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Conocí a Lorenzo Silva en julio de 1998. Quizá hubiésemos coincidido un poco antes en alguna de las presentaciones de Páginas amarillas, una colección de relatos que consiguió no sólo dar a conocer a una nueva generación de escritores, sino que además propició un montón de oportunidades para que nos conociéramos entre nosotros. Y también para que algunos nos hiciéramos amigos. Cuando pase el tiempo, quizá los autores nacidos en la década de los sesenta y primeros setenta lleguemos a conformar una “generación de la amistad” –como tantas otras- en la que nos leemos y nos hacemos favores en lugar de darnos puñaladas traperas. Solemos caernos bien. Pese a las diferencias ideológicas que se concretan también en el estilo.
Pero para mí el momento en que conozco de verdad –si es que alguna vez se llega a conocer de verdad a alguien, a lo mejor sólo se intuye o se superpone en el rostro de los demás la máscara que necesitamos- a Lorenzo Silva se sitúa en el I Congreso de escritores, celebrado en Iria Flavia, que auspició la Fundación Cela en 1998. Silva, Prada, Echebarria, Vallvey, Cercas, Casavella, Castro, Castán, Beccaría, Hatero, Huertas, Pertierra, Orejudo, Esquivias y muchos otros éramos encerrados diariamente en una habitación por un bienintencionado Rafael Conte para que hablásemos de literatura. No recuerdo nada interesante más allá de una intervención de Orejudo sobre un perro empalmado –o algo así- como metáfora de no sé que cuestión literaria. Y que Prada nos acusó a Beccaría y a mí de ser unas bolcheviques. Como el de la flaqueza del libro de Lorenzo. Recuerdo algunas broncas y un ambiente infantil en el que ninguno nos queríamos manifestar. No queríamos descubrirnos. Como si no nos tomáramos realmente en serio o no nos importase lo que hacíamos. Yo creo que fingíamos. En aquel encierro voluntario trabé amistad con muchos escritores, pero una empatía literaria real sólo la experimenté con Lorenzo. Más tarde me he dado cuenta de que también tengo muchas cosas en común con otros escritores que asistieron a Iria Flavia, pero durante aquel mes de julio sólo Lorenzo se mostró para mí del mismo modo que yo me mostré para él. No hablo de sexo sino de textos. Nos intercambiamos las reflexiones sobre literatura que habíamos escrito y que no tuvimos oportunidad de leer durante aquellas sesiones. Y nos dimos cuenta de que compartíamos algunos aspectos fundamentales de nuestra visión sobre la literatura. Desde aquellos días hemos tenido más oportunidades de hablar y de compartir. En julio de 2008 se celebró el segundo congreso de Iria Flavia y de nuevo experimenté una sensación parecida a la del 98.
Yo he de agradecerle a Lorenzo Silva la confianza que ha depositado siempre en mi literatura. Su generosidad. Y una forma de honestidad que no resulta frecuente: la de decir lo que de verdad piensa de los libros que lee. Lo bueno y lo malo. La de responder a los mensajes, a las llamadas de socorro, a la inquietud, a la inseguridad o a la incertidumbre que para mí son características imprescindibles en la mirada literaria. Valoro de Lorenzo actitudes que quizá ya no estén de moda, pero que a mí me siguen pareciendo admirables: la buena educación, la deferencia, el respeto. Y admiro, claro está, los libros de Lorenzo Silva.
A veces cuando salgo a dar una charla, los asistentes al acto me piden recomendaciones de autores españoles. Yo doy las recomendaciones que me piden aclarando que los recomendados son mis amigos. Los asistentes se soliviantan y denuncian mi amiguismo, pero no se trata de ninguna maquinación o prevaricación literaria, sino de algo más simple: mis amigos suelen serlo porque escriben cosas que me gustan. El caso de Lorenzo es éste. Me gustan las novelas policíacas de Lorenzo Silva y también las que no lo son. Me gusta el lugar desde el que, a través de los personajes, Lorenzo mira. Me gusta la conciencia de Lorenzo sobre la importancia del punto de vista y las realidades que enfoca y que hace visibles a través de su mirada literaria. Me gusta que no sea uno de esos autores que se lavan las manos. Me gusta su precisión, su capacidad narrativa, su falta de amaneramiento, su fluidez, la química que genera entre sus personajes. Su capacidad para construir intrigas y laberintos sin que el lector se sienta estúpido o engañado. Me gustan las escenas de amor de las novelas de Lorenzo. Las de amor cool o y las de amor del otro. Me gusta una novela no tan famosa como otras de Lorenzo que se titula El ángel oculto. Me gusta que Lorenzo no trate a los jóvenes como si fueran idiotas. Me gusta el pulso barojiano –del mejor Baroja, del de Zalacaín- de algunas de sus escenas de acción. Me gustan Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Sobre todo, Bevilacqua, del que, si no fuese guardia civil, casi, casi me enamoraría como una principiante. Y me gusta, muy especialmente, que Lorenzo sea uno de esos escritores que no se escapan de la realidad, que mantienen los ojos muy abiertos y que saben que cada palabra que se escribe en un libro es un acto de responsabilidad, una apuesta moral, la pregunta o la respuesta a una pregunta que es trascendente en la configuración de la conciencia y de la sensibilidad colectivas.
(Madrid, 1967) Fue galardonada con el premio Ojo crítico por su novela Los mejores tiempos (2001) y finalista del Nadal con Susana y los viejos (2006). Su última novela es La lección de anatomía (RBA, 2008). En abril de 2009 aparecerá Amour Fou en la misma editorial.
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