Mi cuerpo en los umbrales

Disertaciones que se pasean entre la arquitectura y la presencia onírica en los espacios

Denisse Español

Aunque el título suene insoportablemente poético, iniciaré este ensayo con algunos conceptos prácticos, ya que para pasar al interior, ese adentro al cual se llegará a través del análisis minucioso de la mente y del cuerpo, debemos tener claro ciertos conceptos básicos para adecuarnos a la terminología que utilizaremos en lo adelante.

Cuando escuchamos la palabra umbral, nos viene a la mente una frase específica: “el umbral de la puerta”.

¿Qué es el umbral de una puerta más que un paso? Una simple pisada, acción intrínsecamente transitoria, en la cual pudiéramos permanecer, si así lo deseamos, por hecho de esperar, pero sabiendo en nuestro subconsciente que ese lugar existe con el propósito básico de ser cruzado.

Apoyándonos en esta premisa, la palabra umbral será utilizada en lo adelante para nombrar o agrupar aquellos espacios que cumplen con una función de tránsito, de ser efímeros en su uso. Espacios que aparte de servir de conexión a dos espacios o más, no poseen otra función específica más que la anteriormente descrita en el umbral de la puerta.

Dentro de esta categoría arquitectónica – literaria, podríamos nombrar algunos espacios, esclareciendo la idea de los mismos: una ventana, una puerta, la escalera y el pasillo, elementos fácilmente encontrados en una escala pequeña o manejable para el hombre. Mas allá de esta escala, un poco hacia el exterior, podríamos de igual manera encontrar espacios que cumplen con la misma función, conectar, ser nexos urbanos o internacionales. La carretera, debajo del puente (espacio parecido a una puerta), la sala de espera…

Marc Augé.

Marc Augé.

Este concepto ampliado de los umbrales, nos hace dirigir la mirada hacia el antropólogo francés Marc Augé, quien en su libro “Los no lugares. Espacios del anonimato. Antropología sobre la modernidad” de 1993, introduce el concepto del “no lugar” dentro de la era en que vivimos o como bien él lo llamaría “la sobre-modernidad”. Quiero hacer aquí un paréntesis, pues luego de haber estudiado los conceptos de Augé, me he dado cuenta que los espacios a los que llamo umbrales, no necesariamente son “no lugares”.

El no lugar de Augé, es un espacio que puede llegar a tener una función más que la espera o el tránsito, aunque sean lugares de corto uso. En su concepto Augé, califica como “no lugar”, aquel espacio con el cual el ser humano no necesariamente tiene que crear un vínculo afectivo ni modificar, por el uso del mismo, su identidad, espacios como habitaciones de hoteles, aeropuertos, grandes centros comerciales. Lugares a los cuales se accede, sin intención de permanecer por largo tiempo pero si percibiendo un uso específico fuera o aparte del tránsito.

Algunas diferencias entre estos dos tipos de espacios, siempre tratándolo de hacer desde un punto de vista interior, no necesariamente erudito, sino basado en reacciones naturales del cuerpo en los diferentes ámbitos de estudio podrían ser:

Los espacios a los que llamo umbrales son utilizados sin el interés previo de hacerlo, por lo cual no necesariamente pueden ser llamados lugar final. Los mismos son la vía para lograr algún objetivo. Los “nos lugares” a pesar de ser un espacio que no genera apegos sentimentales, son espacios a los cuales el usuario desea ir, o debe ir. Se planifica para hacerlo. Por lo tanto, la diferencia clara entre estas dos clases de espacios sería que el umbral tiende poseer un uso más efímero, en el cual el usuario permanece en movimiento, vivenciando la transición física o bien, con la expectativa de abandonarlo lo antes posible. Nadie dice, “déjame ir a la casa pues tengo que subir la escalera”, el simple hecho de pensarlo parece absurdo.

Otra diferencia sería, que el “no lugar” es un concepto que surge con la era actual, en la que vivimos, en la modernidad extrema. Los umbrales, sin embargo, han existido siempre, aunque hayan sufrido variaciones físicas a través del tiempo.

En lo sucesivo y hasta que me canse, traeré pues, descripciones subjetivas de los distintos umbrales que he encontrado en mi búsqueda, hecho que se ha convertido en una divertida cacería. Degollamiento subjetivo de los mismos, efecto que obtenemos, como enfrentando un proyecto de arquitectura, a partir de la observación íntima del ente a ser intervenido. Los umbrales serán tratados sin tapujos, sin tabúes, finalmente, ¡qué les importa a ellos lo que pensemos!

 

La ventana

Hay ventanas que están muy presentes, que son importantes dentro del espacio en el cual se han concebido. Otras deciden desaparecer y ser simplemente luz. Algunas desaparecen también, pero gracias a la visión que presentan y se convierten en el hueco perfecto, otras, sólo están…

No tenía idea la ventana, de que sería tratada como un espacio. Acostumbrada siempre a ser conocida como un simple hueco. Tampoco hay que alarmarse, en nuestro estudio y búsqueda, le hemos adjudicando características de un espacio mínimo, furtivo: el ser un umbral. Ella, dentro de su nueva y controversial nomenclatura es ciertamente diferente a los demás.

Digamos que la ventana entraría dentro de la descripción de un umbral simple y llano, si el hecho a analizar fuese la huida o el adentramiento inapropiado a un espacio. Entrar-salir no se corresponden con la esencia misma de esta apertura cotidiana en la pared.

Podemos mencionar su personalidad de nexo, conectando desde la visión del ser humano el mundo interior con el exterior. Su sentido de paso sería, precisamente la mirada. Tomando este solo concepto, no siempre el hecho de mirarla significaría que estamos utilizando un umbral. En algunas ocasiones podría comportarse como elemento de contemplación, acción duradera en el tiempo por lo que durante el mismo, sería la ventana un espacio para “estar” si nos refiriéramos a la mente.

Estirando su existencia estática a un acto, que como umbral deba reflejar una transición, es más bien la ventana quien nos brinda ese movimiento a nosotros sus usuarios. Ella, aparte de conectarnos desde la vista, también nos entrega visiones, que aunque parezcan estáticas, están constantemente en cambio: El paso del día, la luz del sol que varía en los segundos, sobre los ladrillos, el inminente anuncio de la noche, el sol con su acostumbrada muerte o bien, su constante nacimiento frente a ella. Los cambios climáticos, las hojas que se mueven con el viento.

¿Seremos nosotros el umbral de la ventana? El ente que ejerce la transición en un nivel consciente, ¿O será el mensaje que nos llega a través de ella, el medio para cambiar de un espacio a otro, en la mente?

Algunos especialistas en espacios pensarán que la ventana no debiera ser incluida en la categoría de umbral, sinceramente, por ocasiones he llegado a dudarlo, luego, cuando la analizo desde la mirada que desecha por completo lo objetivo y se basa en las cosas que solamente se sienten y a través del sentir se conocen, redescubro razones suficientes para no retirarla. Como sea, queda abierta la discusión.

 

La escalera

La escalera en la mayoría de los casos, inteligentemente se desarrolla dentro de su contenedor. Zigzaguea en paralelo uniendo sus dos inicios o sus dos finales.

Hay silencio, exceptuando los sonidos que le rodean, que están fuera de ella. El único sonido que pudiera adjudicarle es el de mis zapatos pisándola. Existen otros tipos de ruidos, o conversaciones espaciales en su presencia, por ejemplo la luz que cambia de una a otra. Unas tan oscuras y estrechas, otras como las protagonistas de todo un espacio, llenas de luz.

Movimiento ortogonal, uno a uno junto a la vista o al compás del cuerpo, de dos en dos, si lo observamos o la vivimos desde una perspectiva más ágil. La escalera siempre está en movimiento. Sus peldaños gritan ascensión y su deseo de ser utilizada, subir, bajar, siempre a la disposición del transeúnte.

La relación de la escalera con el ser humano es siempre funcional, aunque llame de vez en cuando la atención del cuerpo estético. Es de los espacios más útiles, cuando nos referimos a estructuras de varios niveles. Claro que su importancia pareciera mermarse frente al ascensor, pero la gran diferencia entre ambas es que en la escalera, aunque fuese mecánica, no experimentamos la sensación de quietud o el hecho de la estaticidad.

Siempre me gustaron las escaleras, desde mi personalidad arquitectónica opino, que es la oportunidad implacable de tener una escultura dentro del espacio, sin llegar a ser decoración. A veces, desde esta visión, me cuesta entender que es un umbral, un túnel diseñado para ser atravesado, para ser transitorio, para unir dos espacios, cuando ella ocupa tanto empeño, tantas horas de labor. ¿Tendría que doblarse, enrollarse alrededor de mi cuerpo para ser un espacio?

¿Qué diría la escalera si decidiera sentarme en ella cada día, en el 5to peldaño a tomar el té? O si decidiera dormir sobre ella y cambiara así su realidad transitoria. Seguramente, otras cosas se escucharan alrededor de su estructura.

 

La sala de Espera

¿Que siento cuando espero? ¿Hasta dónde nos desespera la espera?

Todos nos hemos visto allí, mirando nuestros pies, gastando las baterías de nuestros celulares, sabiendo, sin necesidad de pensarlo que queremos marcharnos lo antes posible.

Nadie quiere permanecer en una sala de espera.

Es un espacio de transición, no hay discusión ante esto, un nexo entre el exterior y el consultorio: llegas, esperas, entras y te vas. Pero permaneces… La introducción de este espacio al mundo de los umbrales,

podría verse sostenido también en el estado mental que ocupa a cada uno de sus usuarios. Todos sabemos que debemos estar, pero nuestras mentes vuelan por los rincones, tratando de olvidar que el cuerpo la ocupa.

Una característica interesante de las salas de espera, lo cual la hace única con relación a otros umbrales, es que siendo sin duda un umbral, preferiblemente una mezcla de umbral físico y psicológico, es al mismo tiempo contenedor de espacios con fines específicos. Las secretarias trabajan en la sala de espera, el encargado de los seguros llega y cumple un horario de oficina allí.

No sé bien si estos elementos adicionales y novedosos podrían llamárseles usuarios de la sala de espera o más bien usuarios de espacios específicos englobados en el gran umbral. Tal vez, facilitadores del tránsito que en este caso se produce de una forma más lenta y sedentaria, estado básico que exterminar a ese que realmente somos.

La sala de espera cambia algo básico en su usuario. Le recuerda que algunas veces hay que esperar. Aunque el tiempo lo sientas perdido, aunque la oficina se esté cayendo a pedazos por tu ausencia, tienes que esperar y si no sabes hacerlo, no importa, allí aprendes.

Espero y no sé si realmente soy

Espero y la realidad se distorsiona

Espero y el color de la vida cambia, frente al dolor o la enfermedad

Espero y a la vez desaparezco.

La espera, igual que la sala hecha para ejercerla, es también un umbral. Un estado en el cual entramos para llegar definitivamente a otro.

 

La Carretera (el camino)

“La carretera es un celaje que molesta en el rabillo del ojo”

Siempre hubo carreteras, desde que el hombre decidió moverse de forma terrestre y fue dejando su huella por los caminos más usados y ventajosos. Cuando hablamos de umbrales, la carretera sería el más extenso. Presente o ausente, en su absoluta realidad, según el lugar que ocupemos en su uso, entendiendo que su ausencia, sólo existiera en una que otra mente.

Entre los espacios de su tipo, podría llamársele el umbral por excelencia, sobre todo para aquellos que les interese estar en ningún lugar, o dicho de otra forma, siendo el puro desplazamiento la práctica o el medio para su verdadero y final uso: la unión más rápida (en el uso del transporte terrestre) de dos destinos. A nivel de estudios urbanos, es igualmente su vocación de nexo entre dos urbes, parajes o pueblos, el tópico de estudios acerca de la misma.

Usar la carretera de forma puramente práctica, nos limita a la ejecución o a la preparación previa para la práctica del verbo llegar. Dicha acción, es pensada en un momento, casi siempre de forma planificada. Luego, previo a su ejecución definitiva, debe iniciarse el uso del umbral al que nos referimos (el verbo ir). Mencionada en diversas obras literarias, mostrando su igualmente relevante realidad onírica, donde la finalidad de permanecer en estado nómada prevalece, convirtiéndose así en la diosa o “back ground” permanente de los grandes errantes del mundo.

Son infinitos los usuarios de sus extensiones, pocos los conscientes de sus regalos. Contados con la palma de la mano de la tierra, los que en nuestras reflexiones pudiéramos entender que una burda y extensa línea de asfalto fuese capaz de brindarnos un cielo, unas montañas heridas por ella, la sinuosa existencia de la naturaleza, rota igualmente por ella, llaga interminable, costura infinita: la carretera y su filosa dualidad. Pero siendo indudablemente una herida en el paisaje, es el medio único, del cual se vale el hombre (y la mujer, claro) de la urbe, para integrarse a él y ciertamente en su uso se delata el ser humano contemporáneo y su moderna usanza de la frase “integrarse a la naturaleza”.

La carretera es el umbral más peligroso. Es difícil que nos pase algo al cruzar el umbral de una puerta, no imposible, porque el azar, juega un papel determinante en los accidentes.

La carretera nos hace firmar un contrato que sólo la beneficia a ella. Nos da sólo dos opciones, aceptando ser usuarios de su finalidad práctica, comprendemos que podemos llegar a nuestro destino o morir. El saber que un día moriremos todos, aleja a la carretera de su culpabilidad. La carretera es una tirana.

Una carretera me robó a mi padre. Y sé que fue el simple resultado del destino, también la consecución de decisiones tomadas, una tras otra: querer salir ese día, encender el vehículo y convertirse en su usuario y ella, sin más, brindó las únicas opciones que tenía a la mano. Aunque mi padre haya cambiado de estado usando este umbral, me empeño en sublimar su simple razón de nexo entre ciudades y me permito comprender que es una cicatriz que nos pasea por lo hermoso, que nos lleva en el silencio, que nos acerca a lo virgen, a lo real, lo crudo o a lo amargo.

Mi cuerpo no siente remordimientos cuando está en la carretera, cuando ocupo ese tiempo perdido, sólo mirando sus líneas continuas o intermitentes. En ella, hacer nada, aparte de desplazarse, está permitido. La carretera y su monótona extensión, la carretera y sus excitantes vistas, nos acerca a un camino abstracto en el cual podemos pensar en nosotros mismos, cuando somos reflejo de todo lo que a su paso muestra y dejamos atrás.

 

Conclusiones

La cacería de umbrales no terminará. La conclusión, será abarcada independientemente a la continuidad de los umbrales encontrados y sus descripciones, las cuales con seguridad llegarán y seguirán surgiendo ante el ojo curioso que les busca.

Descubrirlos, es una tarea que se ha adjuntado a mi mente, me acompaña en la búsqueda incansable que persigue el otro ser de las cosas y por ello, muy posiblemente, en un futuro no muy lejano su observación y búsqueda irá degenerando en aspectos más abstractos, menos tangibles. Desde estas suposiciones y acercándonos al eje central de este escrito, el cual se refiere a la simple existencia de espacios utilizados como paso, me planteo las siguientes preguntas: ¿Será el ser humano un umbral? ¿Será por eso que su simple existencia genera atención en mí?

Basándonos en las descripciones dadas, y entendiendo que como bien lo describe Michel Foucault, el cuerpo es el lugar irremediable, espacio al que estamos intrínsecamente obligados de por vida, planteo las preguntas entendiendo que todos hemos sido umbrales alguna vez.

Todos hemos sido un lugar de paso. Y no deseo basar estas hipótesis sólo en el hecho de haber sido utilizados por otros, intelectual o físicamente para llegar de un punto a otro; Para alejarnos de las implicaciones negativas, expresamos de igual manera, que en vastas ocasiones hemos sabido ser a consciencia, herramientas esenciales y facilitadoras para que las situaciones en nuestro entorno fluyan, no permanezcan estancadas.

Claro está que las mismas preguntas, por su estructura y dualidad, despertarán la naturaleza subjetiva del ser humano y llamarán a inclinarnos inconscientemente al aspecto sentimental, pues finalmente, detrás de tantas cortinas, pasos, pasillos, escaleras y salas de espera, somos simples seres, generados por cúmulos de anécdotas que tocan muy de cerca el alma.

Mi cuerpo es un umbral en este preciso momento, cuando la vida continúa su paso sobre él, cuando las divagaciones fluyen y no quedan simplemente contenidas. Soy un umbral, soy aquel envase que capta y emite ideas, que se llena y libera de llantos, de sonrisas sucesivas, de carencias y necesidades y todo pasa, todo pasa por ese ducto sensitivo que es el hombre (y la mujer, claro), todo en la vida, finalmente, pasa, sobre nosotros y sobre el cuerpo que nos acompaña en el camino.

Sí, soy un umbral.

Del Autor

Denisse Español
(República Dominicana, 1975) Arquitecta y escritora. Autora del poemario Mañana es Ningún día publicado en noviembre del 2013 y Una casa en la palma de tu mano en 2016, con la editorial Mediaisla y una versión centroamericana del mismo gestionada por el Festival Internacional de Poesía de Costa Rica. Es autora de la columna semanal "Animal Cotidiano", en el periódico digital Acento (acento.com.do). Además, es responsable del Rincón Cultural de la revista Zona Este del Listín Diario y fundadora del grupo literario-multidisciplinario Café de Artistas. Su obra ha sido galardonada tanto nacional como internacionalmente. Ha sido invitada de varios festivales internacionales de Poesía.