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Pablo (Luis Tosar) es sólo un habitante más de una gran ciudad (llámese Madrid, Lisboa o París). Aunque ha tenido suerte en el trabajo, todavía no ha sido capaz de encontrar lo que de verdad busca, perdido en la insatisfacción de casi todos nosotros en el mundo actual. En su lujoso apartamento siente un enorme vacío que no pueden llenar los muebles de diseño ni la televisión, y tampoco en la empresa donde ocupa un cargo de responsabilidad se siente cómodo pese a su óptima situación laboral. Los días le aprietan la garganta y consiguen ahogarle. Por eso sueña. Sus sueños, no obstante, son diurnos; a Pablo no le hace falta cerrar los ojos para imaginar, le basta con recordar cosas. Una de esas cosas es la cara de una de las hijas del zar Nicolás II, pasada por las armas de los bolcheviques durante la revolución rusa. La belleza de su rostro en una fotografía de un libro de Historia contrasta con el silencio y la desapasionada limpieza del apartamento de Pablo. Nadie en el universo donde él se mueve a diario repara en la belleza; allí cualquier sacrificio queda justificado si con él se alcanza un puesto mejor o si las ganancias del mes se triplican. Ya no existe más ideología que el dinero ni más realidad que la material. Todo es aquí y ahora. La libertad en pleno siglo XXI parece reducida a enormes atascos de coches cada mañana, camino del trabajo, y a la actitud hostil de nuestros semejantes cuando les rozamos en el metro o cuando el morro de nuestro coche se empotra contra la parte trasera de sus coches.
La flaqueza del bolchevique, que es el film donde se cuenta todo lo anterior, es una competente lectura visual de la novela homónima de Lorenzo Silva. Nada gratuito se cuela en sus imágenes, rodadas con la paciencia de quien cree en el poder de la mirada. Eso explica ciertas renuncias en el trabajo de adaptación, como por ejemplo el uso de una voz en off a modo de narrador omnisciente para contrapuntear las imágenes y el impactante comienzo de la novela: “Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones”. De ese modo, si la novela era un (brillantísimo) ejemplo de narcisismo literario por parte del personaje principal, su adaptación cinematográfica prefiere dejar de lado el protagonismo dialéctico y conferir más importancia a los silencios o al vacío que suele envolver a Pablo. Para ello, el director de La flaqueza del bolchevique ha hecho valer su solvencia como documentalista, manteniendo en su primer empeño narrativo los encuadres hasta proporcionar un sentido completo a los planos. No le da miedo filmar aparcamientos donde no se ve a nadie o al protagonista en el interior de su coche sin hacer nada en absoluto. Parte de su juego, precisamente, se basa en la elección del actor Luis Tosar, en una interpretación donde muestra un enorme grado de incomodidad, como si en realidad estuviese en la piel de un personaje que no le va demasiado, lo cual mejora de forma involuntaria su perfil de bolchevique en el universo de ejecutivos de su trabajo. Menuda carambola.
El coche de Pablo se empotra contra la trasera del vehículo de Sonsoles (Mar Reguera) una mañana. Cuando ella sale para comprobar el destrozo, comienza a insultarle; y ni siquiera la llegada de un policía parece calmarla. Por culpa de algo tan tonto, él se gana una multa y llega tarde a una importante reunión. Quizás por eso luego quiere vengarse de la mujer, cuyos datos han quedado registrados en el parte. Entonces consigue su teléfono y, en una de las típicas piruetas del destino, aparece María (María Valverde), la hermana pequeña de Sonsoles. Apenas tiene quince años, los suficientes para que Pablo fantasee sobre ella y sobre la posibilidad de vivir un amor de verdad. La inocencia de la joven en un mundo donde no quedan inocentes, donde ni uno mismo es inocente, es un abismo al que cualquier suicida se lanzaría en busca de una muerte dulce. Así que Pablo decide jugársela. El abismo, ya lo dijo Friedrich Nietzsche, llama a todos los que coquetean con él.
Pero allí donde la novela toma en este punto una curva peligrosa y del realismo sucio más estridente, con la música de Judas Priest de eco de fondo, quiere ir a parar al universo de nínfulas y mariposas disecadas de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov; el film no olvida en ningún momento su lado más descriptivo. Las imágenes no quieren dejarse hipotecar por algo tan aparatoso como la pederastia, conformes con precisar el clima moral de los personajes en el trabajo de Pablo (que ve cómo su secretaria es despedida sin contemplaciones, y nadie le deja opinar al respecto) y la carencia de sentimientos incluso en cuestiones como el sexo (ejecutado sin demasiados trámites entre compañeros de trabajo o aprovechando fugaces encuentros en una discoteca). Da la sensación, de hecho, de que Manuel Martín Cuenca estuviese adaptando a Michel Houellebecq y no a Lorenzo Silva. En cierto sentido, el film está más cerca del cine francés que del español. Por desgracia, esa opción, asumida o no, hace menos llamativo este film que Te doy mis ojos (2003, Iciar Bollaín) o Noviembre (2003, Achero Mañas). Hoy el distanciamiento tiene un precio en taquilla; la gente paga por sensaciones inmediatas y no por sensaciones meditadas. Los temas de actualidad candente, como el maltrato doméstico, o los relacionados con los ideales perdidos son bazas más seguras para rentabilizar una aventura cinematográfica. Una historia como la de La flaqueza del bolchevique requiere el reposo de los buenos vinos y no satisface el paladar de buenas a primeras. Yo mismo tardé un tiempo en encontrarle su punto, pendiente al principio de los errores de raccord (planos/contraplanos rodados en diferentes estaciones y con diferentes intensidades lumínicas), montaje (secuencias de ritmo demasiado abrupto en ocasiones y excesiva brevedad de algunos insertos explicativos) y fotografía (mala polarización e insistencia en contraluces que difuminan la profundidad de campo y crean un halo en torno a los personajes). Por encima tampoco conseguí superar el nivel narrativo del film, bastante más insatisfactorio que los aspectos documentales esparcidos aquí y allá, capaces de arrojar una mirada bastante penetrante al mundo actual, pese a hacerlo de forma menos espectacular que la novela. Lo cierto es que, junto a La vida mancha (2003, Enrique Urbizu), La flaqueza del bolchevique resulta uno de los intentos más serios dentro del cine español para determinar el retrato robot de los ciudadanos pudientes en el mundo globalizado del nuevo milenio, atrapados todos ellos en la sensación de que su juventud duró muy poco tiempo y en ella se quedaron los rasgos emocionales que hasta hace poco definían a los seres humanos, convertidos ahora en simples enigmas con rostro.
La flaqueza del bolchevique. España, 2003. Director: Manuel Martín Cuenca. Productor: José Antonio Romero. Producción: Rioja Audiovisual. Guión: Manuel Martín Cuenca y Lorenzo Silva, según la novela homónima del segundo. Fotografía: Alfonso Parra. Dirección artística: Pilar Revuelta. Música: Roque Baños. Montaje: Ángel Hernández. Duración: 94 minutos. Intérpretes: Luis Tosar (Pablo), María Valverde (María), Mar Reguera (Sonsoles), Natalie Poza (Eva), Manolo Solo (Francisco).
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