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1.- Una novela negra ejemplar: El alquimista impaciente
Poco después de la publicación de El alquimista impaciente (2000), tuve el placer y el privilegio de presentarla en el Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca, acompañado por su autor. En mi opinión, nos encontramos ante una novela negra ejemplar. Como es sabido, una novela negra es una novela policíaca de carácter realista en la que, más que la intriga y la resolución del enigma, interesa la indagación en la psicología y el comportamiento de los personajes –bien sea el detective, el criminal o la víctima– y en el trasfondo social en el que estos se mueven, un trasfondo enfocado siempre de manera crítica. De modo que más que el resultado de las investigaciones, lo que importa aquí son las investigaciones en sí y lo que estas van deparando y van descubriendo sobre la condición humana y sobre el entramado social. Se trata en definitiva de mostrar lo que normalmente está oculto o enmascarado por las apariencias (nada es lo que parece, podría ser el lema de la novela negra), la cara oscura de la realidad, la parte sumergida, el otro lado, las alcantarillas del poder, el mundo marginal, los abismos del alma humana, las motivaciones ocultas, los deseos inconfesados, la hipocresía moral…
En El alquimista impaciente, Lorenzo Silva sigue más o menos fielmente algunas de las reglas y convenciones del género, pero actualizándolas y renovándolas desde dentro y añadiéndoles algunos aspectos muy originales. No estamos, pues, ante una novela paródica, ni desmitificadora del género, ni mucho menos ante un pastiche, de los que tanto abundan y han abundado siempre. Tampoco estamos ante la simple aplicación de una receta consagrada por la tradición y el uso. En mi opinión, lo que hace Lorenzo Silva en su libro es tomarse muy en serio la novela negra, esto es, con una gran ironía y con una evidente voluntad literaria, voluntad de la que, por otra parte, ya había dado suficientes muestras en sus libros anteriores, y seguirá dándolas en los posteriores. En la novela negra, encuentra, pues, Lorenzo Silva el cauce expresivo más adecuado para exponer su visión del mundo.
Pero, al igual que las grandes novelas negras, El alquimista impaciente es también una parábola sobre la condición humana, una parábola aplicable, por tanto, a nuestro tiempo y a cualquier otro tiempo. De ahí, por ejemplo, el carácter simbólico de su título, un título sorprendente y enigmático que se aclara en el último capítulo de la novela, capítulo en el que la novela termina de adquirir todo su alcance. Como el famoso «halcón maltes» de la novela de Dashiell Hammett, aunque de una manera muy distinta, ese «alquimista impaciente» al que se alude en el título simboliza el destino que les aguarda a los que únicamente se mueven por la ambición de riquezas y poder. Se trata, en definitiva, de una actualización o puesta al día de aquel viejo tema que un conocido Padre de la Iglesia resumió en una pregunta retórica que se hizo famosa y que a mí siempre me resultó muy inquietante: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si con ello pierde su alma?».
Pues bien, el personaje al que –insisto– simbólicamente se refiere el título del libro no sólo ha perdido su alma (de hecho, sabemos que el dinero lo ha transformado de forma radical), sino que también ha perdido la vida de forma bastante lamentable. Y ahí es justamente donde empieza la novela: con un cadáver que se nos presenta, en toda su desnudez, como un signo de interrogación al que hay que dar respuesta. Pero, frente a lo que ocurre en la novela policíaca clásica o novela enigma, en la que al final todo queda resuelto y explicado, atado y bien atado, en la novela negra, por su carácter realista y moderno, quedan numerosas cosas por resolver, numerosos cabos sueltos, numerosas lagunas, enigmas e incertidumbres; de ahí que la novela termine con una incertidumbre que queda flotando sobre el caso aparentemente resuelto.
En ella queda bien reflejada la parte oscura de la sociedad española actual, al tiempo que nos ofrece un retrato bastante negativo del funcionamiento de la justicia y de todo lo que la rodea. Asimismo, llama la atención la simpatía hacia los perdedores y la compasión por las víctimas. Se trata, por lo demás, de la segunda novela protagonizada por esa curiosa pareja de la Guardia Civil formada por el sargento Bevilacqua y la guardia Virginia Chamorro; él, licenciado en psicología y lector consumado de novelas; ella, estudiante de astronomía en la universidad a distancia. Por último, habría que destacar su gran agilidad narrativa, una intriga bien planificada y dosificada, sin efectismos de ningún tipo, unos diálogos fluidos y una actitud crítica y reflexiva, con grandes dosis de humor e ironía.
2.- Una novela de la memoria: El nombre de los nuestros
El nombre de los nuestros (2001) es una novela inspirada, según señala el propio Lorenzo Silva en una «Advertencia preliminar» al libro, «en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles [...] que defendían las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Talilit y Afrau», durante las campañas militares de Marruecos, las mismas que marcaron el destino de tantos hombres, sacrificados en una absurda empresa colonial. Con esta novela, Silva recupera y actualiza, además, una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en novelas como El blocao (1928), de José Díaz Fernández, Imán (1930), de Ramón J. Sender, o La ruta (1943), segunda parte de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, autor muy admirado por Lorenzo Silva.
Por otra parte, el profesor Eduardo-Martín Larequi [2001] nos recuerda también que la novela de Lorenzo Silva se publica apenas un año después de que apareciera Una guerra africana (2000), de Ignacio Martínez de Pisón, autor nacido en 1960. Según este estudioso, se trata de una novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Pero, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental, la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva algunos rasgos, como la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social, el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber, que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina, que protagoniza El nombre de los nuestros. Asimismo, podrían establecerse algunas conexiones con la novela Morirás en Chafarinas (1990) (Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil), de Fernando Lalana (1958), no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen [Larequi, 2001].
Sobre la intención y el origen de El nombre de los nuestros, declara, por otra parte, el propio autor lo siguiente: «La historia que en ella se cuenta me acompaña desde hace mucho tiempo, más de veinte años. Desde que lo conocí, me fascinó el episodio del formidable descalabro que sufrió el ejército español en la zona de Melilla en 1921, conocido como el Desastre de Annual. Siempre supe que tarde o temprano tendría que escribir una novela a propósito de aquel acontecimiento. Durante 1997 me dediqué a prepararla minuciosamente. Incluso viajé a Marruecos, a los lugares reales donde ocurrió todo, en las fechas de verano en que tuvo lugar la matanza. Quería apurar los olores, la luz, el paisaje. De aquella labor acabó surgiendo este libro y también un libro de viajes, Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, publicado ese mismo año.En ambos (en uno a través de la ficción novelesca, en otro a través del ensayo y el apunte viajero), intento acercarme, sobre todo, a lo que apenas recogen los libros de historia: la experiencia individual de aquellos hombres, españoles y marroquíes, que sufrieron lo indecible a beneficio de un puñado de imbéciles y de canallas. Recordar su historia y su nombre, el de los nuestros, ayuda, entre otras cosas, a no olvidar quiénes son los otros, ellos» [Silva, 2001c].
Asimismo, la novela hace, de alguna manera, «explícita esta intención al final del capítulo 19, el que da título al libro, cuando el sargento Molina, protagonista del relato, le pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los soldados muertos en la campaña de África. Y, en este sentido, conviene recordar que el sargento Molina es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, que luchó en la campaña africana como sargento de infantería. De hecho, la novela se nutre, en primer lugar, del relato oral que de los acontecimientos narrados le hizo su abuelo a su padre, y éste, a su vez, al autor» [Larequi, 2001]. Y, tomando como base la memoria del abuelo, Lorenzo Silva se enfrenta a una verdad que permanece arrinconada en el inconsciente colectivo de este país, se adentra «en la investigación de un pasado que él no conoció pero que, de alguna forma, lo ha forjado como persona y con el cual establece un compromiso de recuperación de la memoria» [Lasala, 2001].
Según señala, de nuevo, Eduardo-Martín Larequi, «la intención de la novela no parece muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos (2001), de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente la interpretación ideológica de los hechos, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas, sin embargo, por las nuevas generaciones». El nombre de los nuestros es, en este sentido, y como se dice en la contracubierta del libro, «la historia de una trágica equivocación: la de la política colonial de España en el protectorado de Marruecos». En ella, dos soldados de leva, Andreu –un anarquista barcelonés– y Amador –un madrileño empleado de seguros, adscrito a la UGT–, y el sargento Molina, «protagonizan un relato en el que se describen, no sólo los horrores de la guerra, sino el horror del hombre ante un destino irracionalmente impuesto por eso que llaman “razón de Estado”». La acción se sitúa en Sidi-Dris, a finales de julio de 1921, donde resistieron sitiados unos trescientos hombres. Éstos esperaban que los evacuaran por mar, pero al final la operación fracasó. Tras tres días de asedio, murieron casi todos, a la vista de los marinos que habían ido en barco a sacarlos. «Amparándose en la crónica de unos hechos que todavía hoy no gusta recordar, Lorenzo Silva construye la parábola desmitificadora de los restos de un imperio de cartón piedra, y nos muestra a unos personajes de carne y hueso: a la vez responsables e imperfectos, y, sobre todo, carne de cañón». Como en el caso, de sus ilustres precedentes, antes citados, no se trata tan sólo de una novela sobre la guerra de Marruecos, sino sobre el absurdo y la crueldad de la guerra en general, «y también sobre la injusticia de un sistema capaz de enviar a la muerte a muchos hombres para aprovechamiento y lucro de unos pocos» [Silva, 2001a].
En Del Rif al Yebala, por otro lado, Lorenzo Silva plantea un viaje por el escenario de las vivencias de juventud de su abuelo en África, como sargento del ejército español. Según señalaba Magdalena Lasala en su presentación [2001], en este libro el autor nos ofrece una reflexión sobre el pasado y una posibilidad de aprender de los errores que nos marcaron como cultura, como mentalidad, y como país. Y, de nuevo, nos lleva al Rif para revivir la tragedia de aquel verano de 1921. «El escritor nos arrastra en su búsqueda para que busquemos nosotros también, mano a mano con él, las razones de la sinrazón y quizá como único modo de sanación de una herida sin cicatrizar». De hecho, el viaje anuda y entremezcla la descripción del Marruecos presente con la historia de una guerra del pasado, la exploración geográfica con la salpicadura histórica.
Por último, hay que decir que, algún tiempo después de publicar su novela y su libro de viajes, Lorenzo Silva volvió al lugar exacto de los hechos, que, en su primera estancia marroquí, tan sólo había podido ver de lejos, para encontrarse de nuevo con los elocuentes restos de la tragedia: «Uno se imagina lo que debió ser, para aquellos hombres, vivir y morir en esta impresionante soledad. Impresiona, también, la posición misma. Quedan restos del parapeto, todavía salpicados de balazos. Queda, semiderruida, una de las edificaciones. Removiendo un poco entre los restos, encontramos media docena de vainas de cartuchos de máuser, un trozo de alambrada, un fragmento de correaje. Y algo más. Por doquier empezamos a recoger unas esquirlas blancas, muy peculiares. Pronto identifico de qué se trata. Según cuenta Santiago Domínguez, años después del desastre la Armada hizo prácticas de tiro bombardeando los restos de Sidi-Dris. Los cadáveres de los defensores habían sido inhumados in situ,en fosas comunes, pero aquellos marinos no debían de saberlo. Por eso los huesos de los muertos de Sidi-Dris se ven hoy así, esparcidos a la intemperie. Entierro algunos. Son demasiados para darles tierra a todos. Entonces me doy cuenta de que les debo estas palabras. De que la España de hoy, donde yacen enterrados en mausoleos y bajo lápidas de mármol los granujas que los enviaron al matadero, debe enterarse de que aquellos pobres siguen allí, hechos añicos sobre la inhóspita tierra rifeña. Del olvido sólo les conforta la paz infinita del horizonte marino de Sidi-Dris. Eso, y nuestra memoria, que en lo que valga, y para lo que valga, aquí queda escrita» [Silva, 2002]. Frente a la tenaz pervivencia del olvido, se alza, una vez más, la persistencia de la memoria literaria, la memoria, en este caso, del Desastre.
Bibliografía citada
LAREQUI GARCÍA, Eduardo-Martín, «La guerra de África, desde las trincheras: El nombre de los nuestros, de Lorenzo Silva», 2001, en http://www.lorenzo-silva.com
LASALA, Magdalena, «Presentación del libro Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, de Lorenzo Silva», Zaragoza, 8 de noviembre de 2001, en http://www.lorenzo-silva.com
SILVA, Lorenzo, El alquimista impaciente, Barcelona, Destino, 2000.
—, El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino, 2001a.
—, Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Destino, 2001b.
—, «(Sobre El nombre de los nuestros)», 2001c, en http://www.lorenzo-silva.com.
—, «Un viaje a Sidi-Dris», septiembre de 2002, en http://www.lorenzo-silva.com
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