La importancia de llamarse Enrisco:
sobre memoria e historia en Siempre nos quedará Madrid

Ana Belén Martín Sevillano
Universidad de Montreal

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Foto: Ernesto G.

En el otoño del año 1994, durante un periodo de estudios en la Universidad de La Habana, el profesor Salvador Redonet me pasó algunos textos manuscritos de cuentistas jóvenes que, por motivos diversos, no había podido incluir en su antología Los últimos serán los primeros. Entre esos textos había alguno de Enrique del Risco, quien entró así en el registro de cuentistas que en ese entonces yo elaboraba como parte de mi tesis doctoral. En esa misma época, asistí con Redonet a la presentación de una revista de humor literario que Enrisco y algunos miembros de Nos-y-otros habían conseguido llevar a la imprenta: Aquelarre. Nos-y-otros fue uno de los grupos de humor que habían emergido en la efervescente escena cultural cubana de finales de los años ochenta y sus miembros se dedicaban tanto a la escritura como a la representación. Enrisco colaboró con ellos en varias ocasiones, como la de Aquelarre, un proyecto editorial que solo logró sacar aquel primer número, retirado de la circulación pocos días después de su presentación. Aunque no pude hablar con Enrisco durante esa presentación, que fue algo vertiginosa, sí pude adquirir un ejemplar de la revista en el que leí con detenimiento su artículo “El humor entre la libertad y el poder”, donde reflexionaba sobre algunos de los aspectos que  caracterizan toda su obra, tanto de creación como ensayística.

A Enrisco le conocí mejor un año después en Madrid, donde se exilió a finales de 1995 y donde permaneció hasta 1997. Solo entonces pude leer los dos volúmenes de cuento que había publicado hasta entonces: Obras encogidas (1992) y Pérdida y recuperación de la inocencia (1994). El primero era una breve colección publicada por la editora Abril, y el segundo, algo más nutrido y en el que se recogen varios de los cuentos del primer libro, vio la luz gracias a una de las primeras ediciones de Pinos Nuevos, en la que aparecieron varias obras de autores jóvenes que luego no fueron distribuidas, como fue el caso de Pérdida… . En varios de esos cuentos de ficción se cifraba literariamente la relación entre  humor y  poder sobre la que el autor reflexionaba en el artículo antes mencionado.

Desde entonces, Enrisco ha publicado tres volúmenes de relatos, uno en colaboración con Francisco García González, y varias obras ensayísticas en las que frecuentemente se dibuja un triangulo conceptual formado por el humor, la historia y el poder, ejes a los que Enrisco ha ido dando vueltas para formular su experiencia del mundo.

ana-belen-2-martin-enrisco-otrolunes33En Siempre nos quedará Madrid (New York: Sudaquia, 2012) Enrisco consigue dar una nueva vuelta de tuerca a esos ejes sin dejar nunca de girar sobre ellos, moviéndose con libertad entre la autobiografía y la ficción con el objetivo de representar la experiencia del exilio. Para ello, el autor se centra en reconstruir la salida de su país y la llegada a Madrid, que representa lo desconocido. La estructuración de estas memorias coincide con la división clásica de las obras literarias en introducción, nudo y desenlace,  lo que apunta ya a la ironía y humor que las recorren. Como es habitual en este género, el narrador se sitúa en el tiempo de la escritura, en el año 2008,  y su retrospección arranca del día en que llega a Madrid en octubre de 1995 y termina cuando deja la ciudad en 1997 para establecerse definitivamente en los Estados Unidos. Las alusiones explícitas al presente son escasas y finales; la mayor parte de la retrospección se hace sin una vinculación clara con las circunstancias del autor/narrador en el momento de la escritura. Naturalmente ese vacío no implica que no exista una clara conexión entre el pasado y el presente, sino que el narrador deja que el lector la establezca libremente. Por otra parte, aunque la retrospección inicial toca también su vida en La Habana, haciendo un sucinto recorrido entre 1989, cuando conoce a Cleo (la aproximación literaria a la inefable Eida de la Vega),  y los primeros meses de 1995, cuando ambos preparan su viaje, el recuento de esta parte tiene como objetivo fundamental contextualizar la llegada a Madrid.

En las primeras páginas de la obra se considera implícitamente la complejidad de la representación literaria de todo recuerdo autobiográfico cuando el narrador compara el aeropuerto de Barajas con el café de Casablanca, el clásico cinematográfico, estableciendo un burlesco paralelismo entre el Enrisco y la Cleo que llegan a Madrid en 1995 y los protagonistas del film, perseguidos por los Nazis. La puerta de la memoria queda abierta así a la de la ficción a través del umbral del humor. Enrisco, en 2008 y desde su casa en West New York, observa con sorna su pasado y se recrea en un Rick caribeño cuyo café americano es la sala de llegadas del aeropuerto de Madrid. Enrisco juega en el título de su obra con la popular frase que el protagonista de Casablanca le dice a su amante cuando deben separarse: “We´ll always have Paris”, con la que le sugería la posibilidad de seguir amándose en el tiempo y el espacio del recuerdo.

El autor parece ser consciente de la condición subjetiva de los recuerdos, así como de que cuando estos se trasladan al texto se convierten además en una representación literaria; es decir, el texto no esconde el hecho de que la realidad representada en toda memoria no es sino el producto de una apreciación subjetiva cifrada conforme a ciertas convenciones literarias. Por otra parte, la definición de la imagen cinematográfica le sirve a Enrisco para complementar la imagen borrosa, simplificada e inestable que su memoria le proporciona (Brewer) de las experiencias vividas.

El personaje de estas memorias es ciertamente una proyección del autor, la que hace de sí mismo cuando tenía veintiocho años y acababa de salir de un país abatido por la ruina económica y el totalitarismo político. El punto de vista es el del autor en el momento de la escritura, es decir, el de un intelectual exiliado desde hace casi veinte años que reconstruye un periodo muy específico de su pasado. El recuerdo es una construcción mental de carácter dinámico y transitorio que se elabora desde los objetivos y conocimientos del yo en el momento de la rememoración (Conway & Pleydell-Pearce: 268), que en este caso coincide con el de la escritura. En un excelente estudio sobre los complejos procesos psicológicos que entraña todo recuerdo autobiográfico, Craig R. Barclay sugiere que uno de los propósitos fundamentales de la elaboración de la información autobiográfica es “la construcción y reconstrucción, la producción y reproducción de la historia”1 (99). Siguiendo a Middleton y Edwards, Barclay afirma también que “las sociedades y las culturas cambian gracias al efecto de actividades relacionadas con la reconstrucción de la memoria, especialmente si esas actividades ocurren entre colectivos que tienen un objetivo común” (99). Tal y como intentaré argumentar a continuación estas dos ideas sintetizan mi lectura de Siempre nos quedará Madrid.

Las memorias de Enrisco se centran en los dos años que vive en Madrid porque no pretenden reconstruir su vivencia personal del exilio (que vendría a ser una autobiografía), sino la experiencia colectiva de una generación que se vio en buena parte forzada a romper con su medio y salir al encuentro con lo otro. Enrisco se propone hablar de la experiencia del desplazamiento compartida por el grupo nacido en Cuba a finales de los años sesenta y principios de los setenta, que crece en unas circunstancias singulares, en un espacio físico limitado y sin demasiados lazos con un mundo externo muy diferente. La salida y el desplazamiento se presentan en la obra simultáneamente como un proceso de pérdida (o abandono) y como un proceso de conocimiento.

En la primera página de la obra el protagonista cuenta:

Llegué a este planeta (…) desde otro mundo y todo lo que me encontraba me parecía maravilloso. No era mirada de turista. (…) Acá afuera todo era distinto – las aceras, las paredes, las flores, la ropa, la gente, los colores, los olores, los ruidos- (…) Quizá esta impresión la habría tenido en cualquier sitio de la parte de afuera del mundo al que hubiera llegado. Sucede que en mi caso la parte de afuera del mundo que me tocó ver por primera vez fue Madrid.

Ese Madrid ya no existe. (15-16)

El narrador proyecta la idea de que su viaje no ha sido un viaje intercontinental, sino interespacial, pues llega a un mundo nuevo para él. Tal y como él mismo declara, la circunstancia de que el lugar en que aterriza fuera Madrid es anecdótica, pues la experiencia hubiera sido la misma en cualquier otra parte. Pero además de eso, el hecho de que ese Madrid ya no exista a los ojos de quien narra en el año 2008 se debe a que su mirada ya no es la de quien vino de ‘otro mundo’. El autor pertenece entonces al afuera de Cuba y  no puede ver Madrid con la mirada que tenía cuando su única referencia de lo real era la experiencia de Cuba. No en vano en esas primeras páginas de la obra el narrador alude al precepto filosófico “esse est percipi” de Berkeley cuando relata la sensación de irrealidad que experimenta al callejear por Madrid. Esa misma idea puede aplicársele al Madrid que el autor dice que no existe en 2008, pues no existe no porque no esté ahí, sino porque el autor ya no lo ve de la misma manera.

A pesar del título de la obra, la ciudad de Madrid no tiene protagonismo en la obra y funciona como sinécdoque de España y, sobre todo, del afuera de Cuba. Hay escasas referencias a lugares específicos y los espacios se suelen definir más por quienes los habitan que por sus cualidades intrínsecas. Las memorias de Enrisco no se concentran en los espacios, pese a lo que pueda sugerir el título, sino en la recreación de los descubrimientos y de los encuentros. Se dibuja así una rica galería de personajes que en su mayoría son inmigrantes cubanos: escritores, músicos, arquitectos y otros sin oficio conocido. De hecho, la obra, en conjunto, se centra en la experiencia de la inmigración, de la salida, pero sobre todo de la llegada y el establecimiento. El escritor se ve a sí mismo como un inmigrante y así se define. Cuando cuenta las diferentes, variadas y a veces inverosímiles experiencias laborales que desempeñó, el narrador dice lo siguiente:

Todo eso lo hacía con empeño y condescendencia a partes iguales. Nada de lo que había hecho hasta el momento para ganarme la vida me parecía indigno de mi condición de escritor desterrado. Hasta tanto no demostrara esa condición, era un inmigrante y mis trabajos hasta el momento se acotejaban sin problemas en esa categoría. (221)

Más tarde, vuelve sobre la idea al comparar el estatus de la emigración frente al del exilio:

El título de exiliado me parece demasiado pretencioso para alguien ocupado en mantener sus funciones corporales a un nivel básico. Puedo pensar lo que quiera pero a los efectos de mi vida diaria no paso de ser un simple inmigrante. (273)

Pero lo cierto es que Enrisco reconstruye sus memorias cuando su condición de escritor exiliado es innegable y su elaboración (reconstrucción) del pasado se dirige en cierto sentido hacia esa identificación y proyección de sí mismo. Sus memorias trazan la experiencia de la inmigración como base de la condición actual de Enrisco como escritor y como exiliado. Si bien es cierto que en las últimas décadas la mayor parte de quienes han salido de Cuba para establecerse en otros países no lo han hecho ya en calidad de exiliados, conviene señalar que este no es el caso de Enrisco, quien no ha regresado a Cuba desde su salida en 1995. No solo lo impide que su entrada en los Estados Unidos fuera como refugiado político, sino también su constante activismo contra el régimen de los Castros, que hace imposible el retorno hasta que no haya un proceso democrático y un cambio de gobierno en la isla.

Pero no sólo el narrador y la mayor parte de los personajes de Siempre nos quedará Madrid atraviesan por la condición de inmigrante, sino que la obra en sí misma se concibe por momentos como un imposible catálogo de consejos al inmigrante en la España de los noventa.

Un consejo para los aspirantes a emigrar a Madrid en 1995: eviten revelarles a sus compatriotas ya instalados previamente que su objetivo es quedarse por tiempo indefinido. (53)

El autor insiste en su necesaria selección de sus recuerdos en hacer públicas aquellas experiencias que tienen que ver con su condición de inmigrante. Esto resulta especialmente irónico cuando relata que una de sus efímeras ocupaciones fue la de encargado de prensa de Inmigrantes Sin Fronteras, una presunta Organización No Gubernamental que desde un principio el narrador considera sospechosa porque “un inmigrante sin fronteras es la Nada” (231). Pero el empleo que Enrisco desempeña durante más tiempo y con el que identifica buena parte de su andadura laboral en Madrid es el de redactor de La Tribuna Hispana, uno de los primeros periódicos destinados al colectivo de inmigrantes latinoamericanos que se aparecen en España. Al reconstruir su recuerdo sobre esta experiencia, Enrisco cimenta su futuro, desde el que escribe y en el que la ocupación de escribir se ha convertido en una marca identitaria.

La narrativa del exilio que Enrisco propone en Siempre nos quedará Madrid supone un cambio frente a obras precedentes de carácter similar, como La Habana para un infante difunto de Cabrera Infante. Enrisco se resiste a la evocación nostálgica de la ciudad original como paraíso perdido; su representación del exilio cubano escapa a la reconstrucción de un mundo destruido para centrarse en la experiencia del desplazamiento. Si hay un cierto tono nostálgico, este se le aplica en mayor grado al tiempo en Madrid y no al de La Habana. Pero en esa evocación, Madrid ha perdido su calidad geográfica e histórica para convertirse en el espacio del afuera, que es el que le interesa a Enrisco porque ese espacio sin especificidad es en el que confluyen las experiencias de otros inmigrantes, sea cual haya sido su destino final.

Edward Said afirmaba que “la memoria y su representación tocan de lleno aspectos relacionados con la identidad, el nacionalismo, el poder y la autoridad” (176), al tiempo que relacionaba la necesaria relación entre memoria e historia.  Como historiador, Enrisco sabe bien que la memoria colectiva es la otra cara de la Historia (Halbwachs), controlada y dirigida por el saber instituido, es decir, por el poder. Al contar sus experiencias sobre el encuentro con una realidad otra, su obra documenta la experiencia de una generación que queda escindida de varias Historias, la de Cuba y la del país de acogida, pues la Historia se sigue contando desde el punto de vista de la nación y dentro de sus términos, tanto ideológicos como geográficos. Es decir, la obra se proyecta de alguna manera como una narrativa colectiva y social de un grupo significativo de cubanos, los que optan por establecerse fuera de su país durante los años noventa. De ahí que las memorias de Enrisco se centren en retratar a persona(je)s con quienes el autor convivió, trabajó o se encontró durante los meses que antecedieron y siguieron a su salida de Cuba.

La inevitable presencia del poder y de la autoridad recorre la obra de muchas maneras y no solo a través de las referencias al régimen de La Habana, que se hace habitualmente mediante el uso de los pronombres “Esto” (desde dentro de Cuba) o “Aquello” (desde el exterior del país). Enrisco se interesa por revelar la narrativa del poder y observar las voces con las que se presenta a diferentes niveles. Y esto puede hacerlo al representar el diálogo que mantuvo con el oficial de inmigración que debía autorizar su salida de Cuba, pero también al describir el paternalismo insufrible de uno de los personajes que los recibe a su llegada a Madrid o al presentar las palabras de un escritor español que consideraba que más valía una Cuba prostituida por españoles que por americanos. Si bien no se esquiva la mención, y consecuente crítica, a Fidel Castro, esta es ocasional, y su figura no es de ninguna manera una presencia invisible en la obra, como si sucede en esas otras memorias canónicas del exilio cubano que son las de Reinaldo Arenas.

Así pues, hasta cierto punto estas son las memorias de una generación forzada a salir de su país para encontrar una realidad tan diferente que el shock era inevitable. Y estas memorias son por tanto también memorias del shock, del desplazamiento, de la entrada en el afuera. A través del recuento de una experiencia aparentemente personal, Siempre nos quedará Madrid reescribe la historia de Cuba en los años noventa, situándola fuera del territorio de la isla y documentando un episodio de la vida de muchos cubanos que forma parte de la memoria colectiva y de la historia de una nación en diáspora.

Bibliografía

  • Barclay, Craig R. “Autobiographical remembering: Narrative constraints of objectified selves”, en Remembering our past. Studies in autobiographical memory, David C Rubin ed. Cambridge: Cambridge University Press, 1996. 94-125.
  • Brewer, W.F. “What is Recollective Memory?”, en Remembering our past. Studies in autobiographical memory, David C Rubin ed. Cambridge: Cambridge University Press, 1996. 19-66.
  • Conway & Pleydell-Pearce, “The Construction of Autobiographical Memories in the Self-Memory System”, Psycholgical Review 107-2 (2000): 261-288.
  • Halbwachs, M. La mémoire collective. Paris: Albin Michel, 1997 (1950).
  • Middleton, D. y D. Edwards eds. Collective Remembering. London: Sage, 1990.
  • Risco, Enrique del. Siempre nos quedará Madrid. New York: Sudaquia, 2012.
  • Said, Edward. “Invention, Memory, and Place”, Critical Inquiry 26:2 (2000), 175-192.
  • Notas del artículo

    1. La traducción es mía

    Del Autor

    Ana Belén Martín Sevillano
    Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y Doctora en esa especialidad, en la misma Universidad, con el trabajo “Cuento Cubano Actual (1985-2000). Sus investigaciones y trabajos publicados abordan temas como los estudios culturales caribeños; herencia africana en el Caribe hispánico; estudios de género; migración y diáspora, y literatura caribeña y latinoamericana. Ha publicado el libro Sociedad Civil y Arte en Cuba: cuento y artes plásticas en el cambio de siglo (1980-2000), publicado en la editorial  Verbum, de Madrid, en el 2008. Actualmente trabaja en la Universidad de Montreal.