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El caso de Lorenzo Silva, dentro de la narrativa española de hoy, es verdaderamente llamativo. Lo que habría que destacar en primer lugar es algo a lo que podríamos referirnos como pluralidad, que no tiene que ver en este caso con la variedad de géneros que frecuenta sino con la riqueza de registros y el despliegue de recursos mostrado en cada libro. Silva es un escritor de raza, de oficio, alguien que dedica su tiempo, casi por entero, a urdir novelas, por lo que el género es para él terreno tan conocido como la palma de su mano, cosa que se nota (y se agradece) en la sólida estructura de cada obra, el engarzamiento de las distintas tramas, el equilibrio entre acción, interioridad y mundo. Pero, contrariamente a como suele suceder en los llamados escritores de raza, alcanza fácilmente cotas de una intensidad vertiginosa, y desata, a discreción, una prosa torrencial, honda y precisa, que se compromete con la belleza. Es autor de una serie de novelas (como La flaqueza del bolchevique o El urinario, por poner sólo un par de ejemplos) en las que el alma humana, enredada en las ciudades y en el tiempo, se muestra en toda su contradictoria oscuridad, medio rota por la tensión entre deseo y culpa. Paralelamente ha contribuido a dignificar la novela negra sustituyendo los tópicos por talento y documentación de primera mano, y poniendo al servicio de tramas tan originales como verosímiles, víctimas, verdugos e investigadores de carne y hueso. Y en la llamada literatura juvenil su aportación no ha sido menos importante: en unos tiempos de estupidez colectiva, de pensamiento de pegatina, de didactismo barato y corrección política, se ha desmarcado de la corriente imperante para ofrecer a los jóvenes lecturas que muestran la vida en lugar de repetir, como hacen casi todos, las mismas consignas que ya sermonean a los jóvenes desde las aulas, los telediarios y las campañas institucionales. Siempre he tenido la tentación de resumir la obra de Lorenzo Silva con el título de un libro del filósofo Xavier Zubiri: Inteligencia sentiente.
(Barcelona, 1960) Es escritor. Su última obra publicada es el libro de relatos "Sólo de lo perdido" (Barcelona, Destino, 2008).
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Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Amir
Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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Alejandra
Costamagna
La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Elidio la torre
lagares
Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
Paz Soldán
La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Ladislao
Aguado
Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
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León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...