Seguir viviendo

Sobre Obra poética completa, de Luzmaría Jiménez Faro

Carlos Murciano

Mírame, tiempo – Obra poética completa
Luzmaría Jiménez Faro

Colección Torremozas. Madrid, 2016

 

Muchos años atrás, Gerardo Diego escribía una “tercera” de ABC, glosando el sugestivo nombre de la poetisa gallega Luz Pozo Garza, cuya pulsión lírica con razón alababa. Lo recuerdo ahora frente al libro que, con el título de Mírame, tiempo, recoge la poesía completa de Luzmaría Jiménez Faro, esta madrileña del 37, que se nos fue el pasado año, dejándonos lastimados y huérfanos de su amistad y su cariño.

Porque este nombre suyo que se abre con Luz y se cierra con Faro, dice mucho de cuanto alumbró y supuso para la poesía femenina de lengua española. Ella fundó, en 1982, Ediciones Torremozas, una colección con esa exclusividad de género, que se ha mantenido viva y airosa durante más de treinta años, y que ahora celebra su número 300 de la mejor manera posible: reuniendo -dicho queda- todos sus libros poéticos en un solo volumen.

Mírame, tiempo, dice, y el tiempo la mira, y nosotros con él, y la vemos tal como era:  cordial, abierta, decidida, laboriosa, ilusionada con su empeño, poeta siempre. Por un cálido sendero fue su primer libro, aparecido en 1978 y firmado conjuntamente con su esposo, Antonio Porpetta (aquí se recogen los poemas propiamente suyos). En uno de ellos, en mitad del gozo del encuentro y del amor, se detenía, consciente, reflexiva: “Pero llegará un día/ que iré por un camino/ lejano y yerto/ que tengo que andar sola”. Dos años después, aparece Cuarto de estar. El nombre de su compañero, que parecía haberla llevado de la mano hasta el borde de la escena, como venciendo su timidez, ya no está. Ese camino “lejano y yerto”, gris y sin amapolas, que habrá de recorre un día en solitario, regresa aquí, en la cita inicial de Juana de Ibarbourou: ”Contra el camino largo,/ contra el viento enemigo” de la uruguaya, nuestra poetisa ha encontrado ya el necesario abrigo; y ello en las pequeñas cosas de su intimidad, en un “parto de tersura”, consolador y, al cabo, decisivo.

Porque de él arranca su impecable trayectoria lírica, con una sucesión de volúmenes que ratifican una vocación ejemplar. Digo Sé que vivo, (1984), Letanía doméstica para mujeres enamoradas (1986), Bolero (1993), Lugar de la memoria (1996), Amados ángeles (1997), Mujer sin alcuza (2005) -su más dilatado lapsus de silencio- y, finalmente, Corimbo (2011). El verso se despliega aquí, suelto, fluido -surge, incluso, el poema en prosa-, y los objetos cómplices, compañeros ayer, parecen regresar con el viejo quinqué olvidado: “Sobre tu línea transparente y pura/ se derraman las sombras”… Corimbo no es precisamente un libro sombrío, pero la nostalgia del ayer, de “aquellos lejanos días”, se hace presente irremediable: “El tiempo no existía”, pero “la muerte silenciosa,/ calladamente pálida,/ crecía con nosotros”.

Y acabó cerrando el círculo literario y vital de esta mujer poeta, que unió a su labor de creación, una tarea investigadora que ahonda en el ser y el hacer de otras cantoras notables (Carolina Coronado, Ernestina de Champourcin, Delmira Agustini, Amy Lowell, Carmen Conde, Mª Mercedes Carranza, etc).

Javier Lostalé, prologuista del volumen, escribe y resume: “Leer en conjunto la obra poética de Luzmaría Jiménez Faro significa entrar en un universo donde el amor y la muerte son un destino, el paso del tiempo está lleno de semillas, la realidad no es frontera, sino paso al pulso de lo invisible, el cuerpo se desnuda en espíritu y lo inanimado siente”.

Vuelvo a uno de sus títulos: Sé que vivo. Y  estoy con su aserto. Porque sí, sigue viviendo, con su fervor y su fulgor de ayer, en sus versos y en nosotros.