El lado oscuro de la sombra

Sobre el libro Un hombre en una isla, de Leonardo Padura

José René Rigal

Un hombre en una isla
Leonardo Padura
Sed de Belleza, Santa Clara, Cuba, 2013

 

leonardo-padura-librario-otrolunes33No creo que escribir acerca de alguna obra de Leonardo Padura pueda  considerarse  un atrevimiento dicho de la distancia sideral que nos separa, aunque lo hago inmerso en un mar de profundo respeto dada su condición de escritor de talla universal; y es que hay obras que merecen, más que una humilde labor crítica, un exclusivo reconocimiento a partir de lo tangible y perentorio de su contenido,  algo que he visto como urgencia  devenida en realidad, donde incluyo su promoción, que no me caracteriza, y considero esencial.

En Un Hombre en una Isla, libro de crónicas, ensayos y obsesiones, publicado por la Editorial Sed de Belleza, Santa Clara 2013, encontré, entre tantos textos inconmensurables, uno que llamó poderosamente mi atención y que el autor tituló “Yo quisiera ser Paul Auster”. En el Padura, mediante un colosal magisterio, nos brinda una panorámica de las coordenadas de cualquier escritor que decida escribir y vivir en Cuba, como en su caso, y que de alguna manera tenga que estar vinculado al medio, dadas las circunstancias que hacen de un escritor cubano con un mínimo de sentido de su papel intelectual, y sobre todo ciudadano, estar obligado a tener conciencia sobre la sociedad, la economía, la política de la isla y, si se atreve, a expresarlas.

¿Cómo pensar entonces, que desde una visión pragmática del entorno, no salieran textos que,  sin responder a una mala intención política, ofrecieran al lector una realidad  a tono con la argamasa de donde brotan los hechos literarios?

No pienso que el escritor a que me refiero tenga que comulgar como un político, pero sí debe tener su propia visión política del medio, y no prescindir de ella, máxime cuando la política en Cuba es como el oxígeno: se  nos mete dentro sin que tengamos conciencia de que respiramos, y la mayoría de las acciones cotidianas, públicas, incluso las decisiones íntimas y personales, tienen por algún costado el cuño de la política.

A algunos colegas he escuchado tildar de oportunistas a quienes, de alguna manera, se han proyectado acerca de estos temas, signos visibles de la cotidianidad, como si alguna mala fortuna se enseñorease del destino de los que vierten su impronta del diario vivir en la página en blanco, aunque no hagan de la política centro de sus obsesiones, medio de vida, proyección de intereses.

Labores literarias loables he visto salir de manos que han hecho de lo cotidiano arte y oficio, a partir de una responsabilidad común, que les ata a una conciencia ciudadana, estigmatizada por los valores intrínsecos del ser social propiamente dicho.

Pienso que hay realidades dolosas y dolorosas en cantidades suficientes como para proyectar trabajos encomiables en una sociedad marcada por el dramatismo de una política que se vive como cotidianidad, como excepcionalidad, como Historia en construcción, de la cual no es posible evadirse.

Manejar la realidad cubana desde la óptica de la literatura nada tiene de filiación, si como escritor y humano estamos inmersos en la raíz de la problemática nacional,  conforme a la capacidad del autor de captar con mayor o menor nitidez las particularidades de su cultura de origen. De ahí que la literatura deba cumplir su compromiso primeramente con la literatura, y literatura y sociedad han de ir, como los montes, tomados de la mano.

El contexto donde se desenvuelve la realidad cubana, con el que interactuamos a cada paso, está marcado por un universo de situaciones, en mayor medida desfavorables al desarrollo humano, de las cuales al escritor resulta imposible desprenderse, salvo casos excepcionales, por coexistir como uno más dentro del conjunto y observar una eficacia de vida a tono con el resto de la sociedad, absorto en un medio golpeado por las limitaciones que entorpecen, no solo su labor, sino su desenvolvimiento como ente social, contexto que en sí mismo ofrece materia significativa por donde encausar su labor de orfebre, sin necesidad de hacer de la ficción el centro de su oficio.

Observar estas ingentes situaciones y escribirlas no significa que hagamos de nuestra literatura un modo de filiación, o que tengamos que establecer compromisos extraliterarios, salvo en aquellos casos donde el “escritor” sea un profesional monitoreado por el oficialismo.

Por estos requerimientos vemos con agrado la proyección enfática del Premio Nacional de Literatura Leonardo Padura cuando afirma:

La vida de mi país, lo que ocurre en mi país, mis opiniones sobre la sociedad donde vivo no pueden serme lejanas. La realidad me obliga a lidiar con el tiempo en el cual, como escritor, cargo una responsabilidad ciudadana y una parte de ella es dejar testimonio, siempre que sea posible, de las arbitrariedades o injusticias  cuando estas ocurran, y de pérdidas morales que nos agreden, porque un verdadero escritor debe tener también una conciencia ciudadana.