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- La comunión de inteligencia y sentimiento: Proust supera, satisfactoriamente, la dicotomía tradicional entre ambos conceptos, dando absoluta preeminencia al sentimiento, pero sin caer en la gratuidad o en burdos romanticismos, sino a partir de un juicio estrictamente racional que reconoce al intelecto toda su dignidad. Es un sentimiento inteligente y una inteligencia sentida, en recíproco beneficio y enriquecimiento de ambos. Proust lo expresa así, en Contra Sainte-Beuve: "Las verdades de la inteligencia, con ser menos preciosas que los secretos del sentimiento, tienen también su interés, porque esta inferioridad de la inteligencia es ella quien la establece, sólo ella es capaz de proclamar que el instinto es la primera virtud". La importancia concedida al sentimiento y al instinto es tal que se arremete contra aquellos que, no sintiéndose capaces de dejarse guiar por ellos, prefieren asumir mil tareas para renunciar a ejercitarlos, renunciando así a "lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero Juicio Final".
- Su asunción de la literatura como forma de expresión y de vida: En Proust la literatura alcanza rango de absoluto, y pocos han meditado con tanta clarividencia acerca del fenómeno literario. El efecto que nos produce su obra no es una casualidad, está buscado y se basa en una comprensión profunda de los mecanismos que producen la impresión del lector. "El valor de las cosas leídas o escuchadas es de menor importancia que el estado espiritual que pueden crear en nosotros, y que no puede ser profundo sino en esa soledad poblada que es la lectura", escribió en el prólogo a su traducción de Sésamo y lirios. Proust no se limita a reunir palabras o relatar una historia, busca en su libro reconstruir las sensaciones del pasado perdido y a través de ellas provocar las sensaciones del lector. Para ello sale a su encuentro, pero no para que se convierta en espectador, sino para que participe de su ceremonia, casi mística. En El tiempo recobrado hay un hermoso texto, que es toda una síntesis del pensamiento y la actitud estética y vital de Proust. Dice así: "Solamente la impresión, por mísera que parezca su materia, por inconsistente que sea su huella, es un criterio de verdad, y por eso sólo ella merece ser aprehendida por la mente, pues sólo ella es capaz de llevarla a una mayor perfección y de darle una pura alegría. La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el sabio, con la diferencia de que en el sabio el trabajo de la inteligencia precede y en el del escritor viene después. Lo que no hemos tenido que descifrar, que dilucidar con nuestro esfuerzo personal, lo que estaba claro antes de nosotros, no es nuestro. Sólo viene de nosotros mismos lo que nosotros sacamos de la oscuridad que está en nosotros y que los demás no conocen".
Estas palabras demuestran que detrás de la obra hubo en todo momento un artista con conciencia y voluntad, abnegado y podría decirse que hasta ejemplar, aunque a primera vista pueda engañarnos el aspecto mundano de su relato y tengamos la irresistible propensión a creer que el autor no terminaba de ser una persona recomendable. Walter Benjamin dejó perfectamente formulada esta paradoja. Tras reconocer que En busca del tiempo perdido es acaso "la mayor realización poética de las últimas décadas", agrega que lo es "pese a fundarse en condiciones poco sanas: una dolencia extraña, gran riqueza y una predisposición anómala. Nada en esa vida es digno de imitación, pero todo en ella es un ejemplo".
Para quienes hemos caído víctimas del veneno de la literatura, Proust es una referencia insoslayable, aunque siempre permanezca en él algo incomprensible, que resiste todos los intentos de razonar su hechizo como los que quedan laboriosamente expuestos. Sea como fuere, los libros que se han escrito después de él son diferentes de los que se escribían antes, porque contribuyó a salvar a la literatura de la rutina y de los límites en que empezaba a ahogarse y le otorgó una soberanía nueva, la posibilidad de recobrar ciertas realidades ocultas de las que la comodidad de la convención invitaba a prescindir. Quizá fue necesario un ejemplo tan extremo, un ser tan desvalido con una peripecia tan insignificante, para que al desbordarla de manera tan formidable pulverizase todas las dudas que pudieran cabernos acerca de la potencia sublimadora del arte.
También dejó Proust una de las definiciones más contundentes y atinadas acerca del acto de la lectura, fin último al que en suma se encamina el esfuerzo de quien escribe libros. Una definición sucinta que sintetiza admirablemente dos conceptos opuestos: "comunicación en el seno de la soledad". Soledad habitada, que por ello no es una penalidad, y comunicación solitaria, que por ello no es palabrería, sino palabra que queda en el tiempo y que con el tiempo puede ser recobrada siempre.
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