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Cerraba los ojos y veía el rostro de Lorenzo. Le veía con los ojos cerrados y cuándo los abría, el dinosaurio ya no estaba pero el gran Lorenzo Silva todavía estaba allí.
Lorenzo y yo compartimos una “road movie” con escenas de acción como aquellas en las que corríamos por las calles entre una emisora de radio y un plató de televisión a punto de lograr el viejo sueño de la humanidad de estar en dos sitios al mismo tiempo. Desayunaba con Lorenzo y cenaba con Lorenzo. Los días en los que no estábamos de gira le echaba de menos. Tenía una conciencia de Lorenzo Silva, de su ausencia, similar a la que tienen los mutilados que sienten los miembros que les han amputado hace tiempo. Conocía las historias de Lorenzo Silva antes siquiera de que las hubiera escrito. Yo siempre había creído en un inconsciente colectivo en el que están todas las historias. Todas las lecturas, las relecturas, las cuartillas rotas no son sino modos de ejercitar el músculo de las palabras, de manera que en los escasos momentos en los que uno siente que le dictan pueda cazar al vuelo la voz que habla en esos instantes en los que se escribe en estado alpha, los momentos que unos llaman inspiración y otros epifanía: los escasos minutos que justifican una vida dedicado a un oficio que para muchos es quimera. Los años de trabajo permiten que esos momentos en que sientes que te dictan las palabras fluyan, que encuentres el tono, la voz y la respuesta. Lorenzo Silva y yo pronto descubrimos que oíamos la misma voz que nos contaba, a veces, las mismas historias. Cuando él presentó mi primera novela “Los amantes tristes” descubrimos que él estaba preparando una historia sobre Paris, que se parecía tanto a la mía a pesar de ser tan suya. A partir de entonces siempre me he encontrado a Lorenzo Silva en los momentos cruciales de mi vida. Presentó dos de mis novelas, fue generoso con una joven escritora y me colmó de elogios que quizá no merecía. Conocí a Lorenzo leyendo “La flaqueza del bolchevique” una novela corta que es una gran novela. El éxito del sargento Bevilacqua y su compañera Chamorro quizá ha eclipsado las que para mí son las grandes novelas de Lorenzo Silva: novelas como “La flaqueza…” y “El nombre de los nuestros”. Novelas negras en el sentido de que hablan de lo negro del alma a través de lo claro de las palabras. Por eso espero seguir encontrándome a Lorenzo Silva a través de las páginas y los kilómetros con los ojos cerrados y con los ojos bien abiertos. Porque él es el autor que ha ayudado a toda una generación a abrir los ojos.
(Ovidedo, 1972) Ha sido escogida por la Revista Leer, El cultural y el Periódico de Catalunya como una de las novelistas fundamentales de su generación. Ángel Basanta la ha consagrado como la creadora en España de un nuevo género de novela. Colaboradora de El País y la Revista de Occidente y ganadora de importantes Premios Literarioscomo el Azorín con La muerte blanca o el Ateneo de Sevilla con El otoño alemán. Su última novela es Aunque seamos malditas.
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Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
Paz Soldán
La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...