Frenáptero (II)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Marco Tulio Aguilera Garramuño vuelve a sorprendernos.

Luego de habernos honrado con la publicación por entregas en estas páginas de su novela  Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental, que acaba de publicar la editorial mexicana Incunábula, nos propuso publicar una nueva novela: Frenáptero.

¿Cómo decirle no, si es uno de los escritores latinoamericanos más exquisitos de la actualidad y si, además, tiene la paciencia y la gentileza suficiente como para que podamos ofrecer a nuestros lectores sus colaboraciones como uno de nuestros columnistas?

Continuamos así, en este número, con la segunda entrega de esta, una nueva aventura literaria de Marco Tulio. Es un placer, como verán ustedes, leer a este colombiano asentado desde hace muchos años en Xalapa.

Redacción de OtroLunes

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En el primer fragmento presentamos, recuerda, oh, paciente lector, al frenáptero Adolfo Montaño, un muchacho encantador que practica todas las artes imaginables y que discurre como un arroyo fresco por las soleadas y polvorientas calles de la ciudad de Cali a fines de los años 70.

En este segundo fragmento asistimos a los problemas altamente metafísicos que le plantea la dura existencia cotidiana en un territorio roturado por la salsa y el control.

 

El mayor problema que le ocasiona a Adolfo la armonía catastrófica entre su alma hermosa y su cuerpo perfecto es el de las seducciones. Hombres, mujeres y bestias caen abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de hincar el diente real o figuradamente en su carne de ave celestial. Donde quiera que esté Adolfo nunca falta ningún inoportuno que lo mire con ojos  usureros.

Los recursos para llegar hasta Adolfo han sido tan diversos como los matices del verde en la selva amazónica al amanecer.

Memorable y bochornoso, por público y descarado, fue el abordaje del profesor Paz, poeta él y algo deschavetado. “Fue hace algunos años en el San Luis Gonzaga”-dice Adolfo-. “El bardo inconsecuente emprendió, en plena clase de literatura francesa, sin disculpa alguna, un discurso sobre Proust y lo hizo con esa elegante y soñadora retórica que lo mantenía en la cuerda floja que va de lo ridículo y lo sublime.  Contó esta historia: ‘Un día antes de casarse,  Marcel Proust estaba asomado a la ventana de su casa en Balbec. Una melancolía inexplicable le aplastaba el alma. El otoño, bello y fugaz, había alcanzado  su máximo esplendor’.

“El profesor Paz aspiró aire por la nariz, elevó las cejas y frunció el ceño, en  lo que quiso ser un suspiro de alta gravedad.

─La alegría de su próximo matrimonio había comenzado a  ensombrecerse ─continuó el profesor Paz─. La idea de que estaba a punto de prometer su persona, tan ávida de mundo, a una sola mujer…

En ese momento la voz del profesor se detuvo trémula. Los estudiantes fingían un delirio lacrimógeno. El profesor inmune a la burla, agitó las alas de sus pestañas rizadas con cucharilla e hizo descender su mirada desde el empíreo hasta posarla en la humanidad de Adolfo .

Adolfo se hallaba sentado en la fila de atrás, el pupitre en ángulo de 45 grados y el alma cabalgando en vilo de la fantasía: con el tiempo, gran esfuerzo y unas noches de vela, el frenáptero podría a llegar a ser el asmático novelista de la gracia caleña e invitado perpetuo de alguna Madame Vedurin, en eso ensoñaba.

─Estando en semejante situación ─agregó el profesor Paz─ Proust vio pasar por el sendero, bajo los álamos, como una visión, a un adolescente digno del pincel de Fragonard.

Clavó los ojos con descaro de un ave rapaz en el frenáptero  y dijo:

─Adolfo Montaño, eres despiadadamente bello. No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca sino con los ojos.

─Frase hermosa, bien dicha, pero poco original, caro ejemplar de la pedagogía contemporánea ─dijo el frenáptero a manera de pase torero, que los condiscípulos aplaudieron con entusiasmo.

Nuevo suspiro desmadejado del profesor Paz. Al pronunciar la palabra “adolescente “ los ojos el profesor se habían abatido sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones o como picas en nucas de Flandes mientras se paseaba la punta de la lengua rosadita y obscena por el bigotillo trasparente.

Adolfo se puso rojo como un semáforo en rojo entre los murmurios y carcajadas contenidas de sus compañeros.

El profesor Paz agitó  velozmente la cabeza, como el famoso perro de aguas pero que ahora se sacude el exceso de humedad intentando, supongo, (continua Adolfo) desprenderse del bochorno: era pública la afición del profesor Paz por los culitos rosaditos rozaditos pero nunca se había descarado a tal extremo.

Gracias a las leyes gravitacionales, la inercia o rotación cefalea, arrió las velas de la retórica en mentado profesor y concluyó humildemente, con los puños cerrados bajo su barbilla débil de hombre de poco carácter según Gall, y los ojos bajos, como quien termina su monologo y espera el aplauso.

Sólo faltó que hubiera caído de hinojos, “con lo difícil que es en la actualidad conseguir tales hierbas (y aquí Adolfo derrapa su historia hacia las virtudes calmantes del agua de hinojos, hierbecilla prácticamente desaparecida de la faz de la tierra por culpa de ciertos depredadores sobre quienes es mejor no hablar  para que el frenáptero termine con el asunto de la declaración de Paz).

─Y el gran Proust ─la voz de Paz es casi inaudible─ sintió que había una relación profunda, tal vez una armonía misteriosa, cósmica, entre el paisaje otoñal, el dolor de saber que pronto iba a perder su libertad y la gentil coquetería del paso del muchacho.

Pero el mal ya estaba hecho, concluye Adolfo. “A partir de entonces no pude volver a gozar de la clases del profesor Paz sin tener presente su mirada de ave carnívora y sin temer el alboroto de mis compañeros.”

 

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Hay que aclarar que, en el caso anterior, como en la mayoría de los demás que puedan clasificarse bajo el rubro de seducciones o declaratorias de amor, Adolfo no sintió temor por sí mismo ni odio al postulante, sino únicamente pena por las consecuencias que la sociedad haría pagar al osado y especialmente por los remordimientos, quemaduras del alma y desastres íntimos que su incapacidad de corresponder a tantos novicios, ocasionaría. “Yo haría de mi cuerpo y todos sus accesorios, espíritu y orificios incluidos, una fuente en la que todos abrevaran, si supiera que eso los haría felices. Pero sé que sucedería exactamente lo contrario”

Adolfo, cuando habla de negocios que conciernen al  comercio de su cuerpo y todo lo que contiene, con el mundo y sus habitantes, mira al Cielo desde donde se siente protegido por su Padre. Hay quienes afirman que el frenáptero es el último de los que tienen comunicación directa con los de allá arriba. Un extemporáneo habitante del Paraíso.

Como todo frenáptero que se respete, Adolfo hace filosofía. Pero su filosofía es asistemática, caprichosa, poética y depende generalmente del objeto que se halle entre sus manos, la persona que se interponga entre él y un paisaje, o el mismo paisaje que siempre tiene para él algo digno para ser corregido. La filosofía de Adolfo no se puede escribir en libros ni estudiar en universidades. Para comprenderla hay que seguir al frenáptero por las calles, estar dispuesto o preparado para ocho o más horas de ascenso interrumpido rumbo a las cimas de los farallones que se vislumbran a la distancia, hay que degustar sus gestos y estar pendientes de sus instantes de iluminación o descubrimiento.  Todo lo anterior forma parte del equipo indispensable, más a ello hay que agregar una gran dosis de paciencia, noches de vela a granel  y, sobre todo, una piel de rinoceronte que ayude a soportar las palizas que pueden llover de cualquier parte en el momento más impensable.

 

***

 

“Acostarse con la hermana de uno es como cometer el pecado original “dice Adolfo. Luego se retracta. “No, no puede ser tan original si muchos lo han hecho” Y concluye: “Pero debe ser sabroso ¿no es cierto?

Adolfo dice que tiene un paisaje que siempre lo acompaña y que en él vive innumerables aventuras. También afirma tener amigos invisibles de los que nunca se separa. Por eso, cuando cuenta un hecho acaecido  en el famoso paisaje, lo que hace con gran deleite, invariablemente lo relata en plural. “Cuando vimos al toro en medio de la isla, nos dirigimos hacia él. La noble bestia torno la cabeza para rascarse el lomo con el hocico y adoptó una actitud cubista. Yo grité, “mira la Guernica” y Pedro el Ermitaño asintió. De modo que a partir de entonces fue Guernica nuestro punto de referencia en el paisaje”

Adolfo tiene también varias amigas entre las mil veces citadas por cultas, guapas y secretamente lujuriosas señoras que rigen las altas cumbres de  ciudad. Ellas lo necesitan aparentemente porque en la conversación del frenáptero  aparecen personajes exóticos, sugerentes y olvidados como J. Ladrón de Cegama, Clermont de Auvernia , Abd-Allatif y ciudades que ya no existen en las guías de turismo convencionales ,verbigracia Ratisbona, Baricorrimorena y Fuenteclara del Ebro. A ellas (las señoras, a fuerzas de cursos intensivos, mujeres, insisto, cultas pero con caries culturales insuperables) les asombra la capacidad de embutir tantas palabras raras, lugares desconocidos y personajes presuntamente célebres en una sola frase, y además, con una gracia tan sin afeites. Adolfo sabe que las hace rabiar de gusto con sus peroratas y no ignora que tras los ojos de admiración mística hay bestezuelas golosas  que más vale no convocar. Por eso elude las horas del acoso y es asiduo de las propicias  y cuando escucha el tintineo de una vajilla de plata en el comedor, se prepara para recibir con indiferencia mal disimulada la pregunta que ha estado esperando desde que franqueó el umbral:

─¿Quieres la magdalena mojada en té?

Eso basta para que se ponga a temblar. Ellas saben que solo el Magnificat podrá calmarlo. “En esos momentos-dice- siento ganas de caer muerto de la emoción, de abrir los brazos y que me nazca una flor en el corazón”.

 

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Adolfo le lanzó un directo a la mandíbula de su madre y la noqueó. No quiere decir a nadie por qué. Como autocastigo se encerró en su habitación y de allí no ha querido salir en dos días. Parece que su propósito era convertirse en un monstruoso insecto. Ni las tías adoratrices  ni Pura ni los sobrinos amados Loreta y Tato, han logrado que abra la puerta.

Durmió mucho, tuvo bellos sueños, y cuando despertó  halló que la mano agresora estaba arrugada. Era un trapo viejo prendía  de su muñeca. Inmediatamente se sentó en el banquito de las reflexiones, se ocupó enjundiosamente de pensar el caso, y concluyó que para curar a la agresora debía ponerla a tomar agua. Llenó el lavamanos  y metió la mano. Allí la dejó hasta que quedó satisfecha, rebosante, “como una manzana de naturaleza viva entroncada en mi muñeca”, dijo.

Preguntando sobre el asunto meses más tarde, Adolfo respondió con toda indiferencia:

─Lo hice porque se lo merecía.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.