"Que la pausa llegue con el punto final, que para eso existe"

Entrevista a la escritora y editora cubana Mayda Anias

Por Amir Valle

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A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Mayda Anias? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Mayda Anias, el ser humano y Mayda Anias, la escritora, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Yo quería ser la otra. Mi recuerdo más antiguo es de los tres años y aún no caminaba, es solo una imagen, la sombra de un naranjo que entraba en las tardes por mi ventana. Era un regocijo ver mecerse aquellas ramas y percibir el olor del azahar (ese olor siempre me devuelve a aquel sitio). Se me iba el mundo observando. Fui creciendo y quería escribir aquellas observaciones, me veía corriendo por un extenso prado hasta llegar a un lugar donde el cielo se unía al verde claro de la hierba. Pero no sabía cómo, o me faltaban recursos de todo tipo. Crecí con las emociones y la sensibilidad a flor de piel. Después descubrí que eso se llama espíritu. Me abrumaba la eventualidad de la muerte, el dolor ajeno, hasta el punto de desear ser yo quien lo padeciera. Encontré un recurso maravilloso para salvarme: la lectura. La primera, la inolvidable, Historia de mi vida, de Chaplin, una edición cubana en dos tomos de 1974. Desde entonces estoy leyendo.

Me fui de casa, como casi todos los de mi generación, a una beca, con mis estrenados quince años. Y ya no regresé. Había que dedicar el final de la adolescencia y buena parte de la juventud a convertirse en el hombre nuevo (debería decir, para ser exacta, en la mujer nueva).

Volvía a mi pueblo, al sur de Las Tunas, en verano. Transcurría un año cada vez y todo cambiaba, la gente, el barrio, mi familia… Y el paso del tiempo se convirtió en otro de mis desvelos emocionales.

A estas alturas, donde vivo, proclamo que soy caribeña y pasional. Pero es solo una acumulación de aquello que viene desde el naranjo en la ventana.

Escribir es un ejercicio de libertad. Siempre lo ha sido: no me asusta una hoja en blanco, simplemente no la enfrento hasta que no estoy completamente convencida de cómo la quiero rellenar. Entonces disfruto del espacio infinito en el que no hay trabas, ni censura, no hay nada que me impida decir lo que quiero y cómo quiero dejarlo plasmado. Doy rienda suelta al espíritu. Digamos que es mi catarsis.

Soy escritora cuando viajo, cuando leo un libro deslumbrante, cuando contemplo el valle junto al que vivo… No siempre llevo un cuaderno de apuntes, pero cuando lo hago, sale de ahí un libro. Hay más de tres en una gaveta.

 

foto-2-mayda-anias-entrevista-otrolunes33Hablemos, primero, de la escritora: Cuba, tierra de escritores ¿cuáles fueron tus inicios? Es decir, ¿cómo recuerdas ese momento en que decidiste (o supiste) que querías escribir?

Empecé a mostrar mis textos en un taller literario que llevaba el poeta Alfonso Quiñones en Camagüey mientras estudiaba Licenciatura en Español y Literatura. Entendí de qué iba, aunque aquellos textos, obviamente, no llegaron a ser publicables; fueron solamente herramientas, modos de ver cómo encarar la escritura.

Me fui a trabajar a Las Tunas. Eran los años en que bastaba la sombra de un tamarindo, unos minutos de buena charla y de pronto estabas escuchando fragmentos de una versión de Matarile en la voz  de su autor, Guillermo Vidal. Pero yo era poeta. Éramos colegas y fuimos amigos, comprábamos el pan en la misma bodega, caminábamos por las mismas calles de aquel barrio… En algún momento, muy al principio de los noventa, Guillermo me dijo tajante “eres narradora, déjate de versos y escribe de verdad”. Era su manera amablemente drástica de empujar hacia el oficio.

Para probar si podía con el género escribí una novela, casi memorias, que me tomó un año. Encontré una voz narrativa, un estilo para contar aquella historia y un recurso con el que me he quedado, la desmesura; solo eso se salvó, pues la novela se quedó en un ejercicio literario.

Fue un año emocionante, revisaba, reescribía, tenía conciencia de que una página necesita revisiones, descansos, reescrituras, pero al final aparecía una prosa embalada, que no daba respiro al lector. Ahí comprendí que ese debía ser mi punto de partida: desde el arranque nada de concesiones, que la pausa llegue con el punto final, que para eso existe.

 

Se impone también la pregunta sobre los maestros: ¿a quiénes crees deber la escritora que eres?, pero me gustaría que te refirieras a esos maestros, parcelándolos, así, aunque suene automático y frío, en las influencias cubanas y las extranjeras: ¿qué nombres, qué libros en específico, cubanos y extranjeros, te marcaron tanto como para aceptar que te influyeron?

Historia de mi vida, de Chaplin, me abrió las puertas al ancho mundo interior del ser humano.

El camino del tabaco y La tierrita de Dios, de Erskine Caldwell, por la densidad de la atmósfera que crea, por el ritmo que entrecorta la respiración, completamente adictivo cuando uno lo lee. Faulkner y Carson McCullers, el impacto emocional aun en prosa traducida…

Cien años de soledad, de García Márquez. Cuenta la leyenda urbana que Haydee Santamaría, quien trabajó junto a Hart en mi pueblo, allá por los iniciales ’70, dijo que ese era el Macondo de Cuba. Terminé escribiendo mi propio Macondo. Por el mundo mágico a la vista de todos que contiene la novela, por el arranque inolvidable: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento… Quien lee eso tiene que hacer un esfuerzo notable para no copiar frases enteras a continuación.

Pedro Páramo, de Rulfo, por el mundo (submundo) que creó.

Macondo, Comala…

La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, una fiesta desde todo punto: léxico, sintáctico, narrativo, psicológico, ideológico…

Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante, por el uso envidiable de la lengua castellana, esa argamasa léxico-semántica inimitable de humor sabio, en la que termina uno diciendo en buen cubano, “¡pero qué clase de HP escribe así!”

Matarile y Los cuervos, de Guillermo Vidal, por el uso extraordinario de las voces narrativas, esas peripecias que tienen siempre en guardia al lector, esos saltos de planos espacio temporales, esas voces que no pueden silenciarse ni con los labios pegados, la concentración del argumento: basta menos de un centenar de páginas y la impresión no se borra ya más.

Parece una cronología, pero fue un aprendizaje: el mundo narrable, el argumento, el estilo, el gurú…

 

portada-6-mayda-anias-entrevista-otrolunes33Cuando leí tu novela Tulipa me llamó la atención una muy cuidada labor con el lenguaje y, sobre todo, un rescate de esa mítica del coloquialismo de los campos cubanos que hace muchos años la narrativa abandonó. Imagina, en primer lugar, que tienes que presentar tu propio libro a un lector cubano y no cubano, ¿qué le dirías? Y, ya en lo específico, buscando ese propósito que todo escritor tiene cuando busca crear un mundo novelado, ¿qué mundos existieron antes de la novela como para obligarte a escribirla?

a) Presentar Tulipa al lector cubano: Lo he hecho. Digo que es una novela no-habanera; me refiero a que no está escrita por un habanero de nacimiento o por adopción: su ámbito es oriental, desde la cuenca del Cauto hasta Camagüey, ambas costas incluidas. Cuidé casi hasta el arrebato el léxico, la ambientación histórica, geográfica, (también topográfica), la flora y la fauna. Es una novela apta para historiadores, botánicos, lingüistas. Para gente de ciudad y gente de campo. Que cada uno encuentre las lecturas que quiera. La historia está salpicada de guiños locales y regionales. No hay un solo dato fortuito, es el reto con el que los embisto… Y si esto les parece mucho, entonces, simplemente hay que leer una historia en la que la ficción toma muchos datos prestados. Hay que saber cuáles son y dónde están.

(Fue una gratísima sorpresa que mi madre leyera la novela en una noche, de un tirón; como quien no quiere la cosa le hice preguntas a ver qué había entendido y no falló una. Imagino que funcionó el “amor de madre”).

 

b) Presentar Tulipa a un lector no cubano: También lo he hecho. Comienzo diciendo que no hablo de la Revolución, del drama nacional de 1959 hasta hoy; digo que es una historia que comienza al finalizar la Guerra de 1898 y se extiende hasta los inicios de la década del 50 en la zona oriental de Cuba. Leo el primer párrafo, que termina con una exclamación del personaje, “¡Carajo, esto es carne de gente!” y algún otro fragmento en el que la prosa no da respiro ni para averiguar el significado de un localismo, el sentido de una frase verbal, o para discernir a quién pertenece cada una de las voces que se entrecruzan casi violentamente en distintos planos espaciales y temporales en el escaso espacio de cuatro líneas. Hay que leer la novela.

(Me ha gustado que, en una presentación, un escritor haya querido leer en voz alta para “ver cómo suena” esa prosa con acento español).

Mi abuela paterna hablaba del paraguayo mambí de su padre, un recio camagüeyano del sur de la provincia en quien me inspiré para trazar el físico del protagonista. Un tío abuelo, con una extraordinaria memoria a sus 88 años de entonces, me describía, en conversaciones, un mundo rural que él vio evolucionar: el espacio geográfico que fue el Central Francisco, mi pueblo (hoy Amancio). Quise que aquella gente tuviera una novela, quise escribir el nacimiento del Francisco, aunque la historia no tenga el final tópico “entonces nací yo”. Es el mundo de “mi Macondo” y “mi Comala”.

 

Tu primer libro vio la luz cuando ya estabas fuera de la isla. Eso, de muchos modos, implica estar en las letras cubanas, pero en un terreno cenagoso que allá en la isla no suele ser conocido (y en la inmensa mayoría de los casos, tampoco es aceptado): el de la literatura cubana del exilio. ¿Cómo ves esa disyuntiva del allá y el acá, siendo una obra como la tuya, tan cubana?

Como todos los que vivimos fuera de Cuba, he mirado el asunto con dolor, con rabia, con temor, con nostalgia. Me he marcado tiempos para lecturas, estudio, información; para madurar mi condición de escritora que ya no vive en Cuba, que no forma parte de los de allí. Me tomó un par de años encontrar el pulso con el que debo continuar escribiendo, responder la pregunta, ¿para qué lectores escribo? Y he llegado a la conclusión de que un intelectual necesita, a toda costa, la visión objetiva que solo una mirada con cierta distancia puede ofrecer, y acceso a la información, que ensancha hasta lo impensable la libertad creativa. Tengo la convicción (no descubro nada, obviamente) de que en Cuba o en España, en Los Ángeles, México o Berlín, cuanto más raigalmente cubana sea una obra, más cerca estará de aspirar a ser universal.

Mi novela se lee en Cuba porque voy y me llevo una maleta llena de ejemplares que regalo. Soy consciente de que mis lectores de la Isla deben trabajar un mes entero para comprarse un ejemplar; entonces les ahorro ese esfuerzo a todos los que me permite la Aduana de allí.

 

Pasemos a la editora que, también, habita en ti: ¿Cuándo, por qué y qué es Caldeandrín Ediciones?

caldeadrin-1-mayda-anias-entrevista-otrolunes33Caldeandrín es el nombre que tuvo la calle donde tiene su sede social la editorial, en Ávila, hasta el siglo XIX, cuando pasó a llamarse calle de los Comercios, más tarde, Reyes Católicos, su nombre actual. Fue una calle de libreros y escribanos. De ahí el nombre, calle de Andrín, un judío.

Registramos el sello editorial en 2009 y publicamos un primer título ligado a la ciudad que se sigue vendiendo muy bien. Y comencé, en lo grave de la crisis, a gestionar la creación de una empresa. El sello se convirtió en una editorial y en el sitio donde está la mesa, el ordenador y mi silla, colocamos una librería anticuaria, con la asesoría impagable de Jesús Arribas, un filólogo y bibliófilo empedernido, de quien aprendo el oficio del libro antiguo. En 2011 comenzó a funcionar la empresa, a abrirse paso con los codos.

Teníamos el sueño romántico de abrir una editorial en Ávila. Hasta su aparición no hubo otra. Imprentas que publicaran sí, con mayor o menor duración. Los tiempos siguen siendo malos, pero ya llevamos tres años trabajando como empresa legalmente constituida.

Nuestra línea editorial se propone hacer libros raros, autores desconocidos, olvidados…, excepciones, pero muy importantes para la ciudad y la provincia de Ávila; libros de autores abulenses o que hablen de Ávila. Es primordial la calidad de los textos seleccionados y, obviamente, el cuidado en la edición y el diseño, interior y exterior de nuestro catálogo.

 

Siempre la locura salva, es una frase del mítico editor Carlos Barral, responsable máximo del reconocimiento internacional que alcanzaría ese fenómeno que conocemos como Boom latinoamericano ¿Cuál ha sido tu experiencia como editora al frente de esta locura en momentos en que España atraviesa la peor crisis de su historia económica?

caldeadrin-2-mayda-anias-entrevista-otrolunes33Asumí el reto con absoluta conciencia de que dedicarse a hacer libros no da de comer. Ni a mí ni a muchas editoriales pequeñas, casi todos con fuentes de financiación ajenas a la editorial, personales, para sacar un título, promocionarlo y distribuirlo. Me mueve el placer de dejar libros en manos privadas y en bibliotecas. Libros de papel, que siempre existirán, como hoy los manuscritos, los incunables, y todo lo que ha venido con la imprenta. Si hay la mala suerte de que desaparezca otra Alejandría, todavía se hablará de lo que contuvieron las bibliotecas, quedarán los estantes de los lectores…

Cuesta mucho trabajo hacerse un espacio en el mercado del libro, yo diría que tres años no es nada (espero no llegar a 20 diciendo lo mismo que Gardel), pero los cubanos estamos demasiado bien entrenados en afrontar las crisis como para volvernos pesimistas en otras latitudes.

 

Háblame de la colección cubana que acabas de abrir con el libro de cuentos, excelente, de la escritora María Liliana Celorrio. ¿Qué nuevos autores y títulos podremos leer en Caldeandrín en el futuro?

portada-2-mayda-anias-entrevista-otrolunes33Siempre tuve el deseo de publicar autores cubanos en Caldeandrín, promocionarlos, distribuirlos, comprobar que se leen en estos sitios. Hasta que fue posible.

No soy la única que publica a autores cubanos en España, pero tal vez en Castilla y León, sí. Hay magníficas editoriales que se han encargado de reeditar los clásicos cubanos y los más reconocidos, los más mediáticos, los más polémicos… A mí me interesan los desconocidos, los que no han tenido muchas oportunidades en Cuba o los que, como el primer título, Mujeres en la cervecera, tienen un historial excelente en la Isla, pero son muy poco o prácticamente desconocidos fuera. Parece pretencioso. Y tal vez lo sea, pero si el resultado es que autores merecedores de reconocimiento puedan tenerlo, estoy dispuesta a aportar cuanto esté a mi alcance.

Por otra parte, la intención es que tanto obra como ilustración de cubierta vengan de Cuba, así ayudo a promocionar también a ilustradores.

Olvidé decir en otra parte que Caldeandrín no es un sello dedicado a lo que aquí llaman autoedición. Recibimos originales, los valoramos y decidimos qué publicaremos. Llegado a este punto, se formaliza un contrato con el autor y cobra los derechos que negociemos.

Estoy siguiendo a jóvenes que se han agrupado para compartir una estética, una coincidencia de intereses, una posición que podría estar convirtiéndose ahora mismo en la respuesta necesaria a la demanda de narrativa que hay hoy en Cuba. Aunque tienen obra publicada allá, merece la pena contribuir a su promoción internacional. Este verano iré a Cuba. Tengo el propósito de entrevistarme con algunos. Veremos qué sucede.

 

Finalmente, pregunta gastada pero necesaria: como escritora, ¿en qué nuevos rumbos creativos andas?

Una novela. Ambientada en tres sitios: un pueblecito del norte de Oriente, uno de esos bateyes de central azucarero, luego La Habana de los ’90, en Cuba, y finalmente Ávila, en España. El protagonista es un mulato obsesionado con el amor de una mujer y un asunto que trasciende todo, hasta el amor de esa mujer. Quiero que el lector no respire, que no pueda parar, que no cierre el libro ni para subirse al metro. O al camión de “los amarillos”.