Florbela Espanca, saudade y dolor

Sobre María de las Quimeras, de Florbela Espanca

Jorge de Arco

María de las Quimeras
Florbela Espanca
Torremozas, Madrid, 2013

 

florbela-espanca-librario-otrolunes33“Portugal es un pueblo triste y lo es hasta cuando sonríe. Portugal es un pueblo de suicidas. Tal vez un pueblo suicida”. Así de rotundo se mostraba Miguel de Unamuno, muchos años atrás, al hablar de nuestro país vecino. Rememoro sus palabras, al hilo de la hermosa antología bilingüe de Florbela Espanca, María de las Quimeras, que he leído con verdadera turbación.

Nacida en Vila Vicosa, el 8 de Diciembre de 1895, esta mujer eligió el mismo día de su nacimiento para poner fin a su existencia, en el año de 1930. Una sobredosis de veronal se llevó a una de las poetisas portuguesas que ha expresado con mayor delicadeza y amargura la condición desolada del ser humano. Unida en el verso y el suicidio a poetisas como Alfonsina Storni, Sara Teasdale, Marina Tsvetaeva, Silvia Plath…, sufrió el temible reverso de la extrema sensibilidad, el lacerante tránsito hacia el abismo de la muerte, como único estímulo para olvidar la torturante realidad. Casada y divorciada en tres ocasiones, no llegó nunca a superar la pérdida de su hermano Apeles, que falleció tras la caída de su hidroavión mientras sobrevolaba el Tajo

Mas Florbela Espanca nos dejó su verbo encendido. En vida, vio editados dos poemarios, Libro de penas y Libro de Sor Saudade. Su entrega póstuma, Charnela en flor, se agotó en una sola semana y, desde entonces, su figura y su legado no han visto declinar el merecido fervor que sus versos atesoran. La traducción y selección que comento,  han corrido a cargo de María Tecla Portero Carreiro, quien ha vertido con acierto los textos al castellano y realizado un oportuno prefacio, donde se intercalan, a su vez, fragmentos del doliente diario que Florbela Espanca trazara durante su último año de vida.

El volumen, cuenta con treinta y tres poemas -buena parte de ellos sonetos- en los que se revela el personal son de la poetisa portuguesa, la ardiente delicadeza de su decir y su torrencial y vívido cántico: “Mi Pena es un convento fantasmal./ Tiene claustros y sombras, y arquerías/ donde la piedra en lápidas sombrías/ es un puro primor escultural (…) Un convento es mi pena. Tengo lirios/ de un color macerado de martirios/ tan bellos como nunca nadie vio”.

Si bien la lírica portuguesa se sostuvo, entre finales del XIX y principios del XX, en el filo de un notorio  mestizaje de vanguardias -simbolismo, parnasianismo, decadentismo…-, su meta no fue sino el modernismo, en un intento de desbancar la pobreza formal,  temática y lingüística a la  que se había visto avocada. Aroma renovador, pues, el que se desprendía de la escritora lusa, que aporta con su hacer una buena dosis de superación frente a antiguas tendencias y que defendió hasta la muerte su causa lírica, sabedora como era de que “ser poeta es ser más, ser superior/ a los humanos”.

Dejó constancia de sus últimas voluntades -tal y como relata María Tecla Portela en su estudio previo- en una carta dirigida a uno de sus maridos, hallada en un cajón de su ropa personal. Fue enterrada en Matosinhos –con los restos del hidroavión en el que murió su hermano Apeles- y, poco después de su muerte, se sucedieron distintas ediciones  de su obra, que bien habrían podido llevar como indeleble leyenda estos versos: “Saudades y amarguras/ tengo yo todos los días./ No pueden, pues, aletear/ en mis versos alegrías”.

Dejó escrito Florbela Espanca: “Dios quiso darme el don de ser sensible”. Afrimó. Tal vez, su prematura muerte, viniera por ese exceso de origen divino. O tal vez, y como anotase el también suicida ruso Maiakovski,  porque, simplemente, “la canoa del amor se ha roto entre los escollos de la vida diaria”.