Laberinto de hojas

Sobre el poemario Claros, de António Ramos Rosa

Jorge de Arco

Claros
António Ramos Rosa
Edición bilingüe. Presentación y traducción de Verónica Aranda
Polibea. Colección Orlando versiones. Madrid, 2016

 

“Con más de medio centenar de libros publicados, desde la plaquette O grito Claro (1958) hasta Em torno do Imponderável, la de António Ramos Rosa (Faro, 1924 – Lisboa, 2013) es una de las obras más extensas y coherentes de toda la literatura portuguesa”, escribe Verónica Aranda al inicio de su prefacio “El poeta demiurgo”, y, que sirve de pórtico, a éste grato y atractivo volumen que comento.

Claros fue escrito por el vate portugués durante su etapa de madurez, en la década de los ochenta, en un momento en el que el propio autor confesaba: “Lo que busco es un espacio para respirar. Que mis palabras dibujen un paisaje aéreo, silencioso, inicial”.

Ese espacio, tan necesario como personal, lo hallará Ramos Rosa a través de la incesante indagación de un trascendente callar, de un río de sombras, de una extrema desnudez donde el verbo se torna naturaleza, plenitud, libertad: “Donde estoy respiro y ardo. Nada sé. Soy la savia incandescente de lo compacto (…) Soy todo aquello en lo que estoy. Ramaje y agua, aire, piedras, el sueño verde de la tierra, los colores, los muros, los árboles y las casas dormidas, rugosas, todo, en su entera totalidad, aquí, en la coincidencia feliz de ser, de ser más, ebriamente límpido, misteriosamente idéntico”.

A un lado su generoso caudal creador, su tarea ensayística fue sobresaliente y primordial para fundamentar la pertinente renovación que la poesía lusa demandaba. La corriente surrealista que comenzó  a mediados del pasado siglo supuso la superación del neorrealismo imperante. Y fue, precisamente, Ramos Rosa, quien puso rumbo a una estética distinta, depurada y caladora, junto con otros grandes de las letras de su país: Jorge de Sena, Sophia de Mello Breyner Andressen, Eugenio de Andrade.

La propia Verónica Aranda, que con tanto acierto ha vertido al castellano su moldeable y delicada prosa poética, anota en su citado prefacio: “Ramos Rosa recupera la sinceridad en el decir, la confianza en el poder de la palabra para llegar a la plenitud y el autoconocimiento profundo. Cada verso equivale a una respiración”.

El volumen consta de 31 textos que reúnen voces, pensamientos, sombras, vestigios, sensaciones, imágenes, instantes…, de un proyecto totalizador basado en convertir en palabra su silente mirada, tornar en experiencia común su visión universal: “Mi deseo es polen, delirio de la piedra, laberinto de hojas (…) Escribo con tres vocales de agua pura y cuatro palabras de sol blanco. Una señal dibujada en la arcilla, una araña minúscula, una pequeña llama en el suelo, el temblor del aire, todo indica que las palabras, entre el sueño y el sol, se consumarán con la verde energía del deseo liberado”.

Admirador y traductor de la poesía francesa -a la que tanto debe y tanto le debe, Francis Ponge, René Char, Paul Eluard, Yves Bonnefoy…-, supo extraer de ella la viveza de su ulterior diálogo y la pureza de su desnuda seducción. Fue Bonnefoy, quien precisamente dejase escrito: “La más pequeña palabra/ en su profundidad tiene música”.

Y música de la sangre y del corazón, tienen, sin duda, estas páginas, que vienen envueltas en el sereno azul de una nueva y brillante colección poética que junto con este volumen, ha editado ya Blancura, de Eugenio de Andrade y las Odas de John Keats.