La tierra lo iguala todo

Sobre la novela En el bosque, de Katie Kitamura

Ainize Salaberri

En el bosque
Katie Kitamura
Sexto piso, 2014

 

katie-kitamura-librario-otrolunes33Que la literatura me sorprenda. Siempre la misma frase. Siempre la misma exigencia. Que me sorprenda y me sacie, que me delimite en un entorno donde no existen limitaciones. La literatura es libertad. Territorios en común donde encontrarnos y recomponernos. Territorios donde dejar el pasado y empezar a hilar el presente. Territorios que adoptamos como nuestros, que colonizamos sin pedir permiso, y que una vez desprovistos de sorpresas, interpretaciones, amor o soledad, dejamos en blanco para que otra mancha negra, emborronada –pues eso somos los seres humanos–, la llene con sus dolencias, miserias, abismos. En el bosque, de Katie Kitamura, era un territorio nuevo, virgen para mí; un territorio que, de no haber sido por la casualidad, nunca hubiese explorado. Ahora sé que En el bosque es una casa, una casa que lucha por no vencerse ni hacia la izquierda ni hacia la derecha en ese pico afilado que son los ríos y los mundos que terminan; una casa que intenta encontrar, en la balanza, la forma de sobrevivir a un destino que, por derecho, les pertenece. El derecho implacable. La paz insostenible. La vida de otros llamando a la puerta, exigiendo su propio destino, su propia realidad.

Kitamura narra el fin de una era, los últimos zarpazos de una lucha, la hecatombe, el perturbador sonido que se aleja, sin dejar de retumbar en el suelo, sabiéndose vencido pero incapaz de silenciar su lamento. En el bosque está lleno de gritos, lleno de socorros que nadie atiende porque saben de la inutilidad del esfuerzo, lleno de gestos que no recorren el espacio que deberían, de palabras que no terminan de encontrar el resto del abecedario; la obra de Kitamura es un compendio de sabiduría e ignorancia, de trinchera y bandera blanca, de estupidez e inocencia que clama, que tiembla, que reza por encontrar el veneno que dé sentido a la sangre que recorre sus páginas. Es, como decía, el fin de una era, la colisión entre dos mundos (el que termina y el que comienza) que no se entienden porque no pueden ni deben, porque el dolor, los estragos del pasado y la rabia del presente, no permiten el diálogo, la posibilidad. El futuro es dibujado en la horca y la horca es el bosque, y el río, y la granja, y los sirvientes, y los turistas, y la naturaleza, y la explosión de ese volcán (qué escena, lectores, qué escena tan brutalmente triste y bella) que deja todo perdido de cenizas que ahogan y callan, que ahogan y matan, que ahogan y aún vives.

En el bosque es un corazón cuyos latidos son cada vez más débiles. Un corazón que se ahoga en sí mismo y lo desconoce, que busca en la tierra esos otros corazones que ahora existían y que yacen en el suelo, moribundos, dando sus últimos coletazos al cielo. Esta tierra, susurran el barro, la grava, la hierba, la ceniza endemoniada, nunca os ha pertenecido. La libertad robada siempre vuelve para recuperar lo que acarrea su nombre. Y las fronteras, que acechan. «Esas fronteras que más que decir de dónde no eres te dicen dónde no te aceptan.» Eso lo dijo Herta Müller y eso es lo que pasa en En el bosque. Las fronteras, y sus habitantes, aquellos que siempre parece que viven en el límite, funambulistas, aquellos a los que se les ha quitado sin preguntar, empiezan también a exigir lo que les pertenece: nuevos seres a los que aterrorizar, nuevos seres a los que engañar, delimitar, prohibir, sancionar; nuevos seres a los que recordar que, por más tierra que vean, sientan o anhelen, esta nunca estará de su lado y que, de estarlo, serán esclavos de ella, porque la naturaleza también exige y estipula, porque la tierra condena. Müller también dijo que la tierra supone la existencia de las personas. Y es posible que les regale un número de identidad, una piel en la que retratarse y sobrevivir. Pero ¿y si la tierra es un pacto con el diablo? ¿Y si es eso exactamente lo que les ocurre a los protagonistas de En el bosque? La naturaleza te hace creer, con su belleza y tristeza, con su soledad y nostalgia, que hay posibilidad, esperanza. Tan detenida la encuentras, tan en pausa, sólo apreciando el abanico de colores que ofrece a lo largo del día, que crees que se ha olvidado de su deber, que esa tranquilidad le ha recordado que las guerras es mejor librarlas en tierra de nadie, no allí, en el bosque, donde las libertades robadas. Pero la naturaleza, como el río, no olvida cuál es su curso, ni su condena. Y en el momento en el que la tierra empieza a saldar sus cuentas, la naturaleza atiende, y Tom, su padre, los sirvientes y Carine, la chica que llegaba para cambiar destinos, deberán luchar a muerte, y a vida, para que la explosión no los deje hechos tiritas de esa tierra que pisan y que han amado pero que grita ya no más, es hora de que os vayáis. Escuchad los pasos, allí lejanos. Escuchadlos bien. Son vuestro fin.

En el bosque es ese momento tan humano en el que no queremos conocer la verdad porque no queremos alterar nuestra vida. Aunque sepamos que así derribamos el dolor, aunque sepamos que así estamos fuertes para construir, si acaso, una nueva frontera, una nueva tierra. Kitamura ha escrito la negación del derrumbe, la negación de los vencidos y el loco intento de mantener la libertad en medio de una prisión.