Herederas del silencio

Fragmento de la novela homómina

Ivón González

Ivón González proviene de Montevideo, República Oriental del Uruguay. Se radica en Buenos Aires a fines de la década de los sesenta; ceramista e incipiente escritora, también participa como actriz de forma aficionada. Algunas de las obras que su grupo interpreta son de su autoría. Bajo el nombre de Silvia Suárez González ha publicado las siguientes obras: En el año 1983 se publica su poemario Transfiguraciones (Ed. Marymar). Escribe luego guiones cinematográficos y participa como periodista. En 1987 estrena 1+1= YO en Buenos Aires, cuyo texto se publicó en 1996 por Ed. Del Valle (Torres Agüero). Desde 1993 organiza talleres de escritura creativa. En el libro Tratado de dirección escénica y técnica del actor del Maestro Pedro Asquini, publicado en 1995, participa con un estudio sobre “Linda” (personaje de La muerte de un viajante de Arthur Miller).
En 2003 se edita el libro de cuentos Cuentos para leer en el subte II, participa con el cuento “Una noche en el puente”. En 2012 participa en el “Premio Internacional de Relatos: Mil Palabras” convocado por Ediciones JavIsa23, quedando entre los diez finalistas con el relato: “Adaptación”; además de aparecer en el libro del premio, ese mismo año publica también con Ediciones JavIsa23 el cuento “Museo del juguete”, el cual ha sido traducido y publicado en catalán, con el título “Museu del joguet”. Entre sus proyectos se incluye la finalización de una novela, un trabajo sobre la Biblia (en proceso de estudio e investigación).

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I

Ayer no podía entrar a mis archivos. Escribí la clave dos o tres veces y me detuve. Fue cuando me dí cuenta de que no era el sistema sino mi memoria. Pensé y pensé en pocos minutos qué cosa me estaba faltando escribir, y recordé que al comienzo iba una M. Volví a escribir todo y el sistema me dijo que la nueva clave ingresada era muy parecida a la anterior. Me alegré de que así fuera y recomencé.

Hace un tiempo tuve un blanco total con el final de mi número telefónico. No podía creer que no estuviera segura de ninguna opción que elegía. Pensaba: lo escribo de memoria todo el tiempo en cada documento que debo firmar en los lugares de compra o simplemente al dictado para que alguien lo tenga. Tuve que mirar una tarjeta personal para corroborar si lo que escribí era correcto, y no lo fue. Cuando vi los dos últimos dígitos fue como si se hiciera el día y resplandeciera el sol. ¿Cómo era posible que no lo recordara?

Algunas veces un vacío absoluto al despertar  me impide saber qué día es y qué debo hacer. Quizá estoy muy obsesionada con las enfermedades que producen este tipo de síntomas… Pero algo sí sé, mi cerebro selecciona lo que desea recordar; hay películas, libros, de los que me pregunto cómo eran, qué tema  trataban o por lo menos traer a la memoria un personaje. Puede que así algo recuerde, pero no siempre soy afortunada. Ubico históricamente por fechas, pero los nombres o apellidos siempre fueron mi punto débil… Veo gente en la calle a la que estoy segura de conocer de algún lado, pero no recuerdo de qué sitio y menos su nombre…

Antes de que se me apaguen las luces tengo que escribir algo. Lo que diga posiblemente tenga algunos relieves desdibujados, pero confío en mi memoria emotiva. De ella depende la luz o la obscuridad de mis neuronas. La emoción se liberó hace ya bastante tiempo, porque al principio sólo  la razón me salvaba.

Hoy me desperté antes de las siete de la mañana con molestias en la garganta y como traspasada por el frío. No obstante le abrí la ventana a mi gato para que saliera y él estuvo reticente después de olfatear el aire. Me enojé y prendí la estufa. Decidí que era mejor ponerme un calzado abrigado y olvidar las ojotas, inseparables de mis pies.

Como todos los días Otelo, mi gato, me siguió hasta la cocina donde puse a calentar una taza de te con leche y, mientras esperaba a que se apagara el microondas, le agregué alimento en su comedero. Y otro flash me trajo el sueño por el cual me había despertado o engripado, o simplemente enfriado: era más joven e iba por la calle caminando tranquila (tengo un paso rítmico pero lento. Suelo pensar en esos momentos, mis neuronas se activan o algo de mi sensibilidad se moviliza.) En eso un hombre con muletas me pregunta si podemos hablar y respondo que sí pero no me detengo. No tiene mal aspecto y me acompaña. Se separa a medida que el tráfico humano lo obliga, estuvimos así todo el sueño, solo que algunas veces llevaba dos muletas, otras una sola y otras una como un bastón. En cierta ocasión lo veo caminar a mi lado sin ayuda de nada y llevando algo estructural en la  mano izquierda. Lo encontré muy atractivo. Ya me estaba cansando de que no me hablara y desapareciera y apareciera. Intenté cruzar una calle y se encendió el rojo del semáforo y me detuve en la calzada. Me sentí joven y coqueta. Usaba un vestido liviano, tacos altos y cartera de mano en la izquierda. Igualmente iba a cruzar pero vi venir unos vehículos grandes, ómnibus o camiones y me detuve. El hombre se puso a mi lado y se apoyaba en una muleta por el sobaco izquierdo. Me hablaba de su enfermedad, algo de nombre extraño que no entendí y que lo obligaba a un sostén de tanto en tanto. En esos momentos el hombre perdió su belleza. Sé que no pudimos hablar nada y eso me despertó. Quizá fue la molestia del cuerpo… Desayuné sentada en un ambiente frío y volví a la cama. El gato se puso a mis pies y intentamos dormir. Pero sonó el despertador. Lo apagué y me abrigué bien la espalda, tenía frío y volví a acostarme. Sonó el teléfono y pensé: la empleada que no viene. “Hola, bueno, pero dame media hora que me visto, hasta luego.” Sí venía, pero antes de su hora. Me quedé levantada, no tuve más remedio. Me vestí y faltando cinco minutos sonó el timbre. Era ella. Le abrí la puerta y puse a calentar un café cortado. Aunque encendí la calefacción del living no lograba entrar en calor. Vi a la empleada limpiando el baño con campera, guantes de lana y los de goma encima. Parecía un buzo antiguo con escafandra y traje acuático. Le ofrecí algo caliente y respondió que ya había desayunado. Le sugerí que se sacara la campera porque cuando se fuera se iba a congelar. Entonces volvió la imagen del hombre de mi sueño y me pregunté si esa aparición y desaparición de muletas no sería la representación de mi memoria, como una suerte de algo inseguro, como una luz titilante que no es continuo pero tiene la función de avisar algo, de llamar la atención. Y sí, en el sueño yo me decía: “¿Por qué no le hablás vos?” Lo creía inadecuado, como demostración de mucho interés, que era él quien tenía algo para decirme, que estaría esperando el momento oportuno. ¿Y si fuera una advertencia de mi memoria? ¿Por qué en lo onírico se disfrazó de hombre?  Y ¿por qué fui tan indiferente o miedosa al no comprender su situación? ¿Por qué no me detuve para que él pudiera expresarse? Parece que todo es más profundo… Es verdad que no suelo detenerme cuando un hombre me habla en la calle, no importa su condición. ¿A todos con la misma vara sería entonces? ¡Los sueños son un enredo! Querer desmadejar este intrincado enigma de imágenes y sensaciones no me va a llevar a ningún resultado. La oniromancia no es para mì. Mejor voy a la peluquería a hablar de bueyes perdidos y de paso me  arreglan el pelo…

 

II

Mi abuelo Bernardo nació en 1884 en algún lugar de España, cuando aquí en Buenos Aires se preparaba la Revolución del Parque. No tengo ni idea de qué fue lo que lo trajo al Río de la Plata… En la dedicatoria que escribió en la foto que le regaló a mi abuela, su letra era muy cuidada y bella. En el retrato él también lo era, vestido con un saco, camisa y corbata.  Es lo único que tengo de él. Todo lo que sé es a base de preguntar y supuestos. De él no se hablaba.

Mi abuela nació en Uruguay en 1900. Tenían más de una década y media de diferencia. Cuando tuvo cuatro años, se armó la Guerra Civil de Aparicio Saravia contra el gobierno de José Batlle y Ordóñez.

Mi bisabuela era muy hacendosa y bordaba muy lindo. Tenían bellas ropas y muebles con almohadones bordados y cortinas hermosas. Esto me lo contó mi madre. Su recuerdo infantil no muy amplio. Esta bisabuela encerró en un convento a su hija –la madre de mi mamá- para que no se casara con mi abuelo Bernardo. No sé si fue por un tema de edad o de apellido. Igualmente Bernardo y ella tenían un modo de contactarse: él pasaba a caballo por el convento y tiraba piedras a una ventana donde mi abuela lo esperaba. Se saludaban y se pasaban cartas, supongo que atadas a las piedras y así se acentuó el vínculo venciendo la oposición de la bisabuela porque, no sé cómo, se fueron a vivir juntos sin casarse. A mi abuela la metieron en el convento con quince años. El abuelo ya tenía unos treinta años para la fecha. En aquella época, los quince era la edad del matrimonio y mi bisabuela la confinó a los muros sagrados porque no quería a ese hombre por yerno… Imagino que mi abuela se escapó habiendo Bernardo arreglado todo o quizá esperaron a la mayoría de edad de ella. Es extraño el atraso de mi bisabuela. ¡El Estado era más moderno que ella! Ya existía la ley de divorcio por causal desde 1907, en tanto que el divorcio por su propia voluntad que beneficiaba a la mujer es de 1913. He calculado como pude que la hija mayor debió nacer en el ´21 y antes había nacido el hijo varón. Mi bisabuela ejercía el mando de una manera muy firme. La abuela me contó que cuando ella tenía cinco años aproximadamente, estaba encargada de ir a buscar, a la plaza de las carretas, la comida que unos familiares cocinaban allí. Para llegar tenía que atravesar campos. Era muy lejos según contaba. A la noche, desde su cama, escuchaba el ruido de las botas de los familiares. A mí que me perdone la abuela pero su mamá, que en el futuro sería más cruel aún con ella, tenía visitas nocturnas con botas y se me dispara la imaginación.

Además la abuela nunca me habló de su padre, por parte de quien decía que era vasco francesa. Ella tenía varias hermanas, algunas resultaron ser de otra línea paterna… Un niño acepta lo que le dicen pero no comprende nada de estas extrañas situaciones. Así viví yo hasta que comencé a atar cabos y a poner el orden que necesitaba para saber quién era mi familia. Porque, según me habían dicho, yo nací de un pensamiento y mi hermana de un repollo… Yo estaba contenta con la flor pero creo que mi hermana se sentía muy mal. Recuerdo que era tema de burla por mi parte.  La abuela cultivaba flores y verduras. Los zapallos eran redondos y verdes, como con gajos que se cortaban con un serrucho pequeño y tenían semillas que los niños gustábamos comer. Los repollos verdes oscuros se levantaban de de la tierra y se abrían como una flor. ¡Qué rara mi familia! Pero era así, yo no me cuestionaba nada. Cuando fui más grande, adolescente, recuerdo un día en que mi madre lloraba y yo la seguía por la calle, ella iba a tirarse debajo de un ómnibus, me alejaba y amagaba a tirarse. Esa locura terminó en mi desesperación. La agarré no sé cómo y la llevé a casa. Cuando estuvo más tranquila me dijo que ella no iba a votar a los blancos como la obligaba su madre, que antes se mataba, porque la huelga que habían hecho en el año y durante meses con sus compañeros fue en contra de ese partido gobernante, y que por eso iba a poner un punto final, que en su vida mandaba ella. Hablamos un poco más y me contó que su madre le decía: “¡Sos una anarquista como tu padre!”.  Pero ella sostenía que no era anarquista, que era socialista. Ni blanca ni colorada. O sea que la trifulca de la última guerra civil de 1904 de Aparicio Saravia –blanco- contra José Batlle y Ordoñez y los terratenientes que lo rodeaban –colorados- se estaba desarrollando en mi familia y querían obligar a mi madre a votar a los blancos. Yo era estudiante del secundario y solo conocía proclamas que escuchaba en la calle, pero no de una cosa así en mi familia. Ésto se registró en mi memoria. En la emotiva y la otra.

 

Mi madre apenas si se acordaba de su padre, porque falleció cuando ella era pequeña. Sus padres tuvieron cinco hijos: mi madre, tres tías –una fallecida siendo beba- y un tío que no conocí. Este murió en un accidente, lo atropelló un carro al cruzar una calle apenas fallecido su padre, mi abuelo Bernardo por línea materna. Una familia de mujeres, tal como la de mi bisabuela. Conozco un mínimo del abuelo porque no se lo nombraba nunca, ni fotos había. Mi persistencia detrás de un rastro más me llevó a algunas conclusiones.

Traté de averiguar con la tía a la que más quería. Ella me contó que se acordaba de que siendo chicas su madre las llevó a un lugar en donde podían ver a su padre por un agujero en un portón grande, que su madre las alzaba de a una y ellas lo miraban caminar entre otros hombres. Le dijeron que era un hospital de enfermos contagiosos. Y me quedé pensando que una población de contagiosos en un patio abierto era algo improbable. Menos que permitieran menores cerca. Pensé que el agujero en el portón era un ventanuco para  mirar a los familiares y que aquello era una cárcel. Deduje que mi abuelo había sido anarquista, socialista y después comunista (el Socialismo se denomina Partido Comunista en 1921 en ROU) y que habría estado en el “contagio” de la ideología que produjo revueltas por las 8 horas laborales o la crisis económica del ´30 cuando se preparaba Gabriel Terra para presidir el país o cosas por el estilo. Pero no un hospicio, la medicina era buena en el país… Mi abuela me había dicho que Bernardo había fallecido del corazón, en su casa y que era un borracho. Que el recogimiento fue en su domicilio y, mientras estaban de velorio, ella salió a las cinco de la mañana a hacer el reparto de diarios con el sulky. Yo ya tenía unos años cuando me comentó eso y podía pensar con cierta independencia. ¿Cómo podía ser que mi abuelo fuera un borracho si tenían dos casas, una con animales para la alimentación familiar, y otra a pocas cuadras, nueva, y que era muy bella, para vivir más confortables? ¿Cómo podía ser borracho si era quincallero y tenía el reparto de diarios? Evidentemente era un hombre que se preocupaba por hacer dinero y tener bien a su familia. Por otra parte comencé a pensar en los nombres de los hijos: Lenin, Libertad, Aurora, Elida, etc. Lenin era comunista, Aurora podría ser también por aquello de la “Aurora de la Libertad”; Elida era la región griega donde se desarrollaban las olimpíadas… Mi abuelo tenía una bella letra y no era un ignorante político, no creo que fuera borracho (quizá, si lo fue, se debió a que mi abuela no lo comprendía políticamente o ella mintió). Fui armando el rompecabezas y después seguí con el método de mi madre para descubrir a su familia gestionando las partidas de nacimiento en el registro de las personas de Montevideo. Ella guardaba un gran cariño por su papá. Recordaba que a la tarde las vestían muy lindas con vestidos de organza y enaguas armadas. Llevaban sombreritos y las subían al sulky e iban a pasear con el cazamariposas de red de la época. También recordaba que los baños de agua caliente en una bañera donde le ponían juguetes; para ella era muy lindo. Siempre iba de la mano con su padre a la puerta de calle, atravesando un patio o jardín, para despedirlo. Él le ponía la mano en la cabeza y le decía: “Hija vaya para la casa”. Al menos son detalles que hablan a favor de mi abuelo. En cambio mi abuela era muy enemiga de los libros. Mi madre la descubrió haciendo fuego con ellos. Desde pequeña, cinco años más o menos, recuerdo a mi madre leyéndonos cuentos. Le gustaba el cine y nos llevaba a ver las de Disney, quería que estudiáramos y le tenía terror a la palabra ignorancia. Se ofendía mucho si alguien le decía que ignoraba algo, se ponía muy mal cuando aparecía esa palabra, usada por su madre y su hermana mayor que era una bruja. Con la otra hermana se llevaba mejor. La tía que yo quería más, la Buena, que era más civilizada, como mi mamá. Supongo que mi abuela habrá hecho leña con todos los papeles de mi abuelo. En mi búsqueda de partidas de nacimiento y defunción de Bernardo sólo encontré una que podría ser de él, la de defunción, aunque no conozco a nadie de los que firman y el lugar donde se registra el fallecimiento no es la dirección de mi abuela. Tomo esa partida de 1931 como la fecha de su muerte. Mi madre tenía cinco años, gobernaba Gabriel Terra quien luego daría un Golpe de Estado para convertirse en el primer dictador del Uruguay.

Si mi abuelo Bernardo murió del corazón a los cuarenta y siete años, quizá el crack del `29 de los EEUU que produjo crisis en el mundo entero, influyó en sus ventas de quincallero y repartidor de diarios, llevándoselo junto a otros tantos que perecieron por esa crisis. Parece que mi abuela, al quedar sola con las niñas, encontró la solución en mandar a mi madre al cuidado de una de sus hermanas. Esta la envió a la escuela por un tiempo y luego la colocó como doméstica en la casa de un coronel o general, algo así. En ese hogar vivía, también, la hermana de la dueña de casa. Había perdido a su hija y tomó a mi madre como sustituta de aquella. Mamá cuidada a un bebé y también limpiaba algo según su edad. No pudo terminar la primaria, pero sí leía mucho porque el general o coronel tenía biblioteca. También escribía, tenía un cuaderno en el cual dejaba sus emociones de niña. La señora le hacía hermosos vestidos y la disfrazaba para Carnaval con ropa que ella le creaba. Mamá tuvo siempre excelentes recuerdos de esa casa. Como ella contó, cuando tuvo edad de salir a trabajar a una fábrica su madre la retiró de allí, le quemó el cuaderno de poemas y la metió a trabajar en un lavadero industrial,  donde era empleada la tía Buena. La dureza con la que habían criado a mi abuela era transmitida a su descendencia. Muerto Bernardo se perdieron las propiedades en manos de abogados que parece que engañaron a mi abuela y la casa nueva fue tirada abajo por su decisión. Según ella, estaba embrujada y le había causado muchos males. Lo que yo nunca entendí es por qué, si estaba embrujada, levantó las nuevas paredes con los escombros de la casa derrumbada.

 

Hace unos días vi en la televisión un video sobre la tarea de un quincallero actual. Se desempeña en la Patagonia. Tiene una camioneta cerrada a la que le hizo una puerta para acceder a su negocio. Lleva muy ordenado cualquier cosa que pida el empleado de campo: cinturones, sombreros, cuchillos, CD con música folclórica o cumbia, té en saquitos, mermeladas, ollas, ponchos, velas, faroles, chocolate, en fin. Es tan variado su mercadito a ruedas que nada que le pidan deja de tener.  Mucho frío y mucha paciencia, pasa regularmente por las estancias y levanta encargos para cuando regrese.

Mi abuelo hacía ese trabajo en  carro o carreta. El frío de la época era fuerte y andaba por los pueblos  o campos con su mercadería. Y en Montevideo repartía diarios en sulky a los puestos. Se la rebuscaba muy bien. ¿Por qué mi abuela nunca nos habló de él? ¿Por qué tanto desprecio a sus convicciones políticas o a sus saberes? ¿O había algún otro motivo? No se entiende por qué tanto odio al papel escrito, sea cuaderno, libro o lo que fuera. Ya no queda nadie para resolver el enigma.

 

III

Conocí a mi abuela, es decir, tomé conciencia de que esa señora era  mi abuela, cuando ella tenía casi cincuenta años. Cocinaba riquísimo, cultivaba su quinta, criaba patos y gallinas. Hacía injertos en las plantas y tenía unas dalias admiradas por las mujeres del barrio. Eran grandes, muy grandes y hermosas. Sabía muy bien injertar y lograba bellezas con las rosas y otras plantas. Recuerdo que me pedía que fuera hasta el almácigo de orégano y le trajera unas ramitas para la comida, ¡qué exquisito olor había allí!

Entre las pocas cosas que me contó hay un hecho que dijo había sucedido en Argentina: allí había erupcionado un volcán. Ella juntaba las cenizas que llegaban hasta su casa, en Montevideo, y que eran destinadas a lavar las cacerolas, que quedaban brillantes y sin nada de tizne. Cuando hablábamos cocinaba en un Primus. Después tuvo una cocina eléctrica pero siempre usaba ese calentador. Parece que la cocina gastaba electricidad que no podía pagar. Cuando fui más grande me contó que ella, cuando vivía con el abuelo, se levantaba a las cinco de la mañana y lo primero que hacía era encender la cocina económica con carbón y bosta –boñigas de vacas de la primera casa-.Ella era muy ahorradora, muchísimo diría. Los días de feria en el barrio iba con todos sus nietos, incluida yo. Hablaba con los puesteros para pedirles autorización y nos poníamos, guiados por ella, a revisar los cajones de verdura desechada como tomates, ajíes, berenjenas, etc. Cuando volvíamos con los bultos mi abuela ponía los tomates al sol para secarlos y usarlos cuando no hubiera frescos. Los ajíes limpiados con trapos impecables se ponían en vinagre apretados con piedras bien lavadas y se cerraba el frasco para el invierno. Con las frutas hacía dulces o licores, con las berenjenas otro encurtido: las hervía en vinagre y las escurría en el colador, después las ponía en frascos a los que les agregaba condimentos y se guardaban para el invierno, con aceite hasta el borde. Lo mismo hacía con los hongos, unos grandes, chatos y marrones. Al día siguiente de la lluvia se iba a su casa en el balneario Salinas y buscaba estos hongos entre los pinos y la pinocha. Regresaba a la ciudad con su cosecha y los preparaba como encurtidos para el invierno. Era la hormiguita guardadora de sustento invernal. Los huevos de sus gallinas los juntaba y hacía licor y con las cáscaras un nutritivo aperitivo de calcio para los niños contra enfermedades de todo tipo. Lavaba los huevos frescos de sus gallinas, los vaciaba en un plato o fuente, y las cáscaras iban a un recipiente al que le ponía alcohol blanco o jugo de limón exprimido –no recuerdo bien- a los pocos días las cáscaras desaparecían y sólo quedaba la membrana que cubre al huevo, es la que contiene el oxígeno para el polluelo. Las retiraba; al contenido, blanco por el calcio, le volcaba nueces y otras frutas secas y no sé qué más. Ese licor era un aperitivo que tomábamos todos los niños sentados a la mesa antes de la comida, en unas copitas durante el invierno. ¡Nos daba calcio puro, era rico y con frutas secas! Una maravilla cómo prevenía enfermedades. Mi abuela había perdido una bebita, Libertad, mayor que mi mamá, por contagio de una eruptiva y luego perdió a otra más chica que mi mamá por tuberculosis, y se había propuesto no perder más hijos ni nietos. Tenía manos de oro. El licor de huevo se servía cuando había visitas o lo llevaba de regalo, lo mismo hacía con el “guindado”, otro licor de guindas, y así sucesivamente con otros frutos como la naranja. Durante la Segunda Guerra Mundial había escasez de todo y ella cosía en su Singer ropa militar de faena o para obreros de las fábricas, su principal ingreso según ella.  Aunque más adelante, el principal sueldo era una pensión (no sé de cuál de los cuatro maridos difuntos…)  Me fijé, la Caja de Jubilaciones es de 1920-. Ahora me acuerdo: sin que nadie supiera ella se casó con un hombre con el cual convivió y del cual tuvo el último hijo. El hermanito fue bienvenido por todas las hijas. Pero no sé quién advirtió que el niño sería heredero de lo que mi abuelo había dejado. Se hizo un acuerdo familiar. Siendo ya muy grande mi abuela, mamá comenzó a tramitar  partidas de nacimiento, defunción y de matrimonio para hacer la sucesión en vida, ya que ese hermano menor no era del  mismo padre y había fallecido dejando una hija. Por ésta se hizo la sucesión.

La abuela había aprendido a hacer sábanas con las bolsas de harina que pedía en los negocios vecinos y en la panadería del barrio. Bien lavadas eran algodón puro. Tenían algún sello rojo o azul pero no se veía debajo de las frazadas y la colcha, nosotros dormíamos calentitos. La ropa se hacía en casa, todas las mujeres sabían coser desde niñas y siendo adolescente yo llegué a hacerme un tapado de invierno –mi madre nos mandó a aprender corte y confección además del secundario-. La abuela recibía visitas familiares y amigas algunos domingos para el almuerzo y cocinaba para un batallón, ravioles caseros con pollo o pato a la naranja o canelones de verdura o pastas al pesto con albahaca, nueces y aceite de oliva. Los canelones los preparaba el día anterior, hacía la masa, la estiraba hasta que quedaba finita y cortaba rectángulos que ponía en agua hirviente, una breve cocción y después los sacaba con la espumadera con mucho cuidado y los ponía en fuentes para que se enfriaran. Después preparaba el relleno, muy oloroso y rico. Yo veía cómo mataban a las gallinas retorciéndoles el cogote y luego estirándolo. Pobres bichos… Después del almuerzo, para la tarde, las tías hacían algo para el mate: buñuelos, tortas fritas, panqueques o bizcochuelos. Se jugaba a la lotería con maíz o porotos y los chicos participábamos, se reía mucho, se comía y mateaba. Después el licor y el café. Era una pobreza digna y no faltaba nada en aquellos años de infancia. Nosotras vivíamos a una hora y media de distancia de lo de mi abuela, íbamos los  fines de semana y en las vacaciones. La abuela, que cocinaba para todos, nos sentaba en el suelo en rueda y en el centro ponía una olla, nos daba a cada uno una cantidad de vainas de arvejas y nos enseñaba a pelarlas y poner los porotitos en la olla. Sabía tranquilizarnos y nos enseñaba a ayudarla jugando. Recuerdo un día en que yo no quise comer la ensalada rusa, la abuela me dijo que si no la comía no me levantaba de la mesa. Se lavaron los platos, todos jugaban y se hicieron las cinco de la tarde y mi abuela se acercó y me dijo que comiera. Yo no lo hice y terminó retirándome el plato. No sé qué me dio ese día porque yo amaba la mayonesa de mi abuela y a esa edad comía cualquier cosa por estar agotada de jugar. Mi madre me dijo cuando fui grande que yo era muy terca. Estábamos muy acostumbradas, mi hermana y yo, a tomar leche todo el día, inclusive en el almuerzo y la cena. No usábamos gaseosas ni limonada, sólo leche. Entonces, cuando estábamos con mi abuela debíamos levantarnos temprano, a las seis de la mañana, e ir con un primo o prima, verano o invierno, a comprar la leche a un expendio municipal con una tarjeta social para adquirir todo a un precio diferencial. Volvíamos y nos acostábamos nuevamente, pero yo tenía mi leche asegurada para todo el día. La abuela me dejaba abrir la heladera y yo tomaba de la botella y salía a correr con los demás, no es que no tuviera vasos, no, era mi urgencia por no perderme nada.  Además de la prevención de enfermedades mi abuela curaba, por ejemplo: ¿alguien tenía una verruga? Mandaba a que le buscaran una babosa en las plantas, cuando la encontraban ella la elegía, tomaba la mano o el pie del dueño de la verruga y refregaba allí al bicho y luego lo colgaba de un clavo lejos de nuestras manos. Cuando el bicho se secara y cayera del clavo la verruga desaparecería. Y así era, aunque nadie le hubiese creído antes. Había alguna mujer gritando y llorando enloquecida por algún motivo no comprensible –o sea, según ella, “histérica”-, se mandaba a unos a llenar baldes con agua y a otros a cortar ruda, se ponía la ruda en el agua y a la mujer la bañaban a baldazos con aquel preparado. No sé si la psiquis se le curaba o era el golpe frío que la callaba, pero no se escuchaba ninguna voz altisonante después de aquello. Si la cosa era fiebre y tos y algo más: ventosas. Eso sí que era feo para que viera un niño… Siempre encontrábamos la forma de filtrarnos y chusmear lo que sucedía. Las ventosas eran unos frasquitos como los de yogurt actuales, más gordos, se le colocaba un algodón con alcohol en el fondo y se encendía, esto se aplicaba en la espalda y no se soltaba hasta que se produjera el vacío entre la piel y el algodón encendido, una suerte de seis o más de estas ventosas hacían que la gente se quejara a gritos. El pavor que me dio cuando escuché a mi madre gritando por esta cura no se me olvidó más. Si alguien tenía algún problema en el trasero o en la zona vaginal: baños de asiento con malva. Se ponía al paciente sentado en una palangana con agua donde se había hervido malva -un yuyo del fondo o de la vereda, de hojas redondas y verdes-.  Si tenías paperas, a la cama quieto con rebanadas de papas en el cuello sobre las glándulas –debajo de la oreja-, al rato venían y las cambiaban porque las papas estaban calientes y colocaban otras frescas, esto era por unos pocos días, después a jugar. Te picaba una abeja, traigan un cuchillo y que venga el lesionado: con el filo del cuchillo descubrían el aguijón y ayudándose con algo lo extraían. Si te picaba un agua viva, pónganle rodajas de tomate. Te calmaba y era un deleite la frescura que producía. Cuando empezó a circular la tuberculosis mi abuela le daba a sus hijas leche de yegua, parece que era muy buena. Si alguien tenía tos perruna, esa que parece que tosieran dentro de un caño: tomar guaco hervido en leche con miel y cama. Transpirabas mucho y al día siguiente estabas normal. De tanto en tanto nos mandaba al aserradero del barrio a pedir un poco de lapacho u otros árboles. Nos decían que recogiéramos las astillas y le llevábamos. Regresábamos oliéndolos y distinguiéndolos unos de otros. Con eso ella hacía té para el hígado, estómago, en fin, según el árbol una curación. La marcela para los gases de los niños, el tomillo no recuerdo para qué era; el cedrón en el mate para el corazón. Los lunes hacía quietud y dieta, estaba todo el día en la cama y tomaba mate o agua y alguna fruta; lo supe cuando fui grande y me percaté de ese hábito. Era, según ella, un poco de reposo a los órganos vitales, una vez a la semana. El limón con aceite y azúcar era especial para limpiarse el cutis y las manos cuando había alguna actividad social; agua de lluvia para lavarse el cabello, huevo en el pelo y envuelto por unas horas aseguraba brillo y sedosidad después del enjuague. El Azul para la ropa teñía las canas con una hermosa tonalidad. La Belladona se compraba en farmacia y era oscura, se usaba en gotas no sé para qué. Pero siendo adolescente conocí a una italiana, ex modelo en épocas de guerra, que tanto ella como sus colegas y amigas se ponían una gota en cada ojo porque les abría el iris y quedaban más bellas –nunca me dijo por qué dejó de ser modelo, para mí que con el iris agrandado se dio un súper porrazo-.

Mi abuela era la “arregla pleitos” familiares. Se vestía coqueta, se maquillaba un poco y hacía visitas. Cuando fui grande ella me insistió para que yo hiciera lo mismo con la línea paterna de mi propia familia.

A mis cinco o seis años, uno de esos fines de semana, todos los chicos de la cuadra estábamos jugando en la vereda de mi abuela y mi novio, un rubiecito de bucles largos llamado Julio, pasó corriendo por mi lado, me lastimó el brazo debajo del codo con un vidrio sucio y dijo que no fue voluntario. Mi llanto por la sangre atrajo a los adultos y mi abuela me llevó a su cocina, me lavó y me puso azúcar con una cucharita. Sin apuro alguno y charlándome cortó el sangrado, me vendó la herida con un pañuelo  y me dijo que podía salir pero no a jugar. Yo encantada, pero ella, mientras me curaba, me había dicho que los médicos naturistas sanaban así. Ella no se ponía nerviosa y uno no lloraba, hablaba tranquila y te entretenía mientras iba logrando la curación buscada. Aprendí, siendo mayor, que cuando la abuela era muy jovencita había sido desahuciada por una quemadura de primer grado. No había con qué curarla. Llamaron a uno de esos médicos naturistas y la tuvo en la cama con un goteo continuo de agua sobre las heridas, noche y día, durante mucho tiempo. No le quedaron marcas de la quemadura. El médico naturista habrá utilizado algún yuyo cicatrizante, Pero mi abuela me dijo que el agua cura todo. Se salvó e hizo lo que yo conozco de ella  y lo que ignoro. Por ejemplo, no estoy segura si tejía, estoy sí casi segura de que hacía croché y creo que bordaba con bastidor. Si había peleas familiares mi abuela desaparecía y volvía a las tantas… Es decir, tarde. Todos estaban en sus actividades y ella ingresaba a su casa y hacía lo suyo. Me contó que lo que hacía era irse a pasear, caminaba mucho y cuando estaba rendida descansaba y regresaba también caminando. En la familia se caminaba mucho.

Cuando ya no tuvo nada de qué ocuparse, porque todos los nietos hacían su vida sin necesitarla, empezó a concurrir a cursillos para entretenerse. Tengo flores de tela hechas por ella en esos cursos.

Era descendiente de los Saavedra, la rama que se expandió con los cruces de Cornelio por el río Uruguay. Mi madre me contó que su primo hizo el árbol genealógico de los Saavedra –su madre era hermana de mi abuela- y terminó frente al  monumento del Saavedra de la Banda Oriental al que, en las placas,  le agradecían por todo lo hecho.

La abuela vivió a lo largo de un siglo con guerra civil, con dos guerras internacionales en Europa de gran repercusión en la economía uruguaya, agravada por el crack económico de EEUU, más dos Golpes de Estado en el Uruguay, todo eso sobre sus neuronas… Su escritura era muy dificultosa y con errores serios. Profesaba una religión que se manifestaba poniéndose la mano derecha en la frente y llevándola hacia la cima de la cabeza, decía: Madre María. Creo que había algo de espiritismo o cosa secreta en eso, aunque las comuniones y los casamientos se realizaban por iglesia católica.   Quería vivir hasta los cien años, tenía una especie de apuesta con el más allá…  Se fue, cansada de vida, a los 98 años.