Como alas de pájaro

Sobre Antología Poética, de Philip Larkin

Jorge de Arco

Antología Poética 
Philip Larkin
Edición de Damià Alou
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2016

 

En la primavera de 2014, la editorial Lumen daba a la luz la Poesía Reunida de Philip Larkin. Las versiones de Damià Alou y Marcelo Cohen nos acercaban el cuerpo esencial de la lírica larkiana a través de sus tres libros más significativos: Engaños (1955), Las Bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). Además, se añadía una selección de sus poemas dispersos y una selección de notas muy reveladoras. Recuerdo que, por entonces, saludé aquel volumen con el convencimiento de que su obra marcaría para el lector español un antes y un después en su recepción y difusión, como así ha sido.

Ahora, tras la reciente publicación de su Antología poética, esa obra vuelve a un merecido primer plano gracias al empeño del citado Damià Alou, quien ha escogido con rigor una destacada muestra del poeta británico.

Dividido en once apartados temáticos, (“Poética”, “La creación del personaje poético”, “Epifanías”, “El viaje”, “Sabiduría popular”, Retratos”, “Amor y sexo”, “La soledad”, La vejez y la muerte”, “Una rebeldía y su retractación” y “Vida animal”), la compilación ahonda en el quehacer de un autor de lírica honda, mas inteligible, cuyo pretendido coloquialismo viene envuelto en un más que notorio afán de perdurabilidad. Su máxima poética radicaba en la “transferencia emocional” que debía transmitirse desde el autor al lector, y que él supo y quiso retratar trazando una personal geografía de lo cotidiano.

En su extenso y revelador estudio -más de cien páginas-, Damià Alou afirma que “la poesía de Larkin nunca propone verdades abstrusas, retorcidas reflexiones filosóficas ni pretende poner a prueba nuestra inteligencia con acertijos mentales (…) La inteligencia que aplica en sus poemas (…) siempre es accesible, y dentro de esa accesibilidad, siempre añade un pequeño giro que nos hace pensar un poco más”.

Desde esa personal perspectiva, el discurso de Philip Larkin crece de manera prodigiosa mediante una solvente sabiduría verbal, un riguroso discurso y una fuerza lingüística que sabe nombrar lo que permanece y lo que se va: “Las palabras sencillas como alas de pájaro/ no mienten,/ no adornan las cosas/ por timidez./ Los pensamientos que ruedan como peniques/ a través de cada reinado,/ se reducen a su máxima sencillez/ pero perduran”.

Cabe recordar que Philip Larkin nació en 1922 en el seno de una familia acomodada y apenas salió de su Inglaterra natal. Trabajó como bibliotecario en la Universidad de Hull y fue un excelente conocedor del mundo del jazz, al que se dedicó ampliamente como crítico. Si bien su primer poemario, El barco del Norte (1945) y sus dos novelas iniciales, Jill (1946) y Una chica en invierno (1947) no tuvieron eco alguno, en 1955, su libro “Engaños” -que integraban  29 poemas- inauguraba una forma poética rupturista y original que bebía de la lírica más evocadora y cromática de Yeats.

Después de aquel éxito, Larkin fue moldeando su cántico hacia una oralidad más reconocible procedente de la vigorosa influencia que dejó en él la lectura de Thomas Hardy. El sarcasmo, el humor, el escepticismo…fueron poblando su quehacer posterior hasta alcanzar cotas de trascendente madurez en sus dos libros posteriores más definitorios: “Las Bodas de Pentecostés” y “Ventanas altas”.

“Mis poemas se explican tan bien solos que cualquier comentario sería superficial. Todos derivan de cosas que he visto, pensado o  hecho y dudo de que entre sus temas haya nada extraordinario”, dejó dicho el propio Larkin.

No parece que, a tenor de la relevancia y de los estudios y análisis críticos que ha propiciado y sigue recibiendo su obra, esa  pretendida sencillez abarque al conjunto de sus lectores. Tras sus versos, se mantiene -aunque parezca paradójico- una enigmática realidad, un misterioso sentimiento que penetra en el espíritu de todo aquel se que acerque a su abarcador legado: “Amanecer por fin; allí en la nieve/ tus leves pisadas que van y vienen./ La noche nada más nos muestra:/ ni la vela, ni el vino a medio acabar/ ni la tierna dicha; sólo esta señal/ de que tu vida en la mía fue a entrar./ Pero cuando la lluvia la vaya a disipar,/ lo que nos reveló el amanecer perdurará,/ sea pena o felicidad”.