Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(II)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiana en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este segundo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

*****

 

Ranita y sus ardores
Segunda parte

 

Sinopsis de capítulo anterior.

Amado de Los Santos Dionisio, quien se autodenomina Doctor Amóribus, violinista sin empleo, acosado por el hambre, decide fundar un consultorio erótico y sentimental en la brumosa ciudad de Xalapa en México. El primer caso que se le presenta es el de una madre   angustiada por la efevescente sexualidad de su hija, a la que apoda Ranita.

 

Un día, años más tarde, cuando ya Amado de los Santos no trabajaba en la radio y se dedica­ba  a oficios lejanos a sus virtudes más acendradas -en ocasiones vendía  botas de Naolinco con su amigo Toño Cintura o se lanzaba a aventuras poco edificantes y hasta peligrosas, a veces tocaba el violín en los cafés (aclaremos: Xalapa es una ciudad llena de cafés, poetas frustrados, putas solapadas y políticos oficialistas)- reci­bió una llamada de una mujer que creía desconocida.

Resultó ser su vieja amiga Francisca Irigoyen, quien, con voz temblorosa le pidió una cita. “Tengo algo muy serio que hablar con us­ted”, le dijo. Lo que puso a temblar de emoción y terror al violinista fue ese “usted” tan inesperado y burocrático.

Amado de los Santos Etcétera recibió a su amiga Francisca Irigoyen  en la sala de su casa. (Seamos optimistas al utilizar una expresión tan doméstica y diciente como “la sala de su casa”: en verdad no era una sala y tampoco era su casa).

De su antigua belleza y elegancia no quedaban ni las huellas y  en el caminar derrapaba  peligrosamente hacia el lado derecho.  Sólo un desastre puede haberla acabado de esta forma, pensó Amado. Su rostro, antes sereno y terso, ahora estaba surcado por arrugas hondas y expresivas. Su cuerpo había perdido la armonía. Cojeaba. La mujer no esperó a que le preguntara nada. Comenzó a hacer una enumera­ción de males. Dijo padecer de osteo­porosis, una especie de comején que le iba socavando los huesos, y que la mantenía sujeta a tratamientos rigurosos y prolongados.

Estaba muy nerviosa. Fumaba un  cigarrillo tras otro y los aplastaba ansiosamente contra el cenicero hasta dejarlo rebosante en menos de media hora.

Súbitamente, y sin transi­ción, elevó la voz:

-Pero no vine a hablar sobre eso. La verdad es que tengo problemas muy graves con Ranita.  No sé si se acuerda de ella…

¡Como no recordar a la hija menor de Francisca, cuando la vio crecer y la tuvo en sus brazos hasta que se convirtió en la niña  de la belleza más pasmosa de que tenga memoria! Tenía unos ojillos risueños que, ya por entonces, encomendémonos a las buenas intenciones de las obras del Señor, hacían sospechar que la auténtica inocencia era un defecto sólo propio de los adultos.

Francisca Irigoyen bajó la cabeza. Pren­dió otro cigarrillo. Su voz se hizo más sosegada y nostalgio­sa:

-Nunca olvido las conver­saciones que tuvimos.

En ese momento Amado temió lo peor. No estaba dis­puesto a caer en los brazos de Francisca en honor a un recuer­do que había sido degradado ominosamente por el tiempo y sus argucias.

La mujer estaba sudando. Su vestido, de sutileza cómplice, adherido al cuerpo, la hacía parecer un bicho sin clasificación alguna.

Amado le ofreció un trago de tepache, lo único que había en casa.  Ella lo bebió de un tirón. Pareció animarse.

Le contó una larga historia de desdichas que Amado ya había digerido y desalojado años antes. Habló de un matrimonio desordenado, al que llegó por la vía judicial, después de haber sido forzada por el padre de su hija. El folle­tón era lo suficientemente colorido y convencional para intere­sarle a quien ya se consideraba especialista escuchan­te y solucionador de problemas de amor, eróticos o semejantes.

No había forma de detener aquel aquelarre de desastres ínti­mos. Francisca tenía asida la jarra de tepache y amenazaba con carecer de in­tención de quedarse huérfana de consuelo.

-Si supiera que debo repe­tir esta vida, preferiría quedarme el resto de la eter­nidad en el infierno.

Amado estuvo a punto de lanzarse a enumerar los as­pectos positivos que Nietzsche argumentaba  en favor del eterno retorno (como buen escéptico optimista nuestro personaje privilegiaba al loco de Nietzsche por encima del marrullero de Schopenhauer -y no vayamos más allá en  esta veta, que nuestra obra pretende ser una novela de la vida real más que un soflamero tratado de filosofía o uno de esos falsos decálogos morales escritos por degenerados que sueñan con el cielo mientras disfrutan de los indudables beneficios que acarrea el mal bien administrado) pero Francisca lo cortó casi con agresividad.

-No quiero que mi Ranita sufra lo que yo sufrí.

Estaba llorando.

-Quiero que mi niña tenga una iniciación feliz a la vida amorosa y que entienda que el erotismo es algo agradable, limpio, sincero. No quiero que un bruto la convierta en su desaguadero y un esposo en su esclava.

Francisca le puso una mano en el hombro a Amado. Lo miró directamente a los ojos.

No estaba ebria. Hablaba con plena sapiencia.

-Quiero que un hombre como usted, un maestro de la vida, le sirva de puerta de acceso a las felicidades del cuerpo.

“Gracias, dios de los amo­rosos”, se dijo Amado recordando el esplendor de Ranita a los trece e imaginan­do lo que los años habrían terminado de configurar en ella. ¿Cuántos años tendría ahora? Acaso dieciséis. A lo más diecisiete.

Ente los sueños que atesoraba Amado, el que más apreciaba era aquél en el que una adolescente se entregaba atada de pies y manos, por su propia voluntad y deleite, a su capricho de hombre que ya piensa haberlo vivido casi todo.

Había un obstáculo: una cosa eran las sanas intencio­nes de la madre. Y tal vez otra, la autodeterminación de Ranita.

-Mi nena me ha dicho que desde pequeña se ha sentido atraída por usted. Yo no le he dado alas, pero tampoco la he reprimido. Sé que lee y tiene una gran capacidad para com­prender las verda­des sobre la vida y por ello conoce teórica­mente todo lo que hay que saber sobre las relaciones entre los hombres y las muje­res.

Fernanda Irigoyen sonrió por primera vez.

-De todos modos tiene la cabeza llena de enredos. Según mi niña -dijo Francisca- los hombres les trasmiten los espermatozoides a las mujeres por medio de  los besos.

¿Donde ha vivido esta criatura de Dios?, se preguntó Amado, hoy en día las niñas decentes se masturban antes de ir a misa, como dice el sabio e indecente de Louys.

-Mi nena está sumida en una angus­tia terrible. Quiere hacer el amor. Está desesperada por hacerlo. Y dice que aprovecha­rá la primera oportunidad que tenga para satisfacer su curiosidad.

Amado intentó hablar. Francisca no lo permitió.

-Quiero que me escuche hasta el final y luego que me diga un “sí” o un “no”-. Tomó ánimo. Retomó el hilo donde lo había dejado:

-Conozco a los amigos de Ranita y sé qué clase de per­sonas son. Temo que algún torpe le arruine la vida a mi niña, como lo hizo su padre conmigo.

Amado asimiló la inmensidad de lo que Francisca, su vieja amiga Francisca Irigoyen, quería. Entendió con regocijo, con alegría, incluso con un sentimiento de santidad.

La mujer sacó la chequera. Amado intentó protestar. Francisca estaba llorando como sólo una vez en la vida se llora. Llenó el cheque.

-Llévela al mejor hotel que encuentre. Hágala feliz. Enséñele todo ¡todo! No quiero que tenga sorpresas. Sé que puede enamo­rar­se de usted, pero confío en que sepa mane­jar la situación.

Puso el cheque sobre la mesa. Su mirada se había acla­rado. Quizás suponía que era trato hecho. Sonreía.

-No creo que sea suficien­te.

-Tiene chequera abierta. Tómese el tiempo que quiera. No se detenga por dinero. Podré sacarle a mi ex-marido la cantidad que  quiera.

La respiración de Amado se había acelerado. Una canti­dad de emociones informes luchaban por dominar su tribu­lación. No sólo era el asunto del dinero -debía seis meses de renta y llevaba quince días de comer frijoles, chile y tortillas- sino el de los senti­mientos y la dignidad. ¿Debía cobrar un trabajo de esa espe­cie?

Sentía unas cos­quillas deliciosas en el bajo vientre.  Ah, la vida, gracias, se decía Amado.

Pero el Amado ético, el caballero que a veces le crece incluso en contra de sí mismo fue el que habló:

-Mira, Francisca, creo que a pesar de que no nos hemos visto en años, me si­gues conociendo como cuando éramos compañe­ros de trabajo. El hecho de que me ofrezcas a tu hija, como se ofrecen en ciertas tribus las doncellas núbiles, me parece emocionante, y de sólo pensar­lo se me eriza el alma, pero para serte sincero, no voy a poder cumplirte.

Volvió a desatarse en llan­to.

Amado descubrió que su caballerosidad no era digna del Santo Grial cuando dijo:

-Sólo lo aceptaría si parte de ella. Yo puedo ayudarla a caer, pero gradualmen­te, de modo que lleguemos a la cama por su voluntad y deseo.

-¿Cómo?

-¿Qué te parece si le doy trabajo como mi secretaria, pretex­tando que tengo algún asunto urgente?

Dicho y hecho. Faltaba un leve detalle: Amado de los Santos Dionisio Luna carecía de oficina, por lo que fue necesario agregar un par de ceros al cheque, de modo que sí la tuviera … como corresponde a quien quiera ostentar el título de Consultor Erótico y Sentimental, que comenzaba a hacer sus incursiones en los vericuetos de los serpentinos sesos de nuestro protagonista -a quien no nos atrevemos a llamar hasta el momento héroe por razones más de modestia que de obviedad y menos de optimismo que de natural conciencia (es claro que autor que se respete debe conocer al dedillo el destino de su personaje principal desde la primera línea de su último borrador, y no hemos de ser la deshonrosa excepción: hay que anunciarlo desde este mismo momento: Amado de los Santos fracasará en todas y cada una de sus empresas, pero lo hará con estilo, que es lo que en verdad interesa y encanta, lo que diferencia al artista del patán y al hombre auténtico del frenólito.

 

 

Dicho lo anterior, pasemos a la acción. El primer día Ranita se pre­sentó a trabajar con una mini­falda de mezclilla, una blusa blanca a través de la cual se transparenta­ban sus pechitos deliciosos de perversa párvula renacentista a través del horizonte celestino de un brasier de media copa. Su pelo estaba recogido en una graciosa y arqueada cola de caballo, que descendía sobre su cuello blanquísimo, de alud de cima nevada.

Saludó con los ojos bajos y la trompita parada.

Amado la trató con fingida indiferencia. Con ello creía darle ánimo, seguridad y espacio para que la niña notara las ventajas que le ofrecía la soledad acompañada. Se trataba de que se sintiera profesio­nal, tranquila.

Al siguiente día recibió llamada de Francisca  Irigoyen:

-Ya no quiere ir. La asus­taste. La trataste con poca delicadeza. Creo que vas por el camino equivocado. Trata de acercarte a ella por la vía paternal. Eso la derri­te.

Tenía razón su madre. Era indispensable corregir la estrate­gia.

Se presentó tres días des­pués. Ahora vestía como monji­ta. Se portó muy seria. Cum­plió con su trabajo casi sin levantar los ojos.

Antes de que saliera, Amado la llamó:

-Estás trabajando muy bien -la tomó de un brazo, sintió su carne joven, de bestia fresca. Le acarició una mejilla. En sus ojos había brillo orgulloso. No halló en ella malicia algu­na.

Al siguiente día de trabajo llegó de nuevo con su minifal­da. Traía el pelo suelto, e instalada en los labios una sonrisa que le heló la sangre al amoroso y ese brillo en los ojos que causaba estupor y turbación. A partir de enton­ces apareció cada mañana en la oficina con una innovación, a cual más osada, en su vestua­rio. Un día fue un vestido de escote violen­to, agravado por un brasier que le elevaba los pechitos hasta el borde de la ignomi­nia. Otro día una mini­falda cruenta, con la que se paseaba por la oficina, insis­tiendo en buscar papeles en un archivero que tanto ella como él sabían vacío. Otro día era un traje de espalda descu­bierta casi hasta la cintura, combinado con una cola de caballo, que  invita­ban al salto del asno. Y auna­do a esto la nena afectaba un cre­ciente desapego, una frial­dad, espeluznantes en una niña que se sabía y se quería des­tinada al mejor sacrificio.

El resultado fue que el pobre de Amado pasaría las mañanas enteras ocultando la eminencia de su deseo, incapaz por completo para cumplir sus compromisos. A partir del aviso clasificado

Doctor  Amantísimo Amóribus (Amado Luna): Solución a asuntos amorosos, afectivos y eróticos.
Discreción y experiencia. Tarifas módicas. Especialista en jovencitas y señoras

habían comenzado a llover solicitu­des, no sólo de la región, sino de lugares remotos. Una joven madre soltera de Queré­taro solici­taba atención pe­rentoria. Amenazaba suicidio si no se le ponía atención. Un padre de familia, del Distrito Federal, en carta de 25 cuartillas, solicitaba auxilio para su hija, que debía de tener alguna tara o defecto, a juzgar por las reticencias con que tocaba el asunto.

De los Santos envió telegramas, anunciando posterior atención a los casos. Por lo pronto se trataba de sacar en limpio lo de Ranita.  La madre propiciatoria lo llamaba todas las noches para preguntarle por los avances del asunto. “Toda­vía nada”, respondía el apesadumbrado. Y Francisca lo abrumaba con urguimientos: que su hija corría peligro, que un garañon le estaba o­liendo los huesos, que si se tardaba una semana más iba a ser muy tarde. E incluso llega­ba al insulto velado. Pregun­taba por su masculinidad, por su alimentación, su currículum genital, el conteo y la velocidad espermática, la experiencia profesional  y las horas de sueño efectivo.

De modo que Amado tomó medidas drásticas. La invitó a cine.

-¿A cine? -Ranita tor­ció el gesto -. Ay, don Amado -el “don” le dolió como una puñalada entre ventrículo y ventrículo– eso es absoleto. Ahora la gente no va a cine, sino que se encie­rra en un cuartito acogedor -la voz se le hizo arrulladora -y prende la videocasetera.

Su mirada  fue francamente insidio­sa:

-¿Qué tipo de películas le gusta ver?

¡Pornográficas!, pensó Amado, pero dijo:

-Las de Woody Allen.

-Bastante imbéciles, por cierto. Esas son para los que quieren parecer intelectuales.

Amado cedió terreno. Lanzó al tapete un comodín:

-Estoy seguro que me gustan las que te gustan.

La respuesta de Ranita fue una especie de elegante pase torero. Simplemente aba­nicó el aire con su imaginaria  falda española y dio la espalda.

Esa noche Amado no respondió la llamada de Francisca. Y tampoco pudo dormir. Casi podía sentir el aroma de la limpia entrepierna -¿canela, albahaca, romero, orín de ángel?- de Ranita inva­diendo su recámara. A las cinco de la mañana tuvo una especie de visión que no supo precisar. Era como una criatu­ra que salía desnuda del botón de una flor y que cuando le daba el sol comenzaba a mar­chitarse.

Ranita volvió a faltar a la oficina. Amado fue a emborracharse a la cantina del Tío Mickey. La conclusión de la borrachera fue clara: estaba enamorado de su clienta. No había otra alternativa que abandonar el caso. La literatura de consultores sentimentales y doctores del corazón proscribía cualquier involucramiento. Ya en el borde de la conciencia visitó a su vecina periodista y se machucaron el uno al otro sin piedad ni amor. Evitaron besarse y durmieron con los rostros separados por almohadas.

El  sábado Francisca lo buscó directa­mente en su pocilga:

-Creo que ya es demasia­do tarde. Ranita llegó a casa en la madrugada y traía un olor sospechoso.

¡Me suicido! ¡Me suici­do!, pensó Amado, y dijo que no lo creía posible, que Ranita estaba actuando y que­ría acelerar el asunto.

-Vamos a ayudarle -dijo Francisca-. La obligaré a que venga con nosotros a una caba­ñita que me presta un amigo en Chachalacas.

La idea de ir a la playa con Ranita le agradó, pero no lo de la compañía  de Francisca. Imaginarla cojeando, su cuerpo contrahecho, enfundado en un traje de baño, y compararla con el estruendo íntimo que le produciría Ranita, sería sufi­ciente engorro como para echar todo a perder.

-Ya sé lo que está pen­sando…  El caso es que si  no voy yo, no va Ranita.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.