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La primera vez que sobre un volumen encuadernado de páginas impresas se pudo leer el nombre de un servidor de ustedes fue allá por la primavera de 1995. Intentaba ser una novela y trataba de asesinatos y de venganzas, aunque a muchos despistaba el título, Noviembre sin violetas, que alguno tomó, sin serlo, como un homenaje a aquella canción de la malograda Cecilia. Fue así como el autor comprobó, ya en su primer desembarco en las librerías, que a menudo uno sugiere lo que no pretende, o lo que es lo mismo, que, una vez publicados, los libros empiezan a decir lo que el lector quiere poner en ellos, más que servir a los siempre vagos propósitos del incauto que los escribió.
Hablo de “desembarco en las librerías”, pero describirlo así acaso implique alguna infidelidad histórica. Lo cierto es que a aquella primera edición, por mantener el símil naval, vino a sucederle algo parecido a lo que acaeciera a la Armada que mandó formar Felipe II para invadir Inglaterra, con la diferencia de que ésta era una escuadra formidable y la edición a la que me refiero una flotilla de apenas 1.500 ejemplares. Sobre ella se abatió una adversidad tan inapelable como la que desbarató a la Invencible: poco después de imprimirse los libros, una resolución judicial impidió a la editorial, la desaparecida Ediciones Libertarias, seguir utilizando tal nombre (cuya titularidad reclamaban otros) y, por tanto, comercializar cuantos títulos portaran ese sello.
Como consecuencia de esto, la primera edición de mi primera novela nunca tuvo una distribución normal. Se vendía aquí y allá de tapadillo, por debajo del mostrador, como si fuera una sustancia clandestina. Al primerizo padre de la criatura le embargaba una sensación contradictoria. ¿Había dejado propiamente de ser un autor inédito? ¿Cabía afirmar que se había publicado una novela que no podía comercializarse? ¿Era escritor alguien a partir de cuya obra se había fabricado un objeto con aspecto de libro, sí, pero que no estaba en las librerías?
Confieso que en algún momento me invadió la desazón. Tenía veintinueve años, llevaba quince escribiendo literatura y, cuando por fin creía haber logrado saltar la barrera, por modesta que fuera aquella edición y por heroica (o minoritaria) que fuera la editorial, hete aquí que todo indicaba que el disparo había quedado en salva, la dicha en espejismo, el libro en nada.
Por suerte, según se vería después, me dio por combatir la pesadumbre y la perplejidad empeñándome con más brío y muy poca lógica en la escritura, la actividad en la que aquel funesto estreno tan poco invitaba a perseverar. Ese mismo año 1995 escribí, en apenas cinco meses, La flaqueza del bolchevique y El lejano país de los estanques. La primera sería luego finalista del Nadal, y en la segunda, que recibiría el premio Ojo Crítico, fue donde nació un guardia civil de apellido impronunciable que al cabo de los años me daría la mayor alegría que puede tener un escritor: un buen puñado de gente con ganas de leerle.
Contar algo propio siempre es de mal gusto, salvo que uno quede en ridículo o desairado de alguna manera o su peripecia enseñe algo a los demás. Como el desaire ya resulta suficientemente evidente, permítaseme apuntar la enseñanza que creo puede extraerse de esta historia: no siempre un revés es lo que parece; a veces, es el detonante de la acción que nos resarcirá, en mayor o menor medida, del fracaso. Por lo demás, la propia Noviembre sin violetas, a la postre, tampoco sería tan desdichada. Andando los meses apareció en ABC una elogiosa reseña de Ricardo Senabre, que calificó aquella obra de “gratísima sorpresa” y afirmó que se trataba de la obra de alguien que “no era un escritor más”. En los doce años transcurridos desde entonces he sentido a menudo el peso de esa audaz y generosa apuesta del crítico, lanzada sobre el primer balbuceo editorial de un desconocido. No sé si con lo que he hecho desde entonces he acertado a justificarla. Al menos lo he intentado, eso lo aseguro.
Aquellos 1.500 ejemplares se vendieron, al final. Y luego vinieron varias reediciones, que ya estaban en las librerías y todo. Es una novela ingenua, imperfecta, extraña (un más que improbable híbrido de Proust y Chandler). Pero comprendan, con lo que queda contado, que su autor la recuerde con ternura.
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