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La mentira necesita el fuego de la pasión. Sin embargo, con eso descubre más de lo que oculta y ése es un lujo que no me puedo permitir. Por eso, para mí sólo cabe un escondite: la verdad.
Franz Kafka a Gustav Janouch
A la hora de hablar sobre Franz Kafka, debo comenzar consignando mis dificultades para cumplir la tarea. Por un lado porque de ningún otro escritor me he ocupado tanto y de ninguno me he reconocido tan deudor, hasta el extremo de haberle dedicado (podría ser ésa la palabra), en subrepticio homenaje, la más ambiciosa y extensa de las novelas que he sido capaz de escribir. Por otra parte, y uso aquí de la erudición y el ingenio de Vladimir Nabokov, a Kafka puede aplicarse la insolente frase con que Hegel replicó en cierta ocasión a un filósofo francés que le requería concisión y claridad al enunciar determinado problema filosófico: “Éstas son cuestiones que no pueden decirse concisamente ni en francés”. Y ello pese a que la obra de Kafka sea, en el terreno de la expresión, de las más espartanas que nos ofrece el siglo XX. Porque debajo de su sencilla exactitud se esconde una complejidad de ideas y sentimientos cuya turbulencia, al dejarse sólo entrever, nos apabulla.
Franz Kafka nació en 1881 en Praga, en una casa contigua a la plaza de la Ciudad Vieja, verdadero corazón de la ciudad. Su padre era un comerciante judío hecho a sí mismo con titánico esfuerzo, y su madre, también judía, una mujer de posición algo más desahogada que había seguido a su marido en los tiempos difíciles de su traslado a la capital checa. La infancia de Kafka transcurrió en diversos domicilios siempre cercanos a su casa natal. Desde pequeño demostró un carácter meditativo y frágil, y se sintió mediatizado por la presencia del padre, un hombre cuyo carácter era radicalmente antitético al suyo: expeditivo y a menudo brutal, con sus empleados y con su propia familia. Aunque se tratase de una brutalidad moral, no física, su huella, como el propio Franz dejaría escrito en su célebre Carta al Padre, sería permanente e irreversible. Kafka acudió al instituto alemán de la ciudad, y escribió toda su obra en esa lengua. A fines del siglo XIX, las clases influyentes de la sociedad praguense, vinculadas a la organización administrativa del Imperio Austrohúngaro, del que Checoslovaquia formaba parte, eran germanófonas, y también lo era la comunidad judía, que ocupaba una especie de escalón intermedio entre las clases superiores y el grueso de la población checa. La oligarquía alemana del Imperio se servía de los judíos para mantener alejados a los checos de ciertas actividades importantes aunque secundarias (el comercio, las profesiones liberales), y los judíos se amparaban en los alemanes, adoptando su idioma, para defenderse del antisemitismo más o menos generalizado de los checos. Un antisemitismo que hoy puede sorprender y que en parte estaba inspirado por la connivencia hebrea con el opresor, en una suerte de círculo vicioso. Conviene dejar reseñadas estas circunstancias no sólo para explicar la elección lingüística de Kafka, sino para apuntar de qué forma peculiar se insertaba en la ciudad a la que tan vinculada se mantendría su vida e incluso su obra, aunque muy rara vez haya en ella alusiones expresas (por ejemplo, es al monte Laurenzi, cercano a Praga, a donde suben los protagonistas de Descripción de una lucha). En cualquier caso, nos consta que Kafka no vivió absolutamente de espaldas a la realidad checa. Entendía el idioma y podía hablarlo, aunque no se sentía en él tan seguro como para utilizarlo a la hora de escribir. Tras completar su enseñanza secundaria, cursó estudios de Derecho (otro jurista metido a escritor, o escritor que se hace pasar por jurista) en la Universidad Carolina de Praga, donde se doctoró. Tras una serie de prácticas como pasante y en los juzgados (de las que sin duda recogió sus impresiones para la descripción de la organización judicial que se retrata en El proceso) se incorporó a la compañía de seguros Assicurazioni Generali, con la que confiaba en poder viajar a lugares exóticos y ver mundo, una obsesión que mantendría toda su vida mientras permanecía casi recluido en el perímetro delimitado por unas pocas calles de Praga. Sin embargo, la experiencia no fue favorable, y apenas un año después de obtenerlo abandonaba el empleo, en el que, según escribió, había sido objeto de más humillaciones de las que era capaz de soportar. Entró a trabajar en el Instituto de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde transcurrió el resto de su vida profesional y llegó a alcanzar cierta responsabilidad y el aprecio de sus superiores.
El principal obstáculo en su actividad profesional, de la que terminaría apartándole, y a la postre lo que marcó la brevedad de su vida, fue la tuberculosis de laringe que le fue diagnosticada a edad temprana y que le convirtió en un enfermo crónico, permanente solicitante de permisos y bajas y peregrino de sanatorio en sanatorio. Aun desde esta disminución, siempre estuvo obsesionado por tener una casa propia y formar una familia. Lo primero lo consiguió bastante después de la treintena, y lo segundo poco antes de morir, aunque su hijo nacería póstumo y no iba a vivir mucho. Antes de eso hubo varios compromisos matrimoniales rotos, y relaciones tormentosas con diversas mujeres, de las que han quedado como prueba copiosas y a veces obsesivas correspondencias. Sin embargo, los testimonios que nos han llegado permiten oponerse al tópico de que Kafka, con esta vida marcada por la frustración y las empresas fallidas, fuera un ser amargado e incluso siniestro. Era extraño, pero ejercía un poderoso magnetismo personal, el que sintieron las mujeres que se relacionaron con él o sus amigos. Entre éstos destaca de lejos el recuerdo de Gustav Janouch, que nos presenta a un Kafka opuesto al pesimismo, crítico pero a la vez capaz de una sincera fe “en la existencia de una conexión inteligente entre todas las cosas e instantes”. Janouch y otros dejan también constancia de su simpatía y de su sentido del humor. Un sentido del humor que también es perceptible en su obra, aunque quizá sea preciso deshacerse de algunos fáciles prejuicios para observarlo.
Kafka murió el 3 de junio de 1924 en el sanatorio de Kierling, en Klosterneuburg, cerca de Viena, donde había ido desde Berlín (ciudad en que, al fin fuera de Praga, acababa de fijar su residencia con su compañera Dora Dymant). Dejó ordenado a su amigo y albacea Max Brod que quemara todos sus escritos, pero éste, traicionando su amistad (salvo que sea cierto, como aseguraba Brod, que a Kafka le constaba que él nunca quemaría nada), los conservó y los dio a la imprenta. Gracias a esa traición han llegado hasta nosotros obras como El proceso, América o El castillo. El efecto de estas obras fue fulminante, y ya en la década de los 30 se valoraba en todo el mundo su importancia, verdaderamente universal. Kafka murió a tiempo. Su familia y amigos, en su gran mayoría, perecieron en los campos de exterminio, en los que el quebradizo Franz no habría tenido ninguna oportunidad.
En vida, Kafka publicó con moderado éxito algunos relatos y la novela breve La metamorfosis. Hay, aparte del rasgo común de la enfermedad, un curioso paralelismo temporal entre Kafka y Proust, pese a que éste era diez años mayor. Fue más o menos por la misma época que Proust cuando Kafka tuvo una iluminación literaria semejante a la del autor francés. Ocurrió la noche en que escribió, de una sola tirada, el relato titulado La condena. Había escrito algunas cosas antes, y no faltas de mérito. Pero fue al escribir ese relato, en una especie de enajenación, cuando dio con el tono y el universo narrativo que en adelante inundarían su escritura, permitiéndole componer sus obras mayores. También hay proximidad en las fechas de publicación de los primeros libros importantes de Proust y Kafka, los que marcaron la irrupción en escena de ambos fenómenos literarios. Era en 1915, año y medio después de que hubiera aparecido en París Por el camino de Swann, cuando se publicaba en Leipzig La metamorfosis. Ambas obras recibieron poca atención al principio. Rara vez una obra ruidosamente celebrada según surge tiene una repercusión duradera. Esto debe mover a reflexionar, como la ácida aserción de Raymond Chandler: “El crítico común jamás reconoce un mérito, cuando existe. Lo explica cuando se ha vuelto respetable”.
La obra de Kafka, fuertemente simbólica, ha sido objeto de muy diversas interpretaciones. Resulta algo arduo enfrentarse a ella con ojos limpios, bajo el peso de tantas lecturas, algunas de ellas desarrolladas por una legión de seguidores y profundizadas hasta la náusea y muy a menudo hasta la gratuidad. Lo más frecuente es leer a Kafka desde la religión o el psicoanálisis. Willy Haas, en el primer bando, ha señalado que sus tres grandes obras se corresponden con otros tres reinos: El castillo con el de la gracia, El proceso con el del juicio y la condenación y América con el reino terrenal. La lectura es indudablemente ingeniosa y hasta útil si se mantiene a su vez como un símbolo (valga la complicación) de lo que cada obra simboliza. Si pretende en erigirse en una síntesis del significado de estas tres novelas, a medida que profundizamos en ellas el expediente se vuelve más escaso e insostenible. Otro tanto vale para la interpretación psicoanalítica, que sostiene que toda la obra de Kafka es una sublimación de su inferioridad hacia la figura del padre. El escarabajo o chinche de La metamorfosis sería un símbolo de esta inferioridad. Nabokov, que como Walter Benjamin rechaza enérgicamente estas reducciones, confesaba sentirse interesado por las chinches (era un experto en insectos) pero no por los chismes, y tildaba lisa y llanamente de disparates los esfuerzos de quienes profesan tales teorías.
Hace algunos años, puestos a exprimir los escritos de Kafka, quien suscribe estas líneas probó a leerlos desde la perspectiva de la filosofía del derecho. Aunque era un ejercicio de aprendiz, más osado que solvente, pude comprobar que ciertos pasajes daban no poco juego al respecto. Como advirtió Albert Camus, la obra de Kafka, y ésta podría ser su grandeza, parece admitir todas las posibilidades, pero no satisface plenamente ninguna. Lo único que puede afirmarse con razonable seguridad es que la intención del escritor checo era fundamentalmente literaria, por su propia actitud, por la manera en que enfrentaba el acto de la escritura (ante todo, como creación) y porque nos consta que eran de carácter literario los ejemplos a los que reconocía mayor autoridad (Dostoievski, Flaubert). En segundo término, no parece descabellado atribuirle un valor metafísico, que posiblemente (no sería nunca taxativo) entrara en el propósito del escritor (entre otros, declaraba sentirse afín con matices a Kierkegaard). Como dice Walter Benjamin, acaso uno de los autores que más certera y tempranamente se percataron del valor de la obra de Kafka, éste escribió fábulas para dialécticos cuando quizá sólo se propusiera escribir leyendas.
A mi juicio, el máximo interés de Kafka, dando por establecida la finalidad estrictamente literaria de su obra, reside en la prodigiosa fidelidad y la rara exhaustividad con que en sus alegorías se disecciona el espíritu del siglo. Como algún otro escritor centroeuropeo (pienso en Robert Musil y en su novela El hombre sin atributos), el autor checo se aproxima a la esencia del hombre contemporáneo y la muestra en su más pasmosa integridad, sin hurtar todo el absurdo y toda la miseria de la civilización que ha conseguido casi al mismo tiempo, por poner algunos ejemplos, la penicilina y la bomba atómica, la declaración universal de los derechos del hombre y las más sistemáticas persecuciones raciales que la historia recuerda. Kafka viola con su bisturí afilado la superficie a veces altiva y desdeñosa de la modernidad satisfecha, desvelando que debajo de esa película se oculta la ruindad de siglos, la desidia, la insuficiencia, la crueldad. Quizá por eso su lectura no es cómoda, y muchos la rehúyen por encontrarla excesivamente truculenta, juicio a todas luces injusto, porque debe dejarse dicho con toda contundencia que Kafka jamás recurre al exceso. Nada más ajeno a esta obra que cargar las tintas, e incluso cuando mira de frente el horror se produce con una contención difícil de igualar.
Jorge Semprún, que ha conocido el horror del siglo y ha vivido para contarlo, dedica en su memoria de aquella indignidad suprema, La escritura o la vida, algunas páginas no casuales a Kafka. En ellas se contienen palabras inspiradas y hermosas sobre el realismo esencial de Kafka, sobre su privilegiada, casi visionaria comprensión de la sociedad que le rodeaba y sobre la sobriedad con que dio en expresarla: “La escritura de Kafka, por las sendas de lo imaginario menos enfático que pueda darse, más impenetrable a fuerza de transparencia, remite sin cesar al terreno de la realidad social, descubriéndola, desvelándola con una serenidad implacable”. Señala Semprún una notable coincidencia cronológica: Kafka nació el mismo año que murió Karl Marx, y murió el mismo año que Lenin. Pese a esta conexión casi fatídica con dos figuras cruciales de su época, es cierto que en sus diarios, en los que dejó comentarios relativos a los aspectos más insignificantes de su existencia, no hay referencias a las convulsiones de su tiempo (todo lo más, sabemos que simpatizaba vagamente con el socialismo, y que le maravillaba la docilidad con que los obreros accidentados acudían al Instituto en que trabajaba: “En lugar de quemar el edificio, vienen pidiendo por favor”, observaba). Sin embargo, anota Semprún “todos sus textos remiten a la espesura, a la opacidad, a la incertidumbre, a la crueldad del siglo, que iluminan de forma decisiva”.
Los personajes de Kafka, seres fantásticos en mundos fantásticos, sienten con una hondura que ahuyentaría a la mayoría de las personas de carne y hueso. Es lo más hondo de nuestra humanidad la que padece con esos personajes, en medio de un absurdo que no podemos despachar tranquilamente como si fuera algo ajeno. Las fantasías de Kafka establecen con la realidad una relación más estrecha que la que se establece entre esa misma realidad y las tenues apariencias asumidas con que traficamos cotidianamente, que a menudo no son más que el destilado inútil de un rebaño de subjetividades adormecidas o una imitación inconsciente de impresiones caducadas. “La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda”, le dijo un día a Janouch, “como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia”. Y a la postre, esta vocación casi heroica de verdad, que no rehúye bajar al abismo de las peores pesadillas, viene asentada en un carácter compasivo (en el más alto sentido de la palabra, que excluye cualquier condescendencia). Ese carácter no sólo no admite cerrar los ojos a lo intolerable que apenas disimulado sucede alrededor, sino que tampoco puede evitar empaparse del sufrimiento que lo intolerable produce. “Lo único definitivo es el dolor”, proclamó Kafka ante Janouch el día que se conocieron, cuando apenas habían cambiado cuatro palabras. Por eso la mirada desciende al nivel del sufriente, con la convicción casi bíblica de que allí donde un hombre sufre, es el hijo del hombre, o lo que es lo mismo, cada hombre, quien sufre. Kafka representa, acaso como nadie, la ecuación del arte que dejó enunciada Vladimir Nabokov, al que ya tantas veces he debido citar: el arte es belleza más compasión. Quizá por eso el autor ruso-americano sostenía que Kafka era el más grande escritor alemán de su tiempo, y que a su lado Mann o Rilke eran enanos o santos de escayola.
La ventaja de Kafka es, como la de todos los grandes escritores, su percepción de la realidad. Su realismo integral, salvando las diferencias, se emparenta con el realismo de la novela de misterio representada por Chandler o con el realismo de las sutiles ficciones de Proust. Todos ellos confluyen en una sencilla afirmación: en el siglo XX, que aún sigue, y posiblemente siga vigente en literatura hasta más allá del año 2000 (como el XIX duró hasta después de 1900), el realismo ya no consiste en mirar la parte visible de la realidad y contarla como siempre se ha contado. El realismo es mirar toda la realidad, con preferencia la más tenazmente eludida u oculta, y la manera en que se cuente esa realidad ha de ser por fuerza misteriosa e insólita. En la medida en que no lo sea, el escritor estará copiando simplemente una estampa grosera, tan vieja como inservible. Por eso Kafka advierte también contra los peligros de la bibliomanía, de los que atienden más a los libros que al mundo que les rodea: “Un libro no puede sustituir al mundo. Es imposible. En la vida todo tiene un sentido y una finalidad que ninguna otra cosa puede cubrir plenamente. Por ejemplo, no se pueden vivir experiencias a través de un doble. Lo mismo sucede con el mundo y los libros. Los libros intentan encerrar la vida como se encierra a los pájaros cantores en una jaula. Pero eso no sale bien. ¡Al contrario! Partiendo de las abstracciones contenidas en los libros el hombre no hace sino construirse a sí mismo la jaula de un sistema”.
Podría hablarse mucho más del realismo de Kafka, o de la compasión, por utilizar la terminología de Nabokov. Pero la obra de Kafka es, además, un soberbio edificio estético, tan limpio y nítido como pocos, aunque su médula la constituyan un puñado de novelas inacabadas. Es hora de ocuparse un momento de la otra parte de la ecuación definida por el autor de Lolita, o lo que es lo mismo, de la belleza. Kafka aporta al arte de la novela, del que en definitiva se ocupan bien que desordenadamente estas páginas, hallazgos de inmenso valor. Expondré sólo algunos, los que a mi entender resultan más indiscutibles:
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