Cartas a Mariana

Cuento

Hector Manuel Prieto

Hector Manuel Prieto.(Habana 1975). Licenciado en Pedagogía Musical. Obtiene premios y menciones desde edad muy temprana en cuento y poesía. Integrante del taller de creación literaria Cronopio dirigido por Amir Valle, en el año 1998, en octubre del 1999, es admitido en la primera edición del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde recibe talleres y conferencias de varios importantes maestros del ámbito narrativo, dirigido por Eduardo Heras León y Francisco López Sacha. Obtiene una mención en el premio Eclipse auspiciado por este centro para sus egresados en el año 2003. Su cuaderno de cuentos Réquiem para un doble siete es publicado por la editorial Extramuros, de Ciudad de la Habana en el 2008, y obtiene la distinción a mejor texto del año en el Puertas de Monserrate del 2009. Sus cuentos han sido publicados en revistas electrónicas en Cuba, México y Estados Unidos. Reside en Syracuse New York.

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Para Massiel Rubio, quien me habló de este hombre sin ser quien yo pensaba. En su cumpleaños…

 

¿Recuerdas, Mariana mía, la primera vez que nos vimos desnudos? Con ocho años, uno puede permitirse retener esos instantes. La fuente, la finca añosa, el carruaje del abuelo Gumersindo varado en medio del potrero. El dibujo de las palomas en el aire. El viento dulce sonando una obertura entre las cañas.  Ah, vienen a mí esos viejos detalles tan olvidados como aquel poblado de Campanillas.  Arriban cual caballada libre al lecho de la memoria. Esta mañana he despertado con tu imagen dando luces a mis ojos. Grabada en ellos, como una flor de lis en el muslo de una adúltera austríaca.

¿Cómo he podido olvidar en todos estos años un cuadro tan tierno? Un tropel de voces realzan el recuerdo: Hay que ocuparse de bañar al garçon, ese diablillo sonrosado, decía tú madre, madame Veronique Lupin. ¿Qué edad tendrían tus carnes púberes, blancos surtidores de maná, oliendo a esencias de marrakech?

Considera  mis metáforas viejos y adeudados cumplidos, pero creo necesario, mientras te escribo, hacerme de un halo fetichista, para evocar aquel instante tal como sucedió.

Yo, conforme a mis años infantiles, amante del barro, el estiércol de yegua, por nada del mundo me metía en la bañera. Tú me arrastraste de los cabellos hasta la fuente del patio. Mira, el niñito de piedra también está encuerito, y no protesta. Y si hace falta, me quito el refajo y me meto contigo. El agua no muerde chico.

Ahí quedaste, como la virgen amante que describe Shakespeare en su inmortal Hamlet, sumergida entre hojas y flores anegadas.

¿Cómo pude obviar hasta esta mañana, la perfección del cuerpo femenino, las inquietas líneas que se dibujan en la cordillera carnal, la piel amerengada, como para morirse saciando la gula, el externo laberinto de la desnudez virginal a lo Rubens, pero sin la mancha del látigo machista? Un calor desconocido me recorre esta mañana, eleva mi velamen, me hace sentir un ser renovado.

Ahora, riendo entre dientes, escucho los ronquidos de Sigfredo. ¿Te he contado ya de Sigfried, el atlas ebúrneo que comparte mi tálamo estos últimos días? Lo he pillado en un barcillo de mala muerte, borracho cual galeote, en la barra, y con un par de billetes nuevos, color zanahoria, me lo traje de esclavo. Ahora, se ocupa del jardín, las cañerías, las facturas infelices del mercado, y de mi cansado esfínter por las noches. ¿Una ganga, eh? Fue una verdadera mezcla de envidia, escándalo, rumores, cuando lo presenté a la sociedad, en una fiesta íntima para partenaires. Lo vestí a la vieja usanza, no sin antes darle un toque de estilo a su acartonada pasa, y gastarme en él unos dedos de ese perfume que, tan amable me envió el amigo François, pensando que quizás algunos no aceptarían las delicias que tiene su aroma de bracero. En fin, Don Fernando y Fini se quedaron encantados. En trunca conversación, se entendieron a medias con mi Sigfried. Yo, en lontananza, observaba. Con artes de juguete mecánico, se le podía leer los labios, coño, este flaco me tiene desgraciao. Lo que tiene que hacer uno pa vivir decente. Y los esquivos, las muecas ante tanto asedio de mis congéneres, fueron el show más comentado del mes en la Habana en Rose. Descarado, como si no le gustara la carne de gallo. En otra carta, dedicada por entero a mi gigante, te doy más detalles.

Ah Mariana, mi Mariana. Recién, mientras friego loza, me pregunto el porqué de mis evocaciones, mis hambres tardías de mujer. Yo, que he sido siempre un dulce seguidor del amor contra natura, un prostibulario buscador de mancebos, desconocedor del sabor que tienen los labios adoncellados.Yo, que me burlo de Platón, en su eufórico bosquejo de la entrega no carnal de los amantes, tan común entre los de mi especie. Misógino, destructor de la cultura maternal, me sorprendo recordando tu cuerpo blanco, y lo que es peor, deseando poseerlo. Debería cubrir de carbón y silicio mis ojos, aullar con sones y aspavientos de plañidero. Me siento, tomando una graciosa palabra de esta jerga horrible que nos amenaza cada día, como una vulgar tortillera.

Pero no, Mariana, no interpretes mal. En estas evocaciones, nada de lo que me embarga puede ser grotesco o vergonzante. Solo lamento que esta sensación no me ocurriera esa tarde, aunque nada hubiera sucedido, mi sable aún no había sido forjado, pobre ramilla, oruga infantil inocente.

¿Qué eras tú, entonces, en aquella edad dorada, en aquel ámbito mítico y bucólico? ¿La hija de una francesa venida a menos, y de algún pirata de siglo XX, desconocido, ausente? ¿O eras acaso una niña de 17 años, aplatanada, jugadora de muñecas, con un inmenso par de alas azules a la espalda?

¿Qué era yo, espuma y talco, rebelde ansioso, el bebito de mamá, o el dolor de cabeza de papá, administrador de esa horda chusmosa y bruta que trabajaba en central de azúcar? Papá. Apenas recuerdo a papá. Botas altas, tufo de Bacardí, potaje de judías, cinto enchapado en plata. Su correa no la conocí, en cambio, la manaza hizo estragos en mi condición. Que Dios lo guarde a su lado, Mariana, pero que no lo libere ni en el día del juicio, animal que era. Por eso José Félix fue siempre su preferido. Igualito a papá. El chulampín desgraciado hijo de… No por favor, bien que sé que nació de mi propia matriz. ¿Recuerdas cómo te acosaba en la leñera? Todavía, con sus 60 años cumplidos sigue salando la vida de cuanta mujer inocente se le cruza, y usando la misma palabra, no cruza esta puerta desde que le abrí la frente un día que borracho me dijo maricón, horror, delante de mi compromiso de años. Hacía, sabe la Virgen, cuanto tiempo estaba deseando sacarle sangre a ese Caín de porquería. No malinterpretes mis palabras. Te juro que fue, y ha sido, el único acto de violencia en toda mi vida. Pero perdona, me alejo del tema.

Sigfredo acaba de despertarse, y después de su café, lo mando a comprar nueces del Brasil a la shopping más lejana que haya en la ciudad. No quiero que su presencia enturbie la magia que trae tu recuerdo a mi alérgica morada.

¿Qué será de ti, después de 15 años de tú última carta? Ah, París, París. ¡Cuánto te envidio! Quizás debí irme cuando pude, con la salida de mi primer libro. Era joven y aún creía en las utopías, en que podría cambiar el mundo con una buena frase y un puño arriba. Ahora, ya no tan joven, sigo igual de comemierda…  Pero, no te espantes todavía querida… Total, en esa batalla corrimos legiones, y el que no murió en el campo de combate, o le salieron alas o le brotó una corbata en el cuello.

Coño, tenía que venir ese jodedor que cobra la luz, justo ahora. Enseguida estoy de nuevo contigo, mi flor de primavera.

Ya estoy de vuelta. Como te decía, daría cualquier cosa por pasear y sentarnos en la Rue de Montblanc, no sé, qué podría decirte a ti que conoces la ciudad luz como la palma de tu mano.

Pensarás que divago. Últimamente no salgo mucho a la calle. La Habana se ha convertido en un hervidero de malsanidades. Escucho las noticias por bocas de vecina, en estos días, corren rumores de un asaltador que ha desfigurado a varias víctimas, anda todavía suelto con sus desmanes a cuestas, y yo, por precaución no asomo la nariz, cuando Sigfried no está. El otro día, por las persianas, descubrí un mulato joven que estuvo unos diez minutos esperando en el portal. Se me heló la sangre en las venas, me imaginé cortado en trozos, o empalado. Total, después supe que era un trabajador social, de esos planes que andan en estos tiempos de Roma Imperial. Dios sabe de mis ruegos. No pienso dejar lo que tanto me ha costado reunir. Mis caprichos y mis colecciones. ¿Qué sería de mí sin el rebelde Virgilio, sin Casal en su tumba blanca, lejos del trópico?

Pero te extraño.

Te he extrañado desde siempre. Escribo esta carta a una Mariana que pudo cambiar mi vida. Una niña mujer dispuesta a lavar mis errores, mis incapacidades, como lavó el barro de mis travesuras. En todos estos años no confesé el tumulto de evocaciones, te recordaba y escribía para combatir mi soledad, para no tornarme un ser triste. Ahora que lo pienso, siquiera estoy seguro de que seas cierta. Mariana, a los bordes de tu falda hubiera estado tejida mi suerte, y quizás Sodoma no hubiera sido mi cuerpo, sino otra Verona.

Solo que la vida resulta un juego de naipes marcados, una gran cadena de circunstancias. Bajo esta piel, donde debió estar el remanso, no hubo más que un rebelde chorro de insatisfacciones. Me cansé de todo lo impuesto. Papá con sus borracheras de machismo y mamá buscando en Dios lo que debió estar entre sus faldas. Me cansé de los carteles tatuados en las esquinas, en las lenguas y en las frentes. Me harté de la misma imagen omnipresente y todopoderosa, atarugando los destinos de la gente con sus deseos y delirios. Yo no estaba hecho para seguir un curso, viajar a favor de la corriente. Y eso lo supe aquella noche, mi primera guardia miliciana en el Instituto donde estudiaba. ¿Qué podría hacer yo en el inconmensurablemente tenebroso edificio, con un fusil más grande que mi estatura? Nada, excepto aullarle a la luna y maldecirlo todo. Se me juntaron entre el olor a grasa del cañón y la frialdad de la madrugada, las nueces amargas de aquellos terribles años.

Imagíname. A plena luna, desnudo y armado, enclenque enciclopedia de huesos, dispuesto al ritual de iniciación al culto secreto de la vía estrecha. Recorrí  todos los pasillos, y allí, encima del pupitre de un tal Mario que se las daba de hombrecito, me dio por satisfacer mis lujurias escondidas. Derramé sobre su puesto una esperma lacrimosa y ardiente, como el estuco para preparar el fresco de lo que sería mi vida. Pero me faltó el aullido. La consagración a las fuerzas naturales. Apenas liberaba mi orgasmo, me sorprendió Metralleta, el guardia sereno de oligofrénicas maneras, que oficiaba por aquellos años en el Instituto.

Recuerdo sus ojos de loco. Su aliento a licores de última clase. Su mano haciendo la señal de la cruz como única defensa a lo que de seguro tomaba como un espectro. Le apunté el fusil a la frente. “Soy un ángel del Señor, un ángel de hoja flamígera”. –Creo que le dije, y solo pudo contener un “cojones”, entre los dientes manchados de tabaco. Entonces abrió sus alas este diablo que me ha acompañado siempre. Acaballado sobre el rabo del mulato conserje, deseé con todo el espíritu, que no fuera aquel el patio del colegio sino la plaza abarrotada, que no alumbrara la luz de la luna sino las bombillas de un gran estadio, que en vez de la ausencia, me vieran así mi padre y el pueblo combatiente reunido. Un furor incomprensible se desató por mis venas, y allí mirando sus pupilas salidas de las órbitas como único sentido, no paré hasta sentir la explosión en mi esfínter.

Ese fue el comienzo. Me costó medio año en una institución mental donde no articulé más de tres frases seguidas. Aquellos días fortificaron mi espíritu. Inicié un profundo viaje hacia adentro. Mi soledad, mi incomprensión hacia las cosas burdas y mediocres, la negación a las preguntas, la tormenta del hastío, la duda perenne, en fin todo aquello que me hacía negar a Dios, se fundieron como un homúnculo que me acompaña pegado a la piel desde entonces. Creo que todos estos años he buscado ansioso el beso de la muerte, la caída final. Justo todo este tiempo. Hasta hoy. Te he mentido, que es como mentirme a mí mismo. Tengo, empotrada en la pared una pequeña caja fuerte: allí, solo hay un fajo de sobres, todos tienen una sola dirección. Quizás sea falsa, o ya ni siquiera exista esa calle. Sé que nunca estaré en París, no pisaré el umbral de esa puerta pero nadie puede quitarme el refugio de tú memoria.

Ves como no soy ese ser que se anuncia con mis maneras de gentilhombre, a quien todos miran como un espantapájaros de bacará. Con estas manos que tan bien hilvanan una historia o un pollo en salsa agridulce, he cometido los peores crímenes. Por esta lengua de frases chics, succionadora de penes y almas, han caído docenas de cuerpos al abismo de las intrigas.

Una vez conocí a alguien sincero. Mientras bebo un café doble puedo contártelo. Recorría la calle en busca de una buena pieza de caza. Mi pelo rubio era entonces un atributo desordenador de espíritus, y sin esforzarme podía pasar por un machazo levantador de faldas, pero esa noche, no necesité mis trucos. Se llamaba Ovidio y estaba solo y triste. Acababa de romper con cierta mujer y en su despecho necesitaba un hombro. Comencé a frecuentar su bar, haciendo de mi papel de Freud merecedor del Cannes. En sus ojos vi una luz que no abundaba, y en esta representación, aprendí a reverenciar su desgracia. Tomábamos ciertos rones a la luz de la lámpara de cristal que ahora alumbra estos trazos, compartiendo versos de Martí, y aventuras de Kipling. Hablaba de su vida con una placidez fuera de este mundo, de cualquier cosa, era lo que se dice un ser sencillo, listo para comenzar una existencia feliz e inmaculada para ascender luego a otra dimensión tan pura como él mismo, y habría sido así,  si esta hembra no lo hubiese manchado con su desaire. Por primera vez saboreé el elíxir de un alma a quien cuidar como un hermano adolescente y lánguido. ¿Deseo? ¡Claro que quise llevármelo a la cama! Pero, resultaba tan increíblemente fácil que daba asco. Ovidio, a veces, murmuro su nombre, y una cascada de evocaciones inunda esta sala. La historia tiene un fin. Seduje a aquella mujer, la traje como un conejo a mi madriguera, y con los ojos vendados la hice esperar desnuda y abierta en mi cama. Él llegó puntual, pero solo halló una nota. “Tómala o mátala; no te detengas, no le temas al lobo que llevas dentro”. Después, en su silla del bar, me encontró leyendo a Dostoievski. Eres un maricón de mierda, dijo, y con el sonido de las llaves de mi puerta sobre la mesa se fueron al diablo mis únicas buenas intenciones. Nunca más volví a verlo.

¿Comprendes ahora qué ha sido esta casa, este punto en el Universo donde he dictado mis leyes, donde he sido rey y súbdito de mi condición?

Las paradojas suelen ser un tesoro, mi pasatiempo favorito. Nunca he creído la máxima hipócrita de la otra mejilla. Si me golpean, devuelvo el golpe, y no por ser seguidor de la vendetta he tomado ese camino. Bien que conozco el instinto de conservación humana. Le preguntas a cualquier macho activo qué desearía para su vida. Con voz gutural podría repetirte: “Dinero, salud, y una buena mujer”. Jamás piensan en la paz de los demás, en la armonía social, que con solo alcanzarla todo lo otro estaría presente. No Mariana. Más que a compartir, nos han atornillado a los sesos el derecho de dividir. Mucho me alegra que no hubieras vivido estos tiempos del trópico feroz, que más que una selva parece un teatro antiguo griego. Caretas, coturnos cada vez más elevados, coro inmenso de recitantes.

Bien. Basta. Te canso con mi filosofía amarga. La lengua y la pluma suelen hacer matrimonios diabólicos.

Sigfredo va a volver en cualquier momento.

Tendré que secarle el sudor de la espalda y los hombros, intentar adivinar en su jerga todas las miserias humanas que vendrán con él, entrando a través de esa puerta por donde me rehúso a salir en su colecta. Estoy tan cansado. La calle y todo lo que contiene ese mundo afuera, me extenúan la carne y el espíritu. Ese negro es solo el brazo que me sostiene para no dejarme morir sobre este sillón, como se dejó morir mi madre, de hastío y repugnancia por la vida.

Sigfredo vendrá y tendré que cocinarle. Como una buena esposa.

Tendré que despedirme en esta carta. Ponerla en su sarcófago de papel y condenarla a la espera como las otras. Una espera en la que sé no voy solo. Detrás de mí va el enjambre de siluetas de esos a los que hace mucho ya se les murió la luz. Y mientras pescan, deambulan, defraudan, fornican, revisan el calendario y el estado de sus cuentas, los días se les van hacia ninguna parte. Y se quedan así, cuando una tarde descubren, que el sentido de permanecer estaba en lo que pudieron hacer, en lo que les tocaba hacer, y no hicieron…

Sigfredo llegará con cualquier cosa menos con nueces del Brasil. Mi Mariana no volverá a tocar mi cuerpo. Sé que esta noche me dormiré pensando en aquellos tiempos en que fuimos magníficos, bellos y felices. Comenzaré a escribirte otra epístola rosa. ¿Ves?  Es eso solamente, tinta y papel. Vanidades de la memoria…