Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Lorenzo Silva, fabulador de experiencias: El blog del Inquisidor (2008)

 

Germán Gullón

Página 1

Vivimos, en mi opinión, el final de la edad de la literatura, que comenzó en 1800 y se cerró allá por 1989, con la caída del muro de Berlín (el hecho histórico) y la fatwa emitida por el imán Jomeini contra Salman Rushdie por la publicación de su novela Versos satánicos (cuando la libertad de expresión del autor literario quedó comprometida)1. Hablo del final, porque en los últimos años la literatura ha conocido una enorme transformación debido al mercantilismo dominante. Los libros preferidos por los editores no son los buenos, según la estimativa propia del último siglo, sino los que se venden bien, los comerciales. Hay varios factores que explican la situación y resultan de sobra conocidos. No quiere decir esto que la literatura en la era de la imagen, iniciada a comienzos del siglo XX, haya muerto o esté abocada a desaparecer, muy al contrario. La salud de la novela resulta estupenda, pues en un panorama saturado de comercialismo, se adaptó bien a tan adversas circunstancias. Lo difícil es determinar dónde debemos poner el listón que mida la calidad literaria; sí sabemos, en cambio, que la literatura sigue añadiendo a nuestra compilación cultural de verdades humanas y modos de presentarlas.

Un aspecto favorable de este momento, cuando los denominados superventas, de autores como Dan Brown, Javier Sierra o Carlos Ruiz Zafón, encabezan las listas de libros más vendidos, es que muchos novelistas cultivan a la limón la narrativa de calidad y la ficción para el gran público. Los ejemplos son múltiples, pienso, por ejemplo, en los ingleses Julian Barnes y John Banville, que firman como Dan Cavanaugh y como Benjamín Black, respectivamente. Ambos alternan la publicación de novelas literarias con la de novelas de detectives. Lorenzo Silva, como José María Guelbenzu2, no ha llegado al extremo, que yo sepa, de publicar bajo seudónimo3, pero sí a publicar obras donde la plantilla de la novela de detectives, utilizada por él en sus exitosas novelas del ciclo Bevilacqua y  Chamorro4, entre las que destaca El alquimista impaciente (2000), ganadora del premio Nadal, sirve para textos de mayor calado5. Le vale igualmente para la construcción de tramas detectivescas y para ensamblar tramas donde ahonda en aspectos inéditos de la realidad. Así ocurre en El blog del Inquisidor, su última entrega en narrativa, que despierta el interés de la audiencia al modo de las obras de misterio y, a la vez, reta al lector a mirar por encima de la línea argumental. 

Calificaré las novelas de Barnes, Black, Guelbenzu, y de Silva, de excelentes novelas de detectives, pues superan en interés y calidad a las meras novelas de crimen, las inspiradas en el lado tenebroso del trasiego urbano contemporáneo6. Sus autores permanecen en control de la historia, sin descender al recuento de noticias sensacionalistas, como si fueran periodistas de tabloide. Pretenden entretener al lector ofreciéndole un rompecabezas detectivesco en el que los delitos, las armas y varias gentes del hampa, aparecen en una trama compleja. Los personajes no son simples asesinos pasionales, sino que eslabonan complejas intrigas, donde lo histórico, la sociología y la psicología, forman parte importante del conjunto. Son rompecabezas verbales de alta definición.

De hecho, el narrador de las obra de Silva, y ya lo escribí en anteriores ocasiones, opera, cuenta, con una enorme calma y tranquilidad, seguro de sus principios, de que siempre en la vida acaba triunfando la verdad. Tanto en sus novelas de detectives como en las literarias, el escritor crea un sistema de comportamiento, de modos de conducta humanos, utilizado por los protagonistas, que les lleva a enfrentarse a las situaciones más diversas, como el buscar a los culpables de un crimen, y mantener siempre su norte e integridad.  Silva, a semejanza de los mencionados escritores británicos, ha conseguido  enhebrar los hilos de la trama detectivesca con maestría y un probado dominio del arte de narrar.

Las obras de Silva exhiben otra de las características del presente: sus ficciones pertenecen a un género mixto. El novelista español Pío Baroja afirmó que la novela era una especie de saco roto, donde cabía todo (La nave de los locos, 1925). Se le podía echar dentro lo mismo reflexiones filosóficas que puras noticias u observaciones personales. Todo cabía en el texto. Asimismo la narrativa actual, además de adaptarse al comercialismo, abre sus puertas a diversos materiales que antes, en plena edad de la literatura, los años 20 y 30 del siglo XX, hubieran sido considerados inapropiados en la alta novela.  Por ejemplo, Silva abre el  El blog con el Cuaderno del Inquisidor, que ocupa la primera parte de la obra, donde se cuenta un caso, el informe elevado al Santo Oficio por un inquisidor, condenando a unas mojas y a su confesor por herejía, es decir con un texto judicial. Tan importante como la explícita acusación de herejía resulta un subtexto paralelo, el remordimiento exhibido por el redactor del caso, el inquisidor. A quien  le remuerde la conciencia porque él mismo ha caído en el pecado de los acusados: responder al  llamado de la carne  y encubrir sus consecuencias. La historia del caso inquisitorial, con el subtexto del inquisidor y su cargo de conciencia, temporalmente situada en el siglo XVII, corre paralela a otra contemporánea, la de una mujer, Theresa,  la narradora protagonista, una mujer de vida infeliz, que en su infinito aburrimiento descubre un día en que navegaba por la red el Cuaderno del Inquisidor. Lee los tres capítulos de la inacabada historia, y decide entrar en contacto con su autor. Desea saber más, conocer el desenlace, las razones por las que Inquisidor no la concluyó. Consigue por fin ponerse contacto con el autor, quien firma sus correos con un alias, el Inquisidor. El resto de la novela, más o menos la mitad, la componen los correos electrónicos cruzados entre el bloguero, el redactor de los mencionados capítulos sobre el caso inquistorial, y Theresa. Cuyo interés inicial despertado por el relato sobre la Inquisición, se nos revela en un momento dado: ella había redactado una tesis doctoral de Historia sobre el tema. Poco a poco, el texto cambia de asunto, la supuesta herejía de las monjas (El Cuaderno del Inquisidor), queda relegado al trasfondo y es sustituido por el relato que Theresa hace al Inquisidor de tres desengaños amorosos. Silva eleva en estas páginas la tensión narrativa y las expectativas del lector. Pasamos de interesarnos por la exploración de la personalidad de las monjas, a través de los documentos inquisitoriales, a entrar en la conciencia de la mujer, a la que las preguntas del Inquisidor ayudan a desvelar. Mezcla, pues, un texto judicial con una confesión personal, biográfica.  

Apunto de paso que la plantilla de la novela de detectives, las preguntas hechas por Bevilacqua y Chamorro a los sospechosos, aparece trasvasada al Blog, en cómo el recuento hecho por Theresa de su vida va punteada por las exigencias del  Inquisidor, su preguntas dirigidas a extraer precisiones que conduzcan al esclarecimiento de los hechos.

Silva mezcla con habilidad un instrumento muy del presente, el blog, que refleja una historia en que la conciencia del inquisidor, quien se siente culpable, pues los tocamientos y demás conductas inapropiadas que le achaca al confesor, son en realidad sentimientos que él mismo ha experimentado. Mas, por encima de esa conciencia, encontramos la de los dos protagonistas, la mujer (Theresa) y el hombre (alias el Inquisidor), que a la vista del lector, en el intercambio de correos electrónicos, van a desnudar sus sentimientos. Podríamos aseverar que la memoria histórica auscultada en el Cuaderno del Inquisidor acaba fluyendo en una memoria personal, lo que indica que la memoria histórica, el texto y el subtexto, llevan velados en sus dobleces el recuerdo de individuos de carme y hueso.

Más aún, como apuntaba en el título de este ensayo, lo que esta nueva entrega de Silva ofrece como novedad proviene de la rica textura emocional empleada en la elaboración las experiencias de los personajes.7 Orillo extenderme en los detalles de un aspecto curioso de la obra, cómo El Cuaderno del Inquisidor, el blog colgado por quien responde al alias El Inquisidor, funciona como un espejo, como duplicación de la historia de Theresa y el Inquisidor, el autor del cuaderno y  su lectora. Sólo diré que no es tanto que una se refleje en la otra, sino que Theresa y el Inquisidor terminan ambos por utilizar la historia inquisitorial como un espejo para conocerse mejor a sí mismos. Borges usó de manera semejante el espejo, uno de sus símbolos predilectos, para auscultar dentro del ser que se contempla en el espejo en vez de fijarse en la imagen reflejada en su superficie de cristal.

Silva ofrece en la segunda parte de la novela una estupenda muestra de cómo un narrador utiliza los hechos, unos hechos de la biografía de un personaje, para mediar entre los dos personajes, entre Theresa y el Inquisidor. Este último leerá durante una sesión de chateo lo que la mujer le cuenta de su vida, de su juventud, cuando estudiaba Historia en Escocia, luego le habla de los tres amores vividos; uno, el último, la llevó hasta el matrimonio y su consiguiente fracaso. El Inquisidor, en cambio, cuenta poco de su biografía, aunque en el cierre de la obra es él quien arregla un encuentro cara a cara con su interlocutora, donde sus silencios quedarán aclarados.

Tras escuchar el relato de Theresa, el Inquisidor propone una teoría sobre las personas, que vienen de las experiencias narradas. Dice que hay dos clases de personas, los contables y los pródigos. Los que “llevan la cuenta de todo, tanto en sus actos como en los de los demás. Para ellos todo tiene contrapartida, y sin ella, carece de sentido. (pág. 183) No se trata de etiquetas peyorativas. “Los contables son personas con rasgos admirables, y capaces de cosas admirables también. Tienen sentido de la justicia, del orden, del equilibrio. “(p. 184). La cruz de los pródigos es que resultan intransigentes y “tienen una cierta propensión al resentimiento” (p. 184). Frente a ellos tenemos a los pródigos, grupo al que pertenecen ambos protagonistas. “Los  pródigos son que aquellos, que al revés que los contables, se despreocupan de llevar cuenta de lo que hacen, y de los que les hacen.” Los pródigos “tienden a ser generosos, apasionados, cálidos.” (p. 185)

A diferencia de las novelas de detectives, nuestro autor  no  pide que reconozcamos una manera de actuar, observar con detenimiento cómo y por dónde camina un personaje, pues sus acciones no resultarán imprescindibles para el descifrado de la intriga. En El blog del Inquisidor coloca al lector ante el texto, y le obliga a efectuar un acto de conocimiento. La descripción de estas dos maneras de ser recién citadas nos coloca ante un momento de reconocimiento, a suscitar una experiencia en el ojo de la imaginación, mediante la que podemos reconocer, entender, mejor el funcionamiento del ser humano. Resulta sumamente interesante que todo ello ocurra en el mundo virtual de chateo, en el espacio digital, pues aleja del medio real  las experiencias narradas con las que se identifican los personajes, y las convierte en verdaderas experiencias de conocimiento.

La razón por la que el lector se sentirá tocado por esta narración se relaciona con otro aspecto de la ficción de Silva. Ya anticipé que su narrador siempre resulta un hombre justo, que ofrece al lector valores claros, fáciles de identificar. En esta obra sólo aparece al comienzo, luego nos deja solos con los personajes, nunca se interpone entre los personajes y los lectores. El narrador en las novelas de detectives suele colocarse ante nosotros, porque quiere ser él quien se responsabilice de las imágenes, de los estereotipos, para que los lectores configuremos la acción y a los actores conforme al estereotipo ideado por él, mientras que en la novela de que hablamos se trata de hacer lo contrario. Quitarse del medio, dejar que el lector escuche las palabras directamente de la boca de los personajes, y que nos responsabilicemos de su recreación imaginativa. Se nos hacen presentes desde muy cerca.

En un momento dado, durante la conversación entre Theresa y el Inquisidor, ella le dice que nunca habla de sexo, que no intenta conquistarla, como harían la mayoría de los hombres. En efecto, una obra donde el sexo parece estar en el fondo de las relaciones entre los personajes, no figura en la segunda, precisamente por lo que decía en el  párrafo anterior. Silva no quiere interferir, y escribir una historia de sexo entre dos persona obliga siempre a interferir, a crear imágenes que sugieran los actos amorosos. Así el autor evita otro de los inconvenientes de las representaciones narrativas del acto amoroso, que suelen repetir clichés. Silva no pretende que el lector vaya en busca de sensaciones, por el contrario, quiere sugerirle una manera de conocer, de reconocerse.

Los valores del postmodernismo fueron lo espontáneo, lo múltiple, lo inesperado8, mientras que la última literatura, la de Silva y los novelistas ingleses mencionados, pertenecen a  momento distinto, quizás ese que algunos comienzan a llamar el neomodernismo. Una época en que la obra asume las novedades del modernismo, la renovación formal, representada en El blog del Inquisidor por la duplicación de historias, la de las monjas y la de los protagonistas, si bien la historia contada aparece bajo el control de autor, quien marca los límites de la narración. Se niega en realidad a ofrecer una visión fragmentada, caótica, porque prefiere transmitir una forma de conocimiento unitaria.

 

 

Notas del artículo

1.- Consultar Anthony Andrew, The Observer, 11 de enero, 2009.

2.- Otro autor conocido por la calidad de sus novelas literarias, que ha continuado su trayectoria de narrador por la senda de subgénero de la novela de misterio. Su última entrega Un asesinato piadoso (2008) ha tenido gran éxito. La protagonista de sus novelas, la juez Mariana de Marco, como los guardias Bevilacqua y Chamorro de Silva, comienza a ser una figura conocida dentro del panorama literaria español.

3.- Me refiero, por ejemplo, a Arthur & George (2005), de Barnes-Cavanaugh , y a Christine (2006) de Banville-Black.

4.- Apellidos de los protagonistas, dos guardias civiles, de sus novelas negras.

5.- Para una presentación completa de obra de Lorenzo Silva, consultar mi introducción a esta obra. Lorenzo Silva, El alquimista impaciente, Madrid, Espasa Calpe, 2008.

6.- Iván Martín Cerezo analiza con mucho cuidado esta diferencia en su libro Poética del relato policiaco (de Edgar Allan Poe a Raymond Chandler), Murcia, Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2006.

7.- Cito a Emilio Lledo, El silencio de la escritura, Madrid, Espasa Calpe, 1998. “La experiencia no es, por consiguiente, la pasiva aceptación de una realidad exterior, sino una elaboración.” (p. 17)

8.- Una de las mejores explicaciones del momento postmodernista se encuentra en Anxo Abuín González, Escenarios del caos. Entre la hipertextualidasd y la perfomance en la era electrónica, Valencia, Tirant lo Blanch, 2007.

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