La represión a los “de abajo” en el proceso soviético:
Tres aproximaciones.

José Gabriel Barrenechea

Al menos desde la noche del 25 de febrero de 1956, en que Jrushchov  leyó su famoso Informe Secreto al XX Congreso del PCUS, entre las izquierdas de raíz leninista se admite la existencia de purgas sucesivas entre los miembros de la élite del proceso soviético. No obstante, la mucho más amplia represión popular, que mató directa, o indirectamente de hambre o por extremo agotamiento físico o moral a decenas de millones de mujeres y hombres, que encarceló a quizás un 10% de la población laboral activa, e hizo trabajar a esa inmensa masa humana bajo condiciones de esclavitud, si no es abiertamente negada por estas mismas izquierdas, al menos desde los núcleos donde se arma su discurso ideológico se hace todo lo posible por hacerla pasar desapercibida.

Los procesos amañados, pasen, los 2 o 3 millones de muertos del Holocausto Ucraniano de comienzos de los treinta, ya no.

La explicación de esta diferente actitud está sin dudas en el hecho de que la izquierda de raíz leninista es por definición propia de su discurso ideológico no otra cosa que una élite, que como es natural a toda élite tiende a solidarizarse, a sentir con más intensidad lo sucedido a sus semejantes de élites anteriores, pero para la cual la represión a los “de abajo” ya no es sin embargo algo tan cercano, tan vivenciable desde la propia experiencia de vida. Para uno de estos camaradas actuales no resulta evidentemente lo mismo lo que le sucedió a un rostro y un pensamiento tan definido como el de Zinóviev en 1936, o a Bujarin en 1938, a un ser con una aguda conciencia histórica a semejanza de ellos, que lo acontecido al anónimo campesino X, a la borrosa ciudadana Y o al huérfano Z, reducido a la misma condición de un perro callejero, en cualquiera de los muchos años de aleatoria persecución o muerte que median entre 1917 y 1953.

Pero hay una razón de más peso para este intento de ignorar, o al menos de relegar, un hecho tan evidente. Si bien desde la óptica del discurso legitimador leninista puede justificarse la represión dentro de la élite en la necesidad de unidad de quienes guían, o en una supuesta dinámica propia del proceso revolucionario que tarde o temprano tiene que hacer a un lado a quienes lo han dirigido inicialmente, demasiado imbuidos de la vieja cultura, para dejar paso a los “hombres nuevos”, aquellos que por estar libres de los innumerables prejuicios de sus predecesores son los únicos que pueden construir la sociedad nueva, la defensa de la alucinante represión aplicada sobre los sectores populares de la URSS ya no es un asunto tan sencillo y manejable. Sobre todo si además se tiene en cuenta la natural mansedumbre de las masas rusas, ucranianas, georgianas, musulmanas… englobadas en el vasto imperio de los Zares.

¿Cómo es que tras eliminar, o incluir dentro del nuevo cuadro administrativo socialista al aproximadamente 10% de la población que tenía cierta instrucción y alguna costumbre en el disfrute de las libertades más básicas, sobre el restante 90% se aplicó una represión tan o más brutal que sobre aquel primer sector, cuando es bien sabida la obediencia del mujik y su casi absoluta ignorancia de esas exquisiteces inimaginables para él, las más básicas libertades?

Esta pregunta es sin lugar a dudas mucho más problemática para el camarada presente, que aquella otra de porqué se expulsó a Trotsky, se asesinó a Kírov, se enjuició, torturó y ejecutó a Kámenev, se fusiló secretamente a Tujachevsky… Y es que esa represión, que repetimos que a la luz de la naturaleza del pueblo ruso parece por completo injustificada, pone en duda las reales intenciones de un proceso que se decía se llevaba adelante para reivindicar y enaltecer por fin a los humillados y relegados de la Tierra.

Es incuestionable que la represión no le fue impuesta al proceso desde fuera. No surgió, por ejemplo, de la naturaleza torcida de los hombres particulares que lo condujeron, a quienes por alguna equivocación de la Historia no era a quienes les tocaba dirigirlo. No se originó tampoco en errores cometidos por esos hombres, ni mucho menos a consecuencia de las resistencias extra nacionales que encontró. Esa represión era inherente al proceso en sí mismo. Incluso si se lo hubiese podido aplicar tal como teóricamente se lo previó y por otra parte sus conductores hubieran sido no los que fueron, sino santos varones, las resistencias a su aplicación eran inevitables, ya no solo a nivel externo sino incluso interno, y en consecuencia también lo era la represión. En un final tanto la creencia en la necesidad del proceso en sí mismo como la posibilidad de llevarlo adelante se asentaba en la idea de un mundo poblado de contradicciones, en especial las sociales, que solo podrían resolverse en la lucha violenta de clases con el triunfo del proletariado y la represión de la burguesía y todos sus aliados. Los que vistos desde la más rancia ortodoxia marxista representaban en la Rusia de los Zares quizás al 97% de la población del Imperio.

En el caso particular de la represión popular hemos ensayado a continuación tres aproximaciones que la explican desde la propia naturaleza del proceso, pero que de entrada admitimos no agotan la naturaleza muy compleja y multi-causal de este fenómeno.

Felix Dzerzhinski, fundador de la Cheká.

Felix Dzerzhinski, fundador de la Cheká.

Primera: Siempre que uno se proponga eliminar a los “enemigos de clase” tiene que echar mano de una maquinaria represiva. En el particular caso soviético, por el proceso haber sido impuesto por una minúscula minoría, gracias a una afortunada jugada política que les permitió hacerse del poder aun cuando el partido bolchevique y sus simpatizantes no representaban quizás ni el 0,3% de la población del enorme estado ruso, la maquinaria tenía que ser por necesidad inmensa. Téngase en cuenta que en comparación los “enemigos de clase” correspondían más o menos con el más arriba señalado 10% más instruido y civilizado, y se hará una idea de la magnitud que bien pronto debió tomar la Cheká: Ya en 1920, a menos de tres años del exitoso golpe de estado de octubre de 1917, contaba con 280 000 miembros activos y enfundados en sus característicos abrigos de cuero.

Resulta a su vez indiscutible que semejante Frankestein, cuando se lo ha echado a andar, ya no puede ser detenido ni ponérsele límites con facilidad. Sobre todo por el peligro que tal actitud  entraña para el propio creador de ese monstruo.

Para modelar el funcionamiento de una policía política nada mejor que el símil de un perro de presa al que usted ha acostumbrado a alimentar con carne humana: No puede deshacerse de la bestia, porque su seguridad frente a los demás humanos que conocen de sus hábitos monstruosos depende de mantenerla bien viva a su lado; pero tampoco puede dejar de alimentarla con carne humana si es que no quiere a su vez ser devorado por ella al menor descuido (o por lo menos no puede dejar de alimentarla si es que no quiere dejar de tener alguna posibilidad de no ser devorado).

Una policía política funciona de manera similar. Una vez que la élite política que la ha creado le ha permitido ejercer la represión por encima de un cierto grado, ya no puede privarla de ese específico nivel. Es ya imposible detener a la bestia cuando como en la naciente URSS se sobrepasa el nivel en que la institución segurosa genera un miedo paralizante en el resto de la sociedad, cuando consecuentemente cada uno de los individuos que la componen alcanzan ese morboso estatus social que tanto ansían y disfrutan determinados caracteres, ¿humanos? Y el caso es que ese estatus de “macho alfa” de la gran manada es más claro e indiscutido en proporción directa a la bestialidad y aleatoriedad de los métodos de la policía política en cuestión. Una bestialidad que en la URSS superó por mucho a la fría racionalidad del exterminio nazi, y que echó mano de cuanto recurso de tortura y suplicio era conocido por los esbirros de la policía política soviética de sus lecturas históricas. Desde desollamientos de víctimas vivas, lapidaciones y crucifixiones, empalamientos, lenta sumersión de víctimas en agua hirviente o en acero fundido, hasta métodos tan creativos como el de obligar a las ratas a abrirse paso a través de las vísceras de los “enemigos del pueblo”.

Es así que la élite política, después que consiguió asentar su permanencia en el poder gracias al Terror Rojo entre 1918 y 1920, aterrorizada por un lado entre los reprimidos que, o abiertamente desde la distancia, o de manera sorda desde la cercanías, soñaban con el día de la venganza, y del otro por la policía política y la rutina represiva que le daba su razón de existir, opte por permitir simplemente que la represión se mantenga a los mismos niveles, aun cuando ya no se justifique el hacerlo, al menos desde su propio discurso ideológico.

Es esto lo ocurrido en la URSS. Una vez eliminados los nobles, los popes, todos los empresarios industriales, la mediana y gran burguesía comercial, los eseristas, los anarquistas, los mencheviques y por último los mismos marinos de la base naval de Kronstadt, que en propiedad podrían reclamar el título de los verdaderos artífices del éxito del golpe de estado bolchevique de 1917, ante los chequistas solo quedaban los “de abajo”. No obstante, un muchísimo más vasto campo para los sórdidos instintos que había desatado en ellos el proceso soviético.

Segunda: El sistema de producción leninista resultó tan ineficaz para alcanzar las metas propuestas, o aun para evitar la retracción y hasta el colapso económico, que para conseguirlo debió retroceder hacia formas de explotación más antiguas y expeditas. Como no cabía sacar carbón en el Círculo Polar Ártico, cavar canales inmensos en la taiga o en el desierto kazajo, levantar enormes complejos fabriles en la lontananza siberiana solo con los incentivos leninistas o la convocatoria al sacrificio de los konsomoles, hubo que echar mano del trabajo esclavo. En este sentido ya no solo era necesario mantener los niveles de represión anterior, sino aun multiplicarla a una escala de espanto, mientras se redirigía sobre las masas populares.

En sus años gloriosos de expansión, en que sin dudas creció a tasas anuales de dos dígitos, la economía soviética solo pudo lograrlo mediante la implementación de un inmenso archipiélago: el Gulag, de campos de trabajo esclavo. Verdadero país dentro del otro país, el de fantasía y que funcionaba como trampa atrapamoscas para tanto iluso inocente de más allá de las fronteras estatales. Verdadero país al cual se alimentaba con el continuo encarcelamiento ya no de “enemigos del pueblo”, sino de ciudadanos nuevos en total propiedad del “Primer Estado de Obreros y Campesinos”.

Así, no es desatinado afirmar que la “industria” de los segurosos de pantalones azules que llamaban a altas horas de la noche a las puertas de las casas se convirtió en la base del milagro económico soviético.

Tercera: Si bien es cierto que las masas rusas se habían caracterizado siempre por su mansedumbre, es necesario aclarar también que esta cualidad suya se mantenía gracias a la existencia de un orden ideal bien establecido en sus cabezas, con el cual se habían identificado desde siempre.

El omnipresente campesino y el minoritario obrero de las ciudades, ambos vivían en un mundo rígido, perfectamente jerarquizado, regido por un Dios que no era el del Nuevo Testamento sino el terrible e imprevisible del Viejo, luego por el “padrecito” Zar y más abajo todavía por el señor de la tierra o de la fábrica. Un orden que se asentaba en la idea de la omnipotencia de los “de arriba”: Mientras Dios podía llevarte en cualquier momento y sin ningún motivo racional, lo mismo podían hacer el Zar, el terrateniente propietario de las tierras en que se trabajaba y hasta el dueño de la fábrica en que se laboraba por 12 y 14 horas diarias. Si estaban por encima de uno era más que nada por eso, por el derecho a disponer de uno sin rendir cuentas.

Orden, e incluso de manera en apariencias inconsecuente la seguridad, estaban indisolublemente identificados en el ideario más básico de los “de abajo” con el derecho de los “de arriba” a  ejercer una represión aleatoria e irracional. La sumisión más completa y abyecta era en definitiva la única garantía que se tenía de tener alguna posibilidad de llegar a viejo, y al menos la seguridad de una vida mejor después de la muerte.

En realidad el golpe de estado bolchevique creó las condiciones necesarias que hubieran podido permitir superar esta dependencia masoquista de las masas rusas. El leninismo negaba la existencia de Dios, y aunque en verdad muy poco del humanismo original de las ideas de Marx quedaba en él, el residuo que aun persistía podría haber sido suficiente para animar a las mujeres y hombres que habían vivido desde tiempo inmemorial entre cadenas a dignificarse, y a consensuar entre sí un nuevo orden humano. Esta posibilidad era mucho más real si tenemos en cuenta que la actitud inicial bolchevique, su rejuego político para ganarse a obreros, soldados y campesinos, cooperaba en esa dirección. No debe olvidarse que si los bolcheviques se hicieron con el poder fue más que nada por sus promesas de terminar una guerra atroz, que mantenía a buena parte de la juventud del Imperio Ruso sobre las armas, y por la de entregarle la tierra a los campesinos. En esta cuerda cabría preguntarse qué habría ocurrido una vez que los campesinos, ya de regreso de la guerra, se hubieran hecho de veraz de sus parcelas, sin Dios ni amos de ningún tipo sobre sus cabezas.

Mas no era una sociedad de pequeños productores agrícolas, y muchísimo menos una sociedad consensuada entre todos, con lo que soñaba la élite leninista, sino con un proceso que justificara su propia existencia y su privilegiada misión. Un proceso planificado, supervisado hasta el más ínfimo de los detalles por una vanguardia de iluminados por el estudio de los clásicos. En consecuencia, dada la no muy exacta coincidencia de intereses y objetivos entre la élite y los “de abajo”, que mal que bien habían comenzado a creerse y sentirse liberados, se imponía además de lo de planificar y supervisar también lo de reprimir. La temprana represión del inmenso movimiento campesino, que eclosionó por todo el Imperio en 1918, da buena cuenta de ello.

Así, cuando la “Revolución” barrió el viejo y jerarquizado orden inmemorial, pero a su vez no promovió la única dignificación humana real, la basada en la promoción y la defensa de la libertad ajena, no eliminó sin embargo la necesidad de uno nuevo que reemplazara al anterior, y mucho menos la de una represión que lo “legitimara” ante las masas al reciclar sus viejas conductas masoquistas. Lo que por cierto fue asumido con total alegría por la élite leninista, ya que si a algo aspiraban era a buscarse alguna nueva jerarquía en la que treparse muy en lo alto.

En el fondo la mal llamada “Revolución de Lenin”, de la que este año se cumplen cien años, no realizó ningún avance significativo en el camino de la liberación y auto-realización del hombre, sino que solo aplicó aquel proverbio gatopardezco de que cambiemos todo para que todo siga igual. En la URSS las leyes dialécticas que regían la historia reemplazaron al Dios del Antiguo Testamento, Stalin al Zar, y los burócratas de los diversos niveles a los antiguos amos particulares o a las propias burocracias zaristas. Cualquiera de estos sustitutos de los viejos poderes podía pedirte aun el mayor sacrificio, la cesión de la vida, en nombre del Futuro Luminoso; pero incluso no tenía tampoco por que pedírtelo… Al soviético, ante ese orden solo le quedaba someterse, ya que solo así podía tener alguna esperanza de que esa madrugada no llamaran a su puerta los segurosos, y en todo caso de que en el Comunismo su nombre formara parte de la enorme lista de los que no había entorpecido su establecimiento.

En cuanto a la nueva élite tampoco le quedaban muchas opciones si querían conservar sus privilegios, económicos pero sobre todo los relacionados con su estatus social. Ya en el poder, que habían obtenido al hacerse pasar por liberadores, a los nuevos amos no les cabía más que volver a los mismos niveles de represión aleatoria e irracional de sus antecesores. Los mismos que habían garantizado la mansedumbre del súbdito zarista, y que de ahora en adelante garantizarían las de soviético.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.