Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Si ha de haber un protagonista

 

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Si ha de haber un protagonista (y es posible que esto sea requisito para hacer la novela comprensible, lo que nunca debe avergonzar a quien la escribe y puede exigir el que la lee), pido que no sea uno de esos imbéciles que no miran, o uno de esos fatuos que sólo quieren ser mirados, o uno de esos miserables baratos a quienes es imposible ver si se les mira de perfil. Que no sea un héroe, ni tampoco un antihéroe, que no aleccione ni corrompa, que no se haga admirar ni aborrecer. Que no pida ser seguido cuando no va a ninguna parte, que no persiga él ninfas o vírgenes, ni sean ellas las que le busquen, movidas por la piedad, la sumisión o el horror. Si ha de haber un protagonista, que no estorbe la novela, que la sirva con decoro y ayude a construirla y no a convertirla en bostezo o en chiste. Si ha de haber un protagonista, que sea una mezcla de Philip Marlowe, el Narrador innominado y el indefenso K.

Con Philip Marlowe uno se iría tranquilo al fin del mundo, y cuando escribo fin del mundo, me refiero a la idea tradicional: alguno de esos lugares desamparados donde debe economizarse fraternalmente la comida o el combustible, y donde todavía pueden experimentarse desfallecimientos y percances rigurosamente fatales. El hombre occidental llega a creer, en su embotamiento intelectivo mayoritario, que esos lugares han dejado de existir. Un porcentaje pequeño, con singular lucidez, alcanza a imaginar que debe quedar aún algún fin del mundo, en alguna región lejana, y a esa intuición se superponen imágenes tópicas de la tundra o de la Tierra de Fuego. Pero el fin del mundo sigue existiendo y lo tenemos cerca, y en el fondo lo sabemos, aunque nos cuesta tanto mirarlo. Está en una calle de nuestra propia ciudad, donde alguien se juega la vida para poder comer o para impedir que la lluvia le caiga encima, o donde hay un hospital en el que agoniza sin promesas un anciano moribundo. A veces nuestro camino se tuerce incómodamente y aparecemos ahí, en la calle o en el hospital, y tenemos que enfrentar la mirada del desahuciado. Entonces nos apartamos, con un escalofrío, y nos damos prisa en cambiar sus ojos por alguno de los ojos gozosos y jóvenes que se nos despachan en alguno de los colmados de optimismo mercenario que proliferan a nuestro alrededor. En ellos olvidamos el único conocimiento que nos restituye nuestra condición en su radical integridad: al final, nosotros mismos seremos ese desahuciado, y nuestros ojos serán los rehuidos. Es en ese trance, por ejemplo, donde me gustaría contar con Philip Marlowe, porque Marlowe tendría el pundonor de seguir mirando, como tiene el de seguir recordando a su viejo amigo Terry Lennox al final de El largo adiós, justamente cuando está delante del canalla bronceado en que su viejo amigo Terry Lennox se ha convertido y en el que él se niega a reconocerle.

Philip Marlowe es un gran tipo y un gran protagonista, además, porque asistimos a todas sus vicisitudes interiores, lo mismo cuando sirven para enaltecerle que cuando contribuyen a rebajarle. Y le perdonamos que muchas mujeres (demasiadas) se enamoren de él, porque sus escarceos con ellas son en realidad torpes juegos de adolescencia impenitente, y porque la remota Eileen Wade, la única mujer que le fascina de veras, le deja atrás con insultante naturalidad. Pero lo que sobre todo nos ayuda a aceptarle, aun en su reprensible condición de entrometido a sueldo, es que sus pesquisas no tienen como finalidad primordial defender los intereses de quien le paga, ni siquiera el logro de la justicia, esa ficción dudosa a la que se consagran tantos burdos detectives. Philip Marlowe sólo pretende permanecer fiel a sus principios, a su personal y sentida ars boni et aequi. Por eso no duda en conspirar contra la policía, ni en destruir pruebas, ni en maniobrar al margen de los intereses de su cliente. Todos los hipócritas se espantan ante un hombre de principios, y por eso Marlowe acaba alguna vez en el calabozo, o le apalean, o se le retira el encargo. Nadie encaja con absoluta imperturbabilidad ese tipo de contrariedades, pero él nunca se amarga por eso. Siempre tiene a su alcance una reparación: sentarse ante el tablero para reconstruir una vieja partida de Capablanca, o enfrentarse al espejo bajo la luz débil de su cuarto de baño, y en ese silencio y esa soledad acertar a convencerse de que sus principios, aunque se haya dejado algún jirón por el camino (quién no), siguen aún en pie.

El caso del anónimo Narrador de la Recherche, el presunto y discutido alter ego de Proust, es en mucho diferente. Con él nadie iría ni a la vuelta de la esquina. En un naufragio sería el histérico por el que se ahoga el que ha saltado del bote para rescatarle, en una caravana en el desierto el que se bebe toda el agua, en una epidemia el que distrae para sí el escaso medicamento salvador. Desde el principio aprendemos que es un egocéntrico imposible, empeñado en absorber la existencia de su madre, sus amigos, las muchachas en flor que demasiado bien sospechamos que en el fondo no le preocupan gran cosa, salvo que decidan tomar la sensata resolución de poner la máxima cantidad de tierra de por medio. Sus inquietudes artísticas, sus urgencias sociales, incluso su misma ansia de saber resultan malsanos. A la postre, todo parece parte de la misma intriga febril, sin otro propósito que llevar a cabo una especie de pillaje sobre la vitalidad que percibe a su alrededor y de la que él, en su postración física y moral, involuntaria o buscada de propósito, carece. Todo esto no sería demasiado grave, con todo, si hubiera algo de equidad en su proceder. Pero al amor honrado que sólo unos pocos despistados o santos le profesan, corresponde con una actitud idiota de doncella antojadiza, y a la frialdad que los demás le dispensan opone un despecho risible, que no repara en gastos, hasta llegar a la más completa ignominia.

Y sin embargo, de esa alma despreciable, cuya mezquindad sólo es menos formidable que la desnudez con la que se nos muestra, nace como del estiércol la limpia flor de una sensibilidad de cristal y acero, minuciosa y vasta, valerosa y prudente, cálida y punzante. El que carece del mínimo sentido imprescindible para gobernarse a sí mismo, extrae de las pequeñas sensaciones furtivas de la vida una sabiduría que nos ilumina a todos, y la formula con sublime candor: La muerte de uno mismo no es imposible ni extraordinaria; se consuma sin que nos enteremos, si es preciso contra nuestra voluntad, cada día. Pero no es ésta su cualidad más extraordinaria. Si algo me mueve a quererle, es su suprema paradoja: egoísta y avaro por naturaleza, es él quien nos da, para pasmo general, la lección máxima de la mirada. Nadie hasta entonces había mirado como él, tanto y a tantos, en tantas direcciones, a tanta profundidad. Es como si en la mirada, practicada hasta el heroísmo, hasta el agotamiento y la muerte, estuviera la redención de sus faltas, la cruz infinita en la que ha de hacerse clavar los pies y las manos. Allí queda, a merced de todos los lanzazos del mundo que de otra forma no habría podido conquistar. Esa cruz, en fin, es el libro; porque no mira sólo, sino que mira y lo cuenta. Tan por encima de todo narra que deja de vivir y sólo narra interminablemente, lo que otros vivieron y lo que él mismo no ha vivido. Y de ese no suceder hace una historia increíble, que creíblemente puede ser nuestra propia historia, porque en la vida de casi nadie sucede al final mucho, si se examina sin pasión.

Por eso, más que ningún otro, merece el nombre de Narrador, y cuando damos vuelta a la última página y su voz se extingue, comprendemos con un estremecimiento el prodigio de aquella ruindad suya que tanto nos repelía al principio. El Narrador veleidoso, débil y casi exasperante, es a la vez el pintor y el cuadro; no estamos contemplando la fotografía que le han hecho a hurtadillas, sino el retrato que él, mirándose de frente con los ojos desorbitados, ha trazado sin clemencia de sí mismo. Quien llega a esa última página apocalíptica sabe que el libro no es la memoria ensimismada y rencorosa de un inadaptado. Es todo lo contrario: un ingente sacrificio.

Para el sacrificio nació también, por razones diferentes, el infructuoso raciocinador K., que es procesado bajo el nombre de Josef o llamado a un inaccesible castillo como agrimensor. Antes de que consiga comprender el proceso que se le instruye morirá de una cuchillada; antes de que consiga entrar en el castillo se desplomará extenuado sobre la nieve. Y él lo sabe y quienes seguimos sus pasos también lo sabemos. Sin embargo, él sigue y nosotros le secundamos, entre el estupor y las caricias de seres extravagantes que nunca le entienden y a quienes él percibe que nunca podrá llevar hasta el lugar al que se dirige. No se sabe qué admirar más en este hombre: si la firmeza con que cree en su inocencia y en la iniquidad de las persecuciones que padece, o la docilidad y aun la convicción con que acaba aceptando los castigos que le están destinados, cuando dilucida que la única transacción que cabe ajustar con el verdugo es la dulzura con que se producirá el golpe de gracia.

Pero siempre es una deformación óptica inadmisible juzgar las historias por su punto final. En su estricto punto final, todas las historias son una sola historia, obvia, forzosa, inútil. No es recomendable la ceguera y la ceguera consiste tanto en no mirar como en mirar sólo el fondo del vaso. De hecho, las muertes de K. las conocemos sólo aproximadamente, porque el escritor no pudo o no quiso terminar las novelas en que suceden y se abstuvo de recorrer el último trecho, el que llevaba hasta ellas. De K., por tanto, son otras las cosas que deberán retenerse. Habrá que escoger, por ejemplo, su confianza en la razón y en los otros hombres, que le mueve a sostener, en las circunstancias más adversas, negociaciones y parlamentos incansables, incluso con quienes podemos advertir que no están dispuestos a hacer nada para favorecerle. Habrá que reconocer, también, su curiosidad heroica, como la del niño que se vuelca encima la olla llena de sopa hirviendo o la del gato que se desliza dentro de la lavadora. A menudo K. avanza sin titubear hacia aquello de lo que debería huir, y le tiende la mano y le pide, o le pregunta qué hacer.

K. no es un sujeto al que podamos terminar de admirar. Es meticuloso y tiene una inteligencia escrupulosa, pero no parece muy listo. Diríase que le anima una insólita fuerza interior, pero se permite negligencias y errores irreparables en los momentos más inoportunos. Podemos atribuirle un cierto sentido de la rectitud, pero en ocasiones es arbitrario y hasta despótico, lo que nunca puede llegar a alabarse, aunque no siempre le falten razones para perder los estribos. Incluso cabe recordar algunas pobres personas de las que se aprovecha desconsideradamente, sin que pase en ningún instante por su cabeza, o sólo de forma muy fugaz, la idea de ofrecerles una reparación adecuada. En general tiene un plan y una intención, que tiende a mantener más o menos constantes, pero fracasa sin paliativos a la hora de ejecutarlos. No podemos terminar de admirarle, en suma, porque es demasiado como nosotros mismos.

Habrá que decir, por si no consta, que K. es el infortunado campeón del hombre de nuestro siglo; mutatis mutandis, como Don Quijote es en su siglo el campeón desdichado de las bellas ilusiones de los siglos pasados. Todo hombre es derrotado en mayor o menor medida por su época, pero nuestro tiempo, y eso es lo que enseña el ejemplo de K., parece haber sido ingeniado especialmente para derrotarnos. Las máquinas que hemos ido afinando durante milenios nos han sitiado y ya no podemos escapar, como se escapaba (mal que bien) de la Inquisición, la Revolución Francesa o el telégrafo, por citar alguno de los rudimentarios ensayos que precedieron a los artificios invencibles que ahora nos gobiernan. K. sufre el descalabro y tiene la dignidad de reconocerlo, aun arriesgándose a ser archivado como prototipo de ave de mal agüero en el saco inmenso de los libros y los héroes olvidados. Y he aquí que sus congéneres no sólo no le archivan ni le olvidan, sino que sus peripecias son exhumadas de los papeles póstumos en que se alojaban por un amigo infiel con aspiraciones pseudoevangélicas, y en diez años se traduce a todas las lenguas y en cuarenta es conocido en todo el mundo. ¿Cómo se explica que un destructor, un apestado, alcance semejante popularidad en nuestro brillante mundo de esperanzas amañadas?

La verdad es un fuego que funde cualquier hielo y K. atina a ser un apóstol de la verdad. Pero en eso no se diferencia de muchos apóstoles que nos fastidian. Lo que cierra el círculo, lo que le concede su discreto encanto y su éxito (y él lo sabe, aunque finge no saberlo), es que por encima de todo K. es un seductor. Seduce sin provocar ningún estruendo, porque no gusta de la pirotecnia ni del alarde: es un seductor de la modestia. Aunque a los propios interesados les cueste notarlo, nadie quiere a los gritones, a los persuadidos de su propio mérito. Todo el mundo tiene el olfato suficiente para calarles, para saber que su aparato es una cortina de humo contra su propia poquedad. Por el contrario, todo nos inclina hacia los seres como K., que se resignan a no ser nadie para ganar el mundo, en la frágil e insegura manera en que el mundo puede ser ganado: No hay más remedio que aceptarlo todo con paciencia y sin miedo. El hombre está condenado a la vida y no a la muerte.

Si ha de haber un protagonista, en resumen, que sea como cualquiera de estos tres protagonistas: humilde como K., desnudo como el Narrador, cabal como Marlowe. Que no trate de apabullarnos con sus gestas, ni con  exhibiciones inservibles. Que trate de ayudarnos a vivir y también a disfrutar de que los demás vivan.

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