Perfección literaria y versatilidad

Sobre el libro de cuentos Impulsos indomables a plena luz del día, de Carolina Fonseca

Enrique Jaramillo Levi

Impulsos indomables a plena luz del día
Carolina Fonseca
Uruk Editores, 2016

 

 

Escribir es siempre, en buena medida, indagar y descubrir. Poner en perspectiva, hacer balance, tratar de entender. Pero también es –cuando se trata de una auténtica obra literaria- crear y recrear. Y al hacerlo, añadirle realidad a la vida. El cuento, en particular, es un género que permite a su autor, mediante la síntesis y la pericia narrativa, establecer un nivel de comunicación emocional o intelectual con el lector. Hacerlo de forma precisa y contundente, independientemente de cualquier estilo que la escritura ponga de manifiesto; y en algunos casos privilegiados, de manera inolvidable.

El desafío permanente de la memoria, la súbita descarga de la intuición, la sensibilidad dejándose llevar, el certero conocimiento, la imaginación sin límites y el oficio como producto de la experiencia escritural, características propias de la creatividad, todos ellos intercambiando entre sí invaluables resonancias a la hora de escribir una obra literaria orgánica, integrada , con un mínimo de originalidad.  De tal manera que, dentro de la libertad absoluta que implica todo proceso creativo, lo que no puede haber es rigidez, encasillamiento, repetición, obviedad, chatura intelectual. La fluidez prosística, en cambio, es requisito indispensable, independientemente de si lo que se busca es la precisión o la ambigüedad.

Por otra parte, escribir implicará siempre una muy personal acumulación de vivencias profundas y necesidades expresivas cargadas de intencionalidad, las cuales convergen en una búsqueda impostergable de significación y trascendencia. Pero escribir artísticamente entraña, más que una reproducción mimética de la realidad, un ahondamiento en la experiencia humana, la cual es por naturaleza tanto profundamente introspectiva como socialmente colectiva.

Esto quiere decir, en resumen, que el genuino creador literario –ese artista cuyas herramientas básicas de trabajo son las ideas, las emociones y las palabras— busca recrear la realidad, cuestionarla, sacudirla, ponerla de cabeza para así tratar de entenderla mejor, y no simplemente reflejarla como si fuera un simple espejo. Y recordemos que incluso los espejos a menudo distorsionan la imagen; o por lo menos ponen a la izquierda lo que en la realidad aparece a la derecha, y viceversa, sin que conscientemente reparemos siempre  en ello.  Por lo que tampoco los espejos son de fiar.

De ahí la permanente naturaleza indagatoria, a veces increpante o contestataria de la Literatura con respecto a eso que solemos llamar Realidad. Por eso las obras trascendentes, las que en verdad resultan memorables, crean su propia realidad; y de paso nos sacuden, nos iluminan, nos conmueven o transforman al hacernos sentir y pensar lo que acaso antes no había sido parte de nuestra experiencia vital… Tengo para mí –y hoy comparto esta creencia- que Impulsos indomables a plena luz del día (Uruk Editores, Costa Rica, 2016), de Carolina Fonseca (1963), escritora venezolana radicada en Panamá desde 2011, es justamente ese tipo de obra.

II

Con un manejo impecable del lenguaje y de la imaginación, y un  trasfondo que oscila entre lo poético y el despliegue de una densa sensualidad, los 17 cuentos que conforman “Impulsos indomables a plena luz del día”, producen una suerte de imantación o encantamiento, tanto intelectual como visceral, que invita al lector a entender que el realismo detallista y el vuelo de la fantasía no tienen por qué estar enfrentados sino que en obras como ésta más bien se complementan para causar emociones que no se olvidan con facilidad. La manera de narrar –eso que llamamos estilo- mucho tiene que ver con este logro.

En este sentido, de las cuatro colecciones de cuentos que hasta la fecha ha publicado la autora (dos con otro autor cada una y dos más ella sola); –me refiero a: Dos voces treinta cuentos, A veces sucede, Cuentos compactos, y ahora Impulsos indomables a plena luz del día— este último, con un título inquietante y una destreza narrativa admirable, es a mi juicio el que más despliega un grado óptimo de perfección literaria y versatilidad. Una clara demostración, para quien ha seguido de cerca el proceso de su escritura desde que vive en Panamá, de que la lectura, el estudio, la autocrítica tenaz y la disciplina son herramientas indispensables para quien aspira a crear textos verdaderamente artísticos.

Comenzaré señalando que en sus cuentos todos –no sólo estos más recientes- Carolina jamás se queda varada en lo obvio de la pura anécdota, por más compleja o, por el contrario, aparentemente trivial, que pueda parecer lo que se cuenta, sino que interioriza emociones y explora intuiciones expandiéndolas sutilmente, y en el proceso logra captar la esencia, las capas más profundas que son la razón de ser verdadera de lo que ocurre. De ahí que tanto lo que sucede como la atmósfera o la manera de ser de un personaje, sin perder su importancia, a menudo pasan a un segundo plano porque lo que predomina es algo más denso -menos evidente-; mucho más significativo. Y una de sus maneras de lograrlo es a través del acierto en la selección del tono de lo narrado, así como debido a la elección efectiva del punto de vista desde el cual se relatan los claroscuros de sus historias con la mayor impunidad.

Esta forma muy particular de escribir, que encontramos en buen parte de su obra anterior, en Impulsos indomables a plena luz del día se exacerba de formas muy diversas en cada uno de los 17 cuentos que ahora nos ofrece. Si a esto sumamos la sensualidad contagiosa del lenguaje, su luminosidad incitante, que sin duda no es más que un reflejo de la mirada incisiva de la autora sobre las maneras de expresarse de la vida misma, tenemos un binomio germinal irrefutable de autenticidad y talento narrativo. Acaso haya que hablar entonces, en no pocas de estas historias —sin necesidad de que aborden siempre temas eróticos–, de una especie de impresionismo hedonista imbuido de una poética propia que eleva significativamente la calidad estética y humana de cada texto.

 

III

“Peces”, el cuento que abre el libro, es una exquisita mezcla de realismo mágico y prosa poética. Siendo el más atípico de la colección, este bello texto pone de manifiesto cómo las vivencias de la  imaginación pueden convertirse en realidad y vivirse como tales. De hecho, en el presente que narra la protagonista de esta historia, quien viaja en un metro subterráneo que se va internando por lóbregos parajes, resulta que lo extraordinario, impulsado por sus sentimientos, son una realidad mágica irrefutable. En su estómago nadan muy a gusto peces a los que ella percibe enternecida, y cuando un poco después estos se sienten amenazados, en un solo flujo de aguas desplazadas hacia el exterior salen por su boca poco antes de que termine el viaje.

Por supuesto que comentar así, en una apretada sinopsis, la mágica anécdota de este cuento y tener la oportunidad de degustar la atmósfera singular de su rica prosa son dos experiencias muy distintas, por lo que invito a los lectores a lo segundo para poder apreciar mejor lo primero. Mientras tanto, cito un fragmento:

Tengo cantidad de peces nadando en la barriga. Anaranjados como las naranjas, como el queso chedar que le gusta a mi madre, como el color de aquella pintura de labios que atesoraba de pequeña. Pero con más brillo. Acaban de entrar; me los tragué con un vaso de agua fresca, sin hielo para no herirlos. Creo que son peces de río, de agua dulce. Por eso me van a alegrar por dentro sin morirse.

En los demás cuentos del libro, siempre sorprendentes, se da una amplia gama de situaciones desarrolladas por la autora más en profundidad que en extensión, pues a menudo solo duran el tiempo real que demora dar testimonio de ellos. Así, una de las virtudes de estos 17 cuentos de Carolina Fonseca es el haber podido comprimir en pocos instantes la emoción de escenas que se viven o se recuerdan, y sin embargo hacérnoslas sentir como narraciones intensas que rebasan su momento y permanecen con nosotros como experiencias inolvidables más allá del texto narrativo.

Por ejemplo, la diestra descripción de los altibajos emocionales entre amigos (“Casi entrañable”); y la convivencia de una mujer con el marido indiferente a su condición de mujer, así como al desconocimiento del propio cuerpo de parte de la protagonista, que sin embargo es afín al amoroso cuidado de las flores, lo cual habrá de permitirle comunicarse finalmente consigo misma (“Una flor mustia”). Por otra parte, el despliegue de la brutalidad que puede poseer a un hombre cuando, agriado el carácter y harto de la rutina de años en una finca, sacrifica a las ovejas que ha cuidado por años, ante el horror de una niña testigo quien no podrá olvidar nunca la escena que, por cierto, mucho tiempo después ella cuenta retrospectivamente (“Contando ovejas”).

En esta nueva colección de cuentos de Carolina Fonseca no está presente la atrevida osadía erótica femenina de su libro anterior, A veces sucede, lo cual no es, por supuesto, ni bueno ni malo. Lo que sí hay, en cambio, es una gran seguridad al momento de plasmar sentimientos y deseos en sus protagonistas mujeres, imbuidas siempre de una libertad singular, de una naturalidad que no vemos mucho en los cuentos escritos por mujeres panameñas.

Más que la desinhibida sexualidad a veces fáctica, lúdica otras veces, que encontramos en algunos cuentos de su anterior libro, en algunos de estos otros de Impulsos indomables a plena luz del día el erotismo, sin presumir su nombre está presente y se deja sentir, no sólo en las manifestaciones del punzantes del deseo sino también en la toma de conciencia del ser femenino profundo, capaz de deslindar sin trauma alguno las satisfacciones pasajeras de los posibles enamoramientos tortuosos, sobre todo cuando se sabe de antemano que para bien o para mal nada es para siempre. Así, en cuentos como el ya mencionado y admirable “Una flor mustia”, y de otras maneras también en “Marino”, “El temple de Armando”, “Miopía” –un gran cuento-, “Jorge dormido”, “Del otro lado”, “Es ahora o nunca”, y en menor medida en “Cambiar de aire” (es decir, en 8 de los 17 cuentos del libro), la sensualidad exhibe sus pendones con diversos grados de efervescencia o contención, pero siempre con una intensidad que no está reñida con la sutileza de quien narra con una gran seguridad lo que considera indispensable poner de relieve o simplemente sugerir de la experiencia humana.

Uno no puede afirmar alegremente que “Miopía” es un gran cuento y pasar a otra cosa. Hacerlo sería irresponsable. Por tanto, debo decir que quien se lleva las palmas de la admiración decidida del lector en este texto es el personaje masculino, si bien la historia la reconstruye una mujer hondamente satisfecha, feliz, a quien un hombre gordo que sabe vivir y gozar la vida y hacérsela gozar a ella, le va cambiando la vida tras conocerlo en un aeropuerto antes de compartir asientos en un viaje de avión y luego al salir juntos y volverse amantes. Hay maestría en la forma de narrar esta historia, ingenio, gracia, lubricidad tanto gastronómica como sensual. Como en los buenos cuentos, en éste se va dando la aventura de un gradual descubrimiento mutuo, una felicidad que antes no existía en la mujer, aburrida con su trabajo corporativo y con la obligación de participar en seminarios aburridos en otros países, dando como resultado la toma de conciencia de haber ingresado a un mundo menos cuadrado en el que campea la alegría de las  satisfacciones duraderas, y por tanto las ganas plenas de vivir.

Cito un fragmento de “Miopía”:

A este hombre grande le bastaron diez días para que yo volviera a descalzarme sin asco por museos y jardines, a reír hasta llorar, a aspirar el aire de puro gusto, a dejarme catar el cuerpo con la misma sacralidad con que se paladea un buen vino; a olfatear con los ojos cerrados los panes del desayuno para adivinar los cereales y las semillas, a descubrir en las uvas grandes y jugosas el sabor del sexo y en el sexo el de las uvas, a hacer el amor donde se come y a comer en la cama; a copular degustando el mejor de los cacaos en el cielo de la boca, a ritualizar lo banal y banalizar todo lo demás.

Hay otros cuentos muy variados entre sí en este cuarto libro de Carolina Fonseca: “La caja”, “Todos los ríos”, “A destiempo”, “¿Dónde mejor que aquí?”, “Agua por todas partes”, Adiós niña”, junto con los ya mencionados “Peces”, “Casi entrañable” y “Contando ovejas”. Al igual que en “Peces”, en donde lo sobrenatural es parte inherente a la magia del cuento, en “A destiempo” lo fantástico ocurre de manera inevitable como parte esencial  de la trama. Una trama, por cierto, poco común en las historias de esta autora, quien más bien suele centrar la esencia de sus cuentos en la expansión de un instante significativo que va desplegando sus intersticios como parte inseparable del momento atesorado o sufrido, de tal forma que en realidad no pareciera haber trama alguna. En “A destiempo”, en cambio, hay una complejidad argumental resumida, la extrañeza de un enigma encriptado y un desenlace sorpresivo mediante el cual una maldición familiar llega trágicamente a su final.

En conclusión, Carolina Fonseca demuestra con Impulsos indomables a plena luz del día que es una escritora que sabe perfectamente lo que quiere expresar y tiene los recursos narratológicos para que las experiencias se combinen con las posibilidades imaginativas -como en efecto ocurre-, así como con un cuidado lenguaje escrupulosamente manejado, para producir una variedad de textos creativos de honda sensibilidad y arraigo en el lector.