Un sorbo de café en la sutileza de los cuerdos

Sobre Café amargo, de Rafael Vilches Proenza

Luis Pérez de Castro

Café amargo
Rafael Vilches Proenza
Neo Club Ediciones, Miami, 2014

 

rafael-vilches-librario-otrolunes33Para todo cubano, sin importar hora ni zona geográfica, no hay nada más importante que una taza de café. Unos lo prefieren con mucha azúcar, otros con poca, y otros, entre los que me encuentro yo, amargo. Y este es el caso que me ocupa, el poemario Café amargo, del poeta Rafael Viches Proenza, publicado por la editorial Neo Club Ediciones y Alexandría Library, Miami, Estados Unidos, 2014; y estructurado por 45 poemas y un prólogo perteneciente al también poeta Luis Felipe Rojas, donde, con sutileza elaborada, nos dice: Yo creo en la resonancia de las palabras, en esa juntura múltiple que aparece después de un verso bien hilvanado y en este Café amargo hay más de una riqueza.

 

Quién hurga en el corazón.

Café amargo es una exhibición de la propia intimidad –que puede ser la de todos- de su autor, contextualizada en un mundo recreado de imágenes y metáforas desgarradoras, en un mundo atiborrado de marcas sociales, culturas inmediatas y discursos vacíos. Es esta historia intimista el retrato ¿moroso? y reflexivo de los desencuentros, pérdidas e incomprensiones sufridas por Vilches, también su inclinación gozosa por los ritmos y léxicos del habla cotidiana.

 

Cuál es el camino.

Es este libro una suerte de máquina cerrada, en buena medida endogámica, y donde se describe, en códigos fáciles de descifrar, el nuevo rumbo de una poética más reflexiva, más cercana al ser que somos, tal vez al animal que no permite enmascaramientos ni ser sustituido por cierto cosmopolitismo excéntrico, siempre subordinado a la cifra contable y a la palabra engañosa, pero que nos permite, a la vez, diseñarnos otros espacios para reconocer en ellos la distancia, la inaccesibilidad (en ocasiones perdurable) y el desencuentro.

 

Qué esperanza nos cobija.

En este afán de construir versos a través de la reflexividad se concentra, por una parte, la ardua tarea de Vilches de describir su preocupación por explorar y recrear paisajes y personajes exóticos, siguiendo, en algunos casos, la huella concreta de referentes históricos o geográficos existentes y, en otros, simplemente imaginándolos, con la intencionalidad de producir lo que pudiéramos llamar un efecto de alteridad o extrañación.

 

Qué hogar nos protege del inminente trueno.

Esta tendencia hacia una suerte de reteorización de los recursos realistas, indicando así la aparición de un uso epigonal de esos recursos, no muestra, para bien de la poesía y satisfacción de los lectores, un desgaste de la efectividad expresiva o estilística de los mismos.

 

Qué voz amansa nuestra soledad.

La creciente modificación y readaptación de los recursos realistas manifestados en todo su interior poético, como son referentes concretos, marcaje léxical y toponímico, datación histórica, reproducción del habla regional y exploración de la cotidianidad, no provocan ruptura, sino una reformulación de sus principios a la luz de nuevas estrategias, intencionadas o no, pero logradas por el autor. Entre estas estrategias me gustaría destacar, por su importancia, tres: 1) La exploración histórica y documental para diseñar los poemas, recurriendo siempre a elementos formales y temáticos proporcionados por la tradición lingüística o de la cultura a la que pertenece; 2) La recuperación del carácter lúdico de la actividad poética, sin otra finalidad que el juego mismo ya no solo con la escritura, también con el lector; y 3) La creciente, y bien lograda, dramatización de la escritura en su conjunto, es decir, la tendencia a configurar el poema no ya como el producto de una confesión directa de la propia existencia, real o imaginada, sino de la expresión de esa misma experiencia a través de máscaras poéticas y voces simuladas.

 

Qué mano ahuyenta los sueños a la noche.

Estas tres estrategias se vinculan de manera bastante estrecha en todo el ejercicio escritural. La exploración constante del pasado histórico o de los orígenes de la literatura responde, en parte, a la necesidad del autor de escapar a la tal vez ya saturada fijación sobre la realidad inmediata, o sea, describirse tal cuál es, evitar por todas las vías posibles un retrato hablado de su yo interior; y al intento de buscar nuevos moldes expresivos distintos a los de la coloquialidad.

 

Qué labios auguran la luz.

Estrategias estas ligadas, al mismo tiempo, con la necesidad de asumir personalidades distintas en el poema y recurrir, por ello, al empleo de máscaras y voces apócrifas para encubrir el origen de la enunciación y así escapar a la no bien preponderada identificación biográfica, por un lado, y, por el otro, con la tendencia lúdica a la parodia, entendida como burla a los principios de (au)toridad y de identidad aplicable tanto al mismo poeta como a los sujetos históricos o literarios.

 

Quién nos sacará ilesos del calvario.

De este modo Vilches, de manera intencionada o no, logra con destreza recuperar ciertos recursos tradicionales, pero quizás poco utilizados en la poética anterior, o solamente apuntados en ella, como los del monologo dramático, por ejemplo, para exponer sus estados anímicos o sensuales, sus deseos, añoranzas y frustraciones, o su memoria en el poema.

 

En mi pecho los gladiolos enmudecen.  

Como toda poesía no es más que una forma de reinventarse una vida, una identidad. En Café amargo esta poesía no es más que la elaboración en clave ficticia de una experiencia de vida, y su protagonista, Rafael Vilches Proenza, es, en mayor o menor grado, un personaje más inventado, otra identidad alejada de toda tendencia confesional. Y me alegra que así sea, pues de esta manera, intencionada o no, como dijera con antelación, logra hacerle reverencia a lo dicho por Jaime Gil de Biedma en su libro El pie de la letra, sobre el hábito de la literatura como vicio de la mente y otras ociosidades, cito: cuando poeta habla en un poema, quizás no hable como personaje imaginario, pero como personaje imaginado siempre.

Esta es la taza de café para todo buen cubano. No importa si nos llega del lejano París o del cada vez más cercano Miami, solo importa saber absorber su aroma, la voz del poeta que le habla a una multitud, crea un personaje que habla a otros personajes, que somos todos.

Buen apeti.

 

*Las cursivas son el poema “Reclamo”, página 23.