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No suelo leer, aunque algo leo, a mis contemporáneos. Pienso que al fin y al cabo compartimos el estar en la vida, como los pescadores comparten la mar afanándose para sacar cada uno su pescado. En esas estamos, en esas estoy. Mi pescado es el de la vida. La literatura que a mi me mueve es la de la vida.
De niño, antes de saber lo que la literatura era, ya rellenaba cuartillas. Mi intención era capturar ese momento que a mi inmaduro sentir merecía ser eterno; y de eso se trataba, de eternizarlo, al menos relativamente, sobre la superficie blanca de un papel.
Tengo a Lorenzo Silva por un escritor de la misma cofradía. Un escritor de la vida, como lo fue el mismo Cervantes. Y no todo el mundo es de este gremio. Hay escritores que pertenecen a otro. Para algunos El Quijote no sería literatura de la vida, sino de la literatura, a despecho de que en sus páginas se recrea todo un tiempo, el de aquella España imperial, en su más exacta y negra intimidad.
Como digo, a mi parecer, Silva y yo navegamos en ese mismo navío. Él lo hace con muy buena fortuna y acompañamiento de lectores que han sabido valorar el ingenio de sus tramas, el enorme sentido común con que las dota, la verosimilitud de cada peripecia, o la heroicidad oscura de algunos personajes, como esos nobles marroquíes que combatieron por España en las fuerzas regulares En el nombre de los nuestros, sacrificando sus vidas, a contrapelo de la historia, por fidelidad a la palabra dada.
(León, 1941) Es el actual director del Instituto Cervantes en Londres. Entre otros libros ha publicado El origen del mono y otros relatos, Lo que es del César (1981), El año del francés (1986), Retratos de ambigú (Premio Nadal de Novela en 1989), La forma de la noche (1994) y La Gran Bruma (2001). Su último libro publicado es El juego del diábolo, un conjunto de microrrelatos.
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Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Amir
Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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Alejandra
Costamagna
La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Elidio la torre
lagares
Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
Paz Soldán
La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Ladislao
Aguado
Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
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León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...