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Al contrario que Pepe Carvalho, yo guardo los libros en vez de quemarlos en la chimenea, sobre todo si -como le pasaba al detective gallego en el emocionante desenlace de “La rosa de Alejandría”, el mejor momento de toda la serie Carvalho- me une a esos libros cualquier vínculo emocional; por ejemplo, la firma del autor del libro estampada en su primera página. Mi querencia por los libros dedicados, a la que no afecta que el escritor sea bestseller mundial, nombre de culto, o autor local de ciudad pequeña, es casi supersticiosa. Deshacerse de un libro firmado me parece una ofensa a la persona que primero lo escribió y luego estampó –para mí- su firma en él, y por eso, aunque mi relación con el autor sea mínima, los preservo de las tentaciones que al comienzo de cada año asoman para sugerirme una criba liberadora de espacio en mi biblioteca. También hay entre esos libros unos pocos, muy pocos, de los que jamás me desprendería. Uno de ellos es de Lorenzo Silva.
Se trata de la primera edición (febrero de 1997) de La flaqueza del bolchevique, y su dedicatoria está fechada en marzo de ese mismo año, curiosamente sin precisar el día del mes, algo extraño en alguien tan meticuloso como Lorenzo. De la novela no diré más a estas alturas, aunque según escribo me asalta la idea de señalar que contiene toda una lección magistral sobre cómo elaborar títulos para que estos resulten memorables. Ya ven: a todos se nos ha adherido a la memoria la flaqueza de este pobre bolchevique, pero ¿quién es capaz de recordar, por ejemplo, si el templario, catón o hitita de turno era el último, el penúltimo o el decimotercero? Tampoco me extenderé hablando de la literatura de Lorenzo, aunque cuando un autor que me gusta e interesa ha cuajado ya una obra extensa y solvente me gusta elucubrar sobre qué arrebatos de su literatura son mis favoritos: ¿la épica salvaje, sólida, conmovedora de “El nombre de los nuestros”? ¿La aparición de la turbulencia negra en el corazón de Bevilacqua que se relata en “la niebla y la doncella”? ¿La valiente mirada sobre uno mismo a la que invita “La flaqueza del bolchevique”? ¿Esa pequeña –por extensión- obra maestra que es “Un artista de la fe”, relato del que he tenido la suerte de ser promotor y editor? No me extenderé sobre estos asuntos porque, como ya he dicho, solo quería referirme a mi ejemplar dedicado de “La flaqueza del bolchevique”.
Recuerdo perfectamente que Lorenzo me lo firmó la tarde que siguió a nuestra primera comida juntos. Unos días o unas semanas atrás nos había presentado Rosa Regàs en un acto de Casa de América, que ella dirigía por entonces. “Debéis leeros uno al otro. Lo digo en serio”. Y tal vez porque sí, porque lo decía en serio, nos leímos uno al otro y luego quedamos a comer un día que fue aquel de marzo de 1997. Casi produce vértigo pensar no en los doce años transcurridos, sino en lo infinitamente distintas, y seguramente mejores a pesar de todo, que son hoy las vidas de ambos. Hemos vivido unas cuantas novelas que jamás escribiremos y que sin embargo, eso espero, podrían hacernos mejores escritores y sobre todo mejores personas.
Aquel día de marzo nos sentamos en una terraza por la tarde, y recuerdo que el grueso de la conversación se centró, como ya había ocurrido durante la comida, en la pasión de escribir y en la determinación legítimamente obsesiva de hacernos un hueco en este mundo de los libros, en el que ambos éramos absolutos desconocidos aunque él, con ese histórico finalista del Nadal, ya estaba encarrilado sin posibilidad de vuelta atrás. Los dos queríamos mejorar la vida que teníamos y los dos estábamos dispuestos a luchar para ello hasta donde hiciera falta, y creo que el reconocimiento en el otro de esta resolución idéntica, que sin embargo el resto de los mortales de nuestro entorno consideraba incierta o delirante, fue el chispazo de nuestra amistad sincera y sin fisuras que tan serenamente pervive hoy. A un tipo obstinado en atravesar, sin medios, un río turbulento, ¿qué mejor regalo puede hacerle el azar que llevarlo hasta un recodo de la orilla donde hay otro tipo obstinado en lo mismo? Cuando lo imposible se vuelve posible ocurre, sencillamente, que lo imposible se ha vuelto posible, y para recordarlo defiendo de todas las chimeneas mi ejemplar de “la flaqueza del bolchevique”.
(Bilbao, 1958) Vive desde 1975 en Madrid. Es novelista, guionista de cine y desde hace unos meses también editor. Ha ganado, entre otros premios, el Nadal 2001 (El Niño de los coroneles) y el Ateneo de Sevilla 2005 (El mundo se acaba todos los días). Entre sus novelas dirigidas al público juvenil destacan Cielo abajo (Premio Anaya 2005 y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2006) y Zara y el librero de Bagdad (Premio Gran Angular 2008). La adaptación al cine de su novela La luz prodigiosa (adaptada por él mismo y dirigida por Miguel Hermoso) recibió numerosos premios internacionales.
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