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Acaso porque no conozco de él otra cosa que novelas, Lorenzo Silva es para uno el novelista por antonomasia de este tiempo, el que mejor representa eso que en otras épocas encarnaron escritores como Galdós, Baroja, Delibes o Marsé, lo que algunos se resisten aún a llamar realismo español, no sé si por realismo o por español. Claro que ha leído unos libros suyos que no son novelas, sus historias sobre el viejo protectorado español, un libro hecho en colaboración sobre la guerra del Golfo, o este tan barojiano sobre el que me gustaría luego decir unas palabras, Líneas de sombra, sobre criminales y polícias, una especie de crónica negra de la España negra. Pero incluso en estos casos Silva se conduce como novelista, a la manera de García Márquez cuando a este le ha tocado relatar algún suceso real. No podemos olvidar que el narrador es un novelista de una pieza. En todo caso es lo más alejado de un poeta, y me sonrío al recordar los comentarios que uno le ha oído a propósito de esos que tratan de levantar los relatos a base del sahumerio poético.
Como novelista es siempre de una gran concisión, en lo que narra y en el modo de hacerlo, ateniéndose en cada caso a una técnica irreprochable. Puesto en la tesitura de escoger entre una brújula o un mapa, por usar el símil famoso del novelista que ha de avanzar por una historia hasta llegar a su final, creo que no se decidiría por ninguno de los dos métodos por la sencilla razón de que Silva parece estar siempre en un terreno conocido que conoce como la palma de su mano. Él dirá que sus novelas le cuestan mucho esfuerzo para llevar a cabo de una manera satisfactoria y convincente sus localizaciones, la ambientación, la documentación. Acabo de leer la última de sus novelas, donde llegamos, a través de personajes reales, unos investigadores, a las vidas de un inquisidor y una atribulada monja y al proceso inquisitorial en el que se ven envueltos, vidas todas ellas, las del pasado y las del presente, trabadas en un blog internético, como si se tratara de un campo de justas. El esfuerzo realizado en esta novela para lograr la verosimilitud aristotélica, es grande, en efecto, aunque el propio autor se burle en un primer momento de las novelas históricas, incluso de esos lenguajes casticistas que tratan de perfumarse con el Tesoro de Covarrubias. Pero no da la impresión de que ello haya sido así.
Conoce uno a Silva desde hace muchos años, desde su segunda novela (los escritores medimos el tiempo en libros, como se sabe). Nos hemos visto una docena de veces y casi siempre en compañía de otros colegas. Hemos hablado y le ha escuchado uno con sumo interés siempre. No podríamos decir uno del otro que somos amigos íntimos, lo que le permite ahora a uno ser mucho más libre y decir sin adornos lo que creo viene a cuento. Silva se conduce en la vida lo mismo que en sus novelas: con esa seguridad que hace que nos tomemos aquello que nos cuenta muy en serio. No sólo porque sea un hombre de vastos saberes y una curiosidad ilimitada que le lleva no sólo a temas inauditos sino a agotarlos, como quien dice. Le ha oído uno hablar de carros de combate o de balística con una minucia propia sólo del experto en munición y armamento; le he oído disertar en un almuerzo de los taninos del vino con tan borgiana minucia que hubiéramos creído que lo estaba haciendo de su árbol genealógico, y de alambicadas combinaciones químicas sólo necesarias en el laboratorio de una policía científica (y no digo nada del para mí aburridisísimo laberinto leguléyico, al que perteneció como abogado durante una buena parte de su vida; en esos casos sería una temeridad no ya llevarle la contraria, sino aventurar ideas improvisadas). Como tiene uno mala memoria no sé si estas conversaciones precedieron a las novelas donde aparecieron reflejados sus conocimientos al respecto, o fue al revés. En todo caso, siempre impresionaba la falta de presunción. Digamos que Silva lo consideraba como “mínimos” para llevar adelante sus narraciones. En todos los casos lo importante en su relato, sea oral o escrito, se impone desde el primer momento como eso que llamamos el sentido común, en él la baza más importante, el poderoso mecanismo que acaba atrapando al lector. Diríamos que Lorenzo Silva nos da siempre un secreto envuelto en un misterio, de un modo literario impecable, claro, porque cuando al final el envoltorio se quita, el secreto sigue en cierto modo donde estaba, lo que le llevará a una nueva novela. En las suyas hay algo inamovible, el conocimiento de primera mano de aquello que va a hablarnos. ¿Cómo no saber de algo en lo que se está? (y misterio y secreto es averiguar cómo ha llegado Lorenzo a sus temas, tan naturales siempre). No es novelista que hable de oídas de nada. En ese aspecto es un escritor muy arraigado en la tradición española, es realista, como decía. No sé cómo le sentará a él que se le adscriba a esa tradición, porque a muchos escritores lo español, no remontándos a Cervantes, lo encuentran un poco casposo y un demérito. Yo le he oído hablar a menudo de escritores de fuera, de este momento y anteriores, a menudo bien (Silva, si no es para decir cosas incumbentes, no habla y no escribe; no pierde el tiempo, por ejemplo, en hablar mal de otros colegas o de la literatura que no le interesa o no le gusta o del género que, como la filosofía o la poesía, pueden caerle más a trasmano), le he oído, decía, hablar más de los de fuera que de los escritores españoles. Pero él es novelista español, y desde luego alguien sobre el que habiendo escrito tanto de y sobre guardias civiles, militares, policías y legionarios no ha caído una de esas reputaciones ambiguas un poco dañinas. Al contrario, no podemos por menos que asombrarnos de comprobar que no hay uno solo de esos temas y mundos que nos los haya humanizado (y recuerdo aún la buenísima impresión que le causara a uno aquella segunda o tercera novela suya, que el azar quiso que le presentara yo, donde nos encontrábamos por fin a una pareja de guardias civiles en toda la expresión de la palabra que eran sensatos e inteligentes, que tenían, diría, la sensatez e inteligencia de su autor, principales rasgos suyos como novelista).
Los novelistas como él escriben historias, sin preocuparse de más (de saber cuál es mejor o peor, por ejemplo). Lorenzo Silva viene dándonos un libro o dos al año, y allí nos encuentra siempre, se trate de ficción o, como en Líneas de sombra, de crónicas negras de la España negra (reconstrucción de crímenes que habría celebrado Chaves Nogales por citar a quien en este terreno tanto se parece Silva, y que a mí es uno de los “palos” en los que mejor suele encontrarle, a medio camino siempre entre Sherlok Holmes y el doctor Watson, quiero decir, por traducirlo a nuestra lengua, a medio camino entre don Quijote y Sancho).
En todas sus obras sabemos que nos espera la voz de un hombre serio a quien la realidad surte generosa de historias (constatando de paso lo parca que es con otros colegas suyos y de uno, que han desdeñado tanto la realidad, que se las ven y se las desean para darle contenido a sus novelas), realidad a la que él corresponde con una verdad y un pálpito inconfundibles, velando su emoción, como esos personajes suyos que no pueden permitirse la debilidad de emocionarse demasiado, si quieren sobrevivir.
(León, España, 1953). Poeta, novelista y ensayista. Ha publicado, entre otros, en poesía Acaso una verdad (1993, Premio de la Crítica), Para leer a Leopardi (1995), Poemas escogidos (1998, 2.ª ed. corregida, 2001), Rama desnuda (1993-2001) (2001), Un sueño en otro (2004); en narrativa La malandanza (1996), Días y noches (2000), La noche de los cuatro caminos. Una historia del Maquis. Madrid, 1945 (2001), Los amigos del crimen perfecto (2003, Premio Nadal de novela), y Al morir don Quijote (2004). Su proyecto intelectual más voluminoso es su colección de diarios Salón de pasos perdidos, de la cual se han editado ya quince tomos.
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