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Hace medio siglo, un niño soñaba durante el día, asomado a la ventana de su cuarto. Ese niño se llamaba Martin Scorsese. Sus padres eran de origen italiano y católicos. Durante un tiempo, en los sueños diurnos de aquel niño se mezclaron escenas salidas de las Sagradas Escrituras con escenas salidas de alguna película. Para él, Dios y James Stewart no se diferenciaban demasiado. Creía que ambos eran dueños de un territorio, el primero en el Más Allá y el segundo en los cines de repertorio o sesión continua, en el barrio de Little Italy. A Dios le dedicaba las mañanas y a James Stewart las tardes. Cine y religión se convirtieron en los dos motivos principales de su vida.
Aunque en su familia al principio nadie vio con especial recelo su afición por el cine, luego todo cambió. Al convertirse en monaguillo, un cura aconsejó a sus padres que, para centrar a aquel muchacho y dirigir sus pasos hacia la Iglesia, lo mejor era apartarle de los cines donde solía pasar todas las tardes.
-Martino, el Señor pide que elijas entre él y James Stewart.
Aunque en adelante pasaba las tardes encerrado en su habitación, para mantenerse en contacto con las películas cogió en la biblioteca un libro titulado A Personal Journey Through American Movies, de un tal Dwight McDonald. En sus páginas se hacía un recorrido por la historia del cine norteamericano, ilustrando cada título con una fotografía y un pie explicativo en el que se hacía una breve descripción del argumento y, de darse el caso, también de la importancia de la película dentro del género al que perteneciese. Según Martin Scorsese, de no ser por aquel libro se habría vuelto loco de remate. O bien habría acabado siendo cura. El caso es que aquellos pequeños textos y aquellos tristes fotogramas le salvaron de ser otra cosa de la que es en la actualidad, uno de los maestros indiscutibles del cine contemporáneo. Gracias a aquellas imágenes y a las descripciones que las acompañaban, pudo ver lo invisible. Soñó cada una de las películas del libro, que además juró ver algún día.
Quizás los libros de Lorenzo Silva hayan jugado en la vida de muchas personas un papel similar al del libro A Personal Journey Through American Movies en la vida de Martin Scorsese. Quizás lo estén jugando en este preciso instante. Cuando Lorenzo comenzó a escribir, su idea era la de mantener un diálogo con la realidad, sobre todo con esa realidad que todos concebimos pero a la cual no solemos acercarnos por lejanía. Con el tiempo, no obstante, su nivel de compromiso ha aumentado. De ahí que en algunas novelas se haya volcado con las causas nobles, que hayan denunciado injusticias o que hayan mantenido abierto el debate allí donde se quiere imponer el silencio. Han sido esas cosas las que han acabado imponiendo su nombre, su presencia y su relevancia en la literatura española más reciente, y también son esas —y otras— cosas las que mantendrán vivo su nombre mucho después de que estas palabras encuentren su punto y final.
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Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...