mi singladura como lector de literatura (también es lector, pero de otra índole, el que se hinca el Marca todas las mañanas, o el que lee en la pantalla de su móvil k maripili l ha djd prq stoy arta d q m pngs crnos; respeto las pasiones, algunas de ellas, perturbadoras, que pueden despertar estas otras lecturas, pero entiendo que aquí se trata de lo que se trata).

Y digo por fortuna porque en esto, en mi trayectoria como lector, creo que he tenido suerte. Que he podido dar, desde mis primeros años, con una serie de libros y de autores que me han ayudado a llevar una vida lectora bastante feliz y plena. Una vida en la que no dudaría (como dudaría en otros ámbitos) en decir que he apurado posibilidades al límite, y que he probado casi toda la diversidad que había a mi alcance. Pero si algún beneficio debo agradecer a quienes escribieron esos libros, por encima de todos los demás, destacaría dos: el primero, que me provocaran la sensación de no estar leyendo algo ajeno a mí, algo lejano que pudiera admirar y nada más, sino algo que me pertenecía, que era yo mismo, hasta el punto de llegar a pensar, leyéndolos, que estaba leyéndome; y el segundo, y no sé si más importante que el anterior, que gracias a ellos he aprendido a no creer en absoluto en la gente que organiza este mundo ni en la manera en la que lo organiza, y a la vez, a creer y saber que es posible vivir de otro modo que sometido al dictado burdo y mísero que todos los días nos escupe su televisión.

Podría haber traído aquí decenas, cientos de libros. Pero creí que era más modesto, y más útil, y más pertinente, limitar la lista y hacerlo a un número redondo: para evitar tentaciones de originalidad, el consabido 10. Y he aquí los diez libros (o trozos de ellos) que he escogido. No transcribiré los pasajes seleccionados para leer en el curso del encuentro, salvo un fragmento del último. No glosaré ni ponderaré lo que son o significan, porque no soy crítico ni como tal los enumero. Me limito a apuntarlos, y hacer una pequeña acotación personal del por qué.

El orden es caprichoso, o no.

El pozo, de Juan Carlos Onetti. Por revelarme, a una edad saludablemente temprana, que todo hombre acaba siendo un hombre acabado. Verdad casi tautológica, pero que tantos olvidan.

Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, por familiarizarme con la realidad crucial para el escritor, el mal, y por enseñarme cómo puede escribirse sobre él desde una esencial bondad (no desde la bondad absoluta, que eso no existe en nadie).

El hombre sin atributos, de Robert Musil, por disecar con tanta lucidez la impersonalización de todo en nuestro tiempo, que es lo que nos ha hecho alcanzar los máximos refinamientos y la más minuciosa exhaustividad en la administración cotidiana del horror.

El largo adiós, de Raymond Chandler, por contar como nadie qué puede significar la amistad; y también, qué diablos, lo arrebatadora que puede llegar a ser una rubia de ojos violetas que se suicida para no hacerse vieja y despreciable (te amaremos siempre, Eileen Wade).

Imán, de Ramón J. Sender, por contar la historia de los olvidados, de los sin historia, y por demostrar que desde un país como éste, aun con la miseria moral que lo ahogó durante casi todo el siglo XX, se podía hacer literatura de potencia universal.

Ante la ley, fragmento de El proceso, de Franz Kafka, porque al bisturí que pone al descubierto la desnuda fragilidad del hombre contemporáneo, suma una esperanza: la puerta es para nosotros, aunque tenga delante un guardián amenazador que parece impedirnos el paso.

En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, por reivindicar con esa tozudez la textura tenue de la memoria, que es todo lo que nos sujeta ante la vida que transcurre y huye; y por escribir tan persuasivamente sobre la necesidad de la literatura y la necesidad de la entrega.

Esperando a los bárbaros, poema de C. P. Cavafis, por ayudarme a ver y a creer que en la desintegración también aguarda el futuro, o, mejor, que a veces el futuro pasa por desintegrar el presente.

Toda la belleza del mundo, de Jaroslav Seifert, por esa sabiduría discreta y comedida (¿acaso hay otra clase de sabiduría?), tan llena de amor y de sencillez, con que cuenta tantas cosas maravillosas (como la que aquí leo: el día en que ya anciano, logra besar su juventud perdida en la mejilla de la nieta de una muchacha a la que amó y no tuvo).

El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, por permitirme acceder al flujo fascinante de una inteligencia extrema y dolorosa, pero que tanta y tan limpia luz despide.

Y por darme el mejor cierre para estas líneas, y aun para cualquier camino recorrido por un ser humano, lector o no:

Pasó naturalmente, como el viento y el día, llevando consigo el alma, que le había hecho diferente. Se sumergió en la sombra como quien entra por la puerta donde llega (...). No supo quién fue, como no sabemos quién es. Cumplió el deber, sin saber que lo cumplía. Lo guió lo que hace florecer a las rosas y ser bella la muerte de las hojas. La vida no tiene mejor razón, ni la muerte mejor galardón.

Otra Opinión

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"Caricatura"

Hernán Vidal - HERVI

Sumario

Este Lunes

Antecedentes de la homofobia cubana contemporánea

Emilio Bejel

Doscientos años de Argentina

Guillermo Orsi

Ni tan pocos, ni tan tontos

Ernesto Morales

Cuba-1959: el castrador espejismo de la nada

Manuel Gayol Mecías

Crónica de una muerte anunciada: Roque Dalton frente a la Historia

Luis Pérez-Simón

El socialismo en cuestión: anti-utopía en Otra vez el mar y El asalto de Reinaldo Arenas

Jesús J. Barquet

Vasto y golpeado abanico de la «gaycidad»

Eduardo Monteverde

Otro lunes Conversa

Con Iván Thays

Un escritor peruano llamado Iván Thays

Con Alberto Salcedo

Más allá de las verdades oficiales

Con Ángel Santiesteban PRATS

Somos el vehículo, la mano, el nombre que representa una lucha cultural

Punto de mira

Las pequeñas editoriales alternativas en el mercado del libro en lengua hispana

RICARDO ORTEGA

ROBERTO AMPUERO

RAÚL TÁPANES

ESTHER ANDRADI

TERESA DOVALPAGE

ALVARO CASTILLO GRANADA

YANITZIA CANETTI

CARLOS SALEM

ÁNGEL ALONSO DOLZ

NAHUM MONTT

SINDO PACHECO

DANILO MANERA

ALEJANDRO AGUILAR

FRANCISCO ALEJANDRO MÉNDEZ

LUIS FAYAD

JUAN RAMÓN BIEDMA

ARTURO GARCÍA ABRAJÁN

SEBASTIEN RUTES

EDUARDO PARRA RAMÍREZ

PABLO MAZO

Cuarto de visita

Poesía Inglesa

Carlos López Beltrán y Pedro Serrano

I’r Hen Iaith A’i Chaneuon

Ian Duhig

Matrushka

Elizabeth Garrett

Recuerdos desde una ciudad extranjera

Lavinia Greenlaw

Desconocidos

Alan Jenkins

La llamada del apóstol Mateo

James Lasdun

Táctica

Sarah Maguire

Unos escriben

Lorenzo Silva

Otros miran

Hernán Vidal - HERVI

En la misma orilla

De mis memorias

José Lorenzo Fuentes

Escenas del paraíso

Relato

David Torres

Queso y ron

Relato

Esther Andradi

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Frank Castell

Bosquejos de El Emperador

José Gabriel Ceballos

Poemas

Raúl Tápanes López

CUBA PERFORMANCES me recuerda al mundo: Sobre el documental Cuba Performances, de Elvira Rodríguez Puerto

Mares Marrero

Recycle

Notas sobre (hacia) el boom II: los maestros de la nueva novela

Emir Rodríguez Monegal

El fascismo eterno

Umberto Eco

De lunes a lunes

Nuevo libro de nuestro columnista Uriel Quesada

Escritor mexicano Eduardo Parra Ramírez gana el Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2008

Hacia el Centenario de José Lezama Lima

Una nueva lista de excelencias editoriales en la editorial Terranova

Propuesta para una Sociedad Participativa

Biblioteca de Otro lunes

Otras voces Hispanas

A CARGO DE LUIS RAFAEL

Jesús Díaz y sus "años duros"

José Gabriel Ceballos: Variaciones argentinas

Cintio Vitier y Lo cubano en la poesía

Juan Ramón Biedma: Voyeur de la miseria humana

Librario

De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau

Álvaro Castillo Granada

La Tabla (Reseña II)

Armando de Armas

Ladrón de sueños

Bernardo Fernández - BEF

Matar y guardar la ropa

Carlos Salem

Cuba: contrapuntos de cultura, historia y sociedad

Francisco A. Scarano y Margarita Zamora

La ventana doméstica

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Horror al vacío

Osvaldo Navarro

 

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