Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.
Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.
Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiana en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este segundo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
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Ranita y sus ardores
Segunda parte
Sinopsis de capítulo anterior.
Amado de Los Santos Dionisio, quien se autodenomina Doctor Amóribus, violinista sin empleo, acosado por el hambre, decide fundar un consultorio erótico y sentimental en la brumosa ciudad de Xalapa en México. El primer caso que se le presenta es el de una madre angustiada por la efevescente sexualidad de su hija, a la que apoda Ranita.
Un día, años más tarde, cuando ya Amado de los Santos no trabajaba en la radio y se dedicaba a oficios lejanos a sus virtudes más acendradas -en ocasiones vendía botas de Naolinco con su amigo Toño Cintura o se lanzaba a aventuras poco edificantes y hasta peligrosas, a veces tocaba el violín en los cafés (aclaremos: Xalapa es una ciudad llena de cafés, poetas frustrados, putas solapadas y políticos oficialistas)- recibió una llamada de una mujer que creía desconocida.
Resultó ser su vieja amiga Francisca Irigoyen, quien, con voz temblorosa le pidió una cita. “Tengo algo muy serio que hablar con usted”, le dijo. Lo que puso a temblar de emoción y terror al violinista fue ese “usted” tan inesperado y burocrático.
Amado de los Santos Etcétera recibió a su amiga Francisca Irigoyen en la sala de su casa. (Seamos optimistas al utilizar una expresión tan doméstica y diciente como “la sala de su casa”: en verdad no era una sala y tampoco era su casa).
De su antigua belleza y elegancia no quedaban ni las huellas y en el caminar derrapaba peligrosamente hacia el lado derecho. Sólo un desastre puede haberla acabado de esta forma, pensó Amado. Su rostro, antes sereno y terso, ahora estaba surcado por arrugas hondas y expresivas. Su cuerpo había perdido la armonía. Cojeaba. La mujer no esperó a que le preguntara nada. Comenzó a hacer una enumeración de males. Dijo padecer de osteoporosis, una especie de comején que le iba socavando los huesos, y que la mantenía sujeta a tratamientos rigurosos y prolongados.
Estaba muy nerviosa. Fumaba un cigarrillo tras otro y los aplastaba ansiosamente contra el cenicero hasta dejarlo rebosante en menos de media hora.
Súbitamente, y sin transición, elevó la voz:
-Pero no vine a hablar sobre eso. La verdad es que tengo problemas muy graves con Ranita. No sé si se acuerda de ella…
¡Como no recordar a la hija menor de Francisca, cuando la vio crecer y la tuvo en sus brazos hasta que se convirtió en la niña de la belleza más pasmosa de que tenga memoria! Tenía unos ojillos risueños que, ya por entonces, encomendémonos a las buenas intenciones de las obras del Señor, hacían sospechar que la auténtica inocencia era un defecto sólo propio de los adultos.
Francisca Irigoyen bajó la cabeza. Prendió otro cigarrillo. Su voz se hizo más sosegada y nostalgiosa:
-Nunca olvido las conversaciones que tuvimos.
En ese momento Amado temió lo peor. No estaba dispuesto a caer en los brazos de Francisca en honor a un recuerdo que había sido degradado ominosamente por el tiempo y sus argucias.
La mujer estaba sudando. Su vestido, de sutileza cómplice, adherido al cuerpo, la hacía parecer un bicho sin clasificación alguna.
Amado le ofreció un trago de tepache, lo único que había en casa. Ella lo bebió de un tirón. Pareció animarse.
Le contó una larga historia de desdichas que Amado ya había digerido y desalojado años antes. Habló de un matrimonio desordenado, al que llegó por la vía judicial, después de haber sido forzada por el padre de su hija. El folletón era lo suficientemente colorido y convencional para interesarle a quien ya se consideraba especialista escuchante y solucionador de problemas de amor, eróticos o semejantes.
No había forma de detener aquel aquelarre de desastres íntimos. Francisca tenía asida la jarra de tepache y amenazaba con carecer de intención de quedarse huérfana de consuelo.
-Si supiera que debo repetir esta vida, preferiría quedarme el resto de la eternidad en el infierno.
Amado estuvo a punto de lanzarse a enumerar los aspectos positivos que Nietzsche argumentaba en favor del eterno retorno (como buen escéptico optimista nuestro personaje privilegiaba al loco de Nietzsche por encima del marrullero de Schopenhauer -y no vayamos más allá en esta veta, que nuestra obra pretende ser una novela de la vida real más que un soflamero tratado de filosofía o uno de esos falsos decálogos morales escritos por degenerados que sueñan con el cielo mientras disfrutan de los indudables beneficios que acarrea el mal bien administrado) pero Francisca lo cortó casi con agresividad.
-No quiero que mi Ranita sufra lo que yo sufrí.
Estaba llorando.
-Quiero que mi niña tenga una iniciación feliz a la vida amorosa y que entienda que el erotismo es algo agradable, limpio, sincero. No quiero que un bruto la convierta en su desaguadero y un esposo en su esclava.
Francisca le puso una mano en el hombro a Amado. Lo miró directamente a los ojos.
No estaba ebria. Hablaba con plena sapiencia.
-Quiero que un hombre como usted, un maestro de la vida, le sirva de puerta de acceso a las felicidades del cuerpo.
“Gracias, dios de los amorosos”, se dijo Amado recordando el esplendor de Ranita a los trece e imaginando lo que los años habrían terminado de configurar en ella. ¿Cuántos años tendría ahora? Acaso dieciséis. A lo más diecisiete.
Ente los sueños que atesoraba Amado, el que más apreciaba era aquél en el que una adolescente se entregaba atada de pies y manos, por su propia voluntad y deleite, a su capricho de hombre que ya piensa haberlo vivido casi todo.
Había un obstáculo: una cosa eran las sanas intenciones de la madre. Y tal vez otra, la autodeterminación de Ranita.
-Mi nena me ha dicho que desde pequeña se ha sentido atraída por usted. Yo no le he dado alas, pero tampoco la he reprimido. Sé que lee y tiene una gran capacidad para comprender las verdades sobre la vida y por ello conoce teóricamente todo lo que hay que saber sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres.
Fernanda Irigoyen sonrió por primera vez.
-De todos modos tiene la cabeza llena de enredos. Según mi niña -dijo Francisca- los hombres les trasmiten los espermatozoides a las mujeres por medio de los besos.
¿Donde ha vivido esta criatura de Dios?, se preguntó Amado, hoy en día las niñas decentes se masturban antes de ir a misa, como dice el sabio e indecente de Louys.
-Mi nena está sumida en una angustia terrible. Quiere hacer el amor. Está desesperada por hacerlo. Y dice que aprovechará la primera oportunidad que tenga para satisfacer su curiosidad.
Amado intentó hablar. Francisca no lo permitió.
-Quiero que me escuche hasta el final y luego que me diga un “sí” o un “no”-. Tomó ánimo. Retomó el hilo donde lo había dejado:
-Conozco a los amigos de Ranita y sé qué clase de personas son. Temo que algún torpe le arruine la vida a mi niña, como lo hizo su padre conmigo.
Amado asimiló la inmensidad de lo que Francisca, su vieja amiga Francisca Irigoyen, quería. Entendió con regocijo, con alegría, incluso con un sentimiento de santidad.
La mujer sacó la chequera. Amado intentó protestar. Francisca estaba llorando como sólo una vez en la vida se llora. Llenó el cheque.
-Llévela al mejor hotel que encuentre. Hágala feliz. Enséñele todo ¡todo! No quiero que tenga sorpresas. Sé que puede enamorarse de usted, pero confío en que sepa manejar la situación.
Puso el cheque sobre la mesa. Su mirada se había aclarado. Quizás suponía que era trato hecho. Sonreía.
-No creo que sea suficiente.
-Tiene chequera abierta. Tómese el tiempo que quiera. No se detenga por dinero. Podré sacarle a mi ex-marido la cantidad que quiera.
La respiración de Amado se había acelerado. Una cantidad de emociones informes luchaban por dominar su tribulación. No sólo era el asunto del dinero -debía seis meses de renta y llevaba quince días de comer frijoles, chile y tortillas- sino el de los sentimientos y la dignidad. ¿Debía cobrar un trabajo de esa especie?
Sentía unas cosquillas deliciosas en el bajo vientre. Ah, la vida, gracias, se decía Amado.
Pero el Amado ético, el caballero que a veces le crece incluso en contra de sí mismo fue el que habló:
-Mira, Francisca, creo que a pesar de que no nos hemos visto en años, me sigues conociendo como cuando éramos compañeros de trabajo. El hecho de que me ofrezcas a tu hija, como se ofrecen en ciertas tribus las doncellas núbiles, me parece emocionante, y de sólo pensarlo se me eriza el alma, pero para serte sincero, no voy a poder cumplirte.
Volvió a desatarse en llanto.
Amado descubrió que su caballerosidad no era digna del Santo Grial cuando dijo:
-Sólo lo aceptaría si parte de ella. Yo puedo ayudarla a caer, pero gradualmente, de modo que lleguemos a la cama por su voluntad y deseo.
-¿Cómo?
-¿Qué te parece si le doy trabajo como mi secretaria, pretextando que tengo algún asunto urgente?
Dicho y hecho. Faltaba un leve detalle: Amado de los Santos Dionisio Luna carecía de oficina, por lo que fue necesario agregar un par de ceros al cheque, de modo que sí la tuviera … como corresponde a quien quiera ostentar el título de Consultor Erótico y Sentimental, que comenzaba a hacer sus incursiones en los vericuetos de los serpentinos sesos de nuestro protagonista -a quien no nos atrevemos a llamar hasta el momento héroe por razones más de modestia que de obviedad y menos de optimismo que de natural conciencia (es claro que autor que se respete debe conocer al dedillo el destino de su personaje principal desde la primera línea de su último borrador, y no hemos de ser la deshonrosa excepción: hay que anunciarlo desde este mismo momento: Amado de los Santos fracasará en todas y cada una de sus empresas, pero lo hará con estilo, que es lo que en verdad interesa y encanta, lo que diferencia al artista del patán y al hombre auténtico del frenólito.
Dicho lo anterior, pasemos a la acción. El primer día Ranita se presentó a trabajar con una minifalda de mezclilla, una blusa blanca a través de la cual se transparentaban sus pechitos deliciosos de perversa párvula renacentista a través del horizonte celestino de un brasier de media copa. Su pelo estaba recogido en una graciosa y arqueada cola de caballo, que descendía sobre su cuello blanquísimo, de alud de cima nevada.
Saludó con los ojos bajos y la trompita parada.
Amado la trató con fingida indiferencia. Con ello creía darle ánimo, seguridad y espacio para que la niña notara las ventajas que le ofrecía la soledad acompañada. Se trataba de que se sintiera profesional, tranquila.
Al siguiente día recibió llamada de Francisca Irigoyen:
-Ya no quiere ir. La asustaste. La trataste con poca delicadeza. Creo que vas por el camino equivocado. Trata de acercarte a ella por la vía paternal. Eso la derrite.
Tenía razón su madre. Era indispensable corregir la estrategia.
Se presentó tres días después. Ahora vestía como monjita. Se portó muy seria. Cumplió con su trabajo casi sin levantar los ojos.
Antes de que saliera, Amado la llamó:
-Estás trabajando muy bien -la tomó de un brazo, sintió su carne joven, de bestia fresca. Le acarició una mejilla. En sus ojos había brillo orgulloso. No halló en ella malicia alguna.
Al siguiente día de trabajo llegó de nuevo con su minifalda. Traía el pelo suelto, e instalada en los labios una sonrisa que le heló la sangre al amoroso y ese brillo en los ojos que causaba estupor y turbación. A partir de entonces apareció cada mañana en la oficina con una innovación, a cual más osada, en su vestuario. Un día fue un vestido de escote violento, agravado por un brasier que le elevaba los pechitos hasta el borde de la ignominia. Otro día una minifalda cruenta, con la que se paseaba por la oficina, insistiendo en buscar papeles en un archivero que tanto ella como él sabían vacío. Otro día era un traje de espalda descubierta casi hasta la cintura, combinado con una cola de caballo, que invitaban al salto del asno. Y aunado a esto la nena afectaba un creciente desapego, una frialdad, espeluznantes en una niña que se sabía y se quería destinada al mejor sacrificio.
El resultado fue que el pobre de Amado pasaría las mañanas enteras ocultando la eminencia de su deseo, incapaz por completo para cumplir sus compromisos. A partir del aviso clasificado
Doctor Amantísimo Amóribus (Amado Luna): Solución a asuntos amorosos, afectivos y eróticos.
Discreción y experiencia. Tarifas módicas. Especialista en jovencitas y señoras
habían comenzado a llover solicitudes, no sólo de la región, sino de lugares remotos. Una joven madre soltera de Querétaro solicitaba atención perentoria. Amenazaba suicidio si no se le ponía atención. Un padre de familia, del Distrito Federal, en carta de 25 cuartillas, solicitaba auxilio para su hija, que debía de tener alguna tara o defecto, a juzgar por las reticencias con que tocaba el asunto.
De los Santos envió telegramas, anunciando posterior atención a los casos. Por lo pronto se trataba de sacar en limpio lo de Ranita. La madre propiciatoria lo llamaba todas las noches para preguntarle por los avances del asunto. “Todavía nada”, respondía el apesadumbrado. Y Francisca lo abrumaba con urguimientos: que su hija corría peligro, que un garañon le estaba oliendo los huesos, que si se tardaba una semana más iba a ser muy tarde. E incluso llegaba al insulto velado. Preguntaba por su masculinidad, por su alimentación, su currículum genital, el conteo y la velocidad espermática, la experiencia profesional y las horas de sueño efectivo.
De modo que Amado tomó medidas drásticas. La invitó a cine.
-¿A cine? -Ranita torció el gesto -. Ay, don Amado -el “don” le dolió como una puñalada entre ventrículo y ventrículo– eso es absoleto. Ahora la gente no va a cine, sino que se encierra en un cuartito acogedor -la voz se le hizo arrulladora -y prende la videocasetera.
Su mirada fue francamente insidiosa:
-¿Qué tipo de películas le gusta ver?
¡Pornográficas!, pensó Amado, pero dijo:
-Las de Woody Allen.
-Bastante imbéciles, por cierto. Esas son para los que quieren parecer intelectuales.
Amado cedió terreno. Lanzó al tapete un comodín:
-Estoy seguro que me gustan las que te gustan.
La respuesta de Ranita fue una especie de elegante pase torero. Simplemente abanicó el aire con su imaginaria falda española y dio la espalda.
Esa noche Amado no respondió la llamada de Francisca. Y tampoco pudo dormir. Casi podía sentir el aroma de la limpia entrepierna -¿canela, albahaca, romero, orín de ángel?- de Ranita invadiendo su recámara. A las cinco de la mañana tuvo una especie de visión que no supo precisar. Era como una criatura que salía desnuda del botón de una flor y que cuando le daba el sol comenzaba a marchitarse.
Ranita volvió a faltar a la oficina. Amado fue a emborracharse a la cantina del Tío Mickey. La conclusión de la borrachera fue clara: estaba enamorado de su clienta. No había otra alternativa que abandonar el caso. La literatura de consultores sentimentales y doctores del corazón proscribía cualquier involucramiento. Ya en el borde de la conciencia visitó a su vecina periodista y se machucaron el uno al otro sin piedad ni amor. Evitaron besarse y durmieron con los rostros separados por almohadas.
El sábado Francisca lo buscó directamente en su pocilga:
-Creo que ya es demasiado tarde. Ranita llegó a casa en la madrugada y traía un olor sospechoso.
¡Me suicido! ¡Me suicido!, pensó Amado, y dijo que no lo creía posible, que Ranita estaba actuando y quería acelerar el asunto.
-Vamos a ayudarle -dijo Francisca-. La obligaré a que venga con nosotros a una cabañita que me presta un amigo en Chachalacas.
La idea de ir a la playa con Ranita le agradó, pero no lo de la compañía de Francisca. Imaginarla cojeando, su cuerpo contrahecho, enfundado en un traje de baño, y compararla con el estruendo íntimo que le produciría Ranita, sería suficiente engorro como para echar todo a perder.
-Ya sé lo que está pensando… El caso es que si no voy yo, no va Ranita.
