El silencio del poeta

Salvador Gaete

Si alguno de mis amigos escritores, que cada vez son menos, me sorprendiera juntando palabras para explicar el porqué de mi escritura, seguramente protestaría alegando que es tan poco lo que he escrito que más vale saber de mi silencio. Reproche habitual por lo demás que suelo contestar en fiestas de camaradería cada vez con una nueva displicente teoría, para enardecer el cielo de los poetas, escuchando de regreso argumentos como el rigor, la naturaleza, o incluso la responsabilidad del oficio. Argumentos todos que me hacen guardar respetuoso silencio.

Un escritor siempre debiera dar cuenta de su silencio, pues qué otra cosa puede ser escribir si no administrar ese vacío, servirse de él para interrumpirlo. Mi obsesión como lector ha sido descifrarlo, buscar bajo el sonido de las palabras aquello que no se alcanza con ellas, y cuando, salido del letargo, me he propuesto escribir, he procurado hablar y hasta vociferar en tácito. Mi único libro publicado, Isla Desertores, no tuvo otra finalidad que justificar ese silencio, en una generación marcada por el escepticismo, por la deserción de cuanta causa fue considerada loable, un escape no hacia adelante sino hacia el fondo. Un libro escrito al límite de la extinción, casi una botella vacía arrojada en el rompiente de la literatura, poemas mínimos que desprecian toda elocuencia, habitantes de una isla escrita al margen de la hazaña. En fin, un libro escrito para decir porque no escribo. Ha de saberse, como antecedente, que el título del libro fue publicitado previo a que realmente existiera, por lo que puede asegurarse que lo escribí atrapado por las circunstancias, exigido por una promesa realizada de manera descuidada, lo que comúnmente ha empujado a mis cercanos a concebir que sólo escribo sujeto a una amenaza inminente.

Esto me ha hecho pensar que escribo cada vez que me siento acorralado, pido la palabra como último recurso, antes de eso me acojo al derecho exquisito de guardar silencio. Aun así, declaro no ser un turista en el mundo de las letras, no entro en ellas como lo haría un snob, entro en la escritura como quien vuelve a casa, sé dónde encontrar los trucos, las imágenes, los silencios, como si después de un prolongado paréntesis todo se encontrara tal cual yo lo hubiese dispuesto. Tampoco tengo la pulsión que arrastra a los escritores al desvelo frente a la máquina u ordenador, tanto que el rigor o la prolijidad no merecen mi adulación, prefiero por naturaleza el descuido, como pensar sin método, si yo hubiese pensado una ciudad hubiese inventado Valparaíso, así me desparramo siempre encontrando el camino hacia el mar. Así mi silencio es también búsqueda, llena de equívocos y puertas encantadas. Podría decir que no escribo por descuido, por déficit atencional. Cuando vuelve la concentración dejo que Bartlleby guarde silencio.

¿Pero de dónde surge esta tendencia natural al repliegue, esta obsesión por tomar palco en la segunda fila? Partamos por la contradicción de poseer un espíritu beligerante, no puedo reposar en aguas calmas, necesito del conflicto, aunque rara vez sea quien los provoque, constantemente me pongo en riesgo para probar mis destrezas. Siendo estudiante, solía pasar inadvertido la mayor parte del tiempo para los demás, sin embargo cuando estallaba el motín, cosa que pasa al menos una vez al año en cualquier universidad, todos mis compañeros acudían a mí, no para avivar necesariamente la revuelta, si no para sentarme en la mesa mirando de reojo la contraparte, sorprendente, nunca capitaneé una negociación, mi puesto estaba a un costado y solo escuchaba, dejaba que todos gastaran sus armas y  cuando encontraba la grieta atacaba sin piedad de manera contundente y definitiva, ninguno de mis compañeros se hubiese atrevido a empezar una negociación sin acomodar antes mi silla en un costado. Ya en mi vida laboral he repetido incansablemente la fórmula. Exactamente eso hago cuando leo, al finalizar cierro la tapa cuidadosamente.

Ese saltar de la calma a la tormenta de manera natural puede tener otro antecedente. Hace ya un tiempo, un amigo extranjero me visitó en casa, y una fotografía llamó profundamente su atención, se trataba de un retrato de mi hermano desaparecido en 1974, un cartel de mano que sólo paseo en las marchas que conmemoran a las víctimas de la represión política. Le conté someramente el caso de la Operación Colombo y contesté sus preguntas a pesar que generalmente es un tema que rehúyo, tal vez por miedo a que la historia de Gregorio, que así se llama mi hermano, marcara mi vida más de lo que sospecho o admito, es increíble que aquel sea uno de los silencios en los que menos he buceado. Pasó un lapso, puede ser meses, tal vez un año y mi amigo, que además es escritor me envió un poema en que hablaba de esta historia, poniendo el énfasis en que esta fotografía no ocupaba un lugar principal de mi casa, si no que más bien se encontraba en un rincón con otros innumerables objetos que parecían desechados, me parece que esa fue la palabra que usó o al menos la que me quedó grabada. Pidió mi autorización para publicarlo, yo respondí que un poema cualquiera que fuera no requiere nunca permiso. Sin embargo, medité profundamente sobre sus conclusiones, pues si bien suelo ser escueto cuando hablo de mi hermano, lo hago por extrema discreción con aquello que merece mi orgullo, no usar su imagen como medalla de peleas que nunca di, aunque también en algún momento de la vida sentí que debía defenderme de su figura, no construirme en torno a él, no definirme como hermano de, siendo extremadamente joven y envuelto en la trama de diversas organizaciones me sentí predecible, como si alguien testigo de mi nacimiento hubiese dicho “sé exactamente qué hará este joven a los 15”, entonces poco a poco fui escuchando mi propia voz. Sin embargo esa voz nació también desde el silencio a propósito de mi hermano desconocido.

Debo decir que mis padres me educaron tempranamente en la rigurosidad del secreto, pasé gran parte de mi infancia imaginando mil desastres como consecuencia de romper el silencio, mi indisciplina que siempre me ha acompañado hizo que sufriera cada vez que a pesar de la ley paterna intentara mostrar a mis pequeños compañeros una realidad política que las circunstancias me habían obligado a entender precozmente. Toda la literatura de la que soy capaz pertenece a mi hermano, a su silencio y al mío, a esa ausencia escondida, cada letra que escribo surge tal vez para interrumpir esa ausencia.

Silencio significa siempre ausencia, ya sea porque el sonido se repliega, las letras se esconden o no germina el gesto, mas no existe el silencio definitivo, ni siquiera en la muerte como mi hermano. Quien ama el silencio espera la voz, como la calma anuncia tormenta, el silencio es la espera de la nueva guerra que tendremos que emprender. La lengua es un animal de conquista.

Del Autor

Salvador Gaete
(Santiago de Chile, 1973). Poeta y ensayista. Ha publicado Isis desertores (Mago editores, 2007), antologado en la publicación Lecturas de poesía. Su obra parece en diversas revistas y suplementos literarios en Chile y el extranjero.